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Archive for 29 agosto 2011

Cuento

Por Felipo Zaná

Mariana empezó a quedarse sorda; un día, solo pudo escuchar un prolongado silencio y nada más. Y con lo bastante que le gustaba la música, era una tragedia desde todo punto de vista. Por mi parte, ya no le podría decir J’ai l’aime à mourir, como decía esa canción que tanto le gustaba, el día que me decidiera a declararle mi amor. Todo se había vuelto más complicado: qué le podría decir entonces. “Regálale una flor, ese es el mejor obsequio para una mujer: una flor significa amor, ternura y cariño —me dijo mi abuela—. Así fue como me conquistó tu abuelo”. Decidí seguir sus consejos.
Al día siguiente, no presté atención en clases, estaba en las nubes pensando en la flor que le compraría a Mariana. Recuerdo que el profesor estaba hablando algo acerca del traductor y de los intercambios de mensajes, de la imposibilidad de comunicación por medio del lenguaje.
Luego de terminar las clases, de la escuela de idiomas me fui para el cementerio de San Pedro. Allí encontré todo un arsenal de flores, las miraba y las miraba, y no podía decidirme por ninguna. Señalaba una flor y preguntaba su nombre; así fue que me di cuenta de que había: rosas, crisantemos, claveles, pompones, pensamientos, girasoles y orquídeas. Al ver mi indecisión, la viejita que atendía me preguntó: “¿Para quién es la flor, joven?”. No supe qué responder. Entonces ella continuó: “Cada flor tiene su significado: la rosa roja significa amor; la blanca, compromiso; la orquídea, respeto; el clavel, buena suerte. Debe ser muy cuidadoso al escoger, para dar el mensaje adecuado”.

Una flor para Mariana (óleo de Beatriz E. Velásquez)

“Déme una rosa roja, por favor”, dije.
“Rosa roja significa amor”, iba diciéndome todo el tiempo en el bus. Estaba contento, la rosa expresaría perfectamente lo que yo sentía dentro de mí. Además, las palabras ya estaban muy gastadas: todo el mundo dice te amo por aquí, te amo por allá. O cuando sienten que el te amo se queda corto, entonces dicen un simple I love you. En cambio, ahora nadie regala flores. “Y ya nadie regala flores, porque la juventud de hoy en día es muy simple”, me había dicho mi abuela.
Llegué a la casa de Mariana, toqué a la puerta. Me abrió su mamá. Cuando Mariana salió, le estiré la rosa. Ella la recibió y me dijo: “Gracias, pero deberías querer un poquito más a la naturaleza”.

aflopera@gmail.com

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Del Autor

Felipo Zaná nació en Bello, Antioquia, en 1984. Varios años de su niñez transcurrieron en los barrios del municipio de Apartado. Volvió nuevamente a su tierra natal a los doce años, lugar donde habita en la actualidad. En sus primeros años de vida, se apasionó profundamente por los números, luego sintió cada vez más necesidad de las letras. Sus inicios literarios sucedieron en el taller de escritores de la biblioteca pública “José María Vélez”. Allí comenzó escribiendo versos, para más tarde desembocar en la prosa. Actualmente se dedica al aprendizaje del inglés y francés y espera convertirse en un traductor literario.

“Me gustaría estar en los procesos de edición. Me gustó El Pequeño Periódico, principalmente, por ser un medio para difundir la cultura. Creo que siempre harán falta lugares como esos. En Bello, por ejemplo, una ciudad con tantos habitantes, es increíble que solo haya una revista literaria. Son importantes estos espacios de divulgación, para que no se pierda tanto talento que sé hay en las calles y se queda en el silencio y el olvido”.

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Punto de vista

Por Nubia Amparo Mesa Granda

No había gesto ni parpadeo que no le condujeran a un nuevo descubrimiento. Frases inconexas, voces fantasmales, presencias indeterminadas empezaban a ahogarlo. Los aditamentos tecnológicos no eran una extensión de sus sentidos, era él quien ahora se había convertido en una extensión de ese “Sexto Sentido” tecnológico.

“Mejora las medidas de seguridad”. Eso fue lo que más le llamó la atención a Robinson sobre las ventajas aplicadas que le ofrecía el “Sexto Sentido”.

Esa mañana en la International Interfaces Conference había asistido a una demostración de la nueva tecnología, ideada por un estudiante genial. Escuchó con atención la explicación: “Nos permite relacionarnos con nuestro entorno de una forma nunca vista antes. Añade un nuevo sentido a nuestra percepción, a cómo interactuamos con nuestro mundo y la realidad, enriqueciéndola y agregando información útil y relevante a nuestros actos más cotidianos”.

Estaba allí porque era un convencido de que las nuevas tecnologías son el mejor aliado en el desarrollo de las sociedades. Siempre estuvo a la vanguardia en el uso de “los nuevos juguetes”, como llamaba a esos dispositivos que aparecen en el mercado a velocidad de vértigo.

Luego de todas las demostraciones se ofreció como voluntario para el experimento. Utilizaría el “Sexto Sentido” durante dos meses completos, sin quitárselo ni para dormir, y estaría dispuesto, a su vez, a un monitoreo constante sobre los usos cotidianos que le diera y los beneficios que le reportara a su trabajo como vendedor de partes para automotores.

Fue sencillo, le colocaron una cámara, un proyector del tamaño de un paquete de cigarrillos, un teléfono móvil, unas cintas de colores en los dedos y un espejo. Estaría conectado de forma inalámbrica con Internet. Le explicaron que la cámara detectaría los movimientos de sus manos, las cuales al interactuar con los objetos, harían que se proyectaran datos de su interés respecto a ese objeto, sobre cualquier superficie. Para ello Internet sería la fuente de información.

Equipado con su “Sexto Sentido”, Robinson salió a conquistar el mundo. Alcanzar una eficiencia máxima y prever todos los riesgos, eran su premisa.

Tenía hambre, así que se detuvo frente a un edificio y proyectó sobre su mano la información de los restaurantes que podía encontrar allí. Eligió comida italiana. Era en el segundo piso, al entrar ya sabía los precios y había analizado el menú. Un muchacho moreno y de amable sonrisa se acercó ofreciéndole la carta. Robinson ni siquiera se percató de esa sonrisa. Miró su nombre en la escarapela y bajó la vista para probar su dispositivo. Las palabras aparecieron: “estudiante”, “IMT”, “Cannibal Corpse” y una frase que le hacía pensar que era un ser atormentado: “La vida es una mierda”. Quizás eran palabras de cualquier base de datos donde el joven estaba inscrito.

Decidió que, aunque le inquietaran esos datos, no tenía por qué importarle la vida de ese ser anónimo, pero sí era un buen antecedente para convertir esa herramienta en una ventaja cuando se enfrentara a uno de sus proveedores; y también a algunos de sus amigos de quienes querría saber pequeños secretos. Rápidamente comió y salió a hacer otras diligencias. En su recorrido se divirtió captando imágenes de árboles, vallas publicitarias, rostros de personas que le llamaron la atención; y de cada cosa y ser, lograba encontrar datos desconocidos. Al llegar a casa en la noche prefirió encerrarse en su cuarto, antes que conversar con su madre que no se percató del nuevo dispositivo colgado del cuello. Luego de buscar algunos datos sobre productos que debía comprar y vender al día siguiente, se fue a la cama. Se demoró para conciliar el sueño, pues otra de las curiosidades del nuevo “sentido” agregado a su cuerpo era poder escuchar voces de personajes famosos, instalados en Internet con solo pedir información y cerrar los ojos.

A esas alturas ya empezaba a sentirse un ser con poderes extrasensoriales, capaz de conquistar el mundo y superar la incertidumbre.

Empezó a olvidarse de sus propios sentidos. Todos sus sistemas de alarma estaban en esa tecnología de rastreo visual. Sólo le bastaba hacer un recuadro de la realidad con sus dedos, para obtener la información. No podía dejar de usarlo. Cualquier superficie era una pantalla en la cual podía proyectar una realidad hasta ese momento desconocida por él. Y entonces cada nuevo descubrimiento le generaba la ilusión de que podría saberlo todo. Lo bueno y lo malo. Lo que antes disfrutaba sin remilgos adquiría ahora categoría de peligro. Lo que antes intuía no dejaba ahora lugar a la duda, era un dato certero, comprobado. Los monstruos que se escondían en sus sueños ahora tenían nombre propio y su “Sexto Sentido” no le permitía aniquilarlos.    

No había gesto ni parpadeo que no le condujeran a un nuevo descubrimiento. Frases inconexas, voces fantasmales, presencias indeterminadas empezaban a ahogarlo. Una noche quiso mirar la luna que se asomaba por la ventana, pero descubrió que sólo podía enfocarla haciendo uso de sus dedos. ¿Entonces para qué los ojos? Prefirió acomodarse en la cama, quieto, sin mover ni un solo músculo. Era un ser descarnado. Los aditamentos tecnológicos no eran una extensión de sus sentidos, no, era él quien ahora se había convertido en una extensión de ese “Sexto Sentido” tecnológico.

Su quietud adquirió categoría espectral. Y en la mañana, cuando su madre lo llamó a desayunar, la espera se prolongó hasta que ésta decidió entrar a despertarlo. Pero ella no halló respuesta. Sólo un movimiento incontrolado del dedo índice de la mano derecha de su hijo, le confirmó que estaba vivo.

nubiamesa456@gmail.com

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