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Archive for 24 octubre 2008

Editorial

De su asombroso baúl de sueños provocados, Antonio Tabucchi nos entrega uno que viene preciso para el tema del aire. Es el sueño que, según él, tuvo Robert Louis Stevenson cuando estaba postrado en un hospital a la edad de 15 años. Sufría de una deficiencia respiratoria. No vamos a decir que aquélla era una respuesta inconsciente a la sobreprotección que tuvo en su infancia, en todo caso, tenía serios problemas para que el aire entrara y saliera armoniosamente de sus pulmones.

Todo sueño es un viaje y aquél sucede en un velero. Justo un velero porque los vientos que hinchan las velas también son generosos con sus pulmones. El sueño es una aventura de cuando él era ya un hombre maduro. Es decir, sueña su propio futuro. Y no es cualquier velero, así como se desliza raudo por el mar azul, también vuela y desde él Stevenson puede ver el mundo. Llega a una isla donde hay una montaña y los indígenas lo esperan, lo llevan cargado en una silla hecha de lianas o algo así, porque saben que él no puede respirar bien. Le piden que entre en una cueva y allí descubre un cofre de plata con un libro en su interior. Es un libro de aventuras de piratas y hay un niño y aparece su nombre. Stevenson comprende que aquel es su lugar y decide quedarse, pide a los indígenas que regresen sin él y sube la montaña por sus propios medios porque el aire de allí le es benéfico.

Tabucchi dice que en el sueño Stevenson se tumbó sobre la hierba y abrió el libro: “El aire era puro, la historia era como el aire y abría el alma; y allí, leyendo, era hermoso aguardar el final”.

Este regalo de Tabucchi se suma a tantos otros que, desde la antigüedad, exploran los elementos, el aire para el caso. Sagan dice en su Cosmos, que “El primer experimento documentado con aire fue realizado por un médico llamado Empédocles”, por los años 450 antes de la era cristiana. Y es curiosa la forma cómo éste griego descubrió el aire, a través de un cacharro doméstico conocido como clepsidra o “ladrón de agua”. Esto lo llevó a pensar que donde no había “nada” era porque la materia estaba “tan finamente dividida que era imposible verla”. Y aunque se tenían noticias de la respiración, se creía que “el viento era el aliento de los dioses”. Pero no sabían que existía el aire. Al descubrirlo, Empédocles descubría lo invisible.

¿Qué le sucede al aire de hoy que se hace visible? Visible de suciedad, se entiende. Es fruto de la mano del hombre “civilizado” que ha colgado una capa de basura en el cielo de las ciudades, como un asqueroso adorno. Mientras aquí, abajo, el aire se nos muere. Ecopetrol ha anunciado que bajará el grado de contaminación de su gasolina y sus hidrocarburos, pero no sabemos si es un discurso acorde con el movimiento de sus acciones en las bolsas venidas a menos, o si de veras Medellín, por ejemplo, verá más limpio su aire. En Colombia se habla de seguridad democrática y eso está bien. Pero ¿por qué nunca se incluyen elementos vitales como el aire o el agua? Es hora de que el discurso se universalice. ¿Hay algo más democrático que el aire o que el agua? Eso sí que nos daría seguridad a todos. Porque sería seguridad para una vida armoniosa. Ojalá el deseo de tener aire sano no se nos convierta en un mero sueño, como los del baúl de Tabucchi, porque podríamos caer en la pesadilla terrible de tener que pagar por el aire que respiramos… Así como pagamos por el agua o por la tierra. Nuestros hijos dirían entonces que Colombia era un país donde en un tiempo había aire y era puro.

 

 

Tomado de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 82 

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Por Laura Areiza Serna

Busco un lugar dónde comer. El ruido de los buses me ofusca mientras cruzo el parque de El Periodista, que apenas comienza a tomar vida. Sólo encuentro patacones fritos, empanadas, arepas de queso… Camino hacia La Playa, pero en esta avenida también predominan las comidas rápidas.

La oferta de la calle, refrita y envuelta en un vaho de aceite quemado, un modelo importado que sepulta nuestra sazón en un olvido falsamente cómodo, arrinconó en los recetarios empolvados de las cocinas y en los pilones de las fincas, la memoria ancestral.

 

Recetas de la abuela

Al no poder encontrar una comida antioqueña propiamente dicha, ni siquiera unos fríjoles de los que el paisa se ufana, comprendí que muchas de las costumbres se han perdido y que es muy difícil distinguir la identidad gastronómica en las calles de nuestra ciudad.

En Colombia ya no nos reconocemos a nosotros mismos. Muchos creen que la bandeja paisa es el plato insigne del país, ignorando la diversidad de las regiones. Además, existe una gran barrera entre la ciudad y el campo, estamos desconectados de nuestra verdadera esencia: la tierra.

En medio de esta desazón rememoro a mi abuela, rodeada de plantas florecidas en su balcón, con sus manos callosas sobre su estómago, mirando la ciudad. Muchas de las historias de su pueblo, Ituango, me las ha contado mientras abona las plantas o prepara alguno de sus manjares.

De su finca hoy sólo queda el recuerdo de una posada arriera. Antes de huir en la Época de la Violencia, intercambiaba papa, maíz y fríjol por frutas como guanábana o guayaba. En ese entonces no existían monocultivos, las personas se abastecían sin degradar sus terrenos.

Cierto día, encontré a mi abuelita  doña Carola preparando un amasijo que yo nunca había visto. Majaba fríjoles del día anterior. Un olor a chicharrón se apoderaba de la cocina. En un costado reposaban plátanos maduros. La miraba fijamente en su rito culinario. De pronto me señaló el machete colgado en la pared y me pidió que cogiera unas hojas de bijao en el solar. Tenía curiosidad por ver lo que preparaba. De regreso a la cocina, ya estaba sacando los maduritos fritos del sartén y tenía reservados los fríjoles y los chicharrones. Me dijo que había que quemar las hojas para que soltaran sabor y engrasarlas con manteca. “¡Esta torta de frijoles va a quedar…!”. No la hacía desde que se vino de Ituango. Todos los viernes la preparaba con sus hermanas y su mamá.

Mezcló todos los ingredientes y los vertió sobre las hojas. Metió la torta en el horno y me dijo que esto nunca lo ha visto hacer en Medellín.

 

La vieja Medellín

Me instalo en una de las bancas de la Plazuela de San Ignacio e imagino a mi abuela cuando llegó a Medellín hace 50 años.

En la década del 60 no había tantos restaurantes y la mayoría de la gente iba a su casa a almorzar. Junín, el Parque de Berrío y la Avenida Oriental quedaban vacías, todos suspendían sus labores. El aroma a costillas fritas, a sopa de guineo, carne desmechada, a posta o bistec, se disolvía por las calles de los barrios. Era la hora en que la familia departía y contaba anécdotas. Los niños que llegaban sucios del colegio eran recibidos con su plato de sopa caliente.

De la cocina antioqueña se sabe muy poco, los paisas creemos que todo lo que lleva fríjoles se llama bandeja paisa y la queremos llevar hasta los más recónditos lugares. Esta preparación se dio por el potencial energético que necesitaban los arrieros y los jornaleros en las fincas. Pero de paisa sólo los fríjoles, el maduro, el maíz en la arepa y el aguacate. El resto de los ingredientes son inserciones de los españoles.

Después de ir al supermercado me dirijo al barrio La Milagrosa, donde vive  mi abuelita doña Carola. En mis manos llevo los ingredientes para que preparemos la torta de fríjoles.

 

 

laurita_areiza@yahoo.es

 Tomado de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, No. 81


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