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Archive for 12 febrero 2009

EL PEQUEÑO PERIÓDICO

Edición 83

 

Cuando vimos que el pájaro se lanzó en picada sobre la hoguera y se transformó en ceniza, cuando sus plumas se incendiaron, y sus huesos se achicharraron y sus ojos y sus patas también…, cuando la brasa se hizo ceniza y cada pavesa se juntó como en un juego de rompecabezas hasta hacerse pájaro de nuevo, gris humo, y levantó el vuelo otra vez pero ahora con alas de fuego, entonces supimos que era cierto que la temperatura en Medellín subía cada segundo, cada minuto, cada día.

 

¡Listos, fuego!

 

“No te enfrentes con un problema, quémalo”.

Ray Bradbury, Farenheit 451

 

Y pensábamos que al comienzo todo era tinieblas. Silencio. Frío. Pero algo nos quemaba y seguíamos buscando. Necesitamos sumergirnos en ese inmenso piélago para dudar. Entonces creímos que el agua era el origen. Luego salimos a flote y alcanzamos la playa. Tumbados y jadeantes nos preguntamos a qué se debía semejante anhelo de respirar y comprendimos que sin aire no hubiéramos podido estar allí. El aire es el origen, dijimos. Descansamos tumbados en la arena y por primera vez pensamos que la tierra siempre había estado allí esperándonos y que había llegado primero que todo lo demás. Aquel convencimiento nos duró lo que demoramos en toparnos con el fuego, que nos hizo pensar que era él el inicio de todas las cosas.

 

Así hemos llegado a cerrar este ciclo de los cuatro elementos. Una experiencia temática que culminamos alumbrados por la llama de la curiosidad. Es una rareza pensar en público, desde un periódico como el nuestro, en el origen de las cosas. Todos los elementos, más allá del agua, la tierra, el aire y el fuego, a lo griego, están en el inicio, si es que hubo un inicio. Todos son el origen. Su mezcla, su cruce, su fusión conforman el universo desde siempre. Y de allí mismo se dio la vida, ese milagro cósmico en el que el ser humano apenas es un gránulo más, porque en el concierto universal somos tan importantes como un árbol o una flor de cáctus, un gato montés o un pájaro.

 

Pero el hombre se ha creído el cuento de que “es el rey de la naturaleza” y que puede disponer, controlar y “quemar” todo lo que le parezca, incluidos a quienes tengan ideas contrarias o diferentes. Así ha llegado a lo que nadie niega: al calentamiento global.

 

Y no digamos que ese calentamiento está divorciado de lo que podría llamarse el fuego interno que todos y cada uno de los seres humanos tenemos. El planeta está enfermo y con fiebre, porque la humanidad también lo está. El vértigo, la invasión de cachivaches tecnológicos, el anárquico manejo de la basura industrial, la soberbia y desdén de las grandes potencias por un acuerdo mundial para rebajar la emisión de gases y otros desechos tóxicos, los gobiernos corruptos, la brutal irresponsabilidad de quienes han conducido la sociedad haciendo de las ciudades centros deshumanizantes. En este concierto catastrófico, el Arte es de alguna forma fuego creador que conmueve y quema hacia la revaloración jubilosa de la vida, hacia la trascendencia y el respeto sin condiciones por la naturaleza.

 

En las más diversas formas del Arte el hombre ha dejado testimonio de ese presentimiento espiritual. Las sociedades pasan, las guerras pasan, la ambición y la codicia pasan… El hombre pasa, pero con el Arte deja una estela de algo divino, de algo que nos hace pensar en que no somos del todo terrenales. La poesía, la literatura, la pintura, la música, la arquitectura… Todas las Bellas Artes, están ahí, como la punta de lanza de la existencia humana. En su crónica Humo, Tomás Carrasquilla dice que, “El fuego es la vida. Donde no se alce el airón azulado del humo no hay señales de humanidad alguna”. Y habla de ese deseo del hombre por controlar el fuego al punto en que produce el humo con el tabaco para tragárselo. Muchas novelas empiezan con la imagen del fuego: “El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil. Su piel era oscura, sus huesos prominentes y sus ojos ardían con fuego perpetuo”, La guerra del fin del mundo, Mario Vargas Llosa.

 

Y volviendo a nuestro escritor nacional: “El fuego es símbolo de muchas cosas, de la familia: casa y fuego prendido son sinónimos en toda lengua”. Sí, ese es un fuego amigo, de hogar. En cuanto a los problemas, hay que enfrentarlos con inteligencia, no quemarlos para negarlos, como hacía el bombero que incendiaba libros y lectores en la inmortal novela de Bradbury.

 

 

http://www.fundarteyciencia.org

https://fundarteyciencia.wordpress.com

 

 

 

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