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Archive for 20 junio 2011

Patrimonio Cultural

Por Alvaro Jiménez Guzmán

La pintora Isabel López arrullando el río con el carboncillo

Los ríos han sido compañeros de viaje de todos los tiempos. En sus orillas floreció la poesía, es decir, la belleza de los sueños. Los ríos son las venas de la tierra, de la piel del planeta y así se han abierto paso para dejar que corra la imaginación, para tejer la telaraña de culturas y civilizaciones. Nuestros antepasados se sentían orgullosos de los ríos, los cuidaban y adoraban. Hay ciudades que se sienten enaltecidas porque un río las cruza y las penetra y las baña y las refresca. Los ríos nos hablan, nos reclaman, nos protestan. ¿Y nosotros? ¿Estamos preparados para conversar con nuestro río?

 Es lo que el Grupo Literario “El Aprendiz de brujo” se ha propuesta indagar. Esta breve nota de Álvaro Jiménez Guzmán da cuenta de un primer encuentro literario y artístico realizado en el Puente de Guayaquil.

 

El río Aburrá nos convoca desde el puente de Guayaquil. Por su lomo adoquinado cruzan peatones con sus perros, ruedan las bicicletas y trotan los atletas. El tren metropolitano también se desliza por su viaducto con su cotidiana carga humana. La muchedumbre se agita en aquellos espacios ribereños como si el río no existiera, y esa indolencia conmueve.

 

Grupo Literario El Aprendiz de brujo, una jornada de máscaras sobre el puente.

Pero hemos sido convocados veinticuatro ciudadanos para ejercer el derecho y la obligación de defender el río Aburrá como patrimonio. Pintores y aprendices de escritores intentamos soñarlo vivo entre verdes ramas, pájaros y peces de colores, plasmarlos con acuarelas, carboncillos, óleos, y palabras que se bañan en sus aguas.

Lo observamos correr vertiginoso bajo los cuatro arcos del puente de Guayaquil, con su carga de lluvia reciente, arrastrando lodo amarillo. Los artistas simulamos un mundo como el que describió don Tomás Carrasquilla cuando nos decía que “riega y fertiliza los campos de esta Villa; él la embellece y la refresca; le regala sus linfas deliciosas y el detalle virgiliano de su paisaje…”.

En el Puente de Guayaquil, Juan Sebastián Muñoz, del Grupo Literario El Aprendiz de brujo, escribe una carta al río.

“Pintores y aprendices de escritores intentamos soñarlo vivo entre verdes ramas, pájaros y peces de colores, plasmarlos con acuarelas, carboncillos, óleos, y palabras que se bañan en sus aguas”

 Más de una veintena de escritores, pintores, fotógrafos y poetas se dieron cita en el histórico puente para iniciar una ardua y sostenida campaña cultural en defensa del río, como patrimonio natural de Medellín y el Valle de Aburrá

El Aburrá todavía se ve espléndido, como una larga serpiente en eterno movimiento, sin desbordarse como antaño, porque lo han encajonado. Débil entre esas costillas de hierro y cemento, a veces saqueadas por personas desesperadas por el hambre. Aunque resiste embalsamado, ostenta en sus orillas algunos árboles acariciados por solitarios pajarillos de pecho rojo y alas negras, como pálido remedo de la fauna que albergó en otros tiempos. La imagen vitrificada de la Virgen del Perpetuo Socorro, empotrada en una de las torres del puente, vela por la seguridad de los transeúntes.

El maestro de la plástica, Juan Carlos Muñoz (derecha), esculca el cauce de nuestro río.

Pero el Aburrá no sólo nos ha congregado a quienes lo reivindicamos desde el arte y la literatura, desde el patrimonio, sino que también ha convocado a los hombres que lo maquillan con sus cuentos tradicionales que iluminan la Navidad. Sus orillas ralas contrastan con el verde del cerro Nutibara, en cuyas faldas pastan gigantes camellos con pastores vigilando sus pesebreras, mientras enmascaran su lecho con una hilera de lonas que soportan aditamentos artificiales para el fantástico alumbrado de diciembre. Sobre su abdómen maloliente hacen titilar flores de loto, serpentear fosforescentes libélulas, mariposas, caracoles, ranas y sapos, alternándose con las leyendas navideñas, que se pasean sobre los semienterrados rieles del antiguo ferrocarril de Antioquia.

El río Aburrá, que tiene esta potestad de convocar el arte, se debe convertir en un cuento de luz: debemos mimarlo, limpiándolo, protegiendo su lecho, rescatando su limpieza para que vuelva a remojar a la gente de su Villa. Aunque ya empiezan a desaparecer los malos olores en el sur, persiste su pestilencia que pudre el aire hacia el norte del Valle de Aburrá. Nuestro grupo se ha dejado seducir por este buey que trabaja silencioso y enfermo, en torno al cual ha rugido el desarrollo antioqueño. Nuestra perspectiva es conocer a profundidad a este incansable trabajador que aún no se deja avasallar.

aljiguz@une.net.co

Publicado en EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 91

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Editorial

El sentido del gusto

“Mientras Olivia me masticaba yo sentía que actuaba en ella, le transmitía sensaciones que se propagaban desde las papilas de la boca por todo su cuerpo, que era yo quien provocaba cada una de sus vibraciones: una relación recíproca y completa que nos implicaba y arrastraba…”.

Portada Edición 92

Esta inquietante escena corresponde a un cuento de Ítalo Calvino en el que dos personajes sostienen una relación profunda a través de la comida. Al verla comer a ella, el hombre imaginaba la sensación de sus dientes en su carne y sentía que su lengua lo levantaba hasta el techo del paladar y lo envolvía en su saliva. El universo en que esos dos personajes se encuentran es el gusto y como sentido íntimo, es su territorio. Experimentan las sensaciones como si estuvieran “dentro” de sus cuerpos, como si lo esencial del territorio los implicara en todo y con todo. La percepción implica la aventura directa del conocimiento o de la sensación. No podemos gustar cosas a distancia, aunque hoy nos hallemos ante la complejidad virtual. Todavía debemos comer para vivir, tanto como respirar y aún no se vislumbra la posibilidad siquiera remota, de que el fenómeno virtual reemplace los alimentos y el aire, por símbolos o imágenes de pantalla. La respiración es un acto inconsciente, en cambio comer exige energía y planificación. La comida es una poderosa fuente de placer, un complejo de satisfacciones fisiológicas y emocionales. Es un constituyente fundamental de las formas de vivir, un eje cultural primordial e inexpugnable en todas las épocas y en todos los pueblos.

La palabra gusto ha sido siempre una prueba o un juicio. Los que tienen gusto (Olivia y su esposo, por ejemplo) son los que aprecian la vida de un modo intenso, personal, erótico, y han encontrado algo sublime en ella. De allí que algo de “mal gusto” corresponda a lo obsceno o vulgar, o pornográfico, en relación con el erotismo.

Por ello, uno de los mayores quiebres en la actualidad es la invasión, el asalto de los grandes centros de poder a la intimidad de ese territorio que es el gusto. En todas las esferas de la vida la globalización resquebraja y pulveriza las individualidades, las costumbres, los ritos y el sentido del gusto; dicta las formas de vida y hasta las de morir. Los mercaderes de las transnacionales uniforman la dieta, imponen sabores, colores, tallas, moldes, estilos, sonidos, olores. Suele decirse que lo que no se consiga en los grandes centros comerciales, no existe. De igual manera nos han vendido la idea de que aquello que no está en la red, no existe. Son los embustes “modernistas” con que pretenden arrasar cualquier vestigio autónomo o expresión de identidad propia.

Uno de los grandes derrotados en el mundo de hoy, es el sentido del gusto. Sacrificado por el vértigo, la superficialidad, los dogmatismos, el afán consumista. El desenfrenado deseo de ganancia de unos pocos, genera en millones de seres humanos el hambre más escandalosa y el desamparo, la tristeza y la falta de esperanza.  

Estamos pues, ante algo así como “el Quinto Imperio cultural”. Las naciones deberán ponerse a tono con este nuevo “orden global” para no sucumbir. La impetuosa respuesta de Egipto, Libia y otros pueblos árabes, así como el movimiento de resistencia en España, se levantan como faros luminosos en el mar picado del disgusto generalizado.

 Tomado de El Pequeño Periódico No. 92

Imagen del cabezote: Máquina de sueños irreparables, J. Carvajal

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Con sabor a crónica

Por Laura Areiza Serna

Berta aprendió a preparar gelatina de pata desde que tenía ocho años. Su curiosidad nació al ver a doña Patrocinio los domingos, en la Plaza del pueblo, estirando en una horqueta aquella melaza negra que se iba tornando blanca. De vez en cuando, después de salir de misa, el padre de Berta compraba gelatina para comer con mazamorra. La niña la comía amasándola con sus dedos, chupaba un poco y luego volvía a jugar con la elasticidad del dulce hasta

Ilustración de Ana María Oquendo M

convertir su vestido dominguero en un melcoche. Nadie podía entender el secreto regocijo que le producía juguetear con el dulce de pata, el mágico calambre que le producía en las manos; en su caso, la gelatina no sólo se comía con la boca sino también con la piel, la ropa y hasta el cabello. Ese amasar la mezcla calentaba su corazón y le propiciaba un encuentro musical en su abismo de silencio.

Un día decidió aprender a elaborar la gelatina. Tuvo que explicarle a su madre, mediante señas, qué era lo que quería para que le escribiera una nota pidiéndole el favor a doña Patrocinio de que le enseñara.

La niña llevó la nota y al entrar en la casona, el olor a clavos y canela invadió su respiración. La anciana la miró y sospechó que aquella niña poseía el ritmo de su vida en las manos. Aunque no se podían comunicar mediante la palabra, la niña y la vieja se identificaron a través de la mirada. Doña Patrocinio recordó su infancia en Andalucía y a su mamá estirando todos los domingos la gelatina, rememoró los caminos que tuvo que recorrer en el Valle vendiendo los dulces que preparaban. Aquella tradición le había permitido criar sus hijos y, ahora, sola en su casa de Fredonia, la seguía entreteniendo.

Patrocinio le enseñó al infante los secretos de este dulce. Entrambas hirvieron la pata largas horas, cernieron el caldo y volvieron a cocinarlo agregándole panela, clavos y canela. Finalmente, dejaron enfriar la mezcla. La anciana asió las manitas de Berta y las movió al tiempo con las suyas estirando la mezcla hasta que ésta se tornó blanca. Doña Patrocinio le señaló con el dedo el almidón para que lo esparciera sobre la mesa y pudiera cortar la gelatina en tiras y embadurnarlas del polvo.

De ahí en adelante Berta siguió haciendo la gelatina en su casa todos los domingos. En su mudez, el dulce le sirvió para comunicarse con su familia. Las manos eran su lengua, su herramienta para representar el mundo y también para estilarlo.

Un personaje testigo

Aníbal se enamoró de Berta cuando tenía 10 años. Era un niño introvertido, pero inteligente. Casi no salía de la finca y tampoco iba a misa los domingos porque sus papás eran protestantes. Conoció a la niña una mañana de abril, por casualidad, cuando acompañaba a su padre a saludar a los vecinos que esperaban otro hijo. El niño entró y de inmediato le llamó la atención el olor a clavos y canela, se deslizó hasta la cocina y pudo ver, por la puerta entreabierta, cómo la niña estiraba la gelatina. Le parecieron las manos más bonitas y ágiles que había visto. De repente, un ventarrón abrió del todo la puerta y los niños cruzaron sus miradas. A Berta le llamó la atención sus ojos miel y a él le pareció que la piel de la niña era como un rico arequipe. Aníbal se asustó al sentir el inexplicable silencio de ella y volvió a la sala. Berta siguió su labor pero, al ver su huída, sintió aún más injusto el silencio en que vivía, le pesó su condición de ser siempre un personaje testigo.

Después de aquel día, Aníbal contempló muchas veces a Berta y cuando comprendió el por qué de su silencio, concibió la idea de no separarse nunca de ella. Sin embargo, los padres de Bertha decidieron enviarla a un convento al considerar la dificultad de idear un futuro para una sordomuda. No sabían con certeza quién era aquella silenciosa criatura que habían parido y por ello decidieron buscarle otro camino.

 Cuando llegó a la casa no encontró a Bertha, solo había un paquete de gelatinas en el zaguán con su nombre escrito en tinta roja. Aníbal comió la última gelatina de la misma manera que Bertha: amasándola con sus dedos, embadurnándose hasta la cabeza. El dulce le curó el desasosiego que le produjo la separación. Sentía la magia de las manos de Bertha en el blando sabor que se derretía en su lengua, la última caricia de quien nunca fue capaz de expresarle sus sentimientos.

laurita_areiza@yahoo.es

 

Publicado en El Pequeño Periódico No. 91

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