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Archive for 21 abril 2010

Como aleteo de garza

Por Ángel Galeano Higua

La larga hilera cruzaba el cielo azul hacia el norte, en dirección al mar. Beatriz Velásquez veía cómo las garzas movían las alas como si remaran contra la tarde que ya chorreaba de sangre el horizonte. Ese movimiento suave, rítmico y silencioso, se le clavó en el alma, pero sólo veinte años después sabría que lo había guardado allí como reserva de su propio vuelo.

Beatriz Velásquez

Para Beatriz Velásquez, el barrio Altos de la Virgen, al occidente de Medellín, es un lienzo para pintar los sueños de sus habitantes.

Se dedicaría a la pintura y en cada cuadro estamparía ese aleteo de garza, como su firma.

Mientras llegaban esos momentos, Beatriz Velásquez anduvo los caminos de una búsqueda que, sin saberlo tampoco, era la búsqueda de sí misma, soñando con un país justo, equitativo y moderno.

Entregó sus mejores años a esa causa, alejada de todo tipo de violencia, acompañando a los médicos y bacteriólogas del Centro Médico de Especialistas de Magangué en sus brigadas de salud, construyendo un proyecto de cooperativas campesinas y de pescadores, para que pudieran sacar sus productos al mercado sin intermediarios. Y ayudando también a divulgar la cultura entre los pobladores de aquellas tierras sin colonizar. Con su hogar a cuestas, educando a sus hijos a orillas de las ciénagas y soñando con el intercambio vigoroso entre la ciudad y el campo. En medio de aquel trajín empezó a hacer bocetos a lápiz de lo que veía.

Pero la oleada de muerte empañó el paisaje y el sueño de aquel país amado quedó postergado indefinidamente, untado con la sangre inocente de varios líderes de la comunidad asesinados por las hordas armadas que desde hace décadas enlutan a Colombia. También de esa experiencia dolorosa hizo bocetos que ella aún conserva como un doloroso tesoro.

Nunca es tarde para el Arte

Su familia era numerosa y “a duras penas podíamos aspirar a la enseñanza escolar, mi madre y varios de mis hermanos tienen aptitudes para la pintura, pero sólo dos de ellos, Luis Fernando y María Eugenia, la han desarrollado con más dedicación”. Trece años después de haber regresado a Medellín, derrotada y obligada a comenzar de nuevo, y cuando vio que su segundo hijo ya estaba enrutado en la universidad, tomó la decisión de dedicarse por entero a la pintura. Un paso difícil porque significaba rupturas en varias direcciones, pero como ella misma lo ha dicho, si no lo hacía su vida no tendría sentido. Por fortuna contó con la comprensión y el apoyo de su familia y de muchos de sus amigos, y poco a poco se fue compenetrando con el arte de manera directa y protagonista. Se inscribió en una academia, adaptó un rincón propio en su casa y dejó que de sus manos empezaran a brotar paisajes urbanos, casitas elementales, ventanucos, balbuceos de ciudad, barrios marginales, balcones, empinadas calles de barro, barrios de lata y tabla, en los cuales experimentaba tonalidades, mezclas de colores, perspectivas, técnicas diversas.

En Altos de la Virgen, godos los vecinos atentos al Renacimiento Primaveral

La comunidad aprobó el Renacimiento Primaveral con los colores de las flores.

Una de sus primeras propuestas fue la del barrio Moravia, un collage testimonial de ese sector al norte de Medellín que desaparece poco a poco, para dar paso a los nuevos planes de ciudad.

Se cumplía así, lo que a través de la historia se ha probado, que todo pasa y lo único que queda es el arte.

Beatriz Velásquez no cree lo que algunos llaman arte femenino, pero en cambio sí está convencida de que la sociedad necesita del Arte, que “los artistas con su trabajo reflejan la época y la sociedad en que viven y de cierta forma confrontan esa sociedad con la realidad y contribuyen a su transformación”. Esta pintora, un tanto tardía, pero que ha participado ya en varias muestras colectivas y exposiciones individuales, tampoco es partidaria de que los artistas se marginen de los adelantos tecnológicos: “y menos en nuestro tiempo, pues esos adelantos son y serán una herramienta válida para la creación”.

Ella sostiene que no es necesario mostrar la figura humana en sus pinturas, sino que basta con recoger las “huellas que marcan su presencia y son esas huellas las que me interesa plasmar en mis obras”.

Renacimiento primaveral

El barrio como lienzo que la artista quiere pintar con los sueños de sus habitantes

Renacimiento Primaveral es un proyecto concebido por Beatriz Velásquez y que los habitantes de Altos de la Virgen, al occidente de Medellín, aprobaron y están ejecutando.

Sus vivencias sociales no se apagan ni entran en contradicción con su actividad artística. Así, la hemos visto entregada a un proyecto de pintar el barrio Altos de la Virgen, al occidente de Medellín. Inspirándose en la experiencia del puertorriqueño Pablo Marcano García, quien intervino 240 casas de su barrio natal, Gurabo, Puerto Rico, Beatriz Velásquez emprendió una tarea similar el año pasado y lo llamó “Renacimiento primaveral”. La animaba la misma idea: convirtir el barrio en un enorme cuadro pintado por sus mismos habitantes.

Escogió este barrio por su posición, ya que desde el metro se puede ver en toda su magnitud, como un lienzo dispuesto a la luz pública. Es un barrio habitado en su mayoría por desplazados de la violencia y al pintar las casas se crea una atmósfera acogedora, de reconciliación con la vida.

Escoger este lugar tiene que ver más con los impulsos del corazón de la artista, que siente dolor y vergüenza ante la situación difícil que vive Colombia por los desplazamientos forzados. Altos de la Virgen es un barrio en construcción dirigido por mujeres “cabeza de hogar”. Muchos de sus habitantes nunca habían pintado su casa y al comienzo creían que era un promesa más de los políticos o de ciertas corporaciones que llegan a los barrios por un día o dos, hacen diagnósticos y piden información, prometen cosas y se van para nunca más volver. Pero pronto vieron que la iniciativa iba en serio, entonces se sumaron con entusiasmo. El proyecto combina la propuesta general de los colores con el gusto individual y los resultados son armoniosos.

Para obtener los recursos tocaron muchas puertas e hicieron campañas, cadenas de recolección de contribuciones, con los recursos que el mismo barrio generó. Después de varias semanas de preparación, iniciaron el 12 de octubre de 2009, aprovechando que era un puente festivo, ese día participaron 20 personas, pero como no tenían experiencia organizativa se distribuyeron en brigadas por colores, en cada sub-sector del barrio: Tú eres del mostaza, yo soy del amarillo, aquel vecino está en el morado. Así iban distinguiéndose. En medio de un entusiasmo que nunca habían experimentado debieron solucionar varios problemas, como con las casas de madera que estaban montadas sobre estacones en declives peligrosos y requerían sogas para amarrarse y no rodar. A los pocos días de haber iniciado un vendaval destechó 55 casas, obligándolos a realizar campañas para conseguir láminas de zinc para esas viviendas.

El plan perfecto

Desde el primer momento los niños han sido fundamentales.

Para los niños fue el plan perfecto

Para ellos este proyecto es el plan perfecto. Beatriz Velásquez les organiza talleres de pintura los domingos en la mañana, de tal manera que la participación en las brigadas es más productiva y eficaz.

A pesar de la inseguridad, que los obligó a hacer pausas, han pintado 450 casas de las 705 proyectadas y quizás ya estén todas cuando aparezca esta publicación, lo que permite pensar en la posibilidad de transformar una ciudad como Medellín, con las comunidades como protagonistas, imbuidas del alto espíritu alimentado por una propuesta como la de Beatriz, que integra diversas fuerzas materiales y espirituales en un sólo haz. Es también el testimonio de que estos barrios irrumpen en el paisaje urbano con colorido y personalidad propios.

Y todo, gracias a la iniciativa y al tesón de una artista que se abre paso, con movimiento suave, rítmico y silencioso, como el aleteo de aquellas garzas que remaban contra la corriente en busca del mar y que ella vio una tarde inolvidable. Así, en Altos de la Virgen, nadie duda de que la marca de ese aleteo los acompañará como un amuleto contra la desesperanza.

elpeperiodico@gmail.com

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REPORTE DE VIAJE
Por Ángel Galeano Higua
De la Sucursal del Cielo a Puerto Chontaduro

En Cali existe una calle bordeada de almendros, pequeñas ceibas y palmeras, dedicada al acopio y comercialización del chontaduro.

Gracias a la riquísima herencia cultural de los afrodescendientes, esta fruta carnosa ha estado rodeada de historias y leyendas que bordean la fuerza física, la inteligencia, la potencia sexual y hasta la buena suerte.
 
 
Una joya ancestral recorre Occidente

La capital del occidente colombiano o “Sucursal del cielo”, como es conocida Cali, tiene una calle bordeada de almendros, palmeras y ceibas jóvenes, exclusiva para comercializar el chontaduro, a la que Omar Vallecilla Cuero, dueño de El morochón, llama con orgullo “Puerto Chontaduro”. Allí llegan cada día, como a un auténtico embarcadero,

miles de racimos de este fruto, conocido también como cachipay en la zona andina colombiana, pivijay en el Caribe colombiano, pupunha en el Amazonas, y pijiguao en Venezuela.

Para Omar Vallecilla, nacido hace 55 años en Sabaleta, corregimiento de Buenaventura, “la palma de este fruto es un poco espinosa en el cuerpo y en las hojas, verde y frondosa, de altas raíces que extiende por debajo de la tierra y recoge su fortaleza”. Con las hojas se  tejen canastillos, con la corteza se fabrican esterillas, y del tronco se cortan vigas para la construcción y para fabricar las teclas de la marimba.

Desde el instante en que, arracimados para no perder su brillo y su sabor, millones de chontaduros inician el arduo viaje por caños, ríos y montañas, parece que tuvieran el destino trazado.

Puerto Chontaduro genera más de 4 mil empleos directos.

Jairo Pote Mosquera

Desde lejanas tierras de Chocó, Valle y Cauca, hacen su recorrido en pequeñas embarcaciones y furgones, hasta arribar a esa alargada calle de Puerto Chontaduro. Desierta al comienzo de la mañana, de repente se llena con la algarabía de niños y adultos, por obra y gracia del furgón que ha llegado cargado. Hombres y mujeres brotan por doquier para iniciar el proceso de selección del fruto en grandes canastas aperchadas a la báscula de Rogelio Pozo, intermediario de mercado mayorista desde hace 25 años y dueño de una bodega, quien apunta en una tabla las cantidades que ingresan. Según Omar Vallecilla, en Puerto Chontaduro se generan alrededor de cuatro mil empleos directos.

De allí salen los chontaduros tersos y bruñidos como gemas, al mercado de Cali iluminando las grandes palanganas que las negras engalanadas, llamadas platoneras, ofrecen con sus pregones en la Plaza Caicedo. Se las ve también, espléndidamente sentadas, enluciendo la ciudad como diosas milenarias, junto a la Ermita y a lo largo de la avenida del río Cali.

Los compradores al menudeo acuden a las carretas, como la de Jairo Pote Mosquera, un chocoano de 43 años, que desde hace 17 vende chontaduro a la entrada del puerto para sostener a su esposa y a sus tres hijos.

¿Superchería?

Así como muchos creen en los poderes afrodisiacos del chontaduro,

Entrada a Puerto Chontaduro, Cali

Puerto Chontaduro

otros ríen escépticos. Pero gracias a la riquísima herencia cultural de los afrodescendientes, quienes pueblan mayoritariamente a Cali, esta fruta carnosa ha estado rodeada de historias y leyendas. Sus expresiones en la danza, en los rituales religiosos, en las comidas, mitos y supersticiones, incluyen fantasías sobre las bondades afrodisiacas del chontaduro y el borojó sobre la fuerza física, la inteligencia, la potencia sexual y hasta la buena suerte.

Estas creencias pican la curiosidad de visitantes nacionales y extranjeros que acuden a las heladerías de Puerto Chontaduro a tomar jugo, aunque no sepan que lo que beben es el sumo de una joya ancestral que ha hecho un legendario recorrido por el occidente de nuestro país, trayendo en su interior los jugosos pálpitos extraídos de la tierra, concentrados en su carnosidad peculiar. Muchos esperan sentir algo nuevo, emulando el intento de beneficiarse de una especie de elixir de la eterna juventud.

Omar Vallecilla, nacido hace 55 años en Sabaleta, corregimiento de Buenaventura, “la palma de este fruto es un poco espinosa en el cuerpo y en las hojas, verde y frondosa, de altas raíces que extiende por debajo de la tierra y recoge su fortaleza”.

Omar Vallecilla Cuero, dueño de El Morochón.

Tal es el caso de Carlos Alberto Aristizábal, caleño de piel blanca de unos 30 años que, como en un ritual sagrado y haciendo un alto en el camino hacia su trabajo, llega a Puerto Chontaduro desde hace diez años, todos los viernes en la mañana, a beber una jarra de jugo de chontaduro con borojó, leche, miel y vainilla, que le preparan en El Morochón. “Es una bomba para estar recargado el fin de semana”, afirma Carlos Alberto.

¿Hay razones de fundamento que permitan aceptar la fuerza de estas creencias? Echemos un vistazo a nuestros antepasados y a lo que dicen los investigadores científicos.

Arriba de la pantorrilla era agravio

Penélope no es la única que teje y desteje. También el cacique de los guaymíes, a mediados del siglo XVII, en las ardientes tierras panameñas de Chiriquí, Bocas del Toro y Veraguas, hacía tantos nudos en un hilo, como días faltaban para las fiestas de la cosecha de pijibae o chontaduro. Luego deshacía uno, cada día, para llevar las cuentas regresivas.

Palma de chontaduro

La fiesta de los guaymíes, descendientes de los chibchas, comprendía un juego con un palo, bebida y trueque. Cuando faltaban cuatro nudos, el cacique daba la señal para que prepararan la comida y la bebida. El último nudo indicaba que debían llevar todo al rancho escogido. En la noche preparaban los palos, de dos varas de largo, con una bola de cera en la punta. Era de mal agüero que alguna mujer los viera en esa velación. Al día siguiente jugaban a lanzarle ese palo a la pantorrilla de un contrario y cuando le daban, gritaban. Si lo esquivaba se lanzaban a coger el palo formándose gran trifulca, hiriéndose o inclusive matándose. Pero el agravio sucedía cuando el tiro pegaba arriba de la pantorrilla, desatino que aumentaba por efectos del guarapo. Dos días duraba este juego. El tercero era para la feria o trueque de mantas, hilados, sal, cerámicas, comidas y chicha. El cuarto, regresaban.

Alimento espirituoso

Sobre estos antepasados se ha especulado mucho. Algunos sostienen que los guaymíes no conocían el fuego y por eso no cocinaban el chontaduro para consumirlo como se hace hoy, sino que lo dejaban fermentar.

Otros señalan que la utilización del leño y la palma en los ritos funerarios no era accidental, ya que existía la creencia en algunas tribus de que las plantas cultivadas tenían iguanchi, alma, y también sexo: “La palma de Chonta o Uí pertenece al sexo masculino, y se considera como un vegetal sagrado”. Algunas comunidades indígenas utilizaban la palma de chonta en los rituales de acompañamiento a las jóvenes en su primera menstruación.

El tallo del chontaduro es espinoso

Los pueblos del Darién consideraban como el mayor infortunio morir picados de víboras, porque no podían alimentarse en la otra vida con el fruto de pibijay, a causa de que los garabatos o varas de guadua con que los iban a coger, se convertían en culebras. El luto comprendía una corona y ramas de la palma en mitad del camino hacia sus casas. A quienes morían en batallas le adornaban la sepultura con lanzas de chonta empenachadas con plumas de colores.

La palma de chontaduro se daba silvestre y para que los indígenas se dieran al trabajo de domesticarla, debieron ver ciertas ventajas, como el hecho de que el fruto fuera apto para bebida y comida, la facilidad de propagación, la precocidad de tres años para fructificar, y la calidad del leño. Lo que sí parece indudable, es que el chontaduro no fue para ellos un árbol totémico.

¿Comida para cerdos?

Varios investigadores se han dado a la tarea de estudiarlo para comprobar si tiene o no tantas bondades. Para Jaime Restrepo Osorio, Ph. D en Ciencias Químicas y docente de la Universidad del Valle, el chontaduro es una fuente de proteína comparable a un huevo de gallina, y en vitaminas equiparable a la zanahoria. Pero para los de la Universidad Nacional, sede de Medellín, que realizaron una investigación en San José del Palmar, al sur-occidente chocoano, entre los ríos San Juan y Cauca, donde se realiza el Festival Nacional del chontaduro, este fruto no aporta más de un 8% de proteínas. En cambio, sí tiene grasa y almidones.

Para Restrepo, “el chontaduro es una de las frutas del trópico que tiene mayor concentración de vitamina A”, un potente antioxidante. Además, contiene calcio, Omega 3 y 6, más una mezcla de aminoácidos, calorías y carbohidratos. “El consumo de chontaduro ayudaría a evitar procesos de envejecimiento acelerado, fortalecería el tejido óseo y ayudaría en buena medida a combatir enfermedades de tipo cardiovascular y de colesterol… También podrían prevenir las cardiopatías”.

Los investigadores de la U. Nacional le propusieron a la comunidad de San José del Palmar que más bien lo aprovecharan para el desarrollo de aceites y almidones, pero mejorando las condiciones de los cultivos, muy contaminados de aguas negras hoy. En estas condiciones ni siquiera es recomendable para alimentar cerdos, han dicho.

Más allá de estos resultados de investigación, el chontaduro continúa entronizado como un fruto exótico. Debido a lo arenoso de su contextura, a la poca superficie cultivada técnicamente, a las dificultades carreteables, al precio final, muchos lo comen esporádicamente, pero no es considerado todavía como un elemento de la dieta diaria.

Del lodo a la alta cocina

No hace mucho tiempo, el chontaduro vivía condenado a la indiferencia silvestre y sólo era utilizado como alimento para los cerdos. Los campesinos, limitados en su dieta y pasando hambre muchas veces, no lo consumían porque no lo veían como alimento para humanos, ni lo cultivaban pues era una pérdida de tiempo y de trabajo. Ante sus ojos, la palma se erguía estoica en el selvático paisaje. Los animales hacían fiesta, mientras los campesinos bostezaban. Muchas veces el chontaduro se pudría en los pantanos y lodazales, pues resultaba más costoso recogerlo.

Ante esta situación, las autoridades gubernamentales encargadas del agro y de la salud de la población, deberían trazar planes para desarrollar su cultivo, construir carreteras y estimular su consumo.

Todavía son muy pocos los que conocen y disfrutan la riqueza del chontaduro, pero realizan importantes esfuerzos por diversificar su presentación gastronómica en restaurantes y hoteles de alto rango, tratando de conquistar los paladares exquisitos y exigentes. De tal modo que no sólo podemos comerlo con sal y miel, en cascajos que nos ofrecen las platoneras de Cali, o en las chacitas de Medellín y Cartagena o Bogotá, sino que también lo podemos degustar en una crema de chontaduro con coco, en una cazuela de mariscos en salsa de chontaduro, como pasta que sirve de abrebocas para untar con galletas, en jugo, como chicha muy fría aderezada con canela, en sorbete, o como pastel de chontaduro con piña rallada, en torta… O como dice Javier Cardona: “con una combinación de limón, sal y miel desencadena una fiesta gustativa en el paladar de los vallunos”. En fin, en algo más de cuarenta recetas deliciosas, incluidas las de la llamada “dieta sexual”, para aquellos que siguen soñando con los milagros afrodisiacos.

Las formas de presentación irán enriqueciéndose a medida que lo conozcamos mejor y valoremos no sólo el fascinante legado de su historia ancestral, sino también sus beneficios.

Tomado de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 87

elpeperiodico@gmail.com

NOTA: Este artículo es uno de los ejercicios desarrollados en el Taller de Reportería en Periodismo Cultural con el maestro Héctor Feliciano, organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, en Diciembre de 2009 en la ciudad de Cali, al cual asistió Ángel Galeano H.

Algunas fuentes consultadas:

1) Entrevistas con Jairo Pote Mosquera, Omar Vallecilla Cuero, Carlos Alberto Aristizábal, Cali, Valle, Diciembre 2009.

2) Consultas: Domesticación, cultivo y beneficio del chontaduro, Etnobotánica y folclore. Biblioteca Luis Ángel Arango (http://www.lablaa.org/blaavirtual/historia/putil1/util4a.htm)

3) El chontaduro, fuente alimenticia desconocida de alto valor nutricional, Lina Hernández Saavedra, Agencia AUPEC.

4) Jaime Restrepo Osorio, Ph. D en Ciencias Químicas y docente de la Universidad del Valle, jarestre@univalle.edu.co

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Atrato

Por Nubia A. Mesa G.

Coordenadas: 76 grados 39 minutos longitud oeste y 5 grados 41 minutos latitud norte. Ahí estoy mirando al horizonte. De fondo, las nubes que como columnas de humo amenazan lluvia. Es lo común en este lugar de la tierra, una de las de más alta pluviosidad en todo el planeta.

Son las 5 de la tarde y veo a la niña. Tiene puesto su uniforme de colegiala y está sentada en la baranda del Malecón. Desde que llegué a esta ciudad de  110 mil habitantes, el calor, que logra por momentos confundir mis pensamientos, me obliga a sentarme frente al río, al atardecer, para recibir la ligera brisa. Me siento en la baranda y premeditadamente lo hago al lado de la niña. Le pregunto su nombre: Me llamo Paula y tengo 9 años, responde con la naturalidad y desparpajo que he percibido en los habitantes de este rincón de Colombia.

Paula Andrea nació en la rivera de este río que corre de sur a norte desde el cerro Plateado en la Cordillera Occidental. Al verlo tan sereno, nadie pensaría que es uno de los más caudalosos del mundo. Sobre la superficie de aguas turbias se ve el reflejo del sol que empieza a ocultarse y Paula Andrea sonríe. Sus dientes blancos rompen ese tinte gris que tiñe la ciudad y que me produce nostalgia, aunque también una sensación de tranquilidad.

– ¿Usted fue la que me tomó una foto ayer?, me pregunta.

–  Ah, sí, y ¿tú eres la niña que venía en la barca?

Chocó

Paula Andrea debe cruzar el río Atrato todos los días para ir a estudiar

–  Barca no, “champa”.

– ¿Quieres ver la fotografía? Quedaste muy linda. ¿No te da miedo atravesar el Atrato tú sola?

–  No, yo lo hago todos los días para venir al colegio. 

La catedral de San Francisco, a nuestras espaldas, con sus intrincados ventanales y también de color gris, me recuerda los castillos medievales. Por el río pasan algunas embarcaciones con viejos bogas que reman al compás cadencioso que les imprime la corriente. Llevan enormes racimos de plátano y sartas de pescado, mientras por la vía principal miles de motociclistas rompen el silencio y atentan contra la velocidad natural del río y el caminar rítmico de los habitantes.  Es la nueva civilización que irrumpe y llena el ambiente del ruido de los motores y los pitos.

Pero para Paula Andrea, el río sigue siendo el punto de giro. Llega a las 7 de la mañana desde su casa, en la margen izquierda del río. De pie sobre la panga de dos metros de longitud se ve como una estatua de ébano, inquebrantable. Además de su morral con los cuadernos, transporta en baldes de colores, los marañones que ella y su abuela recogen todos los días para vender en el Malecón.

– ¿Y con quién vives?

–  Con mi abuela y con mi tía.

– ¿Y tu mamá?

– De ella no sabemos nada. Un día se fue y no volvió. Y mi papá está en Canadá. Yo también me quiero ir para allá y quiero estudiar para ser doctora.

– Y cuéntame qué es lo que más te gusta hacer cuando no estás estudiando.

– Pues, nos vamos con mi tía y mi abuela para El Paraíso, allá hay un río y nos bañamos. Pero también me gusta pescar, yo tengo mi cuerda y a veces la tiro al río y pesco sardinas, mojarra, micuro o rollizo

– ¿Y no te bañas en el Atrato?

– Sí, a veces cuando no hay plata. Y antes también nos íbamos para Tutunendo, pero ahora no porque es muy peligroso. Esta semana hubo enfrentamientos de las Farc con el ejército y mi tía dice que es mejor no salir por el río.

 

Bajo el dominio del miedo 

La bandera de Colombia ondea desde la proa de una patrulla militar encallada junto al Malecón, pero al parecer el patrullaje permanente de la Armada Nacional por el río no ha permitido a los habitantes superar el miedo que nació desde las épocas más difíciles cuando las aguas del Atrato sirvieron para borrar las huellas de la crueldad. Desde el fondo parecen llegar las voces de los muertos. Es el Atrato cementerio que grita a los espíritus cosmogónicos del agua, que no los abandone y que su cauce sea de nuevo alimento para el alma y los cuerpos de sus habitantes rivereños. 

La hoya del río Atrato, con una extensión de 35.000 kilómetros es rica en oro, maderas y es también una región muy fértil. Por esta razón llegan cada vez más fuerzas violentas a disputarse el territorio, y de ese Chocó pacífico y de pobladores “ancestralmente tranquilos”, como ellos mismos se definen, se ha pasado a una región donde cada vez se vive más bajo el dominio del miedo. 

En Quibdó han empezado a aparecer nuevas expresiones de violencia: atentados con explosivos a locales comerciales y asesinatos selectivos a personas de la calle y prostitutas. La práctica de la extorsión a los comerciantes y las vendettas entre narcotraficantes o entre delincuentes se suma a la pobreza de sus gentes que carecen de agua potable y viviendas dignas; a los altos índices de analfabetismo, desempleo y mortalidad materno-infantil; al abandono estatal y la corrupción. Es como si esos hombres y mujeres de contextura fuerte y primitiva inocencia estuvieran condenados a tener una vida de oscuridad y tormentas. Escasamente protestan y ante la adversidad prefieren la quietud, tal vez esperando que sea el próximo aguacero el encargado de lavar todos los males, o que las organizaciones no gubernamentales, nacionales e internacionales que tienen su presencia allí, les rediman con los programas de acompañamiento social. 

Sueños de libertad 

Son las seis de la tarde. En el horizonte una migaja de sol se descompone en débiles hilos de luz que todavía iluminan la cotidianidad de esa ciudad que huele al agua detenida en las calles agujereadas y a pescado sin refrigeración. Para Paula Andrea es la hora de retornar a su casa para seguir soñando con un futuro fuera de su terruño.  Desde el fondo de la Avenida Primera, corredor paralelo al río, en donde se hacinan los vendedores ambulantes, se acerca una mujer con sombrero de damagua y ponchera amarilla que contrasta con sus brazos de ébano.

– Es mi abuela, se emociona Paula Andrea. Ya me tengo que ir.

La mujer me sonríe, y le sonrío. Pasa por mi lado y Paula Andrea se va. Baja las escaleras que desde el Malecón dan acceso al río. Aborda la “champa” y levanta su mano para decir adiós. Yo miro de nuevo el río en su silencio cómplice. Percibo los primeros acordes de la orquesta sinfónica juvenil que la Fundación Batuta promueve con niños y jóvenes en situación de desplazamiento y vulnerabilidad. “Déjate tocar por la música”, dice la invitación.  Yo siento que hoy la música que “me toca” es la de ese río que atraviesa no solo la ciudad sino los destinos de sus habitantes. El río tiene hoy la misma cadencia de la voz de Paula Andrea que se parece al canto de un ave libre atravesando sus aguas. 

 

nubia_mesag@hotmail.com

 EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 87, Medellín, Colombia.

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Cuando los soldados de Napoleón se dedicaban al pillaje, tal como lo han hecho los ejércitos invasores en todas las épocas, uno de ellos descubrió un hermoso libro del cual se apropió durante el expolio a La Alhambra. Lo hizo atraído por la cubierta de cuero con la que seguramente el mismo autor lo había empastado, por la invisible fuerza de atracción que aquellos versos guardaban en sus desconocidos trazos, y porque soñaba con venderlo a un alto precio cuando regresara a París. No sabía que aquellos poemas habían sido escritos en persa en el siglo XIII y que su autor era Shakîr Wa’el. Ni tampoco sospechó que al robar aquel tesoro lo que hacía era repetir por enésima vez un encuentro rapaz entre lo que después se llamaría oriente y occidente. La repetición de una antigua querella entre el mundo persa y el greco-romano, o como se dice hoy entre cristianismo e islamismo, civilización y barbarie.

Pero esta división, en palabras de Juan Goytisolo, “como espacios mentales de nuestro imaginario colectivo, no se corresponden con una realidad geográfica”. Las fronteras establecidas a punta de fusil, son cada vez más móviles y la globalización, como viejo sueño dominante, lo que hace es continuar abriendo rutas para mercancías de todo tipo. Cuando los gobiernos hablan de paz, los pueblos saben que habrá guerra, dice uno de los personajes de Bertolt Brecht. Pero tanto una como otra, hacen parte de una invasión mil veces más arrasadora e incesante: la de las mercancías.

Y así como no es posible hablar de occidente, históricamente, sin pasar por la Media luna fértil, en lo que hoy corresponde a Irán, Irak, la costa de Palestina y Egipto, así mismo sucede hoy con toda clase de flotillas, sean cañoneras o repletas de productos. Cada época tiene sus dioses, a los que adora y se entrega con ferviente frenesí. Y la lista de los dioses actuales puede resultar muy larga por tanto cachivache electrónico, pero en ninguna podrá faltar el sello de la globalización.

Occidente es apenas un decir, que en el colectivo nada tiene que ver con los equinoccios, ni con la metáfora ya gastada de “la caída del sol” pues, estrictamente hablando, el sol ni cae ni se levanta. Nuestro planeta, agrietado en la superficie y en las entrañas, sencillamente gira a su alrededor y somos nosotros los que caemos o nos levantamos, según la onda de dignidad que nos sacuda y hasta donde el planeta nos lo permita. Pues la tierra, que no es una masa muerta, nos envía sus guiños terribles como en Haití, donde la idea de occidente quedó al desnudo en su larga cadena de infamias, la tumba colectiva más grande, un auténtico agujero negro que a todos nos tragó un poco con su triste vergüenza y desolación.

Lo que se llama occidente es sinónimo de derrota, de encrucijada sin camino a la vista. O de ceguera endiosada por las mercancías. Lo que queremos sentir como la caricia del viento de verano, es la posibilidad de que no nos avergoncemos de nuestra propia vergüenza. Sólo entonces, el poeta persa podrá tener razón y quizás veamos de nuevo el mundo, no como “libertad, fraternidad, e igualdad” con que bautizaron a occidente esos saqueadores y los de ahora, sino como él vio a Granada, cuando arribó a sus playas:

Con la ceguera azul

de los que vuelven de alta mar

llegué a Granada

y la vi transparente

peinada de sueños

en su jardín de noches.

 EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 87 – Editorial

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