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Archive for 25 agosto 2010

El herbario de plata

Por Ángel Galeano Higua

Patricia Zuluaga Osorio, “La Aprendiz de joyería”, luce las joyas de plata creadas por ella misma.

De entre un enjambre de hojas rumorosas salía el mundo. Cascodevacas en las orejas, acacias en la muñeca, balsos en el cuello… Un mundo de hojas luminosas, verdes y diversas que Patricia Zuluaga ha ido recogiendo durante largos años y que atesora entre las páginas de su libreta de apuntes. Busca una hoja en especial. Una que sea el poema plateado de sus sueños, fruto de sus manos y de su imaginación. Una, que sea un mundo completo. Sabe que el milagro del arte consiste en dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas y que la apariencia es engañosa y deslumbrante.

La biología como apoyo

Cuando estudiaba biología sospechaba que ese acervo de conocimientos que adquiría le sería útil, pero no sabía con exactitud para qué, ni cuándo. Escogió esa área de las ciencias naturales por gusto y sin darse cuenta hizo el camino al revés, pues casi todos los joyeros tienen que hacer un trabajo de investigación cuando escogen un tema de inspiración en la naturaleza, “a mí me queda un poco más fácil porque ubico características que me interesaría resaltar, pues percibo las cosas que vienen de ese conocimiento en biología”.

Collar de colas de oso hormiguero. “Me ha interesado mucho el caso de esta especie que tiene unas adaptaciones en la sabana, para alimentarse de las termitas y las hormigas que son su alimento fundamental”.

No hizo herbario en el colegio, pero sí un álbum con dibujos de animales, recopilación de sistemas y grupos taxonómicos que debía plasmar con mucho detalle en tinta china. Tampoco hizo herbario en la universidad, pero sabe cómo colectar las hojas “porque uno de los trabajos que desempeñé fue una recolección de flora asociada al manglar de la ensenada de Utría”.

Buscando la perspectiva

Desde niña ha tenido predilección por las joyas, “aunque mi mamá no era mujer de engalanarse con exageración, mi papá le regalaba joyas muy bellas y especiales y a mí me gustaba verlas y ponérmelas”.

Termitero de plata

Conserva bellos recuerdos de su colegio: “era campestre y eso fue lo que más me gustó. En los años 70 era una novedad su arquitectura de pequeñas casitas como aulas y un salón múltiple. Después del almuerzo jugábamos en un bosque de pinos, junto a una quebrada, hacíamos excursiones a las montañas, a las selvas, y vivíamos aventuras con animales y plantas. Bailé joropo llanero, can-can francés y representé a los llanos en un encuentro de regiones de Colombia en el colegio. En el barrio de mi infancia recorríamos solares y terrenos baldíos llenos de arbustos y malezas, nos disfrazábamos para el halloween y pedíamos confites. Montaba en bicicleta”. Tenía diez años cuando hizo un retrato de la familia, “pero me vi ante una encrucijada al tratar de dibujarlos de frente pues no encontraba cómo pintar los pies en perspectiva. Al final los pinté como los vi”.

Incursionó en el arte, se acercó al cine y al dibujo artístico, dejó la biología un tiempo para estudiar restauración de obras de arte en Bogotá y también estudió telares. Buscaba su propia perspectiva de la vida.

La joyería

En 1995 se decidió, “tomé clases de joyería, no porque quisiera aprender la técnica de repetir las piezas que salieran en las sesiones, sino porque quería desarrollar una joyería creativa… No quiero copiar piezas de otros autores, sino crear las mías”.

Desarrollar los propios diseños no es tarea fácil, cada joya es un nuevo mundo. “No puedo decir que ya conozco a fondo el diseño de las joyas, es un proceso no sólo lento, sino detallado y que necesita mayor conocimiento”. En esa búsqueda ha aumentado su dedicación durante el último lustro. “Antes la alternaba con mi profesión de bióloga y esto no me permitía profundizar con la intensidad que quería, en cambio ahora ya estoy dedicada a la joyería, al diseño, que es lo que más me gusta”.

Conjugar

Una muestra de su decisión es el proyecto NOI (Nosotros, en italiano) que ha emprendido en compañía de otras joyeras amigas. Ha encontrado que allí puede  conjugar sus conocimientos de la biología con la joyería, “como un gusto por expresar ese amor por los animales y la naturaleza, por las hojas que me inspiran”.

Al conocer las joyas que brotan de sus manos no queda duda de que su inspiración fundamental es la biodiversidad, las relaciones que se entretejen en la naturaleza. Ella hace énfasis en este aspecto de las relaciones que establece  una especie animal con su entorno, su ecosistema o su nicho.

Ella ha querido plantear este concepto con el arte y para ello ha tomado al oso hormiguero: “Me ha interesado mucho el caso de esta especie que tiene unas adaptaciones en la sabana, para alimentarse de las termitas y las hormigas que son su alimento fundamental”. Ese conocimiento le dio la posibilidad de realzarlo en las piezas de joyería. “Las piezas de joyería creadas son la cola del oso hormiguero, como parte fundamental que es para él, y un termitero que es el lugar donde él encuentra su alimento. He elaborado un broche de varias colas de oso hormiguero con dos ganchos que permiten usarlo en formas variadas, la persona puede lucir el mismo broche cambiando su configuración a su gusto”.

Contenedor exclusivo

NOI expone sus joyas en “Zona libre”, una propuesta espacial que funciona en un parqueadero de El Poblado de Medellín, convertido en centro de negocios, almacenes y restaurantes hechos con contenedores que han sido acondicionados con buen gusto. Al ingresar a NOI se despierta nuestra curiosidad al imaginar los largos y azarosos viajes que ese contenedor, ahora adecuado con buen gusto, hizo por mar, aire y tierra, hasta llegar allí, para cumplir su cita con las joyeras que conforman el proyecto NOI: “Somos cinco joyeras con un proyecto de diseño participativo, reunidas con el propósito de crear un espacio activo donde se propicien eventos alrededor del arte y el diseño”.

Los detalles

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO en el que aparece “El herbario de plata”.

El mundo está lleno de pequeñas alegrías, el arte consiste en saber distinguirlas. Este antiguo pensamiento chino está latente en los trabajos de Patricia Zuluaga y sus compañeras de NOI, y como cada una alimenta su propia vitrina, en la de Patricia vemos un broche inspirado en la hoja de balso, cuyas nervaduras fueron resaltadas por un calado. (Técnica que consiste en cortar lo interior con un hilo de segueta, mientras va dándosele la forma). Lo nuevo en ese diseño son los hilitos de plata atravesados.

Al lado, una pulsera hecha a partir de una hoja de acacia. “Exige más trabajo pues la hoja tiene muchos detallitos… Aquel es el collar hecho con la cola del oso hormiguero que también le dicen oso palmero por su cola, que es como de hoja de palma. Lo hice con un texturado diferente a las piezas anteriores y le saqué brillo con gratas. Esta técnica requiere mucho tiempo ya que cada colita está calada y van ensambladas”.

¿Cuál es tu metal predilecto?

La plata, aunque en la colección del oso hormiguero el termitero tiene fibra de damagua en una de las interpretaciones. La damagua es una corteza de un árbol del Chocó y el Amazonas, es fibrosa y del color de la cabuya, un poco áspera, pero hace juego porque se ve como una tela tejida.

Aretes

¿Cuáles son tus planes?

Seguir aprendiendo, consolidar una línea de trabajo, un estilo.

¿Seguirás con las hojas de los árboles?

Sí, pero también me inclino por los peces y los pájaros.

¿Sabes desde el comienzo la joya que quieres?

Uno no se imagina toda la pieza desde el comienzo, sino que descubre que puede adicionarle algo. No siempre se logra todo lo imaginado. Muchas veces resulta lo que uno no había pensado.

Aretes.

Patricia Zuluaga se considera una aprendiz de joyería, abierta al conocimiento, a las nuevas exploraciones que traerán nuevas dificultades. Pero ya sabe que el contratiempo es favorable para que brote lo que podría ser ese milagro de descubrir la esencia de las cosas, que sólo se revela ante los ojos del artista.

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Manos que ven

Por Ángel Galeano Higua
Foto de Ángel Galeano H.

(Izq. a der.) Claudia Restrepo, Silvia Congote, Noelia Cardona, Juan Carlos Jaramillo, Olga Lucía Herrera (la maestra), Edison A. Henao, Javier Aristizábal. Del grupo Manos que ven, durante una sesión en la antigua sede de Carlosé.

Vistazo a un grupo de invidentes que se reúne todas las semanas y que sin ningún ritual superficial, se saludan e inician su viaje: crearán un mundo nuevo sobre una hoja de papel de medio pliego. Dispondrán los colores de la vida que cada uno de ellos ve con los ojos de su imaginación.

Cada miércoles, Luz Estella sube las escaleras del Museo de Arte Moderno lentamente, repasa el peldaño con la suela de su zapato antes de pisar el siguiente. Silvia hace otro tanto. Arriba ya está Juan esperándolas, junto a Javier y a Julio. Ellos se apoyan en la baranda de ladrillo y conversan con el rostro frente a los árboles como si disfrutaran del paisaje. Noelia llega sonriente, seguida de Edison que lleva su mano derecha puesta sobre el hombro de ella. Caminan erguidos, como sonámbulos imperturbables. Detrás de su bastón ingresan al salón donde Olga Lucía, la profesora de plástica, ha dispuesto la mesa y las sillas, ayudada por Ángel, el lector.

Sin ningún ritual superficial, se saludan e inician su viaje: crearán un mundo nuevo sobre una hoja de papel de medio pliego. Dispondrán los colores de la vida que cada uno de ellos ve con los ojos de su imaginación. Se valen de elementos sencillos, como niños que juegan con palitos, alambres, regletas, tapas de frascos de diversas formas, moldes de cartón que traen en sus bolsos. Dejan que sus manos los guíen en aquella aventura, que vean por ellos y plasmen figuras inesperadas en movimiento, ráfagas, perfiles que se desdoblan hasta formar una secuencia colorida y dinámica. Juan trabaja con las barras de pastel en un jarrón que se va transformando poco a poco en una mujer desnuda. Edison construye su casita de colores de mar y cielo donde cabrá él con todos sus sueños. Noelia viaja con una pintura que a vuelo de pájaro jugará entre un árbol verdeante y la cabeza de una dama de cabello verde y cuello distinguido. Son dos horas de sesión. Olga Lucía va indicando, sugiriendo, tallándolos para que suelten la locura de crear, de atreverse, de saltar los marcos reales y arañar otras propuestas. Ustedes ven con las manos, lo que los demás no ven con los ojos, les dice.

Patricia llega agitada. Subió las escalas de prisa. No es ciega, pero está en el grupo desde el comienzo porque siente que también tiene una limitación. Le gusta la poesía y está explorando la pintura. Al comienzo estaba Johnny, el músico, que con su guitarra le imprimía un airecito de jolgorio al taller, les hacía ejercicios para despertarles al músico que todos llevamos dentro.

Mientras el grupo pinta, Ángel, el lector, les pregunta si quieren oír una historia. Todos están de acuerdo. Y entrelazada a las crayolas y pasteles, va tejiéndose en el ambiente la aventura de un personaje de Horacio Quiroga, de García Márquez, de Hernando Téllez, un poema de Neruda, de Dulce María Loynaz y el asombroso ensayo sobre la ceguera, de Saramago. Hasta que el reloj implacable marca su límite. Han pasado dos horas. ¿Ya?, preguntan. Sí, ya. Empiezan a recoger las cosas casi con pereza, no quieren irse. Los alienta saber que la próxima semana volverán. Es el programa del Museo de Arte Moderno de Medellín, en la vieja sede de Carlosé, con su Programa de Representaciones, que ya arrima a los tres años con el Grupo “Manos que ven”.

Ver con el color y la palabra

Mientras Olga Lucía viaja por Europa y recoge paisajes y visita museos, saquea las galerías y las salas de exposición con su mirada, y piensa cómo transmitirle al grupo de invidentes aquella experiencia, Johnny fusiona ejercicios de ritmo y exploración coral con el grupo. Luego comentan y hacen el propósito de escribir ellos también sus historias. Graban una canción muchas veces repetida, ya para terminar el año 2009. Embriagados por la nostalgia de la navidad, pero también por la alegría de un año visto por ellos con otra luz.

A Luz Estella le encanta escribir y lleva sus historias que Ángel se encarga de leer en voz alta.

A Luz Estella le encanta escribir y lleva sus historias que Ángel se encarga de leer en voz alta. Estaba en el colegio cuando su madre la invitó a conocer el mar, aún no sabía que iba a perder la vista, en cambio su madre sí, y por eso era la invitación. En el escrito de Estella se puede percibir la alegría que la embargó al estar por primera vez frente a la inmensidad del mar. Un perdurable recuerdo que ella quiere pintar algún día. También escribió una historia de animales, en la que recrea su infancia y el profundo dolor que sentía cuando veía maltratar a un animal, pero también el grato recuerdo de Ringo, el perico de patas grises, ojos de miel, plumas verdes, azul marino, amarillo en el pecho y café en el cuello, que repetía “Quiero cacao”.

Con Silvia es otro cuento. A ella le gustan los dramas. Escribió En busca de un mejor futuro, en el que habla de un fotógrafo y una modelo, Irene, que aparece muerta en Brasil. Al final dice que lo más triste es que las personas busquen un mejor futuro en tierras extrañas, hallando muchas veces lo peor.

Juan no escribe pero pertenece a un grupo de rock.  Descree de los promeseros modernos que dominan el mundo y asegura que la sociedad tiene lo que se merece. Por esa razón no quiere que nadie sienta lástima por él ni por sus compañeros. Cuando tiene que preguntar de qué color es una tiza lo hace, pero da gusto estar ahí, a su lado, dispuesto a colaborarle, porque no hay mezquindad en él. Mientras habla, con su voz fuerte y firme, va trazando con las tizas de pastel el torso de una mujer que nació cuando pintó un jarrón, una mujer que él sueña. La ha pintado pero también la ha moldeado con arcilla. La ve con sus dedos, la pule, la persigue. No tiene palabras para describirla, pero todos la podemos imaginar ayudados por sus cuadros y sus esculturas. Aunque no le gusta escribir, sí reclama las lecturas. Estudiaba en Bellas Artes cuando una tarde muy animado con dos compañeros, se pusieron a beber aguardiente en un ventorrillo callejero. Al cabo de unos cuantos tragos se empezaron a sentir muy mal y decidieron marcharse. Juan Carlos pasó mala noche, entre vómitos y tembladeras. Cuando despertó al día siguiente ya no veía, pero estaba vivo. En cambio sus compañeros llegaron a su casa y cayeron como piedras, ni vómitos ni tembladera, durmieron profundamente para siempre. El licor era adulterado.

Y así, todos cuentan algo de su historia cuando veían, unos la escriben y otros la narran oralmente y ahora que siguen viendo pero de otra forma. Ninguno pide tratamientos especiales, solamente que puedan expresar mediante el arte, desde el interior de su ser, lo que sienten, la ciudad que ven, la vida que oyen respirar.

Los pequeños objetos

Cuando Olga Lucía regresó de su viaje, venía cargada de iniciativas y el grupo estaba dispuesto a probar con alambres, figuras de cartón, tapas de frascos, palitos, botones, mil objetos que pasan desapercibidos para los demás, pero que se han convertido en apoyos que les permiten buscar con los ojos de las manos, los colores y las formas de un mundo que sólo ellos pueden ver.

Cada participante ha vivido una historia llena de esfuerzos. Noelia, que todavía ve, pero sospecha que perderá su vista, es una activa compañera del grupo que muchas veces hace de lazarillo para Edison, pues viven en el mismo sector nororiental de la ciudad.

Al finalizar el 2009, Edison fue atropellado por una motocicleta y estuvo al borde de la muerte, pero pudo más su deseo de vivir, volvió con renovados bríos y hoy pinta sus casitas de colores fuertes, tropicales, con trazos cortos, firmes y persistentes.

Claudia lucha también contra los avatares del destino, luego de varias cirugías se esfuerza por transformar esa incertidumbre en ejercicios de pintura que le permiten ganar firmeza con la crayola, que refleja su propia seguridad de vivir sin la vista.

Javier es jubilado, tiene una vasta cultura, disfruta el taller explorando sus propuestas plásticas en las que ejercita la repetición creadora.

En cada sesión lleva un paquetito de galletas para el grupo. Perdió su vista a raíz de una cirugía con láser que le quemó las retinas. Aún ve las líneas sobre fondos blancos, por eso juega con un marcador negro sobre la hoja blanca y luego baña la figura con el polvo de colores pastel.

El grupo tendrá nuevos retos cuando se traslade a la sede del río, pues allí se encontrará con otros invidentes que los esperan para fraternizar y compartir lo que han aprendido estos años en sus inolvidables sesiones en Carlosé. Quizás un día puedan ver realizado su sueño de colgar sus pinturas en el antiguo galpón de los Talleres Robledo, donde los esperan como en su casa. Mientras tanto pintan su propia isla desconocida, incitados por el cuento de Saramago, que tanto les gustó.

Tomado de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 88

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Luis Hernán Rincón Rincón

El 25 de mayo de 1961 pasé en limpio a mi libreta “Poemas de mis 20 años” un poema inédito de 45 versos titulado Consoladora visión de mi ceguedad, con un epígrafe de Baldomero Sanín Cano: “Todo es incierto y transitorio”. Empieza así:

Señor: estoy quedando ciego.

Ya no son verdes para mí los paisajes

ni límpido el lejano cielo.

Dispuesto entre mi mundo y cuanto creaste

se teje amplio, borroso velo.

Señor, estoy quedando ciego.

Ese poema termina así:

Pero… ¡Qué importan los paisajes!

¡Qué importa todo el universo!

¡Qué las sombras y qué los males!

Si veo nítida la escala del cielo

¡Qué importa que al sepulcro me lleven ciego!

 

Hoy, 49 años más tarde, después de haber visto mucho mundo, con

"¿Se imagina usted la impotencia y soledad que traería no poder ver lo que antes uno veía? Yo sí. ¿Tener su biblioteca y archivos llenos de documentos y fotos y no poder leerlos? ¿Y tener la huerta y no poder ver qué plantitas están enfermas o están listas para cosechar? ¿Y tener la Tertulia Fundadores, y el Grupo Literario El Aprendiz de brujo, a quienes no vería teniéndolos a mi alrededor? ¿Y que la esposa esté ahí y no poder ver su figura?"

anteojos, y de tener operaciones de cataratas e implantación de lentes intraoculares, perdí la vista por el ojo derecho y veo con limitaciones por el ojo izquierdo. Sé que ir perdiendo la vista poco a poco es la compañera melliza del envejecimiento, alimentada en mi caso por la condición de diabetes melitus tipo II. Sé que quedar ciego es una espada de Damocles que puede caer en cualquier momento y alterar o hasta arruinar mi programa de vida. Ese perder la vista poco a poco amenaza continuamente con remontar la cima y volverse incapacidad permanente para procesar la luz que emiten los objetos. En otras palabras, quedar ciego.

Me asusta mi posibilidad tan alta, mayor de 50%, de quedar ciego en cualquier momento. ¿Se imagina usted la impotencia y soledad que traería no poder ver lo que antes uno veía? Yo sí. ¿Tener su biblioteca y archivos llenos de documentos y fotos y no poder leerlos? ¿Y tener la huerta y no poder ver qué plantitas están enfermas o están listas para cosechar? ¿Y tener la Tertulia Fundadores, y el Grupo Literario El Aprendiz de brujo, a quienes no vería teniéndolos a mi alrededor? ¿Y que la esposa esté ahí y no poder ver su figura? Aunque con sólo pensarlo me asusto, no me sorprendería del todo que yo llegue a estar existiendo en un mundo personal ya sin luz, sin día. Sólo habrá noche. Noche sin la más mínima tregua. Noche en la que cada cosa y lugar se conviertan en nostalgias, diluidas en la oscuridad, de lo que vi y no puedo ver más. Imagino, por ejemplo, que después de haber quedado ciego me reúna con mis hijos, mi esposa, y mi nieto, y en vez de ver cómo están, tenga que ir a mis archivos en la memoria y ajustarlos con lo que oigo, palpo, huelo, beso o me cuenten. Me imagino estar entre ellos dentro de una terrible soledad visual sólo mía porque ellos sí pueden ver como yo pude ver.

En vez de rumiar lo penoso que me sería caminar ciego por ese mundo, prefiero pensar en lo afortunado que soy por haber nacido con mis dos ojos en plenas condiciones. Gracias a ellos, si quedo ciego antes de morir, poseo archivos vitales dentro de mí que me harán aflorar en la mente colores, movimientos y dimensiones de realidades similares que vi. Soy afortunado de haber nacido con capacidad completa para ver, con anteojos desde 1961 y con lentes intraoculares y anteojos desde 2005. Hay médicos que me ayudan a sentirme afortunado porque se admiran de notar mi buen estado físico y emocional a los 69 años de edad, al llevar 30 años de tratamiento de la diabetes tipo II, al tener en mis ojos cuatro cirugías y docenas de impactos de láser, al ver apenas por un ojo, y, con todo eso,

Leyendo sus escritos en un encuentro del Grupo Literario El Aprendiz de brujo, Jardín Botánico de Medellín, 2010

poder aún leer y escribir. En verdad, soy disciplinado con mis tratamientos, mantengo una buena dosis de sentido del humor, a la insulina la llamo “insulinda” y me inyecto con cariño, no bebo gaseosas, no como pasteles dulces, no consumo confites, ni bebo licores, ni uso edulcorantes en café, té o jugos. Fallo apenas en el consumo menudito de pan o de galletas integrales y de pequeñas cantidades de postres.

En mis idas y venidas por los mundos de la falta de capacidad visual, me he preguntado varias veces acerca del posible programa de vida de alguien que nazca ciego. ¿Será muy doloroso en el espíritu que desde sus pliegues más profundos tenga uno que imaginarse los colores y las dimensiones de la cara y las manos de la mamá y del papá, los de la alcoba, los de los dibujos y tonos y tamaños de los pañales y los juguetes, los colores del día, de la novia o de la amante o de la esposa, de las mariposas —esas flores que vuelan— o de las flores —esas mariposas con raíces? O, por el contrario ¿será que ser ciego de nacimiento no duele mucho por no tener uno necesidad de comparar lo que percibe con un referente de color y forma, ubicado en la memoria? ¿Será que uno aprende a llevar la ceguera como un factor más en su crecimiento y desarrollo personal y social? ¿Será que al ser uno fruto de sus pensamientos, cuando le falta el sentido de la vista uno lo compensa con los demás sentidos?  Supongo que uno aprenderá a “ver” el mundo mediante escalas imaginarias de grises y a convertir las dimensiones en retratos hablados con ayuda del tacto y los demás sentidos y de personas. Al fin y al cabo, uno aprende a ponerle colores y dimensiones a miles eventos, objetos y lugares que no ha visto, por ejemplo su morada dentro del útero materno o su próxima reencarnación.

Pienso que nacer con vista normal y pasar poco a poco a ver menos, como es mi caso, es más dramático que nacer ciego. La gran diferencia está en que cuando yo quede ciego recordaré con lacerante nostalgia las características físicas de cosas y personas y de infinidad de objetos y seres físicos que encuentre de nuevo y procederé a comparar, si puedo.

 El ciego de nacimiento no tiene que hacer esas comparaciones. Mis referentes me irán abandonando o por lo menos irán podando los  detalles, como no le ocurrirá al ciego de nacimiento. Me sentiré abandonado al aumentar de edad en la sombra, los  detalles de color y forma del mundo físico me abandonarán porque lo único permanente es el cambio. Me veo sentado en medio de una apabullante soledad visual como la oteada en este fragmento de mi poema de 1994 titulado Soledad de veras:

(…)

Háblame de la soledad de veras.

Soledad visual como la de Borges,

Soledad de ciego,

sabedor de los colores y las letras,

que ahora se le esconden

y le hacen guiños de amargura

detrás de un velo gris y turbio.

(…)

Con la capacidad visual que aún tengo me veo como un ser increíblemente favorecido. En este momento, cuando estoy en mi biblioteca,

"Aunque con sólo pensarlo me asusto, no me sorprendería del todo que yo llegue a estar existiendo en un mundo personal ya sin luz, sin día. Sólo habrá noche. Noche sin la más mínima tregua".

con luz artificial distingo colores de libros y para leer los  títulos no es sino acercarme más, o alumbrarlos con una linterna que mantengo a mano. Soy afortunado en riqueza ocular, porque por la ventana de mi biblioteca, a través del vidrio distingo con mi ojo izquierdo los colores de la naturaleza, si está bien iluminada. En la mañana miro la montaña y distingo seis o siete tipos de color verde con un baño de luz solar. Ello porque tanto lo que miro como yo permanecemos en cierto grado de quietud. Disfruto los diversos colores de las rosas que cultivo. De otro lado, no logro detallar los colores de los pájaros si se mueven con frecuencia, ni ver las hormiguitas que  avanzan por el suelo, ni admirar las estrellas pequeñas en la noche despejada, ni distinguir las facciones de las personas que avanzan por la acera de enfrente.. Ya camino muy rara vez de noche, porque no percibo los desniveles del piso y se convierten en trampas que me hacen caer.

Durante un programa cultural en la Emisora de Támesis

Ahora cuido mi ojo izquierdo con ayuda médica como si fuera “la niña de mi ojo”. Tendré pronto la próxima operación quirúrgica, para limpiar con láser la cara más profunda de la cápsula intraocular que me implantaron en 2005. Me dice el oculista que a esa cara de la lente se va adhiriendo un velo de fluidos oculares como el vapor de agua se adhiere a un espejo. Me someteré a esa operación y espero salir con la capacidad visual mejorada.

Poco a poco avanzo hacia la muerte y los muertos quedan ciegos, aunque pienso que, en mi caso, será ciego mi cadáver pero no lo serán mi alma y mucho menos lo será mi espíritu.

 <luishernanrincon@gmail.com>

 

Nota: Luis Hernán Rincón Rincón es ingeniero agrónomo. Jubilado. Fue profesor en la Universidad Nacional de Colombia y en varias universidades latinoamericanas. Autor de innumerables libros científicos. Ha escrito poesía y crónica. Reside en Támesis, Antioquia, donde dirige un semanario escrito. Hace parte del Grupo Literario “El Aprendiz de brujo”.

Tomado de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 88

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