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Archive for 24 marzo 2011

SABOR A CRÓNICA

Por Laura Areiza Serna 

. En el tiesto Zibe, que significa lugar donde mueren los alimentos, se termina de agonizar-cocinar el cazabe.

 

Cuando los conquistadores europeos probaron el cazabe, su reacción fue de rechazo. Lo calificaron como pan insípido y ácimo, cuya masa expelía un olor pestilente y destilaba un veneno mortal para el organismo.

 

Con el paso del tiempo las expediciones se hicieron austeras y el hambre comenzó a cobrar vidas en las tropas. Quisieran o no, el único alimento para abastecerse era lo que esta tierra “salvaje” les pudiera dar. Los secuaces de Lope de Aguirre, por ejemplo, se vieron forzados a hacer ellos mismos el cazabe en las tierras del Pirú. Antonio, el médico protagonista de Toá –novela sobre la cauchería del colombiano César Uribe Piedrahita–, cuenta que cuando probó el cazabe indígena no encontró en sus recuerdos algo que tuviera olor o sabor parecido: “El cazabe no tenía sabor. Esa pasta de yuca venenosa, molida y lavada, no podía adquirir sabor con sólo extenderla sobre un tiesto caliente hasta que se pusiera dura”. No cabe duda de que aquellos forasteros no poseían en su memoria olfativa y gustativa los extraños matices de ese alimento aborigen. Empero, fue ese pan sin aparente sabor lo que, en muchos casos, les salvó la vida y, en consecuencia, nos es preciso rescatar y valorar la dignidad culinaria de este alimento.

 

El robo del fuego simboliza la erradicación del hambre, el nacimiento del cultivo

La yuca se fermenta generando un olor penetrante y ligeramente rancio. La abuela sabedora, uzungo, escurre la yuca y se dispone a machacarla. Hace agonizar el veneno de la serpiente, nuio.

Describir el sabor o el aroma del cazabe es una tarea imposible, pues las experiencias sensoriales son únicas en cada individuo. Todos los sentidos se agudizan cuando van a enfrentarse a lo desconocido; el ánimo se predispone al abordar un alimento que pertenece a una tradición culinaria diferente. Sin embargo, presenciar el proceso de elaboración del cazabe en la maloca de la familia Jitómagaro, habitantes de la selva amazónica, permitió descubrir aspectos en la alimentación que van más allá de la necesidad biológica de supervivencia y de cualquier canon estético culinario de nuestra época.

Origen del cazabe

Según cuenta Jitomafairinama, el cacique de la comunidad, Taingoji es el significado para cazabe en lengua minika y su origen es muy antiguo. Uno de los primeros habitantes de este mundo, Monayajurama, dueño de la abundancia, hizo amanecer a través de un sueño el árbol de abundancia. Percibió a través del olor todo los frutos que se podían comer: lo ácido, lo amargo; lo picante, lo venenoso. El héroe fue tejiendo con su olfato un árbol que contenía todo lo comestible para que el hombre perdurara en la tierra. Sin embargo, aquellos primeros hombres solo podían comer la yuca brava cruda porque no tenían fuego. En vista de esto, la madre portadora del fuego quiso proteger a los niños del veneno; llevó un tizón encendido, hizo el cazabe y dio de comer a los niños cuando sus padres se iban a trabajar, pero nunca dejaba el fuego ni tiesto, o plancha de barro, donde se asa el cazabe. Los padres probaron el pan al volver y preguntaron a los niños cómo lo habían conseguido, pero ellos callaron advertidos por la madre fuego. Finalmente, uno de los niños contó la verdad y los padres, sin que la madre fuego se percatara, le robaron el fuego cuando ella volvió a alimentar los niños.

Luego envuelve la masa añeja de la yuca en el matafrío inarako, que significa boa o trenza de la abuela, lo cuelga en dirección vertical y lo enrolla con la misma fuerza de una boa constructora para que escurra todo el veneno.

La transformación de la yuca brava, animal venenoso, en un alimento unificador de la cultura, es muestra de la consolidación de un saber que involucra en especial a la mujer, que representa la fertilidad.

El cazabe no es sólo un alimento sagrado y fundamental para las comunidades amazónicas en general, es también el símbolo cohesionador de un conocimiento ancestral. Con el descubrimiento del fuego, equiparado a la hazaña de Prometeo encadenado, nace la ciencia, la técnica, la tradición. El robo del fuego simboliza la erradicación del hambre, el nacimiento del cultivo,  la aparición de un nuevo elemento que garantice la existencia de la vida y la prolongación de la especie.

Finalmente, se vuelve a machacar para que la masa quede fina. En el tiesto Zibe, que significa lugar donde mueren los alimentos, se termina de agonizar-cocinar el cazabe. La harina se esparce en la plancha de barro en forma de arepa y se prensa con la mano.

La transformación de la yuca brava, animal venenoso, en un alimento unificador de la cultura, es muestra de la consolidación de un saber que involucra en especial a la mujer, que representa la fertilidad. La belleza se basa en la forma como la mujer prepara el cazabe y cuida el cultivo. Con la presencia del cazabe nace la necesidad de crear espacios de intercambio. En la víspera de un baile, rafue, se recibe a las familias invitadas con cazabe y carne de caza para que estén dispuestos a cantar, a danzar y a gozar de los frutos del trabajo.

Uzungo voltea el cazabe con cuidado sin permitir que se desmorone, pues sus futuros hijos podrían nacer deformes. Cuando está bien tostado lo aparta y lo deja enfriar. Al llegar su esposo se lo ofrece, fresco, con caldo de ají.

 

El Pequeño Periódico No. 90

laurita_areiza@yahoo.es

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Colombia In-tacto (Ya está en circulación)

Editorial 91

Mientras las bombas caían, el grupo conversaba animadamente: leían, brindaban, inclusive reían. El lugar era pequeño, estaban casi apretujados, parecía una aglomeración pero no lo era. No se tocaban, se cuidaban de rozarse siquiera. Tocarse podría resultar peor que las bombas. La represión del tacto era la máxima norma. Hasta el nombre se ocultaba. Aquello no era diplomacia, era la hipocresía como estilo de vida. Todos hablaban con todos, en eso eran democráticos, pero se cuidaban de expresar las fobias y los ascos que alguno generara a los otros, bien por sus ideas, rango socio económico o por ser inmigrante… Y afuera caían las bombas.

Esta escena, casi cinematográfica, no es ficción, ni corresponde a la Libia de hoy. Es fruto de nuestras lecturas del libro póstumo Fiesta bajo las bombas, de Elías Canetti, conformado por un puñado de apuntes y fragmentos que él fue recogiendo durante los 50 años que vivió en Inglaterra.

Valdría la pena descorrer la fina cortina de terciopelo de la Historia, para ver cómo los pilotos sueltan las bombas con mucho tacto sobre la piel del planeta. Pensemos que las manos con que pulsan los botones fatales están enfundadas en guantes antisépticos, dignas de una alta cirugía del corazón o del cerebro. Pero en el fondo la operación que ejecutan no es de recuperación, sino todo lo contrario, abren y abren heridas en el tejido planetario y pulverizan al “enemigo” constituido de miles y miles de seres vivos.

¿En qué podría diferenciarse el hueco dejado por las bombas, del de una mina de oro o carbón explotada a campo abierto? ¿O el incendio y la tala indiscriminada de bosques? ¿O el de la febril extracción del petróleo de las entrañas de la tierra? El rostro del planeta, por dentro y por fuera, sufre la irrecuperable desfiguración, y con él quienes lo habitamos. Pareciera, como en la genial creación de Balzac, que todavía creemos que el planeta es eterno y que nos puede satisfacer todos los caprichos y deseos, sin percatarnos de que, como en el caso de la Piel de zapa, la Tierra se va encogiendo con cada deseo hasta que desaparezca.

Para algunos el tacto es el rey de los sentidos, pues no está concentrado en la cabeza como los demás, sino extendido a través de la piel que cubre todo nuestro cuerpo. Es con la piel que tenemos el sentido del tacto, de la temperatura, de la presión, del dolor, aunque el abuso del mundo virtual esté atrofiando la capacidad de respuesta de nuestros sentidos. ¿Por qué no considerar también a la Tierra como un ser? La piel del planeta no sólo recoge, sino que también da información, pero si esa piel está deteriorada, rota, abierta, bombardeada, la información puede resultar equívoca.

Ya nadie duda de que lo que suceda en un lugar del mundo repercute, en mayor o menor medida, en el resto. A Colombia nos llegan esas oleadas. No somos ni una isla, ni tampoco el ombligo del mundo como algunos publicistas pretenden hacernos creer. Aquí la tierra está herida, sangrante, y aunque la escena de los “parties” ingleses, de la que nos habla Canetti, sucedió durante la Segunda Guerra, podríamos estar incurriendo en la misma o peor actitud, haciendo “invisibles” a los demás mientras hablamos con ellos, y sellando nuestros oídos para no escuchar lo que sucede a nuestro alrededor. Quitémonos de la cabeza esa idea, nuestro país no está intacto. Afuera hay mucho ruido.

 El Pequeño Periódico No. 91

Ya está en circulación

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¿Existe la literatura femenina?

Por Silvia Casabianca Zuleta

Virginia Woolf

“¿Por qué es tan distinta la mujer de las novelas a la de la vida real? El historiador nos cuenta que la mujer ha vivido oprimida, sometida a la autoridad marital o paterna. Y, sin embargo, la mujer está en la poesía de punta a punta. Las mujeres de la vida real no piensan ni deciden solas; si no tienen la independencia económica, no tienen independencia de pensamiento. Y, además, las mujeres que aparecen en la literatura están allí, siempre desde el mismo ángulo, desde el punto de vista de su relación con el otro sexo. Los hombres no: ellos cazan, son guerreros, caballeros, mandan países. Las mujeres son esposas, madres, hermanas… de los guerreros, los caballeros, los mandatarios…”

 
  “Era extraordinario cómo Peter podía ponerla en ese estado nada más que con venir a instalarse en un rincón. La hacía verse a ella misma; la hacía exagerar. Era estúpido. ¿Pero por qué venía, entonces, simplemente para criticar? ¿Por qué tomar siempre, no dar nunca? Allí andaba vagando y ella debía hablarle. Pero no se arriesgaba. Esto era la vida: humillación, renunciamiento…”
 
 Cerré el libro decidida a olvidar las grises reflexiones de Clarissa Dalloway y, abochornada por el calor que inundaba la casa, resolví salir a buscar un poco de fresco. El rumor de la calle me tentaba: no más estar ajena a lo que ocurría en el mundo, allá afuera. En la calle, el rumor se concentraba en una esquina y se evaporaba en la siguiente. Caminé por la vía polvorienta, mirando aquí y allá, esbozando saludos a caras conocidas. Los pies estaban cansados, hinchados, pesados. ¿Se sentirían igual todos los transeúntes? ¿O los vendedores que habían permanecido de pie el día entero bajo la pobre sombra de sus toldos? Sin duda ellos se sentirían peor, pero ya estarían acostumbrados. Recordé un pasaje de la Señora Dalloway en que Peter Walsh caminaba por Londres mientras la tarde moría: el día era como una mujer que se quita un traje estampado y un delantal blanco, para vestirse de azul y perlas. Qué linda figura, pensé. El día se despojaba de calor, polvo y color.

Virginia Woolf -

¿Marchitaba la tarde? Miré a mis espaldas: la tarde había comenzado a caer, sí, y el cielo se había transformado en una melodía de colores suaves, azules, violetas y rosados. Una bocanada de aires frío me refrescó el rostro. Miré las nubes: eran inmensas embarcaciones que navegaban libremente, y a cualquier velocidad, avanzaron mientras las miraba. ¡Imposible adivinar sus capitanes! Las aguas del río corrían sin prisa y sus olas eran suaves, como un cabello que pierde sus rizos. Los pies iban olvidando el cansancio, los rumores de la ciudad quedaban atrás y yo recordaba el suicidio de Séptimus y la soledad de su mujer que había fabricado un sombrero que recordaría siempre por la  rosa diseñada, por los últimos minutos lúcidos de su esposo. Un ruido distinto me recordó el aullar de una ambulancia. Tal vez era el pito de una lancha que llegaba fatigada a entregar, por fin, su carga.

Para escribir sobre mujeres hay que dejar de ser mujer

 
 Algo extraño sucedía. Me paré de repente. Con asombro me dije: este no es el Magdalena. ¿No conocía yo bien acaso estos parajes? De dónde habían salido entonces esos sauces llorones que se inclinaban a besar las aguas? Y, aquel joven tan rubio con esa indumentaria anticuada, ¿qué hacía en medio del río, remando en la canoa? Me habré dormido, pensé. Las aguas corrían límpidas y rápidas y me encontraba de pie sobre una extensa alfombra de grama salpicada de hojas rojas y amarillas que crujían al quebrarse bajo mi zapato. 

Todo era brillante y nítido; no parecía un sueño. Miré a mi alrededor y sólo descubrí a una mujer. La observé para detallarla; le calculé cuarenta años cansados, reflejados en sus ojos grises y su rostro pálido. ¿Quién sería? Algo en ella me resultaba familiar. Le solté la absurda pregunta: ¿dónde estamos? Vestía un jersey negro, de cuello alto, falda gris hasta el tobillo y se cubría con un abrigo de paño color miel. Cuando vi su traje miré el mío, de algodón, sin mangas; vino el frío y su respuesta: En Londres.

Algo ahora me descifra de quién se trata. La saludo, me presento y ella debe darse cuenta de la sorpresa y el respeto que reflejarán, sin duda, mis ojos. Caminamos en silencio. Al llegar a la carretera nos detenemos y subimos a un viejo Rolls negro de cabrilla a la derecha.

El chofer permanece muy tieso frente al volante (va uniformado, con gorra) y conduce atento al camino. Mientras el auto rueda, a no más de 30 kilómetros por hora, veo ya sin impresionarme, londinenses que llenan las calles, sumergidos en las brumas frías de la ciudad, tibiándose las manos entre los bolsillos de sus abrigos de paño. Ante mí desfilan nuevas y viejas construcciones; lejos, algunas chimeneas fabriles vomitan su humo cargado de hollín que luego llevará manchándolo todo. Alegres jóvenes abandonan los edificios de oficinas. En las esquinas se amontona la gene que aguarda los rojos buses de dos pisos, que vienen atestados.

– Esto es Bloomsbury, me dice ella. Yo miro las casitas de ladrillo rojo y techos puntiagudos y me gustan. Por las aceras hay niños jugando, niñeras de cofia arrastrando cochecitos, voceadores de periódicos.

Virginia tejiendo

¿En qué año estamos? La prensa lo dice: Octubre 31 de 1929. Miro los pinos que rodean las casas y me asombro del verdor que conservan. El auto se detiene en una esquina y empezamos a subir una callejuela empinada. Llegamos a un cafetín y escogemos una mesa del fondo, mientras cavilo cómo fue que el tiempo marchó hacia atrás. Pedimos té. Ella murmura:

– Impalpables las huellas de la guerra. Fuimos más afortunados que Francia.

Me sorprendo. ¿La guerra? La paz fue firmada hace diez años.

–  Pensaba que todo parece intacto y sin embargo por mucho tiempo que pase no podrán reconstruir lo esencial. ¿Sabe lo que ha sido el grupo de Bloombsury? Aquí vivimos, conocimos y recreamos la vida los artistas de mi generación. Nos negamos a ir a la guerra – fuimos objetores de conciencia – y sobrevivimos; pero la guerra logró dispersarnos y ha dejado hondas secuelas en nuestros espíritus. Forster, de los nuestros uno de los mejores, ha dejado de escribir novelas aduciendo que le es imposible llevar a la ficción el mundo contemporáneo. Se añora la preguerra y no porque los años veintes hayan sido malos para el arte. Al contrario, se han puesto de moda la fotografía, el cine, Joyce y Proust, pero de algún modo, la alegría parece haber terminado. La miseria que dejó el conflicto nos ha hecho más serios, quizás más políticos… nuestras ideas, esas ideas con que se escandalizó Londres, por nuevas, por irreverentes, ya no tienen la repercusión de antes.

Virginia Woolf en la madurez

Le reclamo la amargura de sus palabras. ¿Acaso, le digo, los miembros del grupo que ella misma fundara, no se caracterizaron por su sentido del humor?

– ¿Y el amor a la belleza, a la verdad, el horror al tedio? ¡Ah, sí! Pero qué difícil conservar esos valores intactos cuando tu país ha estado en guerra y tantos conocidos han perdido su vida por una causa que ni siquiera era la propia. La violencia insensata de los hombres acaba con los honestos, los puros y los enamorados.

Ahora cae el silencio en medio, después de esta frase pronunciada como una triste sentencia. El té está muy caliente y lo bebemos a pequeños sorbos. Aún no termina de oscurecerse el día. En octubre los crepúsculos son todavía largos.

El local se ha ido colmando de rostros grises y cuellos abultados por bufandas de paño. Como los parroquianos entran con los hombros encogidos, las manos en los bolsillos y tiritando, uno imagina el frío que hace. Fuera, frente a la puerta de vidrio llena de letras que acaba de cerrarse tras el último cliente, un remolino recoge amarillas hojas de otoño y se las lleva. Dentro todos hablan en murmullos. Nos llegan bocanadas del aroma de tabaco y el recinto comienza a llenarse de humo. Mientras abrazo la taza de té entre las manos, con la vana esperanza de entrar en calor, me doy cuenta de que han reconocido a Virginia Woolf por la forma en que la miran.

Le pido entonces que cuente su vida, su infancia. Por primera vez esboza una sonrisa y sus ojos brillan con las evocaciones: la vieja casona, jardines llenos de árboles, cuentos infantiles, tertulias de la casa Stephen, la casa paterna.

La huella triste de su cara retorna al recordar la muerte de su padre e interrumpe el recuerdo hablando de su esposo:

– A Leonard lo conocí pocos años más tarde. Ha sido un compañero, un consejero, un estímulo en el trabajo, un apoyo en los malos momentos. Recuerdo, con entusiasmo, cuando fundamos la Hogarth Press. Estábamos sin dinero y conseguimos aquella impresora manual. Pretendíamos editar lo que ningún otro se atrevía. Publicamos obras de T.S. Elliot (The Sacred Wood), de Freud (demasiado escandalosas para la sociedad sus teorías sobre la líbido)… Lo primero que imprimimos fue Kew Gardens, un librito mío, de apenas diez páginas, ilustrado de Vanessa (mi hermana) con dibujos que complementaban el texto…

– Que fue muy bien recibido por la crítica a pesar de sus propios temores.

– Cuando lo leí, después de impreso, me pareció ligero y corto. Me sorprendí cuando un día entré a la casa y encontré la mesa atestada de pedidos de Kew Gardens

– Se comentó que había nacido una nueva manera de narrar.

– Es que desde entonces empiezo a intentar esos monólogos interiores en que los personajes sacan a relucir su mundo y traslucen el mundo que los rodea. Hay monólogos en Al faro que acabo de terminar y también en Mariposas nocturnas o Las olas, sí creo que definitivamente será Las olas,  que apenas comienzo. Y otra constante: mi intento por reivindicar lo trivial.

– Al respecto, discute usted por la obra de los victorianos..

– Mire, las novelas que nos antecedieron, a mi modo de ver, falseaban la realidad. ¡Siendo naturalistas, retrataban el mundo de un modo tan mecánico! Las relaciones personales parecían estar al margen del ambiente en que se desarrollaban; yo creo que la vida está lejos de ser así. La mente recibe millares de impresiones. Aquí, mientras conversamos, usted capta mi traje, la puerta que se abre, la camarera circulando por entre las mesas y, además, me escucha, y yo la música de fondo; unas impresiones serán tan leves que se esfumarán y otras permanecerán grabadas con la dureza del acero. Es como una lluvia de átomos: la vida no es un conjunto de faroles colocados simétricamente; la vida es un halo luminoso. Por eso creo que los pequeños detalles exteriorizan la complejidad de una experiencia y el escritor debe reflejar esa realidad compleja.

– ¿Cómo ve la evolución de la novela desde el siglo pasado?

– En 1882, cuando nací, la novela había reemplazado por completo a la poesía épica como género literario. Lo lograron personajes como Charles Dickens, Ruyard Kipling, y una mujer: George Elliot, que, fíjese, conservó un seudónimo masculino para lograr que sus obras fueran leídas sin prejuicios. Ahora la novela ha de avanzar. Trasladar la poesía a la novela, ¿por qué no? Me parece que los anteriores procedimientos quedaron anticuados.

Hay un ensayo suyo que ha resultado particularmente exitoso: La habitación propia. Me parece que ha gustado mucho su particular forma de abordar la cuestión femenina.

– Bueno, usted sabe, me llaman a dictar una conferencia sobre la mujer y la novela. ¡Menudo lío! No soy una especialista pero no tenía escape. Siendo mujer y dedicada a escribir novelas se suponía que debía ser capaz de abordar con éxito el tema. No podía defraudarlas. Soy muy sensible a la situación de la mujer en Inglaterra. Cuando yo nací, no era bueno haber nacido mujer. No teníamos derechos, muchas mujeres aprendieron a organizarse para reclamarlos y el Congreso se negaba a concederles el privilegio de elegir y ser elegidas. Cuando vino la guerra, muchas mujeres que habían luchado por sus derechos se encontraban en la cárcel y de allí salieron para demostrar que su país las necesitaba y que ellas tenían capacidades.

– Y en realidad la guerra cambió las cosas, consiguieron el voto.

– Sí, era inevitable. En fin, volviendo al tema, me pongo a preparar la conferencia y empiezo por mostrar lo que significa ser mujer en Inglaterra en este momento: hemos adquirido derechos, pero, ¿la igualdad? Tenemos el voto, pero ¿y la solvencia económica? Existen aún lugares vedados para la mujer y otros a los que no se puede acceder sino en compañía de un varón. Visito imaginariamente una universidad masculina y luego una femenina. Riqueza y pobreza hacen el contraste. Entonces me empiezo a preguntar el por qué de la pobreza de nuestro sexo. La universidad masculina tiene imponentes edificios cimentados sobre oro y más oro. Se cena con vino y faisán. En la femenina no hay siquiera guardianes, las construcciones han logrado ser terminadas penosamente, se hacen sacrificios, se cena pobremente.

Con la inquietud de descubrir la causa de esta pobreza femenina (¿cuántas mujeres cuentan con un ingreso propio?, ¿cuántas pueden sobrevivir sin un marido o un padre que las sostenga?), voy al Museo Británico y en su biblioteca descubro una proliferación de libros sobre mujeres. ¿Por qué escriben los hombres tanto sobre ellas? ¿Y por qué, al escribir, parecen estar furiosos? Pienso en los movimientos feministas como responsables. ¿No estaba el hombre tranquilo, acomodado en su trono patriarcal hasta que llegaron las osadas mujeres a desafiarlo? Creo que para reafirmar su superioridad, el hombre sienta cátedra sobre la presunta inferioridad de las mujeres.

– Y luego, plantea usted el asunto de la literatura femenina…

Woolf hace una pausa. A lo mejor está permitiendo que aquellos millares de átomos de los que ha hablado se estrellen contra sus sentidos para que estos registren el momento. Ha anochecido y se ve crecer el cansancio en sus ojos. Acaso la esté aburriendo. Acaso esté dañando este sueño con preguntas interminables. Tomaremos más té. Hace frío a pesar de que el local se ha llenado de ingleses y la chimenea, en el rincón, está prendida. Las llamas bailan y chisporrotean los leños.

– Me preocupaban dos preguntas –prosigue ella– ¿Por qué es tan distinta la mujer de las novelas a la de la vida real?  El historiador nos cuenta que la mujer ha vivido oprimida, sometida a la autoridad marital o paterna. Y, sin embargo, la mujer está en la poesía  de punta a punta. Las mujeres de la vida real no piensan ni deciden solas; si no tienen independencia económica, no tienen independencia de pensamiento. Y, además, las mujeres que aparecen en la literatura están allí, siempre, desde el mismo ángulo, desde el punto de vista de su relación el otro sexo. Los hombres no, ellos cazan, son guerreros, caballeros, mandan países. Las mujeres son esposas, hermanas, madres… de los guerreros, de los caballeros, de los mandatarios. La segunda cuestión: la sociedad se convierte en una traba para que la mujer escriba. En el siglo XVI era imposible. Más tarde, algunas se atreven con, por ejemplo, pequeños poemas, pero son criticadas y ridiculizadas por las mismas mujeres. Luego llega una como Aphra Behn, dos siglos después y, obligada por la viudez, se ve obligada a ganarse el pan con su ingenio. ¡Y se opera el milagro! Lo frívolo deja de serlo si reporta algún ingreso.

Pero las mujeres que intentan seguir su ejemplo caen en un problema: ¡resulta tan poca cosa ser mujer! Encerradas entre cuatro paredes, llenas de quehaceres hogareños, sin lugar privado para escribir…, la mujer que lo intenta, imita patrones masculinos. Y por ello, la contradicción con el otro sexo se refleja en sus escritos sobre los que vuelcan toda su indignación y frustraciones: le quitan vida propia a sus personajes y los convierten en voceros de su enojo. La mujer que escribe novelas altera sus valores en deferencia a la opinión ajena. Y es una lástima que las mujeres escriban como los hombres. Para escribir literatura femenina, paradójicamente, es necesario olvidar que se es mujer.

Olvidar que se es mujer… Sus palabras repican en mis oídos y me parece que nuestro tiempo está acabándose. La veo como a través de todo el humo del salón y tengo la sensación de que va a desvanecerse o a salir corriendo como una cenicienta.

Afuera la noche está helada. Descendemos por la misma callejuela. A lo lejos titilan las luces como luciérnagas. La ciudad debe estar a punto de dormirse. A pesar de mis reservas quiero seguir preguntando:

– ¿Cuál cree usted que debe ser la fuente de la literatura?

– ¡La verdad¡ ¡Decir la verdad y el resultado será forzosamente de un interés sorprendente!

– ¿Existe alguna fórmula para escribir una obra maestra?

– Una obra maestra… ¿Cuántos lo logran? Hay muchas interferencias que deben ser eliminadas para que la obra logre salir intacta de la mente. Y en ello estamos también las mujeres en desventaja: muchas mayores interferencias. Por eso planteo lo de la habitación propia. Y es indispensable la solvencia económica. Ni hombres, ni mujeres, conseguirán ser buenos novelistas sin estos requisitos.

La voz se aleja y opaca. Hemos subido a un nuevo Rolls negro que nos conduce al río.

– El escritor –agrega–, tiene más oportunidad de vivir en presencia de la realidad; le corresponde recogerla y comunicarla al resto de la humanidad.

– Pero, y la obra de imaginación ¿debe también partir de la realidad?

– También, debe atenerse a los hechos y cuanto más ciertos los hechos, mejor la obra de imaginación.

Desciende del auto y camina hacia la orilla. El río parece una cinta negra que a duras penas refleja la claridad de la luna. La veo por última vez parada frente a las aguas que no devuelven su imagen; y yo continúo caminando hasta volver a encontrarme con los pies cansados en la vía polvorienta.

 Tomado de EL PEQUEÑO PERIODICO No. 19, Magangué

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