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Archive for 25 noviembre 2010

Por Angel Galeano Higua

 Las luces del teatro disminuyeron su brillo, como si se alejaran avergonzadas. En medio del rugido de los tambores, Totó levantó sus brazos al cielo y cantó un saludo legendario que electrizó a la multitud.

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Totó Magangué 1983

Totó La momposina (Foto de Angel Galeano Higua, 1983)

    “No es tan importante el sitio donde uno haya nacido, ni cuándo se empezó a cantar o a bailar. Casi siempre la raíz está en nuestros antepasados. Mi abuelo, Virgilio Basanta, tocaba el clarinete y tenía una Banda de viento que se movilizaba por esta región. A donde él llegaba, se armaba el fandango. Esa gran Banda se la llevó el viento” –  Totó

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 ¿Cuál es el baile más acostumbrado en esta región?  

  “Depende de la época del año. En Pascua están los bailes cantaos. Las danzas siempre las han sacado para carnavales, las danzas nunca salen para otra época. En cambio los bailes cantaos los sacan para los festejos. En las danzas sale la gente a bailar al son de los tambores y de la gaita, y en los bailes cantaos la gente acompaña con palmas a las cantaoras y a los tambores. Siempre es con tambores, sólo tambores. En carnaval se puede montar un chandé o una cumbia”.

¡Chammmmbacú, la historia la escribes tú!. La voz retumba, los tamboleros castigan los cueros con furor.  Negrita… la historia la escribes tú, la historia de las murallas, Chambacú chambaculero.

Totó joven y bella - Foto Vicky Ospina

Totó en los años 80- Foto Vicky Ospina

Viene la descarga y los aplausos; vapulea la cumbia Antonio María, la culpa la tienes tú; alegre viene Julio Moreno, viejo porro, paseándose entre palmas llega, se acomoda y se va y el guache lo despide y La Totó tiempla su voz más, mucho más; cunden las palmitas y la muchedumbre sigue el trotesito indígena de La Momposina que se enfila hacia el Pacífico abrazando el currulao y cae, cae, palito cae cae; acariciando la sonrisa de la coquetona garabato un silbido atraviesa el aire; adiós fulana garabato, dijo Antonio María, adiós fulana garabato ae ae ea, de pie la muchedumbre y aeeeee ea, esto va a ser la locura, compadre, hay que menearse así, como ella, así, al ritmo pegajoso; ¿si o no, comadre caderona?. Este es tu currulao adorado, del Pacífico otra vez, porque no importa de dónde es uno. ¡Todos, todos!, grita La Totó y su grito se hace bandera y penetra las venas y hace hervir la sangre tropical; compadre, así es el conflor de ella, oye mi cumbia…, caen del cielo mil cimbronazos, son las cajas sonoras, el cascabeleo del guache y el murmullo de la marímbula, oye mi cumbia eterno rincón de amor del Magdalena… y el chorro luminoso es más intenso y ya no es la silueta indefinida con turbante y falda larga, no, es La Totó increíble, apabullante, real, trepada en la música, con su magia que atrae reinas, como a Silvia en Estocolmo. Oye mi cumbia le dijo Totó y se elevó por encima de todos en la Sala Real y usted canta muy lindo le dijo una soberana a la otra, porque compae, La Totó también es una soberana, es una reina del conflor con sus pies pelados allá y aquí, en el Radio City de Nueva York o en la Argentina; agitacional en Alemania o candelosa en la Unión Soviética; compae, mírala cómo baila, óyele su canto, ese canto que jadeó en el festival del Coco Dorado y del Otoño Dorado, allá en las estepas o en el de la Rábida de España o en el Pedirak de Francia, porque ella ha sido reina en esas tablas. Quema el sol esta mi tierra, cumbia dorada; rejuntados en la arena los golpeteos de tambor asemejan un traqueteo de locomotora. Oyela, es el tren donde viajaron los hombres muertos, nuestros recuerdos de ayer, porque los otros hombres murieron de pena, de hambre, de sed, o huyeron al monte. La multitud oye, mira, recibe a Totó, pero ella se esfuma y al final de la soledad cantada se repiten los aplausos. ¿Cuántas veces has oído estas palmas, mujer de turbante perseguido?. Ovaciones espontáneas talvez en alemán o inglés. ¿Cuántas veces has bailado esa cumbia, ese chandé, mujer cantaora, con tus pies desnudos?.

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO en el que aparece “Chambacú, la historia la escribes tú”.

“Yo digo que cuando uno tiene realmente comunicación, cuando la establece persona a persona, artista a vidente, a espectador, en ese instante nace el diálogo y ahí empieza uno a hacer su trabajo y se olvida de todo y es como un temblor a extrovertirse y extrovertir a los demás, a mostrar lo que uno sabe, lo que uno tiene; uno se eleva, no oye ni ve caras, ni entiende, olvida todo lo demás. Casi siempre me sucede eso”.

 

   ¿Dónde has vivido esa experiencia con mayor intensidad?

    “En Estocolmo. Habíamos tenido muchos roces porque nos trataban mal los dirigentes de la delegación; usaban las palabras “negro e indio” como si fueran un insulto, pero en verdad eran como un desafío. Había que demostrar quiénes éramos y que nuestro trabajo es muy valioso, más que el de corbatín y el buen vestido y de los que aparentemente saben hablar bien. El otro diálogo es más importante, nuestro diálogo del conflor, como le digo yo, que lo entiende todo el mundo porque es la expresión de un pueblo, de nuestro pueblo”.

Oye tigre de Talaigua, aquí te traigo tu chandé, mi canto para tí, viejo amigo, cuadrúpedo rayado de uñas legendarias endurecidas por siglos de camino en la isla de Mompós, esta es la tradición de voz en voz,

Totó con amigos

Con su gente

la leyenda, tu cacería, la historia enseñada por Doña Ramona y otras cantaoras de Talaigua Viejo. Sí, este es, viejo tigre en extinción, tu baile cantao que le aprendí a las mujeres que lavan ropa arrodilladas, en el río Mayor, mientras pasa la enlodada historia de Colombia; ellas que fuman su tabaco al revés, comiéndose el placer, viejo tigre, muerden el humo y mastican el fuego. Oye tigre, oye… es el ritmo veloz de tus saltos, tu chandé, tu rugido. Viajan reina y tigre y con ellos los corazones en pos del piano de Dolores, en pos del bullerengue, arañando los palenques y al son de la tambora; canta Mi Caballito, Totó, por el caño de Altos del Rosario, enrumbados hacia la ceiba, al galope acuático por el Brazo de Loba, tumbé la ceiba mamá, tumbé la ceiba, tumbé tumbé la ceiba, María.

“En toda parte no vivieron los mismos indios. En el interior se dice ‘Costa Atlántica’ y quieren sacar un estereotipo de la cumbia. Pero resulta que la cumbia se toca con gaita, con millo, con acordeón y hay sitios de la costa donde no se baila cumbia, como en La Guajira y en algunas partes de Bolívar; en Altos del Rosario no se baila cumbia, en Magangué sí, pero en el Brazo de Loba existen lugares donde no bailan cumbias sino tamboras. Cuando uno está haciendo su trabajo del conflor tiene en cuenta estos ritmos y los va explicando, va diciendo a la gente el lugar de origen y la gente va sacando conclusiones, como que tenemos una riqueza musical enorme, que no es solamente el mapalé, ni el cerecesé, ni la cumbia. Son varias. Los bullerengues varían de acuerdo a las zonas y subzonas, a los movimientos que uno haga. Si me pongo a trabajar en Bolívar los mismos ritmos cantaos, son bullerengues en zonas de palenque y resulta que si me vengo para la isla, esos bullerengues cambian de nombre y se llaman chandé y si me voy para el Magdalena se llaman ‘pajarito’ y si me voy para Matamata (Santa Marta) se llaman ‘sambapalo'”.

 

   ¿Cuál has incursionado más?   

Totó y Ramona chandé en  Magangué
Totó y Ramona Ruiz, durante un chandé en Magangué. Foto de Ángel Galeano Higua.

“Los bailes cantaos, pero tengo contacto con los que hacen danza, porque los tamboleros que tocan los bailes cantaos tocan el bombo, la danza de los indios, la de las pilanderas. La danza está involucrada en los bailes cantaos. No se puede desprender.

Que no se puede sostener, que el negro se emborrachó, palo con él. Por el suelo anda caído, rodando como un ovillo, palo con él. El negro se emparrandó, doña María, tal como nos contó, allá, a la sombra del fogón cuando la leña ardía… Viene el ritmo de las palmas, La Totó a un lado de la elipse amarilla con su voz eterna; en el centro, bañado de luz, el tambolero remeda al borracho y se le cae el sombrero sabanero y se tropieza y todos se ríen y tiene hipo y se ven reflejados en él y la farsa termina con el eco del bombo; se abre paso Juana María y empieza otro ciclo imperecedero, la temperatura también trepa vertiginosa y agarra los cuerpos y estruja las frentes, las exprime, es el desbarajuste compae; otra descarga inmortal y… arrégleme el pantalón señora Juana María, mire que van a venir de mi pueblo tropical y todos los pies abandonan el piso y se encumbran en las sillas y esto se descompuso, que vengan de Santa Marta, que vengan para bailar en este cumpleaños de la Virgen, no importa que las sillas crujan, pero que vengan de Cartagena y pilá pilá pilandera, que esta si es la noche más buena; oye el ruidaje, parece que el teatro se desbarata, el techo se agrieta y chorrean porros, bullerengues y chandés; es la bulla costeña, es la histeria, los silbidos y los gritos compae, sí, avivada por una multicolor ráfaga de luces, Dios mío, esto es único, para el cumbión, ay pilá piláááá pilandera, esta es la noche más buena, no cabe duda, súbete al ambiente que el termómetro se rompe, es la temperatura de Mompox compae, La Totó es una vorágine, el tambor macho está extenuado, desfallece el tambor hembra, tremula agotado el bombo y La Totó va por el mundo, aterriza, vuelve y arrastra lo que encuentra, empieza el descenso, baja la temperatura, viene el reflujo mi viejo, ay ay, óyeme a mí, oye mi tambora cansá, oye el chasquido indígena legado, metido en este instrumento perpetuo, es el lamento, ay, le lo lé, le lo lá, quejido del pasado, gemido entrañable de las cajas inmortales y resonante garganta de La Momposina; es el vaivén endemoniado de su conflor, la contorsión acompasada y bella del cuerpo bello empujado por el ritmo bello; quirimbumba quirimbá, quirimbaba quirimbuá, negrita prende la vela, prende la vela negrita que la cumbiamba pide candela, préndela hoy como ayer, no la dejes apagar jamás, que sigan ondeando las polleras y los turbantes negrita, prende la vela, bravoooo, otroooo y plas plas plas, tu tren indomable maestro José Barros, es tu porro omnipresente, la risa histórica, el incansable tam tam a todo vapor, prende la vela compadre, que la negrita tiene candela.

“Mi inspiración está en que no sólo he aprendido estos bailes, sino que hago parte de ellos mismos.

    Cuando estoy en el escenario hago cuenta que estoy Totó con turbantecantando en las calles de Talaigua. Siempre lo he hecho así; desde pequeña, cuando mi mamá me lo enseñó, cuando me enseñó a cocinar con leña, hacer el fogón, hacer viuda, matar gallina, caminar con el pie pelado”.

 

   ¿Qué tal el ambiente para el folclor?   

“Esto del conflor nunca ha tenido ambiente favorable en determinados círculos, por la sencilla razón de que es producto del pueblo, es una riqueza de tradiciones y leyendas que el pueblo lleva metida en el alma. Yo llevo más de trece años dedicada por entero al conflor y hasta ahora se me empieza a reconocer. Colombia es un país muy rico, no sólo en conflor, tenemos cuatro climas y la gente posee talento, los campesinos y el pueblo saben que somos ricos pero no nos dejan ser ricos. Imagínese, por ejemplo, estas tierras tecnificadas. La técnica es muy importante. La gimnasia ayuda para la danza… Sin embargo la gente no puede conocer absolutamente todo, un erudito en música del interior no puede serlo al mismo tiempo en música de la Costa Atlántica; podrá haberla visto, conocerla y hasta 8bailarla, pero los campesinos son los que conocen en sus mínimos y máximos detalles el conflor. Yo soy alumna, en cambio Doña Ramona y Estefanía, de Talaigua y Cartagena, son eruditas”

 

   ¿Cuál es tu principal dificultad en el trabajo?

    “El dinero. Lo poco que ganamos lo invertimos de nuevo en cosas del grupo para mejorar el funcionamiento: papelería, transporte, ensayos, vestuario, instrumentos y, en mi trabajo de campo: grabaciones con los campesinos, trabajos de fotografías, cosas fundamentales para sustentarlo y diferenciarlo de la tergiversación que existe, por ejemplo en la televisión”.

 

   ¿Recibes alguna ayuda de Colcultura?

    Económicamente nunca. Lo máximo ha sido para transporte en uno u otro festival, que como en el de Tunja, le conviene que estemos. Siempre me ha tocado ir de escritorio en escritorio, solicitando apoyo. Fuimos a Estocolmo por circunstancias especiales y porque teníamos mérito para ello; estamos en el presupuesto nacional porque, después de una gira por Europa, quedamos debiendo un millón de pesos que yo dije que iba a pagar con canciones. Pero no fue por cuotas políticas, ni de izquierda ni de derecha, sino por nuestro trabajo. Yo no dependo de Colcultura, más bien ellos me han llamado a mí para hacer trabajos de investigación. Yo no he funcionado por el patrocinio de Colcultura. Imagínate eso!”.

 

   Finalmente, Totó, una pregunta que muchos de nuestros lectores se hacen, ¿cuál es tu compromiso político?

   “No tengo compromisos distintos del que me une con el pueblo. En el instante en que tenga compromisos políticos distintos no podremos hacer nuestro trabajo”

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Tomado de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

Magangué, Bolívar, Año 2, No.7  (Septiembre-Octubre de 1983).

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HACE 20 AÑOS

Por Monserrat Ordóñez

En el mes de las brujas nos reunimos en la Universidad Nacional de Colombia para pensar en el oficio de escribir, la tarea mágica que a tantas mujeres ha convertido en seres prohibidos. Este encuentro se ha planeado desde hace meses y varias veces hemos pospuesto la fecha por razones, supuestamente ajenas a mi voluntad. Creo, sin embargo, que yo también soy parte de las dilaciones. Mi resistencia a hablar del oficio de escribir con extraños disfraces y aplazamientos. Para una trabajadora exacta y sin tregua, como yo, estas huídas son transparentes: me resisto a la identidad impuesta de escritora y me resisto a mi propio discurso sobre la escritura. ¿Por qué no escribir, en lugar de hablar de lo poco (porque siempre es poco) escrito?

El oficio de escribir...

Es cierto, sin embargo, que esta identidad que se me adjudica no es gratuita, a pesar de que me doy cuenta de no tener una obra pública: coherente y clasificable según los criterios académicos, estéticos o editoriales. Me siento un camaleón de la palabra, que  cambia de color y tal vez no tiene uno propio. Pero aún así soy un animal consistente. Siempre he vivido con/de las palabras, como lectora, estudiante y profesora de idiomas y de literatura, editora, traductora, conferencista, periodista, crítica literaria, poeta. He comido de mi manejo de la lengua aunque los escritos que más me representan son los que sólo me han alimentado metafóricamente. Mi obsesión es irremediable e inútil, como la del camaleón, que sospecho se engaña a sí mismo más de lo que logra engañar al otro.

Si considero resbaladiza mi identidad de escritora, me identifico plenamente como lectora. Lectora traidora desde antes de ir al colegio y de saber leer, cuando me aprendía de memoria los cuentos que me leían y los repetía línea por línea,  señalando las palabras con el dedo índice como si tradujera signos. Luego, esa gracia infantil se convirtió en maldición, para mí y para todos los que me rodeaban, cuando devoraba colecciones completas y las palabras ajenas eran mi refugio, mis ecos, mis referencias secretas, sin verbalizaciones compartidas.  Leía sola y mi mundo se dilataba, desarticulado, lleno de esas telarañas que se apoyan en la vida y que no son la vida.

De las arrolladoras palabras creí aprender que todo está ya escrito y que solo hay que buscarlo para encontrarlo. Aún me persigue esta labor de exploración en la que me he pasado la vida. Reconstruirla es un peligroso trabajo de autoevaluación y de acribillamiento cuando años y décadas después amigos y estudiantes me recuerdan por los libros que yo leía, que en algún momento me obsesionaron y obligué a compartir como pesadillas, y ahora desearía olvidar. Pero el pasado también está hecho de letra caída, deslizada, coyuntural, y nadie se escapa de su historia. Compartir y divulgar es también el eje de la enseñanza de la literatura, esa transmisión que los obsesivos del libro hacemos en clase, entre amigos, entre editores, en los comentarios, que a veces escribimos. Queremos que otros lean lo que nos gusta, incluso tratamos de obligar a que les guste lo mismo. El placer de leer desencadena una serie de diálogos que incluye a muchas más personas, fuera de un autor y de un lector esquemáticos. Los mundos imaginarios de ambos están poblados de voces que entran en esa misma enorme y silenciosa conversación, que como un iceberg apenas muestra nos cristales. En las profundidades se producen los naufragios.

Si la lectura está en la raíz de todos los desastres, su producto es un monstruo mítico. Todas las decisiones vitales de un lector están supeditadas a su obsesión. De ahí salen periodistas, editores, profesores de lengua y literatura, coleccionistas de diccionarios, amistades con las que se puede leer y escribir pero nunca hablar, parejas hechas de libros y no de cuerpos. Cuando ese monstruo comienza a tragar y a vomitar, la lectura que comenzó como una traición termina en robo: todos los excesos están permitidos, no hay ética, no hay paz. El mundo se mide por palabras y se roba tiempo, ideas, cualquier cosa, para leer y escribir.

Si ese ser maldito, traidor y ladrón, es además una mujer, el desastre es total. Para leer y escribir hay que estar en contacto con el caos y con el cosmos, pero sólo se puede plasmar en soledad, con la libertad que da el candado por dentro de la puerta. Y si hay algo negado a la mujer es su soledad y su espacio. La mujer debe ser desprendida y estar siempre disponible. Por eso no escribe, sólo habla y usa sus palabras como imán. Siempre rodeada, lo regala todo, administra y promueve las escrituras ajenas. Revisa, corrige, arma plataformas para que otros despeguen, devuelve multiplicada la imagen del que se le acerca. Su oralidad la ahoga y obliga a que los que la rodean se conviertan en esponjas. Sabe que la vida es más que el lenguaje, ese esqueleto que apenas la sostiene, pero se delata, seduce, vende y compra afectos con palabras en trans/misión. Hasta que aprende, muchas veces tarde, a ser rinoceronte y escorpión y caracol para escribir. La defensa de su mínimo espacio ante la invasión se convierte en una pelea que la agota más que la misma escritura. Tiene que explorar nuevos sistemas de vida, porque se considera que la mujer no puede ser feliz escribiendo, no puede ser feliz si está sola, ni siquiera por unas horas, y porque escribir es un acto egoísta, que no se le permite a ese ser, supuestamente creado para la entrega indiscriminada. Y la desprendida no logra desprenderse. Paga con silencio su adaptación y su supervivencia.

Creo recordar ahora que estoy aquí para hablar de mí, de lo que escribo y como lo escribo. Y sigo resistiéndome, porque no quiero reemplazar la escritura con el discurso sobre la escritura. Porque sería demasiado fácil aplicarme mi propio discurso crítico, para inflarme y justificarme. Además, siempre repito que no hay que creerles a los escritores, sino a la escritura, así que de todas formas mi opinión sería inútil. Repito también que la escritura no se hace de café, de nubes, de espuma en la ducha o de descargas eléctricas, sino de escurridizas palabras, solas y planas. Y una vez combinadas y convertidas en objeto añadido al mundo, esas palabras son más inteligentes que sus presuntos autores y transmiten voces que ellos o ellas ni siquiera identifican.  Así, lo que yo pueda decir sobre mi escritura no deben creérmelo, porque yo no puedo saber bien qué hago. Lo sospecho, lo intento, escojo conscientemente, pero lo que escribo es parte de un tejido que yo no controlo. Como cuando cocino que, en la mitad de mis decisiones y combinaciones más creativas y supuestamente autónomas, me hielan y me calientan otros gestos repetidos y recuperados. Por otra parte, lo que escribo, cuando hago poesía y prosa poética, es muy distinto de lo que hago o lo que digo. Puedo hablar por horas con fluidez y sin embargo trato de escribir textos de piedra y de silencio, despojados, sin concesiones, en contra de la desmesura que siempre me ha rodeado. Hago lecturas críticas y las escribo, pero a menudo decido que estoy harta de pretensiones de originalidad y primeras personas, y decido dejar el espacio a las voces de los otros. Es decir, ser lectora y transmitir, impresas, compilaciones de mis lecturas. Traduzco, porque traducir es también compartir y es la más adecuada combinación de una buena lectura y una buena escritura. Escribo artículos sobre literatura, porque en los últimos años he encontrado un discurso crítico contemporáneo en donde me puedo hallar con alguna comodidad, un discurso de autodelación y de apertura que acoge mis obsesivas metáforas, que se opone a la omnipotencia y a la supuesta objetividad de la crítica de mi época de estudiante, un discurso en fin que se basa en una profunda conciencia de género (masculino/femenino) y de historia. Ahí ubico, o quisiera poder ubicar, mis trabajos sobre la revisión del canon literario o sobre la escritura de la mujer en América Latina y en Colombia.

Como Milena Jesenska, en oposición a Kafka, creo que dos horas de vida son muchísimo más que dos páginas escritas. Pero escribo porque lo que quiero decir no aprendí a transmitirlo con la danza, ni con el silencio, ni con el gesto, ni siquiera con el amor, y si no lo escribo lo olvidaré y sin memoria me quedaré sin vida, sin esa única vida de azar en contra del azahar, tan vulnerable, tan prescindible. Las palabras me persiguen y aunque sé que no son mías, que no hay discursos propios sino apropiados, que yo no soy la única con acceso a esas combinaciones precisas, si no las escucho me ahogan, me acorralan, me lapidan, y sólo vuelvo a reconocer mi cuerpo si logro despojarme de mis palabras y de mis pieles viejas y, desollada, vuelvo a empezar.

Creo, también, que para mí escribir es una batalla contra la injusticia y contra el caos, contra los silencios impuestos, contra las continuas agresiones que recibimos las mujeres, aunque yo casi pertenezca (me suena irónico después de mi errática escritura de toda la vida) el grupo de las privilegiadas. A veces me han dicho que hay tortura en mi poesía. En verdad, no podría escribir desde las rosas, los jazmines, las auroras y el amor, aunque los conozca, sí he vivido entre el dolor y la violencia. Por otra parte, no creo mucho en una escritura sólo de paz y celebración, sin tensiones ni contradicciones. Escribir no es fácil, porque para llegar hasta la página hay que vencer nuevas barreras cada día, porque es un oficio que se practica sin fin, una carrera sin meta. No es una actividad natural, a la que el cuerpo se entregue como al agua, al sol, al sueño, a la comida o al amor. Es una decisión, a veces demencial. Un tiempo sin reloj, papeleras que se llenan, libros que caminan, caras alucinadas. Escribir no es libertad porque la persona que escribe vive torturada en un espacio de espejos o de aristas, entre lo ya escrito, lo que escribe, lo que quiere escribir, lo que nunca escribirá. No es permanencia, porque su escritura es ajena y no le evitará los desgarros de sus muertes. Es una extraña forma de vivir, una mediación despellejada, que reemplaza mucha vida pero no la oculta ni la ignora.

Y sin embargo, la persona que quiere escribir y no lo hace, vive y muere condenada. Hablar de la escritura y del oficio de escribir es suicida. Los que hoy aquí queremos seguir viviendo con palabras, debemos ahora, ya, irnos a nuestro posible o imposible rincón y escribir, escribir para poder morir en paz.

NOTA: No estoy muy segura, pero creo que en lo que digo reconozco filtraciones de Virginia Woolf, de Jorge Luis Borges, de Joanna Russ, de Tillie Olsen, de Milena Jesenska, de Mijael Bajtin, de Roland Barthes, de Joan Miró, de Clarice Lispector, de Rosario Castellanos, de Rosario Ferré, de Marjorie Agosín. Hay también alusiones a algunos de mis trabajos, como los poemas de Ekdysis, la compilación La vorágine: Textos críticos, mis artículos sobre escritoras latinoamericanas, sobre Elisa Mújica, Luisa Valenzuela, Cristina Peri Rossi. Asímismo, aún forman parte de mi propia reflexión sobre la lectura y la escritura mis trabajos sobre Memorias póstumas de Blas Cubas y Don Casimiro de Machado de Asís, La Vorágine, de José Eustasio Rivera y Boquitas saladas de Manuel Puig

El Pequeño Periódico No. 34

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Ficción

Por Saúl Álvarez Lara

Es difícil imaginar el silencio como instrumento para morir. La posibilidad de hacerlo apareció en la pantalla de mi computadora en el capítulo nueve de “El último día de Lino Alonso” novela en diez capítulos. Cada uno lleva por título un nombre propio y desarrolla la historia de su protagonista en simultánea con los protagonistas de los otros capítulos. El Fortíssimo del primer movimiento de la Quinta Sinfonía de Beethoven comienza en el primer capítulo, “Lino Alonso”, y en el noveno, “Divina Guerra”, aun suena. Entre el uno y el nueve transcurre un día, el diez de agosto de un año no muy lejano, es el último día de Lino Alonso, investigador especial del GIA (Grupo de Inteligencia Activa, un organismo con la misma función del DAS de hoy). En el capítulo nueve Divina Guerra y Lino Alonso están en el apartamento que comparten por fuerza y donde los movimientos de La Quinta Sinfonía de Beethoven no han cesado de pasar por los rincones, los muebles, los espacios, desde esa misma mañana.

Divina está preocupada, cometió errores imperdonables en una misión encomendada por sus jefes, que son los mismos de Lino Alonso pero él no lo sabe. Lino Alonso, también está preocupado, mejor, está deshecho porque cayó en la cuenta, tarde, de que tramaron, no sabe quien, un engaño sin retorno en su contra. Lo único que lo hace reaccionar es el volumen de la música, Divina lo descubrió por accidente, si sube el volumen el cuerpo de Lino reacciona, toma vida, si lo baja, cae en el letargo. Descubre también que si se aferra a Lino el efecto de la música pasa también por ella. Divina sabe que sus jefes son implacables y antes de que aclare el día habrán saldado cuentas con ella, entonces espera, pasa la noche al lado de Lino, su amante del último día, sube el volumen de la Quinta Sinfonía y lo baja, según el estado que desea del hombre y su miedo. Con las primeras luces escucha los pasos de caucho de las tropas de asalto, se recuesta al lado de Lino y baja el volumen a cero. En ese momento pasa por enésima vez el Allegro del tercer movimiento. Cuando los agentes entran en el salón encuentran dos cuerpos muertos sin violencia. Silencio. Lo único que parece con vida allí es el equipo de sonido. Prendido pero sin volumen.

Se va la música, parte la vida, parece ser el arma de Divina y Lino. No han tenido una relación suficiente, apenas se conocen, para ligar sus deseos por alguno de los sentidos y ante el peligro, la duda y el desasosiego la última posibilidad es el silencio, el silencio que se lleva sus vidas. No hace mucho encontré en internet, o escuché, una frase que no sé a quién atribuir pero viene al caso: “El silencio no es una renuncia o una pérdida. Es una recompensa. ” Quizá como Divina y Lino que ligaron sus vidas a los movimientos de la Quinta Sinfonía, otros tienen su recompensa en el silencio. Ellos quizá, no lo sabemos, también la encontraron en él.

Las noticias diarias son abundantes en casos de enloquecimiento espontáneo por exceso de ruido o celos incurables por culpa del silencio. No se puede medir entre uno y otro, por supuesto hay ruido y “ruido”: Murakami escucha los “Rolling Stones” mientras corre y dice, es el paraíso; Alexi Campo el obrero que maneja el martillo hidráulico en la repavimentación de vías no puede escuchar nada, la herramienta no lo deja, en la noche cuando llega a casa habla duro, prende la televisión o la radio a todo volumen y aun así no las escucha bien, como tampoco escucha las quejas de sus vecinos por el exceso de ruido.

Con frecuencia, imagino que todo el mundo lo hace, prendo la televisión con el volumen en cero y veo películas sin sonido, a pesar de que la imagen me da una idea del contexto, no escucho lo que dicen los personajes, lo invento a medida que las situaciones cambian. Debo decir que he visto así muy buenas películas. No sé, claro, si he visto la misma que los otros televidentes.

 Tomado de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 89

<saulalvarezlara@gmail.com>

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Sabor a crónica

Laura Areiza Serna (Jumua+ rafue)

Después de tejer la falda con fibras de palma y amontonar con sorpresa los alimentos, los invitados a la danza zarparon en el bote hacia la Anáneko de la gente pájaro carpintero f+eraia+, los dueños del baile. Navegaron a contra corriente por la cabecera de Igaraparaná Kotue +ye, cantando y recordando las enseñanzas aprendidas en el mambeadero. Los abuelos coca J+b+na y tabaco D+ona enseñaron a los jóvenes, a través del consumo de estas medicinas, a traer los zumbidos atávicos en forma de canto ruak+. Sin embargo, Uriel, un joven en preparación,  no entonaba, ni usaba la palabra, de tal manera que permanecía largo tiempo con el mambe en la boca, taciturno, preocupado.

Después de tejer la falda con fibras de palma y amontonar con sorpresa los alimentos, los invitados a la danza zarparon en el bote hacia la Anáneko

Al arribar en la ribera de los dueños del baile, todos portaron los disfraces con seguridad, el abuelo uzuma más preparado entonó individualmente un fakáriya, es decir el canto que expresa la ansiedad por probar las frutas y viandas que el dueño del baile les dará a todos. El resto de personas lo acompañaron en fila con las ofrendas en unos canastos de hojas verdes. En esta ocasión, el rafue es dedicado al padre, que en tiempos arcaicos, estuvo atrapado en forma de mico nocturno y enseñó a los demás animales su sabiduría. Para poner en evidencia este remoto saber, la fruta ofrecida es el Canangucho, cuya cosecha es abundante y le gusta al mico nocturno. Uzuma le lanzó una mirada franca a Uriel, como queriéndolo animar para que cantara, pero este se la devolvió con dolor. En ese momento, el anciano supo que el joven estaba flechado por el poder del mico nocturno, entonces le ofreció ambil jerake para que se restableciera. Uzuma reconocía esto como un anuncio del Padre Creador Mobuinaima, pues en esta ceremonia Uriel iba ser bautizado con un nombre de poder y, para ello, debía entonar el canto de entrada zij+na, empero, este joven era un mestizo de padre blanco y madre aborigen r+ama4 , a quien los abuelos prepararon para que recibiera la palabra M+n+ka5  sin problemas.

El maguaré juara+ anunciaba con su sonido profundo y gutural la iniciación de la ceremonia tabi, tabi, f+gobite “Algarabía, algarabía, gracias por venir”. Los dueños del rafue fueron entregando la comida: cazabe ta+nìoj+ “alimento aceptado proveniente de la nada”, tamal de yuca brava juar+ “veneno fértil”, semillas, carne ahumada y+k+ka, engrudo de almidón ja+y+k+; luego, indicaron el lugar de la Anáneko donde cada familia debía guindar sus hamacas. La mujeres ofrecieron a los cantores jugo de yuca dulce juñoi y bebida espesa de almidón con jugo de canangucho ja+gab+ “bebida del seno de la madre”. Uriel tomó de ambas bebidas y mambilió,6  en los próximos minutos debía hacer amanecer el canto, al tiempo en que recibiría su nombre. Pero temía, le dolía el abdomen también, recordaba que su linaje no era próximo a la esencia y, adicionalmente, había incumplido en varias ocasiones con el reglamento de un mambeador y había deambulado de territorio en territorio sin decidir bien a quién iba tomar como padre adoptivo.

El maguaré juara+ anunciaba con su sonido profundo y gutural la iniciación de la ceremonia tabi, tabi, f+gobite “Algarabía, algarabía, gracias por venir”.

Todos los integrantes del rafue hicieron un círculo, Uriel y el dueño del baile estaban en el centro. El joven iba musitando su canto, mientras que el uzuma preparaba el j+ra en el ambil que le iba a entregar como signo de investidura. Nadie hablaba, ni cantaba, sólo el maguaré.

“Ñuujuuu” gritaron lo cantores para aprobar el nombramiento. “Uriel, +meraimatoi “hijo pequeño de guagua” será tu nombre, es la esencia que llevas de tu madre en la sangre”, el joven comenzó a entonar pero, al recibir el ambil, se desmayó. Todos los cantores acudieron a Uriel, pero uno de ellos Boyeka+ma le quitó el ambil y le entonó el ruak+ que Uriel no pudo cantar:

Le untó canangucho en el rostro y finalmente dijo: fue el mismo Padre Creador Mobuinaima quién lo rechazó y por medio del mico lo flechó.

<laurita_areiza@yahoo.es>

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NOTAS

1 Maloca.

 2 Río al norte del Amazonas, resguardo predio Putumayo La Chorrera.

 3 Reducción en forma chiclosa de la esencia del tabaco.

 4 Comer al hermano. Se usa para hablar del hombre blanco o del mestizo como en este caso.

 5 Nombre de la cultura en la que se desarrolla la narración. Significa pregunta, interrogación.

 6 Consumir mambe y ambil al tiempo. Esencia y palabra, respectivamente.

 7 Dietar la palabra: ser callado, escuchar, no hablar del prójimo.

 8 Aceptar lo pedido a través de un rezo.

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