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Archive for 26 julio 2011

Editorial

Portada de la Edición 93. Ya está en circulación

Un deshollinador realizaba su trabajo en la chimenea de un alto edificio, cuando un movimiento en falso le hizo perder el equilibrio y rodar por el tejado hacia el vacío. Durante la caída observó un cartel con una palabra mal escrita y mientras descendía en picada se iba preguntando por qué a nadie se le había ocurrido corregirla. Esta historia insensata incluida por Nabokov en su magistral ensayo, El Arte de la literatura y el sentido común, permite hablar de esa capacidad de asombro en la que, sin importar la inminencia del peligro, se constituye en la más elevada conciencia, tan alejada del sentido común y de la lógica.

Ese increíble animal “mezcla de elefante y caballo”, llamado sentido común, y la relación con su contraparte, la intuición, son el tema de la presente edición. El sentido común, cuando las cosas toman sentido para el común, se constituye en algo donde todo cuanto entra en contacto con él queda devaluado, masificado, estandarizado por la lógica de la mayoría. ¿Y la intuición? Para Bergson, filósofo que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1927, la intuición es el conocimiento que surge de la percepción que cada individuo tenga de su realidad psíquica y depende del tipo de experiencias reales que haya tenido. “Para saber intuir hay que haber vivido”.

De qué manera el sentido común queda supeditado a la rutina de la práctica y a la razón, lo vemos todos los días. La intuición, en cambio, como expresión individual representa, como dice Nabokov, la supremacía del detalle sobre lo general, de la parte más viva que el todo, de lo pequeño que el hombre observa y saluda con un amable gesto de su espíritu mientras la multitud a su alrededor es arrastrada por un impulso común hacia un objetivo común. Los esquemas que rigen el mundo, no toleran aquello que se sale del sentido común, a pesar de los aparentes avances del pensamiento que muchos suelen confundir con los adelantos tecnológicos. Acostumbrados a marchar bajo los mandatos de la rutina, no podemos, no tenemos tiempo de permitir que alguien se salga de la manada y haga uso de la intuición. ¿A quién, por ejemplo, se le ocurriría proponer que se eliminen los pitos de los carros? A pesar de que con semejante iniciativa tendríamos ciudades menos ruidosas, que mejorarían nuestra audición. Ciudades más humanizadas. Pero está establecido que los carros tengan pito y punto. No está permitido ir contra la lógica de ese sentido común. La tendencia acosa hacia una forma de vida regida por los manuales, fuera de los cuales todo será estampillado como exageración insustancial.

Nuestro dinero lo manejan los bancos y damos por sentado que son esos monstruos los únicos que saben qué es lo que debemos hacer con él. Han construido un sistema “lógico” que inclusive nos obliga a solicitarles que nos reciban el fruto de nuestro trabajo y hasta nos humillan con largas filas. De ñapa, nos cobran por ese “servicio”. Y ese estado de cosas se ha impuesto como imprescindible. Nos inculcaron una forma de pensar en función del dinero como si fuera el dios moderno que no puede ser manejado sino por especialistas, e inclusive es más valioso e importante que la vida misma y merece todos los cuidados y vigilancias.

Desde hace varias décadas Colombia vive una caída como la del deshollinador. ¿Por qué a nadie se le ha ocurrido corregir el error? ¿Qué clase de maldición se ha incrustado entre nosotros que no nos permite desbrozar nuevos caminos, si ya la lógica tan común de que para descollar hay que entrar en el juego de la corrupción, del utilitarismo material, de la doble moral, ha dado sus desastrosos resultados? ¿Tendrá velas en este entierro nuestro sistema educativo? ¿Nuestra “malicia indígena”? ¿Nuestros prejuicios? ¿Alcanzaremos a cambiar la letra mal puesta en el aviso antes de estrellarnos contra el suelo? ¿Podremos descorrer nuestro propio velo a pesar de los grandes centros de poder mundial?

Queda la esperanza de que los esfuerzos aislados, generosos e inteligentes de unos cuantos compatriotas hoy, se conviertan mañana en una inmensa ola civilizada capaz de hacer común lo que parece un sueño: vivir en armonía.

 El Pequeño Periódico No.93

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Por Álvaro Jiménez Guzmán

¿Podría decirse que Bram Stöker encontró en Vlad III  el modelo para su novela Drácula, escrita en 1897?

Con sus grandes ojos grises y bien abiertos observaba las ejecuciones que ordenaba. Las víctimas eran atravesadas con estacas por un costado, el recto, la vagina o la boca, y las clavaban en el suelo dejándolas colgadas para que murieran lentamente. Mientras tanto, Vlad III bebía la sangre de sus víctimas aullantes, recogida en un cuenco, frente a la tarima donde un verdugo descuartizaba a los cabecillas de la sublevación. Mojaba el pan que comía, con una frialdad que inspiraba espanto.

Vlad III y los empalados

 Para degustar la sangre organizó un festín en mitad del bosque de empalados, el día de San Bartolomé. Ese 24 de agosto de 1459, había hecho empalar a la mayoría de los sajones de Brasov, una ciudad transilvana que se rebeló contra el hijo de Vlad Dracul (Dracul: “el demonio” en rumano). La celebración duró hasta muy entrada la noche, cuando, para iluminarse, ordenó prender fuego a la ciudad ante los ojos aterrorizados de miles de agonizantes.

 ¿Por qué la sangre, en trágica efusión, ejercía tanta fascinación en Vlad Tepes, o “el Empalador”, como se le conocía? Tal vez porque desde pequeño mostró una atracción morbosa por las mazmorras del castillo de su padre y aprendió, en su cautiverio en Turquía, aquel método de ejecuciones por empalamiento, cuando su progenitor lo entregó como rehén, junto con su hermano Radu, en muestra de sumisión al Sultán. Después de su exilio supo que su padre, Vlad Dracul, había muerto apaleado, y a su hermano Mirceu le habían quemado los ojos con un hierro candente antes de enterrarlo vivo.

 Convertido en Príncipe después de una guerra, Vlad Tepes realizó ejecuciones por empalamiento en las ciudades donde no lo aceptaban, poniendo en práctica su tenebroso aprendizaje. Exterminó entre 40 mil y 100 mil personas con este método de tortura en los siete años de sus reinados sucesivos. Un ejército turco, que pretendía invadir Valaquia, se volvió atrás, aterrado, cuando encontró a 23 mil empalados descomponiéndose en lo alto de sus estacas, a ambas orillas del río Danubio. En semejante gesta taló todos los árboles de aquel valle y así obtuvo las estacas suficientes para levantar su bosque de miedo. Mehmed II, un hombre a quien no le repugnaba precisamente la sangre, volvió a Estambul enfermo de violentos vómitos por aquella aterradora visión. Así ponía de manifiesto, Vlad III, una vez más, su gusto por la sangre.

 Esta historia truculenta del Príncipe de Valaquia pudo ser el origen de la familia de vampiros, con sed de sangre, de la novela Drácula de Bram Stöker. Sin embargo, el escritor se basó en la figura de la condesa húngara Erzsébet Báthory (1560-1614) quien, según la leyenda, era una mujer que bebía sangre y se bañaba en ella creyendo que le devolvía la juventud. Publicaba avisos en los que solicitaba doncellas para integrar su corte, a las que luego asesinaba y extraía la sangre. Pero Vlad el Empalador no alcanzó a saborear la sangre de aquellas doncellas, pues murió en una emboscada donde le despellejaron su cara y le arrancaron su ensortijada melena negra, que llevaron como trofeo a Estambul.

Una de las tantas versiones de Drácula

¿Fue su sádica personalidad el modelo que Bram Stöker tomó para su novela Drácula, escrita en 1897?

 Esta obra inaugura el mito de las criaturas que se alimentan de la esencia vital de los seres humanos para mantenerse activas. El prototipo del vampiro más popular es un ser humano convertido, después de morir, en un cadáver activo o reviniente, depredador, chupasangre. Un ser de tez pálida y ojeras de moribundo, con largos colmillos para deleitarse en el cuello de sus víctimas.

  aljiguz@une.net.co

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De Camilo Restrepo Monsalve

“Aquí golpeaba airadamente el padre sobre la mesa
causando un temblor de cristales, una zozobra en la sopa”
Piedad Bonnett

 

A veces siento desaparecer el límite
que separa mi cuerpo de la casa.
Entonces me convierto en un mueble más,
en un fardo inmóvil que acumula polvo,
en materia inerte que recuerda a los antepasados:

A la abuela con sus cigarrillos
tantas veces prohibidos por el médico,
a la tía siempre sola,
al abuelo que se convirtió en leyenda,
al que nunca conocimos con su faz de dios terrible
golpeando con su puño el centro de la mesa
o al bohemio tío en su borrachera eterna
escuchando en un tango el resumen de su vida.

Pero siempre hay algo que respira,
algo que se inflama con el fuego de la lengua
que lamió por vez primera nuestra piel
y que ahora sangra como una herida,
algo que regresa como la mañana al sol
e ilumina las estancias donde los recuerdos danzan
y nos hace huir a los aromas de jabones infantiles,
a las antiguas escenas de deseo
que retornan a los ojos como mil castigos.
Es entonces cuando salgo
y me confundo con los transeúntes,
quienes como yo
fingen caminar desprevenidos por las calles
y llevar sus cuerpos a las oficinas o a los parques,
ignorando que aquellas paredes
que aprisionan su alma
son ya parte de la casa donde habitan.

Cada hombre es una casa que camina.

 

Publicado en El Pequeño Periódico No. 92.

Del libro El espacio que me habita, finalista del I Premio de Poesía Joven Ciudad de Medellín
y su Área Metrpolitana, 2011. Camilo Restrepo Monsalve hace parte del Grupo Literario 
"El Aprendiz de brujo" de Medellín. 
La imagen corresponde a un fragmento de la pintura Composición 1, 
de Gerardo Restrepo (Pamplona, Norte de Santander, Colombia)

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Perfil de Mujer

Por Ángel Galeano Higua

Lucía Donadío, editora de Silaba

El día que invitaron a Lucía Donadío a editar un libro sobre el barrio Buenos Aires de Medellín, no imaginó que terminaría creando su propia empresa editorial, Sílaba, con todo lo que semejante decisión implica de retos y dificultades, alegrías y sinsabores.

Su iniciativa viene a sumarse a la de un puñado de pequeñas editoriales que en la capital antioqueña desarrollan, desde hace muchos años y en condiciones muy desfavorables, un intenso trabajo de alta calidad para dar vida a la obra de escritores, pensadores, investigadores, intelectuales y artistas que no tienen entrada en las grandes editoriales.

Medellín ostenta un historial dilatado en la industria editorial. Un historial que a veces nos ubica en el liderazgo de la piratería nacional e internacional, parecida a la de la música o los billetes y hasta de la coca-cola. El ingenio desborda. Pero lo que nos interesa resaltar es la labor planificada, dispendiosa, exigente, minuciosa, inteligente y abnegada de los editores literarios, como Lucía Donadío.

En la historia de nuestra ciudad el trabajo de editar lo hacía el impresor, el tipógrafo, que también era lector y corregía la ortografía y, a pedido del cliente, también  diagramaba y ponía títulos. En el ensayo “Las élites de la ciudad de Medellín”, Juan Camilo Escobar Villegas afirma que Isidoro Isaza sirvió de impresor a los intelectuales locales a finales del siglo XIX, época durante la cual se formó una élite que controló la producción de riqueza, dirigió el aparato político, estableció una red de alianzas matrimoniales y se encargó de “la difusión de las ideas dominantes gracias a la organización de homenajes, tertulias e instituciones educativas, periodísticas y culturales como colegios, universidades, academias, bibliotecas, imprentas y librerías”. Es esa élite la que finalmente inventa la idea de “la raza antioqueña”, con la “única religión verdadera”, la marginación total de la mujer de la vida pública, siguiendo el libreto de lo que se conoció como “proyecto civilizador”.

Como se puede observar el trabajo del impresor era fundamental para la divulgación de  estas ideas de la élites que se consideraban a sí mismas predestinadas para regir los destinos de Antioquia y del país. Lo que antes mandaban imprimir en París, lo hacían ahora en Bogotá o Medellín. Sin embargo, “Uno de los folletos más antiguos impresos en Antioquia fue obra de Viller Calderón; data de 1814 y se titula Fundamentos de la Independencia de América”.

En la segunda mitad del siglo XX Medellín vive otra dinámica. Las ferias del libro estimulan la importación de libros, especialmente de España, país que tenía una Ley del Libro que favorecía a sus casas editoriales.

Para entonces la figura del editor apenas se iniciaba. Alberto Aguirre apoyaba la edición de una de las primeras novelas de García Márquez. Se producían folletos y cuadernillos. La Editorial Bedout estaba presente en todo el país con sus textos escolares. Poco a poco, en Medellín se fue fortaleciendo la industria editorial, lo que beneficiaría la presencia del editor.

Un sueño lleno de dificultades

“Me despertaba con las palabras y me levantaba a escribirlas”

Este breve y atrevido viaje a vuelo de pájaro, sirve de telón de fondo para comprender mejor la iniciativa de Lucía Donadío y el trabajo que desarrollan hoy los editores en Medellín, rodeados de dificultades de todo tipo, financieras, organizativas, culturales, de mercadeo, falta de apoyo de las entidades públicas, competencia desleal de las grandes editoriales extranjeras (españolas) que cuentan con políticos y funcionarios que ordenan a las bibliotecas que compren sus libros, en desmedro de la industria editorial local.

El sueño de todo editor es descubrir un nuevo autor que cuente nuevas historias o proponga nuevos universos. De ahí que editar implique una profunda tarea de lectura y escritura, de conocimientos del lenguaje y de los temas que revolucionan las formas de narrar.

Y en este sentido Lucía Donadío es digno ejemplo. Ella empezó a labrarse su camino en Hombre Nuevo, una editorial de Medellín. Cuando aceptó le dijo al propietario de esa editorial: “si usted me recibe yo aprendo”. Pero no se crea que es posible editar sin ser lector profundo. Cuando Lucía ingresó a Hombre Nuevo ya llevaba varios años evaluando libros y, sobre todo, leyendo literatura y poesía, escribiendo y participando en tertulias y talleres literarios como el de Mario Escobar Velásquez.

“Empecé sin saber nada”, dice Lucía, pero contó con el apoyo de Ernesto López, otro encariñado de los libros y dueño de Lealón, en quien, dicho sea de paso, se plasma el histórico tránsito de impresor a editor.

“Yo he amado los libros toda mi vida”, confiesa Lucía. Su abuelo fue un escribano en Italia. Su padre, Fausto Donadío, vino a Colombia a la edad de 16 años a comerciar con ropa y tenía un cuaderno de viajes en los que dejaba testimonio escrito de sus viajes entre Italia y Cúcuta, en donde se estableció. Lucía conserva una carta que Fausto le envió a sus abuelos cuando llegó a Barranquilla. “Tenía una idea de América con rascacielos y dólares, pero se encontró con techos de paja”, dice ella.

En ese tiempo pesaban las cartas en Italia y para poder comunicar más cosas por menor costo, debían escribir en papel delgado, con letra muy pequeña y sin márgenes. En 1960 los padres de Lucía decidieron trasladarse con sus ocho hijos, a Medellín.

A su labor de editora, Lucía agrega el de escritora. Se le facilita, según afirma. “Me fluye la escritura a veces en forma torrentosa”. Existe una flor que ella ha visto en los antejardines de El Poblado, el estremadelio, y un día no pudo soportar el impulso de un poema centrado en esa flor. Así surgió el libro Sol de estremadelio. Escribió sobre la vocales y le gustó tanto el ejercicio que dijo: “Si ya hice la vocales, ¿por qué no las consonantes?” (…) “Me despertaba con las palabras y me levantaba a escribirlas”. Así, de pronto, tuvo un libro que era un compuesto de historias que tituló Alfabeto de infancia, el primer libro suyo publicado bajo el sello de su propia editorial

A su labor de editora, Lucía agrega el de escritora.

En realidad Lucía empezó escribiendo una novela, pero después de un tiempo sintió que la poesía le fluía más: “Se me vienen las palabras cuando voy en el metro o conduciendo, no puedo evitarlo”.

¿Tienes una hora especial para escribir? “La noche y los amaneceres tienen una magia especial, ciertos sonidos sólo se producen en esas horas”.

Labrarse su propio camino

Un editor se mide por su catálogo. Durante años y años (hay quienes han invertido toda su vida en ello) un editor construye su catálogo. Es su carta de presentación. En él se plasma su tesón, su talento, su olfato. Haciendo gala de una poderosa devoción y capacidad de resistencia, eso es lo que hacen los editores literarios de Medellín y Colombia.

Lucía, la editora, cree en las colecciones “porque un libro llama a otro”. En Hombre Nuevo ella inició la colección “Cántaros de luz” y ahora, con Sílaba, ha iniciado colecciones como Trazos y sílabas (novela), Mil y una sílabas (Cuento y Relato), Sílabas de tinta (Biografías).

En Hombre Nuevo fue la editora de Toda esa gente, y  de Músicas de agua, ambos de Mario Escobar Velásquez. De La pasión de contar, de Juan José Hoyos. Inició la Colección Mujer – Madremonte, con Claudia I. Giraldo y Paloma Pérez. Trabajó con Luz Mery Giraldo… y muchos otros. Hasta que sintió que debía labrarse su propio camino y decidió retirarse de Hombre Nuevo. Fue muy difícil, porque allí fue donde recibió las primeras lecciones sólidas sobre el trabajo de editar.

Sílaba

La lista de nombres que hizo para llegar a Sílaba fue larga. La presentación en sociedad fue en Otraparte, la vieja casona de Fernando González, a la entrada de Envigado.

Silvia, recuerdos y suspiros

A los dos días de fundar a Sílaba, murió Silvia Galvis, escritora y periodista conocida y amiga de Lucía. En un acto de homenaje invitó a varias personas que la conocieron para que escribieran algo sobre ella, y con esos textos editó el libro Silvia, recuerdos y suspiros, presentado en el Gimnasio Moderno de Bogotá por Federico Días Granados.

En el corto tiempo de existencia de Sílaba, Lucía ha editado autores como Luis Fayad y Darío Ruiz. Oreste Donadío y Esther Fleisacher, y el ya mencionado libro sobre el barrio Buenos Aires de Medellín, para la Alcaldía de Medellín.

“Unos libros financian a otros”, sostiene Lucía, quien suma a su experiencia editorial, el proyecto de la Revista de cuentos Odradek, fundada hace 4 años por Elkin Restrepo, Claudia Ivonne Giraldo y ella.

“Se necesita vocación, amor al libro, amor a la lectura, amor a la literatura, a la poesía”, enfatiza Lucía “Leer con ojos que revisan amorosamente”. Ahí está la clave de su actividad, su aliento y a la vez su compañía en el maravilloso oficio de editar en nuestro medio. Porque como dice Lucía: “El libro es amistad y esperanza”.

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Publicado en El Pequeño Periódico No. 92

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