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Archive for 28 febrero 2011

 El olfato del tiempo

  A cada instante me acecha el olfato del tiempo

  Me sigue como una nariz indiscreta

  que quiere inmiscuirse en todos mis asuntos

  Respira mis recuerdos

  Y como si fuera poco se roba a cada minuto

  el olor de mi niñez.

                        El olfato del tiempo

                       Sabe a qué huele mi desgracia

                       Conoce el terrible olor de mis heridas

                       Y hasta sabe de memoria

                        con qué está hecho el perfume de la mujer que amé.

        El olfato del tiempo

        Aspira los aromas más íntimos de mi existencia

       Y como un perro de caza

       Me acecha noche y día

       Sospecho desde siempre que el olfato del tiempo

      Solo me abandonará

      Cuando en lugar de respirar mi vértigo y deseo

      Respire tan solo el aire de mi olvido.

                         Álvaro Julián Moncada Gómez

 

Medellín. En la actualidad prepara su primer libro “Los pasquines del infierno”. Hace parte del Grupo Literario “El Aprendiz de brujo” desde su fundación. Este poema fue publicado en EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 90

La pintura que ilustra el poema se titula Calabazas, de José Claver.

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Lugares de interés en 2010

Estas son las entradas y páginas con más visitas en 2010.

1

De la Sucursal del Cielo a Puerto Chontaduro abril, 2010
3 comentários

2

El Pequeño Periódico diciembre, 2007
13 comentários

3

Los bogas de Mompox junio, 2010

4

La eternidad del barro útil enero, 2010

5

In Memóriam de los mineros de Amagá junio, 2010

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PERFIL DE MUJER

Saltando la cerca

Por Ángel Galeano Higua

Escribir bajo la presión de una fecha puede dar al traste con una obra o producir una novela sólida. Todo depende del talento. La respuesta de Claudia P. Restrepo Ruiz se puede pulsar en “Ciento uno”, su primera novela.

Claudia P. Restrepo Ruiz, firma sus libros durante un evento de presentación de su novela.

¿Autora o madre protectora?

Hay que rodear a Antonio. Sí, que no quede costado sin cubrir. Es la fiebre de la pluma, el delirio y el reflejo en el espejo de las palabras.

Claudia está en el campo de batalla, su escudo es su mirada y su lanza el bolígrafo. Pantalla y teclado. Avanza intrépida por el campo minado del papel en blanco. Donde pone un pie estalla una frase. Hay que proteger a Antonio a como dé lugar. No sobreprotegerlo, que quede claro. Evitar que se vaya de cabeza en alguna alcantarilla o meta la pata en uno de los huecos de la vida, quiero decir, de la avenida. Ese Antonio  se parece a Clau, es como si ella se mirara en el espejo de su propia alma. Lo ve angustiado, inquieto, todos los hombres-mujeres están en él. Amarillo contra negro. Es la bilis, Antonio, la bilis. La manía. Quiero decir la melancolía, la depre, muchacho, la depre. La ansiedad., la soledad.

Esta novela está a la disposición de los lectores en la Librería Sim Salabim, Palinuro y Al Pie de la Letra, de Medellín; y en las sucursales de la Librería Nacional.

Claudia no afloja el ritmo. Se convierte en Antonio, brama, llora, se calla. Tiembla en la franja creadora. El personaje es reconcentrado, come páginas y páginas. El mundo de afuera se hace invisible. Espeso, lleno de noche y medicamentos, el de dentro. Vamos a proteger a Antonio, el pobre está llevado. Hasta tiene Lobo propio… Y Clau no se detiene. En las tinieblas la imaginación trabaja más que a plena luz. A su paso estallan todas las dificultades pero su escudo es imbatible. Se acerca el final. Ella tiene la esperanza entre ceja y ceja. No le tiembla el pulso, lo tiene calculado “para que sea real”. No faltará quien diga que la esperanza es el contentillo de quienes creen que los demás son tontos. Pero ella no puede dejar a Antonio suelto, por ahí. ¿Autora o madre protectora? Para ella es lo mismo. Está pariendo. ¿Realidad o ficción? Ambas.

El diablo en el clóset
 
 De niña tenía dos miedos, “al diablo que vivía en mi closet y a una mancha de tinta negra cerca al león de mi sábana favorita”. Lo del diablo era por las vetas de la madera, pero su abuelo Mario la liberó de la pesadilla: “si hasta cola, cachos y trincho tenía el muy condenado”. Claudia le ponía comida en las noches “para que no me hiciera daño y al crecer supe que era una práctica santera usada en Brasil”.

Cuando comenzó “de nueva” la molestaban bastante y se las quitó de encima “diciendo que tenía el diablo en el closet y que si quería podría pedirle que viniera a mi ayuda. En ese momento un mayordomo que no se veía, habló desde la finca del lado y el efecto fue fulminante. Lo próximo que recuerdo de ese incidente es que reunieron a todas las niñas en la biblioteca porque una en especial estaba difundiendo mensajes satánicos, luego mis padres fueron citados…”.

Era cuchilla

En mi adolescencia las lecturas fueron las recomendadas por mi primero y mejor tutor: mi padre.

Su infancia la pasó feliz, “gracias a mis padres que se esmeraron en que así fuera. Eso sí, recuerdo las medias veladas y los zapatos de charol blanco como lo más agridulce”.

Las historias que le leía su madre y sus abuelas, sirvieron de cimientos para sus primeras lecturas, que “no fueron serias en lo absoluto, Condorito con sus compinches Coné, Yayita, Garganta de Lata, Huevo Duro, Buenas Peras y lo demás. Las leía con seriedad a la vez que me hamacaba en el kiosko de mi tía Cecilia en Cartagena”.

Hasta primero de primaria, asistió al colegio San José de las Vegas, luego fue al Marymount, ambos en Medellín. “Me costó mucho adaptarme y por eso elegí los libros como refugio. Al ser asmática no lograba destacarme en ningún deporte a diferencia de matemáticas y ciencias sociales, en las que sí era una cuchilla”.

Le gustaba estudiar con “las maquetas”, cada fin de año se formaba un grupito de compañeras “que querían estudiar conmigo y para que veas, todas pasaban. Era cuestión de método”.

Cierto olor a podrido

La adolescencia la tomó por sorpresa y ya sí, “las lecturas fueron las recomendadas por mi primer y mejor tutor: mi padre. Pronto me descubrí leyendo Mientras la ciudad duerme, de Frank Yerby; Desayuno en Tiffany´s, de Capote, El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez. En el colegio leíamos a Dickens y a Balzac, Walt Whitman y Hemingway, haciendo escala porque fuimos a Key West y pudimos conocer la casa museo que en ese entonces era más propiedad de las gatas que de los turistas. Finalizando el colegio leímos Cierto olor a podrido, del español José Luis Martín Vigil, contemporáneo y fuerte que me recuerda al colombiano Mario Mendoza, y a aquellos que están en esa línea de develar lo oculto”.

Los viajes

“Los viajes son esenciales para nutrir una buena literatura”, afirma Claudia. Los puntos de referencia más que la comparación, le otorgan al autor lentes nuevos.

“Mi primer viaje sola (sin contar el nacimiento) lo hice a Canadá y la sensación que recuerdo fue la de Libertad”. De Europa la deslumbraría la historia y el gris por todas partes. “No hubo lugar en la excursión donde no se hiciera alusión a los hijos muertos en guerra. Europa en sí parece una gran cicatriz de pasadas miserias”.

“Estados Unidos es el universo de la madera, de madera no sólo son sus casas, sino su alma. Me sentí más feliz en el Sur, Perú o Bolivia, a donde fui por motivos de trabajo pero la altitud me descrestó tanto como la gratitud de su gente y sus buenas maneras”.

Pero el viaje a su propio territorio, ese auscultarse a sí misma a través de una voz masculina, que en esencia es su novela Ciento uno, es algo del cual apenas se está reponiendo.

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Una autora enmascarada

 Un recuerdo feliz…

El nacimiento de mi hermana Carolina, me peinaron de trenzas y le llevé un regalo. Ella a su vez me recibió con un regalo: no se parecía a nada de lo que había visto hasta ese momento. No tenía cejas ni pestañas. Era rubia y de ojos claros. Era hermosa y era mi hermana. Fuimos compañeras de aventura desde entonces. 

 

Le gusta vivir en Medellín, “una ciudad biónica, con una resistencia inquebrantable, una ciudad para amar…”

¿Qué significa Medellín para ti?

Dos experiencias y una ilusión. Hace algunos años publiqué una crónica que decía: Medellín es un agujero negro. Me sostengo. Medellín es una ciudad biónica, con una resistencia inquebrantable. Una ciudad para amar u odiar según la experiencia personal. Es agujero negro porque quien baja a Medellín sabe que bajó pero nunca podrá decir a ciencia cierta cómo subió. Estas montañas, este valle, tienen un efecto magnético en los visitantes y un efecto como de alhzeimer en nosotros, sus residentes. Ninguna ciudad en Colombia ha visto más muertos que nosotros, y ninguna ciudad los ha olvidado tan rápido. De allí el agujero negro. Sin embargo, me gusta creer que ambas experiencias se nutren entre sí y en ese batallar se va construyendo el progreso en esa hermosa ilusión que es el presente.

¿Ya te consideras una escritora?

Desde que era un bebé  nonato. Creo que practiqué mucho con mi mano para saber agarrar el lápiz a la primera oportunidad. La vida me llevó entonces por otras cruzadas pero jamás, desde que aprendí a escribir he dejado de hacerlo. Diarios de poesía, cartas a amigos, versos acrósticos y más. Pero como la escritura no fue mi oficio, diría que era una autora enmascarada. Una Administradora de Negocios, que fue lo estudié, con un sueño frustrado, una mujer con un vacío pendiente. Un agujero negro que pudo ser llenado gracias a la convocatoria de las Becas y mi participación en ellas.

¿Sufrías de asma?

Sufro, no se ha ido nunca, sólo cuando me deprimo, es una salida psicológica menos extrema. El asma denota que no hay depresión. Cuando es severa, el asma no necesita manifestarse. El aire se agota

¿Depresión?

Sí, es como el océano en sus profundidades: tan frío y oscuro que no ves, no oyes, no entiendes, pero un latir te dice que aún existes. 

 

Tomás, su hijo, “es alegría inagotable, una inspiración perpetua”.

¿Qué significa Ciento Uno?

El número de una oveja que, en sí, es incapaz de saltar una cerca. Una sombra de un hombre llamado Antonio. Su otro yo, en femenino por ser opuesto complementario. 1+0+1= 2 una compañía constante. Hoy, después de esa experiencia con Antonio, soy muy fácil de complacer, todo lo que sea vida me hace sonreír. Mi hijo Tomás es un alegría inagotable, una inspiración perpetua, una risa sostenida en Do Mayor porque lo último que le ha dado es por tocar guitarra y hay que ver las monerías con qué sale.

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Publicado en El Pequeño Periódico No. 90

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¿Se puede acaso conocer a un poeta por el olor de sus poemas?

Por Álvaro Julián Moncada Gómez –                                                                         Grupo Literario “El Aprendiz de brujo”

Convencido de que es posible, me di a la tarea de olfatear minuciosamente los poemas del poeta peruano Pedro Perales, quien dirige talleres de creación literaria en la Biblioteca Nacional del Perú.

Perales es fundador de uno de los grupos más importante de poesía en Perú: "Noble katerba".

Pero si bien es complicado conocer a un poeta por su lenguaje, sus silencios o sus metáforas, ¿cómo iba a conseguir conocer a un poeta por el olor de sus poemas?

Luego de intentar varias tácticas, conseguí hacer una especie de exorcismo mágico entre mi ser y los poemas de Pedro Perales y allí llegué a una conclusión: debía pensar, o mejor dicho, habitar aquellos poemas no con mi mente sino con mi nariz, es decir, dejar que los poemas entraran por mi nariz y no por mi mente.

Fue algo extraño porque a uno a duras penas le enseñan a respirar los olores más comunes de la vida.

Y si tal vez uno profundiza en el tema, aprende a respirar otro tipo de olores como el de la piel de una mujer, o el olor de un zaguán abandonado. Pero en este caso debía respirar poemas y por si fuera poco poemas de un desconocido. Dejando atrás el precepto de que el poeta era un desconocido y dejándome llevar por la idea de que el poeta es todo los hombres al tiempo y ninguno a la vez, tan sólo quedaban los poemas y aunque no fue fácil respirarlos con mi nariz, sí fue un poco más sencillo respirarlos con mi pensamiento, hasta llegar a la raíz oscura donde tal vez germinaron y que huele a pasado, a desdicha, a una sustancia abandonada por el tiempo en el umbral más oculto del destino.

Ha publicado: Edades y El libro del amor y los encuentros

Oler esos poemas me llevó a los caóticos aromas de la ciudad de Lima, al olor corrosivo de la sal del tiempo diluyéndose en las convulsas aguas del mar del deseo, al olor asfixiante del abismo un instante antes de la muere, al olor del sol quemando la siniestra realidad de nuestros días.

Hasta por fin llegar al antiguo olor de las metáforas germinando en la inabarcable extensión de cada poema.

Medellín, noviembre 23 de 2010

(En fotografía aparece el poeta Pedro Perales (centro) acompañado de Leoncio Duque (izq) y Jhonny Barbieri – Lima 1966)

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