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Archive for 30 julio 2010

Medellín es como una niña hermosa que ha padecido el mal de ojo. Su belleza se deteriora poco a poco. El verde de sus montañas se marchita en medio de asentamientos no planificados donde se refugia la miseria de miles de desplazados. El centro de la ciudad es una maraña de avisos publicitarios que invaden todos los espacios. El esplendor arquitectónico de épocas pasadas ha quedado borrado por la avaricia de comerciantes y constructores. Aún así la ciudad nos ofrece múltiples visiones, desde lo sórdido hasta lo placentero.

 Por Nubia Amparo Mesa Granda

Beberse la ciudad por los ojos. Leer en cada esquina lo que ha hecho del paisaje el artificio humano. ¿Puede haber placer en la mirada cuando las imágenes se superponen formando una amalgama inescrutable?

Medellín es como una niña hermosa que ha padecido el mal de ojo. Su belleza se deteriora poco a poco. El verde de sus montañas se marchita en medio de asentamientos no planificados donde se refugia la miseria de miles de desplazados

Medellín es como una niña hermosa que ha padecido el mal de ojo. Su belleza se deteriora poco a poco. El verde de sus montañas se marchita en medio de asentamientos no planificados donde se refugia la miseria de miles de desplazados

Carteles, cables, antenas, postes, estructuras metálicas, avisos de neón, pancartas humanas, vitrinas que ofrecen a tu paso un mundo inasible e incalculable. Visiones de miseria encarnada. Caminar por el centro de Medellín es enfrentarse a la confusión, es tratar de descifrar una caligrafía enmarañada e invasiva que puede dejarte sin aliento.

“Aquí es donde a diario nos encontramos con la contingencia y el gozo, con lo maravilloso y lo sórdido”, dice el poeta antioqueño Jairo Guzmán, coordinador de la Escuela de Poesía Prometeo. Para él, como para muchos transeúntes del centro, Medellín ofrece múltiples contrastes. “Al lado de un ámbito bello urbanísticamente encontramos la desolación y la miseria.”

Ser habitante de Medellín es acomodar la retina a la mezcla de formas y colores de una ciudad vitrina donde se asientan 25 mil vendedores ambulantes y 3 mil 800 locales comerciales, según cifras de Fenalco. Una ciudad donde se mezclan el color marrón de los ladrillos, con el verde de las montañas y los colores ácidos de los avisos publicitarios que ocupan las fachadas.

La Contraloría de Medellín realizó en 2008 una evaluación del impacto visual y ambiental de las vallas publicitarias. En una escala de uno a cien, la calificación tuvo una medida de 83,4% lo que se considera como impacto severo.

La publicidad se atrinchera en las calles, y las fachadas quedan ocultas por las promesas de ofertas casi míticas que exacerban el deseo por adquirir lo que aparentemente está al alcance de tu mano.

Hay que aguzar el ojo para descubrir en medio del caos esos retazos de esplendor arquitectónico que alguna vez ofreció Medellín. Formas en relieve, apliques, pequeños detalles ornamentales, portones en hierro forjado que quedaron en pie, incólumes a la gula de los comerciantes que rompen fachadas, unen puertas y ventanas para dar acceso a talleres, garajes o bares

 “En Medellín, expresa el poeta Jairo Guzmán, he percibido la bondad de muchos ambientes, las insinuaciones de algunas calles y los misterios que encierran, ciertas atmósferas de una Medellín fundacional, algunos zaguanes que aún sobreviven, ciertas leyendas o mitos de la urbe que van de generación en generación” .  

Desfases y tensiones 

El paisaje que perciben los ojos del transeúnte está lleno de sorpresas. “La visualidad en sus más múltiples, diversos e infinitos campos y representaciones se desintegra mediante continuos procesos de cambios, desfases y tensiones”, como dice el comunicador Paolo Villalba, quien participó en el proceso de investigación Medellín, ciudad fragmentada de la Fundación Universitaria Luis Amigó, en el año 2009.

La fragmentación que se percibe en Medellín, según esta investigación, se manifiesta en la aparición de múltiples estéticas y hábitos de consumo; las diversas apropiaciones y usos que hacen los habitantes de los espacios públicos; las nuevas representaciones y formas de comunicación alternativa como es el caso de los graffiti que decoran los muros; las heterogéneas identidades culturales, guetos o tribus urbanas que aparecen en la ciudad y las variadas prácticas culturales que lideran los ciudadanos, entre otros innumerables casos.

En ese sentido, la arquitecta Mónica Henao, consultora del programa Vigías del Patrimonio de la Alcaldía de Medellín, opina que muchas de las transformaciones espaciales producidas desde un imaginario de “progreso” como la inclusión de edificios en altura, la construcción del Metro, y otros proyectos a gran escala como la Plaza Botero o el Parque San Antonio, son ejemplos de intervenciones generadoras de nuevos referentes simbólicos y espaciales que crean tensiones con lo que hasta el momento, se han considerado elementos patrimoniales de la ciudad.

Mal de ojo

En Medellín los ojos del caminante viven el vértigo del flash. En un segundo desfilan ante ti tantas imágenes que una puede eclipsar a la otra dejándonos sin posibilidad de elección y comprensión. Ofertas de 2×1 al lado de esculturas humanas vestidas de yeso, carbón o polvos dorados. Hombres que yacen en la acera durmiendo su sueño etílico, en contraste con los maniquíes vestidos de gala en las vitrinas. Niños que han convertido el sacol en una parte de su cuerpo, husmeando por la ventana de un restaurante de comidas rápidas. El colorido de una carreta llena de frutas tropicales compitiendo con el humo gris de los vehículos movidos por diesel.

Podría decirse que la ciudad tiene mal de ojo, que su imagen ha sufrido un desmejoramiento progresivo. Pero desde su centro fragmentado en mil pedazos también se puede gozar al mirar el horizonte, los arreboles o la neblina que coronan los cerros, aunque éstos han dejado de ser cinturones verdes para convertirse en el escenario de la miseria que produce el  desplazamiento. Las casuchas construidas en sus laderas son como murallas para los ojos que buscan deleitarse con el paisaje natural.

Son las imágenes que nos hablan de la ciudad que habitamos, en ellas podemos leer las historias del pasado y del presente. A partir de ellas tendremos que comprender lo que nos pasa, porque como dice el fotógrafo francés Marc Roboud, “el ojo es el mejor instrumento para ejercer la sensibilidad”.

 

<nubia_mesag@hotmail.com>

 EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 88

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Editorial

Un mito es también una mirada que no está dispuesta a soltar jamás lo que ha mirado. Aunque no desgarren la carne, tales ojos dicen “arrójate dentro de mí con todo lo que seas capaz de pensar y sentir”. Esto escribe Elías Canetti en su libro Ojos que ven. Cuenta que haciendo de mensajero debió llevar una carta a cierta dama, llamada Anna, y que cuando ella lo miró quedó trastornado de manera abismal. A renglón seguido señala que una mirada así de insondable es como un lago profundo que no tiene memoria. Que exige y recibe, y que a unos ojos así uno les entrega todo lo valioso que posee y siente, como si todo hubiera llegado a ser verdad, como si todo fuera felicidad. La vida no volverá a ser lo que era.

De algunos ojos, del torrente de fuerza y energía que nos haya envuelto alguna vez una mirada, todos tenemos algo qué decir. Mirar y ser mirado es una experiencia que puede quebrar destinos. Mirar puede ser observar, ver más allá de la superficie de las personas y las cosas, esculcar los caminos hasta llegar a la esencia.

Pero también hay quien no quiere ver. Ni ser visto, pasar desapercibido. Razones hay mil. Lo corriente es utilizar el sentido de la vista, las “ventanas del alma”, como llamara Goethe a los ojos, para reconocer el mundo que nos rodea y el que somos de para adentro o creemos ser, en cuyo caso son espejos más que ventanas.

A quienes no quieren ver a su alrededor el mundo que se incendia, o que se ahoga, quienes han escogido ese encerramiento que es más ceguera del alma, del corazón, que otra cosa, quizás los mueve el miedo a relacionarse y a ser testigos oculares de sí mismos y de su entorno. Consideran que la evasión, que conduce a la indolencia, a la indiferencia, los protege. Pero si el barco en que viajan se hunde, ellos también sucumbirán. Cierto es que no hay más ciego que aquel que no quiere ver.

Con este ejercicio sobre la vista, hemos iniciado en EL PEQUEÑO PERIÓDICO un viaje por los sentidos, fieles a nuestro intento de desarrollar un periodismo diferente. Casi todo lo que conforma esta edición tiene que ver con el sentido de la vista. Los números temáticos adoptados hace más o menos un lustro, nos han llevado a la infancia, la lectura, los cuatro elementos, los puntos cardinales, y ahora los cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. No faltará quien nos diga que debemos incluir el sentido común y el de la intuición. O que el olfato y el gusto son uno solo. Las clasificaciones suelen ser caprichosas. En nuestro caso sólo son pretextos para continuar explorando al ser humano que habita la ciudad, el país… Que se habita a sí mismo. Una puerta para un periodismo que rinde culto a la dignidad humana en una sociedad embrutecida por el consumismo, en la cual la dignidad es una mercancía más, que se compra o se vende, se niega, se escamotea o se fabrica a la medida de las utilidades y las necesidades de los poderosos.

Y valiéndonos de dicho sentido, este es nuestro punto de vista. Como si quisiéramos regar nuestra mirada desde una singular cámara fotográfica, enriquecida desde los ojos de la imaginación.

EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 88

Medellín, Julio de 2010

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