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Archive for 29 noviembre 2009

Nueva Edición de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

EDITORIAL

Cuando Kino se lanza al golfo con una piedra de inmersión en una mano y una canasta en la otra, unidas ambas a su cuerpo por dos cuerdas, lo que quizás Steinbeck nos quiere contar en su novela es que el pescador no sólo busca su sustento, sino que sueña con arrebatarle a las ostras su oriente, es decir, su brillo interior, para entregárselo a Juana, que lo espera en la barca con su pequeño hijo.

 

Plinio había declarado en la antigüedad que las perlas eran concebidas por un rayo de luna, lo que las convirtió en un símbolo del amor y la fecundidad, dignas de Venus. Los bancos de perlas consideradas las más bellas están en el Golfo Pérsico, escenario de guerras sin fin. Esta esfera elaborada por la eterna paciencia de la naturaleza con infinitas capas de nácar, custodiada por una concha, en aquella región adquiere un exquisito color rosado y blanco cremoso, que dio origen al nombre de oriente para referirse a su brillo.

 

Hoy es más punto de referencia cardinal que luz perlada. Pero donde está la luna está el sol. De tal manera que la delicada caricia del rayo lunar ha sido reemplazada por la intensa y cada vez más virulenta luminiscencia del sol. Y hoy nadie discute que el oriente es por donde “nace” el sol. Nada que ver con el mágico brillo bautizado por el antiguo romano.

 

En la aventura en que nos hemos empeñado de esculcar y releer los puntos cardinales, cada entrega aumenta de incertidumbres nuestras pesquisas. Nada sabemos de uno y otro “punto cardinal”. Inclusive hasta hemos llegado a dudar de que sean cuatro. De oriente no teníamos ni remota idea de que fuera el brillo de las perlas. Pero es reconfortante comprobar lo que Steiner señaló: “Leer bien significa arriesgarse a mucho”. Leer bien, es decir, a profundidad, hurgándolo todo, pone en entredicho lo que tenemos por cierto. Las otrora verdades se zangolotean como si fuesen de gelatina barata. Lo inamovible tiembla. El andamiaje que nos fue dado para nuestra seguridad desde la niñez, se derrite sin pena ni gloria.

 

Estudiando la palabra oriente quedamos por momentos des-orientados. La inseguridad en los conceptos, en las verdades eternas, adquiere un valor inmenso porque nos impulsa a una mayor indagación. Lo que nos repitieron en todas las escuelas: que “debemos ser de una sola pieza”, salta hecha añicos y empezamos a comprender mejor lo que Peter Handke dijo una vez: “Sólo puedo amar a aquellos que poseen un lenguaje inseguro; y quiero hacer inseguro el lenguaje de aquellos que me agradan”.

 

Ser de una pieza, no “rajarse” nunca, bordea la estupidez. Mirabeau decía que, “Únicamente los imbéciles no cambian jamás de opinión”. Porque la opinión no es mero lenguaje sino también su relación con él. Su relación con la vida. Se suele confundir la firmeza y la claridad con la unilateralidad, lo que fácilmente conduce al dogmatismo, al autoritarismo, a la guerra como laberinto desesperado.

 

Entregamos esta edición dedicada al tema de oriente, como una puerta entreabierta. Es el fruto de varias reflexiones e inquietudes que nos alientan a seguir adelante, o hacia atrás, al norte, al sur… No sabemos. Pero con el pretexto de los puntos cardinales continuaremos aprendiendo en público. Este fin de año y comienzos del 2010 nos sorprenderá pensando en Occidente. Ojalá encontremos nuevas perlas en esas profundidades.

 

Hasta entonces.

 (Editorial No 86)

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Sabor a crónica

Por Laura Areiza Serna

Desde la ventana, Antonio miraba el paso del río Medellín. Apenas un pequeño riachuelo de montaña, limpio y con rumores de piedras y de pájaros. Recordaba que el patio íntimo de su niñez era una llanura espesa. Ahora, era apenas un tierrero con un par de gallinas y el sietecueros que logró salvar de las oleadas humanas que poblaron a la vereda La Clara.

En las manos tenía su libro de poemas más preciado y lo abría de vez en cuanto para leer algunos versos. Pero la lectura se retrasaba en su sueño de llanura infantil. Le venían los recuerdos de niño explorador por el alto San Miguel, también los graznidos de los Cacique candela2, que se aglutinaban como una mancha roja sobre los árboles ribereños. Cerró los ojos y el agua fresca de lo que alguna vez fue su río se transformó en lágrimas. En ese tiempo el cauce era majestuoso y profundo y su casa una luciérnaga en medio del bosque violáceo. “Y las lejanías tenían rumores de frondas sucesivas, las lejanías oían, oían lluvias que narran leyendas, oían lluvias antiguas. Y el viento traía las lejanías como trae una hoja”1.

Pero no le traía hojas, sino flores de sietecueros que en su boca se deshacían dejándole un agradable sabor astringente y la lengua morada. Era la lejanía de un tronco, de una odiada identidad que se desvanecía en la corriente. Y si al río sólo le quedaban cinco kilómetros de vida, de estrecho camino límpido, a Antonio le faltaba lo mismo. Pareciera que el río y Antonio poseyeran igual curso, las Erinias comenzaban a cortar lentamente los hilos vitales de ambos. A Antonio lo irrigaban las mismas venas: sangre del bosque que lo vio crecer.

Receta encantada

La única familia que Antonio poseía era los recuerdos de juventud y el árbol del patio. Él mismo lo había sembrado y cuidado durante toda su vida. En su senectud, los pensamientos discurrían en vaguedades solitarias y creía que él había nacido de ese árbol andino. Pensaba que su última morada debía estar bajo esa alfombra púrpura de melancolía.

De pronto, un día, Antonio enfermó de fiebre. Lo cuidó una vieja amiga que le ponía paños de agua tibia para retrasarle los últimos estertores.

– ¿Quieres comer algo? Bebe de este suero para que se te baje la temperatura, mientras yo te preparo una aguasal.

– Tráeme unas cuantas flores del sietecueros en el tazón –le dijo.

La mujer le disparó una mirada siniestra. Su mente, como una película que se desenrolla rápidamente, volvió a una escena de la infancia con su amigo: María, ¿sabes cómo me gustaría morir? No pienses en eso que todavía falta mucho. Me gustaría morir después de comerme una ensalada de flores como la prepara mi mamá, ella dice que esa receta se la inventó porque vive en un jardín encantado… Ambos rieron y engulleron una poma. Pero los años habían pasado tan rápido como silabeo de rocío. Eran astros moribundos en su universo de río.

Los ojos de la mujer se cristalizaron y salió al patio a recoger los pétalos del árbol morado. Se quedó contemplando los pistilos que parecían antenas que la pudieran oír, y dijo: La vida es tan frágil como la flor que se desprende.

Las dispuso en el tazón que nunca había sido utilizado y agregó pomas, germinado de girasol y limón. Los pétalos no daban espera, comenzaron a marchitarse. Pero Antonio no pudo esperar más y cuando María entró él ya no estaba.

El hacha y la arena

En forma de serpiente reptó por la orilla del río e intentó ir hasta el fondo pero ya no era profundo. Escuchó el golpe agudo de las hachas que cortaban árboles y las palas que sacaban arena. Era la sinfonía metálica de su única morada. Fue golpeado por una avalancha de troncos que viajaban por el cauce. Los hombres le habían talado la vida.

El torrente comenzó a secarse hasta ser un camino de pétalos morados y plumas rojas.

_____

Notas

 1 Aurelio Arturo.

2 Ave endémica de la reserva de San Miguel.

EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 85

laurita_areiza@yahoo.es

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