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Archive for 26 junio 2010

Un cuento de Leonardo Jesús Muñoz Urueta

A Raúl Andrés

El olor a barro seco en el balón de fútbol

me recuerda aquellos días en la escuela en que deseaba ganar reconocimiento en la cancha, anhelaba que mis compañeros me recordaran como el mejor goleador de quinto A.

Me llamaban Raúl, “El gordito de oro”, porque ese año había ganado tres banderitas por excelencia académica, ejemplar disciplina y comportamiento.

En la clase de biología dominaba el tema de la célula y sus partes, sabía contar hasta cien en inglés, decía de memoria las siete primeras líneas de la novela Cien años de soledad, pero ignoraba mi desempeño en la cancha.

“El chucha”, un compañero que en las clases de biología solía hacer bolitas de papel con las hojas de los cuadernos para lanzarlos luego como dardos en el salón, se ponía pálido cuando la profesora de biología, ante los ojos y los oídos de todos los compañeros, le preguntaba algo relacionado sobre el tema de la célula. “El chucha” enmudecía como si su mente le hubiese quedado en blanco. A pesar de lo que pensaban los demás, yo tenía la certeza de que “El chucha” era inteligente, tal vez no tanto con la cabeza, pero sin duda sí con los pies, él era el más respetado en la cancha, un cañonero inimitable.

 

El jugador Raúl lleva el balón, corre media cancha, pasa el balón, se lo vuelven a pasar, Raúl se acerca al arco, se prepara y le pega al balón… ¡gol!, ¡goool!

Un mediodía de julio, después de las clases en la escuela, mis compañeros y yo nos fuimos para la cancha del barrio. En la reverberación del sol la cancha parecía exhalar vapores.

–– Todo sea por el fútbol, pensé.

 

A mis diez años de edad, estaba pasado de peso, pero no veía mi gordura como un obstáculo para lograr mi meta.

El arquero le pasa el balón a Raúl, “El gordito de oro, Raúl melea a un jugador, a otro, hace un taco para “El chucha, le vuelven a pasar el balón, Raúl detiene el esférico con el pecho y le pega con el pie derecho, hace media bolea y ¡goool!

“El chucha” y “La icotea” eran los capitanes, ellos elegirían por turno, uno a uno, a quienes formarían parte de sus equipos. Yo esperaba con impaciencia febril a que dijeran mi nombre.

 

–– Yo me quedo con Mañe, dijo “La icotea”.

 

–– Yo escojo a “El costeño”, dijo “El chucha”

 

–– A “Chespirito”.

 

–– A Guillo.

–– A Pantaleón.

–– A… Raúl. ¡Por fin!, “El chucha” me había elegido en su equipo. Seguro había recordado los favores que le había hecho en los exámenes de biología.

 

Cuando inició el juego empezamos a correr. Yo era un defensa, estaba alerta en todo momento, corría a la derecha, a la izquierda, al norte, al sur sin perder de vista al balón. La camisa blanca del uniforme estaba mojándose por el sudor, un sol canicular cegaba a ratos la vista, el polvo se levantaba del suelo de la cancha, yo veía los rostros borrosos por el bochorno, las gotas de sudor me corrían por la frente, escuchaba gritos ¡chucha, aquí, pásala!

Raúl, “El gordito de oro, lleva el balón, esquiva a Mañe, sigue con el esférico, pasa la media cancha, se acerca un contrincante, Raúl le hace un sombrerito…

 

Sentía que mis pies hervían dentro de mis zapatos, estaba cansado y tenía la garganta seca.

 

El  marcador va cero por cero, el cronómetro marca los 44 minutos del segundo tiempo, resta un minuto para conseguir la gloria…  

De repente, sentí cómo el balón rozaba la punta de mi guayo derecho y fui en su busca, lo recuperé y empecé a correr pateándolo. En ese momento enajenado olvidé los rostros de quienes  pertenecían a mi equipo, los veía a todos iguales con la camisa blanca del uniforme, escuchaba a “El chucha” que me gritaba exasperado: ¡Raúl, no te dejes quitar el balón! Desde el polvo de mediodía veía que me pedían el balón, pero de todos desconfiaba. ¡Raúl, pásala!, ¡Raúl, cuidado con “La icotea”! No me dejaría quitar el balón.

Seguí hasta que pude ver el arco evanescente a lo lejos y me dirigí con determinación. Las voces se fueron perdiendo, sólo quedaba en la cancha el balón y yo, tomé  impulso, con mi pie derecho pateé el balón sumándole el resto de mis energías, el arquero alcanzó a rozarlo con los dedos del guante. Escuché gritos de alegría: ¡Goool! Esperé con los ojos cerrados, sudando, con mi respiración agitada a que gritaran mi nombre como una manada de lobos aullando de júbilo: ¡Rauuúl! Pero lo que escuché fue un sonoro ¡uuuuuu!

Toda mi gloria había sido un autogol. 

 _____

Del libro “Bajo el naranjo y otros cuentos”, Editado por Fundación Arte & Ciencia.

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Entibadores de la montaña

Sara Lucía Puerta

El socavón

“Reconocí inmediatamente en la galería la presencia de una notable cantidad de ese peligroso fluido al que los mineros han llamado gas grisú y cuya explosión ha causado muy a menudo catástrofes espantosas”.

Viaje al centro de la tierra, Julio Verne

________________

 No era un viaje al centro de la Tierra, pero me sentí como Axel1 descendiendo por angostos caminos en el subsuelo. Él, en un volcán dormido de Islandia, yo, en una mina de Amagá.

El viaje

El camino entre Minas y Angelópolis es un río de arena enfurecido, transitado por hombres solitarios y sin prisa, que han salido de los socavones para regresar a casa.

Antes de la construcción del Ferrocarril de Antioquia, los niños ya aprendían el oficio de excavar la montaña

La boca de las minas exhala un olor espeso que arrastra el cuerpo a aventurarse sobre los rieles que transportan el mineral. Sin ser mineralogista, como Axel, ni minera, inicié mi viaje subterráneo. La oscuridad golpeaba mis ojos, el fecundo paisaje se transformaba en piedras angulosas que asustaban al corazón. Como me contó Arturo Mesa, minero jubilado: “¿Sabe uno qué hace?, llega a la puerta de la mina, se hecha la bendición y hágale pa’ dentro. Después de entrar, uno no sabe cómo va a salir o cómo lo van a sacar”.

Desde adentro me gritaban: “¡Niña, hágale con confianza, como en su casa!”. Descendí por el camino húmedo. En algunos tramos sólo se podía transitar agachado. Las bombillas parecían pequeños soles dorados.

Las rocas del fuego

Antes de la construcción del Ferrocarril de Antioquia, los niños ya aprendían el oficio de excavar la montaña. Sin más que la experiencia y la necesidad, padres e hijos se hicieron mineros del carbón.

De la minería viven muchas familias de Amagá y de la cuenca del Sinifaná. Cuando lo hacen con título minero, su trabajo es acompañado por equipos de protección. Pero también es posible aventurarse sin camisa, por las minas ilegales en las montañas, allí la única seguridad es la agilidad adquirida en los socavones. A este tipo de explotación se le atribuye la mayoría de los accidentes.

Es justo allí, en estas últimas, donde se comprende esa alianza entre la tierra y los mineros. Las carencias económicas los convierten en serpientes que reptan sin dificultad por las venas carboníferas. Descansan en habitaciones donde se dividen los tajos y guardan la dinamita. La estela de sus cuerpos es una sombra de olvido y resignación. Nadie reporta los muertos aplastados por las rocas, incinerados o envenenados por el gas grisú.

El grisú de Villa Diana

Era el 16 de julio de 1977 y muchos hombres caminaban de nuevo rumbo al trabajo. Algunos habían decidido no regresar. Aún con el corazón nervioso, volvieron a martillar con sus picos de hierro la oscuridad del tajo. Todas las casas tenían alguien a quién llorar: Dos días antes, en la mina Villa Diana, de Industrial Hullera, “perecieron calcinados y asfixiados más de 100 mineros”2, por  el gas grisú

Nadie reporta los muertos aplastados por las rocas, incinerados o envenenados por el gas grisú, sólo cuando es imposible ocultarlo por una tragedia donde mueren cientos de mineros.

En el cementerio del pueblo, una placa manchada por el hollín del tiempo, deja ver sus dígrafos cursivos y borrosos con el nombre de los mineros fallecidos. Arturo Mesa, recuerda: “Murieron dos hermanos míos. La tragedia fue temprano, como a las 6:30 de la mañana, todos estábamos desesperados buscando a nuestros muertos”.

Y a pesar de esta historia, los mineros tienen que regresar, como héroes resignados, a las entrañas de la Tierra.

saralupa111@gmail.com

Notas:

1: Personaje de Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne.

2: “Lo de Amagá, un crimen de la empresa y el gobierno”. Tribuna Roja No.27

Tomado de El Pequeño Periódico No. 81

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Por Francisco Pinzón  

Podría escribirse con pausas

con oscuros debates al olvido

y músicas de otros vientos y molinos

Sería una alusión al delirio

a los arrepentimientos

y hasta a esos tiempos en que se rumorea

lo que de tanto repetir hemos confundido

Parecería una décima estrecha  

de saldos y haberes

de despedidas y luchas

de bienvenidas y dejos

de nostalgias infinitas

Podría pensarse en una cantata

novelesca y amañada

de todo aquello que –a lo lejos-

se pierde en la faz de lo escondido

Ritmos famélicos y otros no tanto

cadencias de remembranzas

pasadas por el filtro más humano

y por el de esa forma selectiva de memoria

que tenemos… al amarnos

Me diría de felicidades

y tendría ocultas las estrofas

de esos tiempos de moliendas

de tiritares fríos y consejas

y de todo lo que se enterró

y no brillará más

aun con el paso de los siglos

La canción mía de los años idos

no tendría Sabina ni Serrat

ni otros cantores que hemos conocido

sólo sería como un ronroneo contra el viento

con ese sabor a acordeón y a cencerro

a esa caja y a esa guacharaca

a esa voz alta de timbre de lamento

    y a ese grito de “¡Ay hombe!”

que vaga por mi alma…  

confundido aquí en el pecho

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Aprovechando la visita que el Dr. Roberto Giraldo Molina hace al país por estos días, invitamos a nuestros amigos y público en general a la Conferencia que  dictará este miércoles 16 de junio a las 6:30PM en la Torre de la Memoria de la Biblioteca Pública de Medellín,, sobre la forma de prevenir y curar enfermedades como el SIDA.

Miércoles 16 de Junio

6:30 PM

BIBLIOTECA PÚBLICA PILOTO DE MEDELLIN

______________________________________________________

A propósito de un nuevo libro sobre cómo prevenir y curar el Sida

LA FARMACIA INTERIOR DE UN AMIGO

Por Angel Galeano Higua

Cuando Roberto Giraldo me escribió contándome de su nuevo libro  y me invitó a presentarlo, me vi tentado a decirle que no porque en esta ciudad hay personas con mucha autoridad que pueden hablar con gran solvencia sobre el tema. Se lo expresé pero él me animó y aquí estoy acompañándolo, festejando como ustedes la nueva publicación.

Así pues, con su venia, voy a hablar del amigo que ha escrito un libro, del cual, como en todas las cosas de la vida, uno puede compartir o no sus planteamientos. Hay que leer el fruto de este nuevo parto con dolor para comprender los riesgos que Roberto Giraldo está corriendo. Yo ya lo leí, pero para no aguarles la fiesta, prefiero hablar del amigo… Aprovechar el momento para refrescarnos la memoria y alimentarnos de nuevo de los hitos que nos han ayudado a mantenernos de pie.

Estamos hechos de pequeñas historias y los amigos se van forjando como un relicario de instantes. A veces fruncimos el ceño ante algo que oímos a ese amigo, pensamos que está equivocado y lo decimos. Lo reconfortante es ver cómo nuestras dudas son oídas al punto que llega un momento en que ya no importa si son aceptadas o no. Desde el punto de vista del conocimiento tener la razón entre los amigos no es importante. Y me atrevo a hacerlo extensivo a todo. ¿Qué importancia puede significar tener la razón? ¿Qué es tener la razón? ¿Quién tiene la razón? ¿Para qué sirve tener la razón? Quizás para imponer nuestro criterio a los demás.

El mundo de hoy es la construcción alevosa de la razón. Por eso creo que lo peor que puede suceder a los amigos es que uno de ellos trate de hacer cambiar al otro, de hacerle pensar y hasta obrar de otra forma. La amistad profunda se mide en los largos periodos de silencio, no en la obediencia. Más bien en la desobediencia.

Es lo que creo que nos ha pasado a muchos de los que tuvimos la suerte de coincidir en aquel lejano puerto sobre el río Magdalena. Éramos una generación de desobedientes. Y allí estaba Roberto Giraldo, fundido con aquel puñado de soñadores dispuestos a conquistar el cielo. Una cosa es hablar de esa aventura del pensamiento y otra bien distinta haberla vivido.

El país no conoce otra experiencia épica de semejante envergadura y si algo queremos algunos es aprender a escribir para poder contarla. Allá, en esos ardientes parajes, creamos muchas cosas y renacimos.

No recuerdo la fecha exacta, pero hace 32 años me encontré por primera vez con Roberto Giraldo en medio de los grandes debates que por aquella época se desarrollaban no sólo en la universidad, sino en el país, sobre la educación, la cultura y la ciencia que Colombia requería para superar su condición de atraso. Aún quedaban rescoldos del movimiento estudiantil más portentoso que haya conocido nuestro país en los albores de la década anterior. Los gobiernos se turnaban en su afán por seguir a pie juntillas las políticas norteamericanas. Eran años efervescentes. Pero se podía hablar, se podía disentir en una asamblea, en una plaza pública, en un periódico. Podíamos pagar con la cárcel los atrevimientos de un afiche pegado al amparo de la noche en un muro, o de una manifestación de verdad pacífica. Pero todo el mundo seguía el curso de esa detención lo que alimentaba más los ánimos, hasta que era liberado.

Sí, se podía expresar las ideas sin el peligro de ser eliminado. Las armas eran las palabras y la voz, los afiches, las pancartas, los panfletos, inclusive cantábamos y leíamos poemas y comentábamos novelas y ensayos.

Hasta cuando a unos cuantos obnubilados se les dio por empezar lo que llamaron la combinación de todas las formas de lucha, que consistía, y sigue consistiendo, en hablar para disparar, o disparar para hablar, proponer pero conspirar, o conspirar para proponer, eliminar al que pensaba diferente. Su punto de vista era la verdad absoluta, la razón estaba enteramente de su parte y todo lo demás había que borrarlo.

Traigo a cuento esta oscura época no superada todavía, porque Roberto Giraldo estuvo al frente de quienes debatieron con argumentos, no se dejaron despistar y supieron tomar las medidas adecuadas para conservar la vida y las ideas.

Aún me parece oírlo después de un viaje que hizo por Urabá: nos contaba sobre la situación de grandes necesidades sanitarias de la gente, la carencia de agua potable, el desempleo en aquella región del país. O de La Guajira, o de los Llanos… También lo veía en las veladas culturales y artísticas con el recién creado Grupo Suramérica o el recién creado Pequeño Teatro la inolvidables giras del Teatro Libre de Bogotá.

El SIDA es el mayor deterioro al que puede llegar el cuerpo humano y sin embargo se puede prevenir, tratar y curar. SIDA Y ESTRESANTES, Primer libro del Dr. Giraldo, editado en inglés por la Fundación A

Fue tal su compromiso como médico que pronto lo vimos tomando el camino de una decisión catalogada por muchos de absurda, como fue radicarse en el Sur de Bolívar, en el puerto de Magangué, a donde fuimos varios. Y allí pude seguir muy de cerca su trajinar por fundar una clínica a orillas de nuestro gran río Magdalena. Esa es una historia que si no la hubiéramos vivido no nos la creeríamos ni nosotros mismos. Roberto continúo con su apasionada búsqueda de mejores condiciones de vida para los pobladores de aquellas regiones. Pronto se hizo querer de todas las personas, sin distingo social, ni político, fiel a su juramento hipocrático y a su vocación democrática. A todos servía por igual. Y aprendía de los saberes populares, de los empíricos y mantenía una comunicación constante con los centros de investigación universitarios.

Allí le vimos consagrarse por entero a su misión humanitaria como médico, como político, como líder social. Tuvimos, Carmen Beatriz y yo, el privilegio de acompañarlo a las brigadas de salud por la cuenca del Bajo Magdalena, internarse por las trochas hasta poblados que aún no aparecen en el mapa oficial de Colombia, para atender a las gentes. Asistía a seminarios nacionales o internacionales y regresaba, como lo hace hoy, para compartir lo que había aprendido. Desde entonces comprendí el carácter integrador de su visión del universo, de la vida. Discutimos muchísimas veces sobre ciencia y arte y le oí decir mientras viajábamos en una de esas chalupas que se deslizaban por el inmenso espejo de las ciénagas de Las Iguanas, que la medicina tenía mucho de arte, que la medicina era un tanteo, casi una adivinanza. La medicina no es una ciencia propiamente dicha, fue lo que comprendí de todas esas pláticas. A lo mejor entendí lo que no era, pero ¿quién puede asegurar lo contrario?

Miles de personas lo admiraban porque les amortiguaba sus dolores y los sanaba. Les formulaba de la farmacia de la esquina, o de la misma farmacia que se había montado en el Centro Médico. Ahora nos habla de esa otra farmacia que todos cargamos en nuestro interior. Ahora nos habla de integrar mente, cuerpo y espíritu. La armonía natural.

He pensado mucho en los aportes de Roberto Giraldo, más allá del discurso médico. Y me gustaría compartir con él, hoy, delante de todos ustedes, lo que en literatura llamaríamos la caracterización del personaje:

Su inagotable carácter emprendedor. Siempre llega cargado de algo nuevo o de una profundización de indagaciones anteriores. Avanza y otras veces retrocede.

En Colombia y creo que en todos los países, los gobiernos hablan y hablan, justifican grandes presupuestos en algo que llaman “promoción de lectura”, pero en el fondo lo que consiguen muchas veces es vacunar a nuestros jóvenes y adultos contra la lectura debido a su visión impositiva, academicista y administrativa de concebir la lectura por decreto. Yo propondría a Roberto Giraldo  como un modelo de lector profundo. Un hombre que no sólo deja rodar su mirada por las letras de los libros, sino que esculca las palabras, las somete a prueba, compara con otras fuentes, las rastrea en la historia, escribe sobre sus lecturas, comparte sus inquietudes, vuelve a leer, vuelve a escribir… Es un lector que no sólo tiene el libro sino un lápiz y papel para tomar apuntes. Lo he visto casi obsesionado leyendo y releyendo muchas veces un texto hasta digerirlo.

¿De qué otra manera hubiera podido armar todo ese rompecabezas sobre la historia de una mentira, como la llama él, de la existencia de un virus invisible, inmedible, inexistente, que no se deja fotografiar, como el VIH? Y no vamos a discutir si tiene o no la razón (vuelve y juega lo de la razón), pero el sólo hecho de haber construido toda esta interpretación lo convierte en un precursor digno de ser estudiado. El tiempo, que todo lo mancilla, como dice Borges, será el que diga la última palabra. Y no sabemos de cuánto tiempo estamos hablando.

Insisto en la virtud de lector profundo, que con sus argumentaciones conmueve, asusta, irrita, sacude a quien lo oye. Tal como lo concibe Kafka cuando habla del libro:

Si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué leemos? ¿Para que nos haga felices? Dios mío, también seríamos felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hagan felices. Pero lo que debemos tener son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro”.

Al acumular esta experiencia a campo abierto, Roberto Giraldo posee un arsenal fabuloso que cuando lo expone naturalmente escandaliza a quienes han recibido durante toda su vida una morfina domesticante que les ha apagado el sentido crítico. No puede evitar ser contundente, casi despiadado. Esto inherente a sus descubrimientos y a su propia forma de ser.

Abisma la titánica tarea que se ha echado sobre sus hombros de revisar la historia de las enfermedades modernas. Esa forma de traer a colación las viejas enseñanzas en los apartados villorrios e integrarlas con las más profundas investigaciones en los grandes laboratorios del mundo. Y conocido los círculos científicos sobre el Sida, de los cuales nos alerta sobre la corrupción que ha penetrado las altas esferas regidas por las políticas norteamericanas que controlan la OMS, salpicando escandalosamente instituciones como los Premios Nobel.

Es un hombre con criterio propio, en un mundo donde la salud, la vida y la muerte, el conocimiento, todo, lo han convertido en una mercancía. La enfermedad es una mercancía, un objeto sujeto a las leyes del mercado, de la oferta y la demanda… Lo mismo que la medicina y las demás áreas del saber.

Las ideas de Roberto Giraldo han generado resistencia en ciertas personas, tal como corresponde a las ideas nuevas, que sólo con el tiempo, si se demuestra su validez, gozarán de la más amplia acogida (Dibujo de César Zuluaga)

Roberto Giraldo ha sido excomulgado de muchas partes, sagradas y profanas, muchos de los que se decían sus amigos le voltearon la espalda antes sus nuevos planteamientos. Y ahora que está inmerso con un Ser supremo, con los ángeles sanadores, con la energía cósmica, con toda esa nueva carga en él,  no faltará quién lo vuelva a excolmugar de los escenarios científicos. Pero igual, crea o no en seres superiores ahora, el camino que nos ha ayudado a ver nada lo borrará. El enorme aporte que nos hace al invitarnos, al desafiarnos casi, a asumir nosotros mismos la responsabilidad de nuestra propia salud, de nuestro propio bienestar, y alejarnos de la consabida ruta de la curación externa, facilista pero fatal, con los medicamentos de las grandes casas farmacéuticas, la más fácil e irresponsable manera de eludirnos a nosotros mismos, esta enseñanza, Roberto, nunca la podremos olvidar.

He querido hablar del amigo que va y regresa siempre cargado de entusiasmo, saludarlo sin condiciones por su nuevo libro que hoy presentamos en Medellín, porque entiendo que con lo que expone en él quiere abrir su pensamiento a los comentarios de una y otra orilla que lo enriquecerán, para bien de los demás.

Palabras de Presentación del nuevo  libro “Usando nuestra farmacia interior para prevenir y curar el Sida”,de Roberto Giraldo, Biblioteca Pública Piloto, Medellín, diciembre 10 de 2009

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Por Ángel Galeano Higua

El silencioso escudriñaje de la Historia Nacional, asumida desde “la provincia”, ha comenzado a dar sus frutos. Un joven investigador del Litoral Atlántico, en este caso desde la “Ciudad blanca” de Mompox,

Bogas en el Magdalena

Valdría la pena retomar algunas de las más hondas actitudes vitales de los bogas, como su relación armónica con la naturaleza, su alegría de vivir y la sublimación del esfuerzo.

nos entrega sus primeras noventa páginas sobre las centenarias relaciones entre negros e indios, en un incansable bucear en las fuentes de archivo y en los cronistas. “El resultado viene a llenar un vacío en la construcción de la historia regional y nacional”, como muy bien lo ha dicho Orlando Fals Borda.

Cada libro tiene su historia y éste, del profesor Peñas, se remonta a los primeros balbuceos publicados en un pequeño periódico del Sur de Bolívar, desde hace casi siete años, cuando perseguía a Candelario Obeso cuya labor, a la postre, ha desembocado en la creación de la Fundación que lleva el nombre del primer poeta negro de América, de la cual el profesor Peñas es su presidente. Luego saltó al mundo de los bogas y fue descubriendo en múltiples fuentes, desde Carmen Borrego Plá, hasta Nina Friedmann, pasando por Orlando Fals Borda, Manuel Zapata Olivella, Aníbal Noguera y Amir Smith Córdoba, entre otros, descubriendo decíamos, los recovecos de esta relación negro-indio. Paralelo a ese esculque, el profesor Peñas fue liberando oralmente, en tertulias y reuniones, adelantos de sus indagaciones, hasta armar el rompecabezas en 17 capítulos, considerados por él como un “esbozo general”, dejando entrever que tiene entre manos un trabajo de mayor envergadura. El libro viene antecedido, pues, de un arduo trajín, sin apoyo, como sucede a la mayoría de los investigadores en Colombia. Untado de provincia y adobado con las palabras de los pobladores de las riberas del Gran Río.

 Los bogas de Mompox, es una apretada síntesis que nos hace recordar la enseña de José Martí: “El arte de escribir es reducir”, con la ventaja de tener un estilo ameno que facilita su lectura.

Los negros clasificados fueron desplazando a los indios en la boga. Esta esclavitud planteó una nueva relación económica. Los negros carecían de mujeres y las indias “estaban hastiadas de los fríos indios”

Después de descubrir el Gran Río, los españoles lo bautizaron “en lengua española, por supuesto, de labios del notario sevillano Rodrigo de Bastidas”. Al respecto, el profesor Peñas hace un recuento de la fundación de Mompox, señalando el año 1540, pero sin detenerse en día y mes, respetuoso de una discusión pendiente. Luego nos recuerda que en 1541, los indígenas de Mompox fueron repartidos por Pedro de Heredia en 24 encomiendas, con una “tasación de tributo” muy elevada. “Hasta 500 pesos oro en Taligua”, que los indígenas debían cancelar en frutos de la tierra, pero no en trabajo personal. Los encomenderos hicieron caso omiso de esta prohibición. No sólo los pusieron a fabricar conservas de manatí y casabe, sino que los obligaron a construir canoas y a transportar productos por el río, dando origen a la boga del Magdalena, no contemplada expresamente en las prohibiciones de Heredia.

El abuso impune creció utilizando el permiso de “cargar a los indígenas con maíz y otras cosas para llevarlos por río o por tierra”. La reacción reventó en 1542 y el estado de revuelta impidió la comunicación por el río. Hizo su aparición el contrabando y Mompox se convirtió en la capital del tráfico ilícito. Al respecto es conveniente recordar el primer libro del profesor Peñas, La independencia y la mafia colonial.

Desde Mompox los encomenderos empezaron a tejer una extensa red de colaboradores corruptos, desde funcionarios de poca monta, hasta visitadores, tenientes y gobernadores. La situación estratégica de Mompox era de tal importancia que desde allí se controlaba, de manera casi absoluta, el tránsito de mercancías desde el interior del país y viceversa. Por eso, se prefirió cobrar el tributo a los indígenas en forma de boga. Todos los intentos de la Corona por defender a los nativos no pasaron de ser letra muerta.

Martín Camacho, visitador de la Corona, envió una carta a Su Majestad, en la cual dice que “en el trabajo de la boga se mueren los indígenas como moscas”. Entre 1560 y 1570 disminuyó el número de indios en Cartagena y Tolú, pero en cambió aumentó en Mompox, porque los encomenderos transportistas los llevaron allí para la boga. Vendría entonces una “sugerencia” del propio visitador real, para que los encomenderos utilizaran la mano de obra negra, aupada por el descubrimiento casi simultáneo de ricas minas de oro en Antioquia.

En el mundo irrumpen por entonces, los portugueses como especialistas en el comercio de los africanos. El profesor Peñas hace la diferencia entre los negros que llegan, citando al padre Claver: los biáfaras, popós, lucumíes, ardas o araráes… El traslado de estos esclavos suponía grandes riesgos, como por ejemplo, de un viaje de 4520 esclavos que embarcaban, al Nuevo Mundo llegaban vivos 3500, por los cuales se debían pagar derechos de ingreso; pero los contrabandistas hacían su oficio y los introducían por sus ocultas vías. El tráfico ilegal se instituyó, se hizo necesario y consolidó los lazos del delito compartido.

Así, Mompox se perfiló como eje del comercio y como convergencia de razas y culturas. La cercanía del oro antioqueño originó la famosa orfebrería momposina. Los negros clasificados fueron desplazando a los indios en la boga. Esta esclavitud planteó una nueva relación económica. Los negros carecían de mujeres y las indias “estaban hastiadas de los fríos indios”. Se da la unión de estas dos razas originando el zambaje. El profesor Peñas es explícito en señalar que este zambaje convenía a todos y que era lógico que sucediera. La soledad de los negros les hacía buscar compañía. Al respecto, algunos consideraban la zoofilia como rezago de las necesidades sexuales de los negros. Pero al que más convenía el zambaje era al blanco, por cuanto obtenía mano de obra libre para la boga, porque el hijo de india y negro nacía libre. La Corona, de espaldas a la realidad, prohibía expresamente esta mezcla y, nuevamente, las leyes quedaban en el papel.

Iglesia de Santa Bárbara, Mompox. Dibujo de un niño momposino. Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga

El fenómeno del zambaje surge “sin parangones” en la historia de la Nueva Granada. Humboldt lo corroboró en su Diario de viaje: “En ningún lugar del mundo americano hay tantos zambos como aquí”.

Este es el andamiaje, en pocas palabras, sobre el cual surgió el zambaje. Los restantes diez capítulos del libro son dedicados por el profesor Peñas a la descripción de “ese ser contradictorio” que es el boga. En irónicas y ágiles páginas, se realiza un viaje en champán por el Magdalena del cual, quizás, no haya retorno. Son meses y meses remando. Los viajeros dejan su testamento escrito por si no regresan. El recorrido sucede bajo la tortura permanente de plagas de mosquitos, que unidas al calor arrancan blasfemias e insultos a los bogas que partieron tarde y enguayabados, razón por la cual pierden el equilibrio y caen al agua en medio de maldiciones. Los bogas van sudorosos, desnudos, supersticiosos, esbeltos, marcando con un nuevo jadeo la columna vertebral de la comunicación fluvial. Noguera, citado por Peñas, dice que “De los bíceps y del ánimo de los bogas dependió en parte, la vida política y económica de la Colonia y de los primeros treinta años del régimen republicano…”.

El profesor Peñas culmina su obra con el capítulo titulado “Aprender de los bogas”, en el cual remarca que “Candelario Obeso, el poeta momposino, fue quien logró recoger con mayor fidelidad el espíritu de los bogas, sin desconocer que en algunas de sus composiciones pudo pesar más la nostalgia lacrimosa del romanticismo tardío en que le correspondió vivir…”

“Valdría la pena, puntualiza Peñas, retomar algunas de las más hondas actitudes vitales de los bogas, como su relación armónica con la naturaleza, su alegría de vivir y la sublimación del esfuerzo”.

Este libro producido en silencio, es apenas un esbozo, como advierte Peñas, con esa heredada terquedad de los remeros del Magdalena, dejando entrever futuros trabajos contra el olvido.

 EL PEQUEÑO PERIÓDICO,  No. 87, Medellín

 Este ensayo fue publicado en el BOLETÍN DE ANTROPOLOGÍA de la Universidad de Antioquia, Estudios sobre comunidades negras en 1990. Fue publicado simultáneamente en EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 35 de marzo de 1990. Incluido en el libro Navegantes de la utopía, de Ángel Galeano H. Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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