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Archive for 24 mayo 2011

No pueden verlos ni tocarlos                          Crónica

Por Nubia Amparo Mesa Granda

"Las Madres de la Candelaria, sienten que al perder a sus hijos, maridos o hermanos, quedaron fraccionadas, desmembradas, pero siguen de pie"

No pueden verlos ni tocarlos. Sus cuerpos cayeron al abismo de lo intangible. Desaparecieron y no hay explicación. Son una estadística, un nombre en una larga lista. Buscarlos es lo único que los devuelve a la memoria, tratar de deshacer sus pasos  para restablecer el contacto; encontrarlos para sentir que aunque la vida se haya ido, su paso por la tierra quedó marcado en algún lugar.

 

A Arcibiades de Jesús Gallego Quintero lo vieron la última vez en el Alto de la Cuchilla en el municipio de Cocorná, viajaba hacia Medellín pero nunca llegó, y tampoco al municipio de El Santuario de donde había salido. Eso fue lo último que supieron de él. Después, durante más de diez años, todo ha sido seguir sus huellas para tratar de encontrarlo.

Tenía 18 años y había sobrevivido a la masacre perpetrada por un grupo armado en su casa de la vereda la Esperanza del Carmen de Viboral, el 7 de octubre de 1993. Allí murieron sus padres y una hermana. Pero los victimarios no cejaron en su empeño y en agosto de 1999 le cobraron la osadía de seguir con vida. Como si hubiesen pasado una lija por su cuerpo, borraron todo rastro y sumieron su existencia en la oscuridad, aunque su imagen sigue impregnada en la retina de Amanda, otra de sus hermanas, quien todos los días revisa la fotografía que le tomaron cuando iba a sacar la cédula y que le ha servido como herramienta para su infructuosa búsqueda.

La incertidumbre es la compañera diaria de Amanda. Busca en su recuerdo qué  ropa llevaba Arcibiades ese día, imagina el sufrimiento que pudo o puede estar padeciendo, sueña abrazándolo y por momentos se detiene en recuerdos como el del día que lo vio bailando en la tienda de la vereda. A veces, cuando acaricia la cabeza de su hijo, recuerda la suavidad del cabello de su hermano, “un monito muy lindo”, alegre y trabajador. ¿Quién se lo llevó? ¿Lo mataron? ¿Aparecerá algún día? Tantas preguntas, ninguna respuesta para Amanda quien, como consecuencia de la masacre perdió un ojo y la movilidad en uno de sus brazos. Siente que al llevarse a su hermano le arrancaron también una parte de su corazón y que solo la verdad podrá reparar su falta.

 

Las huellas de la infamia

El 19 de marzo de 1999 nace en Medellín la Asociación Caminos de Esperanza Madres de La Candelaria, una organización civil que agrupa a unos 600 familiares de desaparecidos en Antioquia.

La historia se multiplica por miles. Son 38 mil 255 las personas reportadas como desaparecidas desde 2008 en Colombia, según el último informe de Medicina Legal. Historias de madres, padres y hermanos que piden con su llanto que les devuelvan a sus seres queridos, que no puede ser posible que se hayan evaporado, que mientras no comprueben su muerte, los desparecidos seguirán siendo fantasmas rondando sus espacios vitales. “En mi cocina sigue sobrando el plato de comida para él”, afirma Amanda Gallego, y cuenta que en más de una ocasión le ha parecido verlo subirse a un bus o caminar por la ciudad. Es un espejismo que trata de asir, pero nuevamente se desvanece ante sus ojos.

Los familiares de los desparecidos se aferran al más ínfimo indicio para seguir el rastro. Esculcan entre los despojos de prendas recolectadas por la Fiscalía General de la Nación en fosas comunes: “fragmentos de un par de medias clásicas color azul oscuro”, “fragmento de bolsillo de pantalón con cierre y correa color negro”, “detalle de la inscripción en pretina”. Cotejan las pruebas de ADN con los restos óseos recuperados por las autoridades. Buscan los resultados de las pruebas  dactiloscópicas y de odontología. Diligencian formularios con la mayor cantidad de datos posibles que permitan la identificación del desaparecido. Van a cualquier lugar donde les han dicho que pueden encontrar su cuerpo, porque como dice Amanda: “Yo no pierdo la esperanza de encontrarlo, pero sí de encontrarlo vivo”.

Y cuando esa búsqueda que parece eterna no arroja resultados, no queda más remedio que tratar de hacerlos visibles a los ojos de todos, poniendo  una pancarta con las imágenes recicladas de sus rostros y agrupándose para que la sociedad se acerque a su drama. Sacar a la calle su dolor para que sea reconocido y reparado. Hacer de sus cuerpos y de sus voces vehículo de expresión, de esos a quienes “alguien” les quitó todo derecho de identidad.

“Llorar en compañía”

El 19 de marzo de 1999 nace en Medellín la Asociación Caminos de Esperanza Madres de La Candelaria, una organización civil que agrupa a unos 600 familiares de desaparecidos en Antioquia. Cada miércoles, en el Parque de Berrío, bajo el sol o la lluvia levantan sus pancartas para decir que los seguirán esperando, y gritan en coro que lo que quieren es “¡Verdad, justicia y paz!”. Levantar el silencio para combatir la impunidad es parte de su cometido.

Amanda se unió a la organización “por lo menos para llorar en compañía”, así ha descubierto el valor de la solidaridad para que la sociedad reconozca la situación, y exigir la reparación. La experiencia está inspirada en los movimientos de las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina y las del 20 de julio en Bogotá. A través de la asociación, Amanda ha participado en foros y talleres sobre Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario y ha recibido acompañamiento en su búsqueda. Asistir al “plantón”, semanalmente, le ha permitido, al menos, romper ese silencio obligado que produce el miedo y del cual solo se puede salir al nombrar la vida.

Como Amanda, las demás Madres de la Candelaria, sienten que al perder a sus hijos, maridos o hermanos, quedaron fraccionadas, desmembradas, pero siguen de pie. Enjugan sus lágrimas, mantienen los brazos abiertos, la dulzura en los labios y la fuerza para mantenerse vivas porque es la mejor manera de que sigan en la memoria.

 

nubia_mesag@hotmail.com

Tomado de El Pequeño Periódico No. 91

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Punto de vista

Por Saúl Álvarez Lara

Sostiene Roland Barthes “… El lenguaje es una piel. Yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras…” Otros dicen que “…el libro es una piel extendida donde las palabras cobran vida al tacto…” Gastón Betelli, pintor italiano radicado en Colombia, presentó hace algunos años una exposición de su obra titulada “El ojo táctil”. La anatomía dice que la piel es el órgano más grande y de mayor sensibilidad de nuestro organismo. Grupos de investigación en universidades americanas y japonesas trabajan con insistencia en el desarrollo de una nueva tecnología para fabricar un recubrimiento artificial que simula el tacto humano y tendrá aplicación en robótica como una “piel electrónica”. Los publicistas del mundo entero trabajan con base en estudios de tacto los empaques y textura de los productos que ponen en el mercado. Estos estudios definen el NT —Necesidad de Tocar­— de los consumidores como la preferencia de algunos por la experiencia y utilización de la información táctil. Por supuesto hay mayoría de sujetos que presenta un alto nivel de NT.

Queremos tocar. Necesitamos tocar.

Queremos tocar. Necesitamos tocar. Somos santo Tomases en potencia. En una sociedad cada día más virtual, más privada de sensaciones táctiles, donde el deporte y el sexo, dos aficiones masivas, suceden con mayor frecuencia en la pantalla de un televisor o una computadora, el deseo de tocar, de sentir, incluso más que el de ver u oler, es fuente de desequilibrios o angustias en ocasiones difíciles de controlar. Es por esto que las barreras, las cintas amarillas, los espacios vacíos entre los paradigmas, los héroes, y el público, son cada vez más frecuentes y se desplazan a la virtualidad. Hoy, las campañas políticas ocupan buena parte de su tiempo y presupuesto en estudios de televisión o en redes sociales, en otras épocas ese mismo tiempo era dedicado a la plaza pública, al contacto con la gente, a sentir, como decían antes, “el pulso del pueblo”. Hoy, el mismo “pulso” se mide con estadísticas y tendencias la mayoría de las veces erróneas porque, como la gente no siente, no toca, no aprieta, como se hace con un aguacate para saber si está maduro, no dice abiertamente sus preferencias.

Sin embargo no todo es apocalipsis. Nos quedan las palabras, la literatura que, como dijo Barthes, es una piel que llevamos puesta y nos permite discurrir por mundos, por historias, por ficciones y no-ficciones. Nos permite hablar con las manos y ponerle tacto a las palabras. Un amigo me dijo hace poco, “… para ver tengo que tocar…”, y enseguida me contó cómo, deslumbrado por las nalgas de Venus, en La Venus del espejo, había pasado por encima de la barrera que separa la obra del público, y apenas rozándola por temor a sacarla de su éxtasis, apenas sintiendo la piel pintada por Velásquez bajo la caricia de sus dedos le habló, le contó su cuerpo, el inicio de sus nalgas, su piel suave, su espalda, sus muslos, le propuso que le dejara cruzar sus dedos con los de ella entre su cabello, incluso se vio reflejado a su lado en el espejo. Para terminar mi amigo dijo, la acaricié, con palabras… la acaricié. Y ¿qué más?, pregunté imaginando la llegada de un guardia del museo. ¿Qué más..? a ella le gustó, aseguró mi amigo.

saulalvarezlara@gmail.com

Tomado de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 91

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Gardel vive en Tacuarembó y tiene la cara con quemaduras.

Cada día canta mejor

Por Gustavo Esmoris

Escritor uruguayo

Gustavo Esmoris escribió la novela "Un viejo octubre roto" y numerosos cuentos, entre los cuales "Cada día canta mejor", mereció el reconocimiento nacional en Uruguay.

Era un día caluroso, sin sol, con un techo de nubes grises a punto de caer sobre la ciudad de Tacuarembó. Desde un tiempo atrás, estaba investigando la vida de Gardel, y alguien había llamado a la redacción en Buenos Aires, para decirme que tenía datos importantes. En el bar La Sombrilla, lugar acordado para encontrarme con mi contacto, sonaba de fondo la voz del Mago. Esperé más de una hora, y cuando creía que ya nadie vendría, un hombre se arrimó al estaño.

– Qué gola el Mudo, ¿eh? Cada día canta mejor –dijo sin quitar la mirada del mostrador, mientras con un leve movimiento de su cabeza señalaba el lugar de donde provenía el sonido.

Al escuchar sus palabras, pedí una vuelta para los dos.

– Yo invito –dije.

– Permítame sugerirle algo –continuó entonces el hombre–. Tal vez ustedes los periodistas no deberían preocuparse tanto por la nacionalidad o la infancia de Gardel; más bien deberían confirmar su muerte, investigarla en todos sus detalles.

– ¿Qué hay con eso? La muerte de Gardel es una de las pocas certezas.

– No crea, no crea… ¿Qué diría si alguien le asegura que vive acá cerca y tiene 119 años?

Lo miré sin entender hacia dónde derivaba aquella conversación. Pensé que tal vez estuviera hablando con un loco, o simplemente el hombre había decidido burlarse de mí. Empecé a arrepentirme de los cientos de kilómetros recorridos.

Tras sus palabras, un silencio muy parecido a un ancho muro se instaló en el breve espacio que nos separaba. Varias veces vi que el hombre estuvo a punto de traspasarlo. Decidí hablar.

– ¿No irá a repetir aquel rollito gastado de que Gardel está oculto a causa de sus quemaduras?

– Si se lo dijera, ¿me lo creería?

– Por supuesto que no. Espero que no me haya llamado para eso. Aún en la hipótesis absurda de que hubiera sobrevivido al accidente, nadie vive tanto. Sólo podría convencerme de algo así si lo viera con mis propios ojos, y cantara para mí.

– Eso se puede arreglar, le aseguro que no es difícil.

Comprendí que el hombre quería dinero, eso era todo.

– Oiga, tenga claro que no pienso darle un peso por una historia tan absurda. Si usted dice que el Zorzal está vivo, demuéstrelo.

Ahora el hombre estaba serio y callado, como si el muro entre nosotros se hubiera instalado otra vez, con más solidez, a causa de su última frase. Con los codos apo­yados en el mostrador, y las manos en su cabeza, parecía estar buscando la mejor forma de retomar el diálogo. Aprovechando su vacilación, pagué y salí del bar. Cuando estaba a unos cien metros del lugar unos pasos apurados resonaron detrás de mí.

– ¡Oiga! –gritó el hombre, agitado–  No puede irse de esa manera. Le digo que Gardel está vivo y usted se va como si tal cosa.

Sacó algo del bolsillo de su saco, y enseguida pude ver que lo que extendía frente a mis ojos era una vieja foto.

– Mire, compruébelo usted mismo  –gritaba, pese a la corta distancia que nos separaba, agitando la imagen sepia de un hombre con sombrero. Hablaba con excesiva rapidez, tratando de trasmitirme esa idea descabellada en la que nadie podía creer.

Ante tanta insistencia, y sin dejar de caminar, tomé la foto y la miré por unos instantes. Se trataba de una imagen oscura, capturada por un aficionado, en la que la decrepitud del personaje retratado parecía ensancharse y hacerse fuerte alrededor de los ojos, en unas cicatrices que daban a la piel el aspecto de la cera derretida. El rostro, si bien desfigurado, se parecía a un Gardel muy viejo y demacrado.

– Soy el señor Wagner, Américo Wagner –dijo, extendiendo su mano.

– Esto no vale nada, amigo –respondí, dejando su saludo en el aire–. Desde que las computadoras crean imágenes, todo es posible. Que una vaca baile ballet, por ejemplo, o que Gardel permanezca secuestrado por marcianitos verdes.

– Hagamos lo siguiente –dijo el sujeto–, yo arreglo una cita y mañana mismo vamos a verlo. No quiero dinero hasta que usted en persona compruebe de qué estamos hablando. Juéguesela, patrón, tenga en cuenta que hablamos de la noticia del siglo. ¡Qué digo del siglo, del milenio!

Esa noche casi no pude dormir. La situación era absurda, casi ridícula; no creía una palabra de lo que el supuesto timador me había dicho, pero en mis sueños entrecortados no dejaba de aparecer, una y otra vez, la imagen de Gardel escapando de un avión en llamas, entre muchas personas que lo asistían sin reconocerlo.

A la mañana siguiente una campanilla resonó en mi cerebro hasta obligarme a levantar el tubo del teléfono; luego de unas palabras de la telefonista del hotel, de inmediato reconocí la voz del señor Wagner.

– ¿Le queda bien después de almorzar?

– Creo que sí –le dije–, aunque debería despertarme para darle una respuesta confiable.

– Está bien, no creo estar hablando con un sonámbulo. Lo espero en el hall a eso de las trece.

A la hora convenida, el hombre estaba parado en la puerta del hotel, mirando nervioso hacia dentro. Apenas me acerqué, volvió a extenderme la mano. Esta vez se la estreché. Inmediatamente sacó un sobre con fotos y pretendió que las observara.

– Nada de eso –le dije–. Ya dejamos en claro que sus fotos sólo son humo.

– Está bien, está bien, no se irrite. Pongámonos en marcha, entonces.

Caminamos durante media hora, casi sin cruzar palabras, hasta dejar atrás el último empedrado. Cada pocos metros, mi acompañante se daba vuelta, como cerciorándose de que nadie nos siguiera. Sé que tras el fin de la ciudad una larga callecita de tierra avanzó sobre nosotros, hasta que el señor Wagner señaló unos techos rojos.

– Allí es –dijo con entusiasmo–. Esa es la casa del Mago.

Todo se veía abandonado, casi ruinoso, como si fuera imposible que alguien habitara ese lugar. En medio del polvoriento paisaje unos niños jugaban al fútbol.

– ¿Vienen a ver al abuelo? –preguntó uno de ellos, cuando nos detuvimos frente al desvencijado portón.

– Tiene como 120 años y tan campante. ¡Es Gardel! –agregó otro de los niños, y enseguida el picado continuó.

La puerta estaba sin llave y el señor Wagner la abrió despacio, como si temiera a algo a lo que ya se hubiera enfrentado antes. Metió primero la cabeza, con cautela, y sólo cuando pareció convencido de que no existía ningún peligro dejó que el resto de su cuerpo ingresara en la casa. Como si una lluviosa noche de luna se hubiera refugiado para siempre entre aquellas paredes, nos recibió una húmeda semipenumbra.

– Siéntese –dijo mi acompañante, señalando con un sobreactuado gesto de su palma extendida la difusa silueta de un sillón–. Estará más cómodo que de pie, y además, siempre será mejor recibir la sorpresa de su vida estando sentado.

Tras sus palabras, el hombre llamó a la puerta de la única habitación, primero con exagerada suavidad y luego dando golpes más firmes. En ese momento me convencí de que todo era una fantasía que bailaba en su cabeza, o como supuse en un principio, una gran puesta de escena con la exclusiva intención de quitarme dinero. De pronto, cuando la única respuesta parecía ser el silencio, la puerta se abrió con lentitud y la figura de un hombre salió de las sombras.

– No prendan la luz –ordenó en un tono perfectamente reconocible, como salida de un disco, la voz de Gardel–. Nadie debe verme, recuerden eso.

Al verlo aparecer, al señor Wagner se le dibujó una amplia sonrisa, adivinable gracias al brillo de lo que parecía ser un diente de oro.

– Se lo avisé, ¿no? –dijo girando la cabeza hacia mí. –Le presento al Zorzal Criollo.

Apoyado en la silueta de un bastón, el supuesto Carlitos era una figura sombría que vacilaba y hacía preguntas, una y otra vez, mientras su mano libre buscaba en el aire el respaldo de una silla.

– Cantaré unos tangos que compuse hace poco, y después se mandan mudar –dijo cuando por fin logró reunirse con el asiento–. Lo último que quiero es andar convenciendo periodistas acerca de si soy o no quien dicen.

– Oiga –le dije en voz baja al señor Wagner–, no me tome por estúpido. Si piensa que puede sacarme algo con todo esto, vaya perdiendo las esperanzas. He lidiado con muchos y muy buenos vendedores de historias, pero nadie compraría ésta. Deberá inventar algo más creíble, o dedicarse a un laburo honesto.

– Déjeme cantar, y por favor, no crea nada de lo que ve y oye –me interrumpió con una indisimulada molestia el anciano, que parecía haber escuchado cada una de mis palabras–. Tampoco a mí me interesa eso.

– Sí –repitió como un eco el señor Wagner–, déjelo cantar.

Con dificultad, la silueta mal dibujada del viejo hizo surgir una guitarra, y comenzó a afinarla sin ningún apuro. Las notas salían de sus dedos en breves ráfagas, y se repetían casi idénticas. De pronto, sin que nada lo anunciara, arrancó con la primera canción. Tal como lo había advertido, se trataba de un tema desconocido, al menos para mí. Si no existía ningún truco y de verdad esa era su voz, debería tratarse de un notable imitador. Cuando terminó, el señor Wagner aplaudió con un fervor que parecía desmesurado para la estrecha dimensión de la sala. Pese a la escasa luz del lugar detecté un brillo agradecido en sus ojos. Entonces, frente a tanto entusiasmo, el anciano dio las gracias un par de veces, con un marcado acento gardeliano, y sin despegarse de su silla hizo una especie de reverencia. Luego cantó un par de temas más. Tras los nuevos aplausos del señor Wagner el cantor dejó la guitarra a un costado.

– ¿Tiene fuego? –me preguntó, mientras se llevaba la sombra de un cigarro a la boca.

Homenaje a Gardel, mural Museo de Arte Modernos de Madrid.

Me levanté y caminé los tres o cuatro pasos que me separaban de él, sintiendo una extraña familiaridad con ese momento, como si todo se tratara de un suceso ya vivido que volvía hasta mí en una especie de espiral. Cuando estiré mi brazo y el encendedor iluminó el breve espacio de la habitación, pude ver su rostro durante unos instantes.

– ¿Cómo pasó esto, maestro? –pregunté entonces, con voz temblorosa, y comprendí que mis ojos también deberían brillar en aquella penumbra inmóvil.

– Tal vez la muerte se creyó la noticia, como todos, y no sabe que debe volver por mí –me respondió con una inconfundible voz–  Gardel ya no existe, quedémonos con el accidente de avión. Nada de esto está sucediendo. Olvídeme.

Busqué con la mirada al señor Wagner, pero a mi lado ya no había nadie. Tropezando en aquella oscuridad me dirigí hacia el jardín. El lugar estaba desierto; ni rastro de él, ni de los niños que un rato antes jugaban a la pelota. Cuando volví a la habitación también el sillón del cantor estaba vacío.

Me alejé de Tacuarembó esa misma tarde, en el primer ómnibus, y nunca más volví. Ya en Buenos Aires, no hubo un día en que no me propusiera escribir una nota sobre aquel encuentro, pero siempre terminé renunciando a la posibilidad de hacerlo. Nadie lo creería, y todo serviría sólo para que alguien dijera –entre copas– que Carlos Gardel cada día canta mejor.

 

NOTA:

Gustavo Esmoris, nació en el barrio del Buceo, en Montevideo en 1959. Es periodista y coordinador de talleres de escritura. Ha publicado cuatro libros, y obtenido varios premios nacionales y extranjeros, entre ellos el Primer Premio de Narrativa en el Concurso Municipal de Literatura de Montevideo, en 2005, con su novela Un viejo octubre roto. Colabora con EL PEQUEÑO PERIODICO como Corresponsal en la capital uruguaya.

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