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Archive for 30 diciembre 2010

Por Álvaro Jiménez Guzmán

Empiezan a desaparecer, en el Sur, los malos olores del río Medellín. Pero desde Bello hasta Barbosa el hediondo vaho que despide, derivado de su putrefacción, sigue intacto.

La Planta de San Fernando construida en Itagüí por Empresas Públicas, ha sido diseñada para descontaminar una parte del río Medellín.

En Guayaquil - carboncillo de Juan Carlos Muñoz

Con una superfice de 14 hectáreas y una inversión de 100 millones de dólares, dicha planta es otro paso para la recuperación de su cauce. Ya se había erigido en su nacimiento una clínica de conservación: El Refugio de vida silvestre en el Alto de San Miguel.

Pero como en su recorrido hacia el norte atraviesa por un valle de cloacas, de donde se deriva su pestilencia, se ha diseñado la Planta de San Fernando la cual, según la ingeniera Natalia Muñoz, recibe las aguas residuales domésticas e industriales de los municipios del Sur del Valle de Aburrá.

El río prisionero

El caudal pasa por una tubería de gran diámetro a una tasa de 1.200 litros por segundo, a través de unas rejas autolimpiantes que remueven los sólidos gruesos, basuras, papel, ramas, etc. Luego, las bombas centrífugas de pozo seco y de eje vertical, elevan el agua residual desde la profundidad del canal afluente hasta los desarenadores. Allí se genera un movimiento de remolino, donde se concentra el material más pesado antes de ser retirado. Los sólidos livianos: grasas, aceites y espumas, flotan en la superficie como una nata pestilente y son retirados mecánicamente, terminando así el proceso de sedimentación primaria. 

 

Lavando el aire

Para eliminar el aire contaminado del entorno, el agua residual entra a

El artista Juan Carlos Muñoz y el río

tanques de aireación, hace contacto con la biomasa donde las bacterias aeróbicas consumen y transforman el lodo en agua, dióxido de carbono, energía  y más microorganismos. El oxígeno que éstos necesitan es suministrado en forma de burbujas de aire, tomado de la atmósfera.

El agua es conducida por grandes tanques de sedimentadores secundarios a velocidad muy lenta, lo que provoca que las bacterias aeróbicas que se alimentaron de la materia orgánica y crecieron, se sedimenten por su propio peso, depositándose en el fondo, concentrándose en una pequeña tolva de donde son retirados por motobombas. El caudal de agua sucia que entró por la tubería afluente, sale limpio, con los requerimientos mínimos de acuerdo con nuestra legislación ambiental y es devuelto al río como principal producto del proceso de limpieza. Con 4 miligramos de oxígeno por litro con la que esta agua es vertida, su DBO (Demanda Bioquímica de Oxígeno) se revitaliza el río, índice muy cercano a la meta trazada de devolver el agua a razón de 5 miligramos de oxígeno por litro.

Los subproductos

Los subproductos de esta etapa están constituidos por biosólidos que sirven para recuperar suelos degradados, materia prima para abonos y en

Beatriz Velásquez pintando el río

coberturas finales de rellenos sanitarios. También por energía que se obtiene a través del biogás producido en la digestión anaeróbica. Para ello, la temperatura en el interior de los tanques biogestadores se eleva a 35 grados centígrados y las bacterias anaeróbicas transforman los lodos en biogás, metano y CO2, más lodo estabilizado. De esta manera se recupera un 33% de la energía eléctrica que demanda la Planta de Tratamiento.

Para lavar el aire en el interior de la Planta de San Fernando, se acude a otro proceso, de acuerdo con el Ingeniero Gustavo García, que consiste en hacer pasar el aire maloliente por un lecho de filtrado que, en contraflujo, reacciona con una solución de hipoclorito de sodio, y las sustancias malolientes presentes en el aire se decantan en el lecho de filtración, expulsando el aire limpio hacia la atmósfera.

De esta forma empiezan a desaparecer, en el sur del Valle de Aburrá, los malos olores de nuestro río Medellín. Pero desde Bello hasta Barbosa el vaho del río se torna intolerable, derivado de su putrefacción. Así seguirá hasta cuando otras plantas, como la de San Fernando, entren en funcionamiento y las aguas del norte del Valle de Aburrá sean traídas de nuevo a la vida.

Todo esfuerzo es poco

Una ciudad que se precie de moderna y civilizada, puede medirse por el rasero de sus ríos. Son como su vena aorta. Nuestros dirigentes pasarán sin dejar huella si no se conduelen de la suerte de nuestro río.

Hermano río

Miles de ciudadanos nos seguimos preguntando ¿por qué, iniciativas como Mi Río fueron desmontadas, retrasando el proceso de su recuperación que la indolencia, la falta de educación y el desgreño a todo nivel, convirtieron al río Medellín en una alcantarilla? La empresa privada tiene una deuda inmensa con el medio ambiente al verter durante décadas, miles de sustancias tóxicas. Y todos esperamos que el enorme daño sea reparado sin pérdida de tiempo.

aljiguz@une.net.co

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Varguitas se salió con la suya

Por Ángel Galeano Higua

Lima navega en tres océanos: el Pacífico, el desierto y la inmensa “panza de burro”, como llaman a su cielo los limeños.

Antiguo faro en Miraflores, Lima

Tres inmensidades que la hacen singular. Lima se debate entre el riquísimo legado ancestral y el espejismo del consumismo. La garúa cobija a los diez millones de habitantes que pueblan la ciudad, donde se dice que nunca llueve, pero hace un año esa “panza de burro” se vació durante diez horas, poniendo en serios peligros los lugares arqueológicos.

Recorríamos las calles de Miraflores, uno de sus barrios turísticos más encantadores, cuando supimos la noticia de que a Mario Vargas Llosa le habían otorgado el Premio Nobel de Literatura. En la Avenida Grau, junto al hotel Antigua Miraflores, donde nos alojábamos, compramos algunos de los tantos periódicos que circulan en Lima, para leer la noticia que nos hacía sentir orgullosos de ser latinoamericanos. Era una feliz coincidencia que sucediera aquello justamente estando nosotros en Perú. Era como si también recibiéramos un premio al compartir el júbilo de los peruanos.

Nuestro itinerario tendría un meridiano: antes del premio a Vargas Llosa y después. Nos preguntábamos por cuál de aquellas calles había caminado Varguitas y la tía Julia tomados de la mano en sus citas clandestinas. Queríamos conocer los lugares en que se desarrollan las novelas del escritor de Arequipa: El malecón, el bar La Catedral, El Liceo, Puerto Callao, el viejo edificio donde vivió Pedro Camacho y donde quedaban los estudios de Radio Panamericana.

Calle del Museo de Artes y Tradiciones de Lima

Antes del mediodía las librerías de Lima ya se habían vestido de gala con La guerra del fin del mundo, Pantaleón y las visitadoras, Conversación en La Catedral, La fiesta del Chivo, La tía Julia y el escribidor, y la muy recordada por los limeños: La ciudad y los perros.

Fue reconfortante ver cómo todas las vertientes culturales, políticas, sociales, tanto públicas como privadas del Perú, aplaudieron el premio corroborando de esta manera el hecho de que Vargas Llosa se ha constituido en centro aglutinante de la nación peruana.

El Taller del poeta

Ese jueves teníamos un encuentro en la Biblioteca Nacional con el grupo de literatura liderado por el poeta Pedro Perales, con quien habíamos hecho contacto días atrás por internet, cuando supimos que en esta oportunidad también acompañaríamos a nuestra hija Bárbara al seminario iberoamericano que cada año convoca el Centro Cultural de España para tratar sobre museos y patrimonio, y que en esta ocasión se realizaría en Lima.

En el Taller del poeta Pedro Perales, Biblioteca Nacional

La sesión giró en torno a las experiencias en el acto creativo y pudimos compartir algo de nuestro trabajo alrededor de EL PEQUEÑO PERIÓDICO y el fondo editorial. Pero, como era lógico, dedicamos una parte de la reunión a la obra de Vargas Llosa, de la cual todos queríamos hablar.

“Panza de burro”

Invitados por la profesora Ana Cecilia Basauri Rojas, de la Universidad Privada del Norte, acudimos dos días antes de que le otorgaran el premio a Vargas Llosa, para sostener un conversatorio con los estudiantes de Ciencias de la Comunicación sobre periodismo y literatura. Con un auditorio lleno de jóvenes, pudimos sentir esa energía, ese entusiasmo y deseos de saber más. La curiosidad era mutua, como sucede en todo encuentro. A ellos les interesaba escuchar noticias culturales de Colombia y a nosotros pulsar el espíritu juvenil peruano. Pudimos corroborar que algo nos unía, un algo psicológico, de identidad, de lengua común y de historia, propias de pueblos hermanos. Estábamos como en casa y podíamos transmitir nuestras inquietudes entremezclándolas con las de ellos.

Estudiantes de la Universidad Privada del Norte, Lima

Supimos que al cielo de Lima lo llamaban “panza de burro” por sus nubes plomizas que no dejan ver el sol en esta época del año. Algunos piensan que por ese cielo los limeños son tristes y apagados. Algún joven dijo que el cielo le parecía deprimente, no tiene colores, es triste. Hablando y hablando fuimos pintándolo. Si a la juventud de Lima no le gusta ese color del cielo, en sus manos está convertirlo en un inmenso lienzo para plasmar en él los colores que sueñan.

Acostumbrados al cielo de Medellín, despejado unos días, con la conmovedora inmensidad del azul de verano, pero también con la carga poderosa del invierno y la tibia luz primaveral, nos asombraba aquel cielo de Lima tan sabiamente descrito como “panza de burro”. Pero esto no significa que éste o aquel sea más bello. Simplemente son estados diferentes del cielo. Bellezas diferentes.

El país de las papas, el maíz y el Nobel

El premio a Varguitas aumentó nuestros deseos de conocer más a Perú. Así que viajar por su geografía era descubrir, entre otras cosas, una riquísima variedad de platos, sabores y olores, que nos remitían a su legendaria historia caracterizada por las innumerables manifestaciones de su patrimonio. El conjunto de plantas y animales domesticados por los habitantes de estas tierras durante un proceso que lleva ya 10 mil años, uno de los pocos casos de un patrimonio que es a la vez natural y cultural, puesto que no sólo se trata de plantas y animales, sino de la manera cómo el hombre ha ido moldeando su evolución.

Maíz salado con ají amarillo

De los cultivos alimenticios más importantes a nivel mundial, Perú ha aportado la papa y diversas variedades de maíz, contribuyendo así a la alimentación de la especie humana. Las especies más importantes a nivel mundial, cultivadas desde antes de la llegada de los españoles, son las papas, el maíz, el camote, la yuca, el algodón, el achiote, la chiringa o jebe, las habas o pallares, y la papaya. Atención especial merece la milenaria planta de coca, sagrada para los antepasados e inseparable de la historia de Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia.

Cau cau de mariscos, con papa y arroz

La historia de la papa es una de las más fascinantes de domesticación. Se cultiva en los Andes desde hace unos 8 mil años. Algunos investigadores sostienen que existen tres mil variedades de papas. Papas de todos los colores, formas y sabores: dulces y amargas; rojas, amarillas, blancas, negras, moradas. Decenas de formas de preparación. Los españoles se llevaron una sola variedad que clasificaron como un hongo. El único lugar del mundo donde se cultivan juntas ocho especies de papas, queda cerca al lago Titicaca.

Perú tiene nueve especies de ajíes, de unas 30 especies silvestres. El ají pimentón: es una especia nativa prehispánica, que crece en la Costa, la Sierra y la Amazonía.

El pijuayo, o chontaduro o cachipay, cuyo cultivo va en aumento debido a su demanda. Está demostrado su valor nutricional y muchos le atribuyen propiedades afrodisíacas.

Tesoros del desierto

Pachacamac es más que uno de los 43 distritos de la Provincia de Lima,

En las ruinas de Pachacamac

es un leyenda indígena sustentada en templos y otros vestigios de civilizaciones prehispánicas que poblaron esa región unos 1.800 años a de C. Frente a los restos arqueológicos de Pacachamac, en el Océano Pacífico se pueden divisar, al otro lado de la carretera Panamericana, dos islas que representan, según la leyenda, a la bellísima Cavillaca y su hija. Es tan conmovedor el lugar que uno siente el latido indígena en los caminos de piedra.

Y por aquel paisaje de arena llegamos a Ica. Tomamos un bus de dos pisos en Lima, que nos sorprendió con la puntualidad, limpieza y atención, y porque el auxiliar pasó por todos los puestos con una bandeja llena de libros para que escogiéramos alguno que quisiéramos leer durante el trayecto.

Oasis en Ica

Huacachina es un oasis a pocos kilómetros de la ciudad de Ica, cuyas aguas minerales eran medicinales.

Cerca de allí se encuentran las plantaciones de uva de la cual se prepara el famoso pisco, la exquisita bebida peruana, y pudimos conocer el viñedo de Doña Juanita. Allí supimos que antes era conocido como Tres Esquinas, pero que debido a la patente del ron de nuestro Caribe, debieron cambiarle el nombre por el de Tres Generaciones. Las plantas son regadas una vez al año y Karina, nuestra guía, nos hizo soñar con la fiesta de la cosecha, las cientos de personas pisando la uva, para extraer el fino licor que identifica al Perú en cualquier lugar del mundo.

En aquella región funciona también la fábrica de chocotejas Helena, exquisito manjar.

Duele que el espacio de nuestro periódico sea tan limitado, porque uno se va entusiasmando con las maravillas de Perú, sus leyendas y artesanías, los Museos Larco y el de Artes y Tradiciones Populares.

Por las carreteras de Perú

Quizás podamos en futuras ediciones seguir compartiendo este viaje a Perú, ahora que Varguitas, después de dedicar toda su vida a la literatura, ha terminado por salirse con la suya, para alegría de todos los que hablamos el español.

Tomado de El Pequeño Periódico No. 90

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Editorial No. 90

Cada vez que la llevaban a la sesión de tortura, aquella mujer tenía que pasar cerca de un rosal cuyo aroma la impregnaba de tal manera que soportaba los tormentos sin emitir una sola queja. Ante los demás era una mujer valiente, pero ella no se asombraba de sí misma porque no era consciente de semejante resistencia. Era el olor de aquellas rosas que actuaba como un narcótico y despertaba bellos recuerdos de infancia, en los cuales se internaba evadiendo la terrible realidad. Fue mucho después, sobreviviente, que comprendió el efecto salvador de aquel rosal.

Este hecho, contado por Canetti sobre su madre durante la segunda guerra, nos corrobora el enorme potencial de nuestro olfato. A través de este sentido nos orientamos a cada instante, recibimos una cantidad inmensa de información que, como la música, entra en nosotros directamente sin pasar por el filtro de la conciencia y rige muchos de nuestros comportamientos.

Algo primitivo, una especie de salvajismo esencial, se halla agazapado en nuestro olfato. Es con él que acuden ciertos recuerdos imposibles de revivir con la razón o la fuerza de la voluntad. En especial nos trasladan a la infancia y quizás más atrás, antes de nuestra propia existencia. Olores de los antepasados de los cuales estamos hechos.

Las ciudades también tienen su olor, como los seres vivos, como las flores o la tierra mojada. Pero no es homogéneo, varía de acuerdo al área. Unos son los olores en la periferia y otros en el centro. Unos en el corazón y otros en las venas. Como el río que atraviesa el Valle de Aburrá y que nos hemos encargado, durante generaciones, de envenenar y modificar su olor, aunque por épocas actuemos hipócritamente adornándolo con lucecitas mentirosas que lo ocultan como algo vergonzoso. Lo mostramos sin mostrarlo de verdad ante los visitantes, pero él, con esa fuerza odorífera que le hemos inyectado, siempre se pone de presente como una acusación implacable.

Para Calvino, bastaba con conocer una ciudad para conocerlas todas, pero los olores hacen la diferencia, Quizás Calvino se nos adelantó y habló de las ciudades donde el humo y el cemento atrofian el olfato. Una forma de sopesar cómo va la lucha del hombre moderno contra sí mismo, podría ser por su olfato. ¿Qué enriquecimiento puede experimentar este sentido en una ciudad donde el humo se ha entronizado penetrándonos hasta el tuétano? ¿Y el cemento y el plástico, inodoros e insípidos? ¿O los jardines rociados de químicos? (Para no hablar de los grandes cultivos en el campo, sostenidos para su rentabilidad a punta de fungicidas y abonos químicos antinaturales).

Los grandes poetas siempre acuden en nuestra ayuda. En esta ocasión, Héctor Rojas Herazo esculca la invisibilidad de nuestro olfato, esa brújula inconsciente y cotidiana, en su poema Menester:

            Por lo tanto medito las huelgas,
            me rasco los riñones,
            devoro montones de basura con mi olfato.
            Otro tanto las guerras, los heridos
            que bailan dulcemente en los periódicos,
            en sus islas de tinta,
            los hombres que bostezan en los parques,
            el niño sin nacer
            que llora, perfumado, en mi pañuelo.
            También los orinales en la tarde,
            oliendo con la muerte de los vivos.
            Todo esto es mi negocio, redondo y exclusivo,
            lo que ocupa mis sueños y mis ojos.

 

El Pequeño Periódico No. 90  Diciembre de 2010

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