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Archive for 27 septiembre 2008

A la Tierra vuelvo… y sigo

Luis Hernán Rincón Rincón (Támesis, 1941- ).

 Soy un Homo poco sapiens que utiliza símbolos y los mal utiliza a veces. Miembro por herencia del grupo de los inventores de los negativos lingüísticos, he sido moralizado por ellos pero los he ido cambiando por otros como no creer en dogmas, no tragarme entero el cuento grande, no aceptar textos intocables, no luchar la vida (sino colaborarle a la diosa Vida), y no perder la dulzura de mi carácter. He sido separado de mi condición natural por instrumentos de hechura  humana, como la industria y la tecnología, las ciudades, los bancos, las filas, el periodismo de hoy, las EPS y por mis propios resabios arraigados. Funciono, pues, como ser humano nacido en el campo y no adaptado a la ciudad. Me retrato como una mesita de tres patas llamadas espíritu, alma y cuerpo, que se desestabiliza y cae si me obsesiono con una de las patas o si pierdo el sentido del nosotros. Como dijo Jorge Debravo: “soy hombre, es decir, animal con palabras, y exijo, por lo tanto, que me dejen usarlas”, para capturar con ellas destellos de la poesía que tramo en mis arcoiris interiores como ritmos y versos

 

Anáfora del agua

Líderman Vásques Barrios (Cartagena 1962) Beca de Creación en Poesía –Medellín 2007

El diálogo líquido entre Troya y Macondo es un ritual milagreado por la poesía. El hilo fluye inundado de palabras que saltan como peces entre los peñascos milenarios, esos huevos prehistóricos pulidos por la caricia incesante del torrente y que pisaron los guerreros de todas las épocas en su desquiciada carrera por alcanzar a Penélope.

 

Es azul el agua, nos dice el poeta. El mismo azul “que conoció la salvaje intimidad de la bella Artemis”  La misma agua que bañó a Atenas, Roma, Sodoma, Jerusalén…. y Macondo, y “que se esconde en tu cuerpo y que yo miraba en el fondo de tus ojos…”.

 

El poeta nos lleva a la deriva con su liturgia:

 

“… agua salada

      y turbulenta del deseo, agua que gime

                   en el furioso clímax de la mujer,

Las aguas del Leteo, que nos ayudan a olvidar

que en un remoto lugar de la historia

fuimos asesinos, parricidas, mendigos,

sabios, reyes, verdugos, mártires

y los muchos nombres con que solemos

bautizar nuestra triste miseria.”

 

El azaroso viaje atraviesa a Pisantro y Femio, a Ofelia y Agelao, a Tersites y Paris, hasta llegar a la tierra de los ciegos para empapar a los Buendía. Pero no descuida al poeta de Cereté, el mismo con el que era difícil la amistad y al que la muerte lo miraba desde niño, con la mirada “triste como un poema de César Vallejo”.

 

Desde la playa de sus recuerdos suelta su confesión:

 

Mi infancia está en el mar y en un pequeño

pueblo sin iglesias. ¿Para qué las iglesias

si está el mar murmurando sus terribles plegarias?

 

La FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA no podía dejar pasar a este navegante impunemente, por eso hoy entrega con orgullo a sus lectores, este libro de Líderman Vásquez Barrios, que va más allá de toda anáfora, para enriquecer nuestra colección de poesía.

 

 

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El Comité organizador de TOMA LA PALABRA informa que el 7º Encuentro de Escritores Jóvenes, convocado para el 9 y 10 de octubre de este año,  ha sido aplazado para el 2009. Queremos entregar un evento digno de la historia de estos encuentros, en el que puedan participar jóvenes de todos los rincones de Colombia. Por eso preferimos reunir fuerzas para que más entidades culturales y juveniles se atrevan a soñar con nosotros este espacio de crítica y fraternidad.

No obstante, realizaremos un Encuentro Zonal de TOMA LA PALABRA en el parque Biblioteca Tomás Carrasquilla-La Quintana, el próximo 17 de octubre. Al evento asistirán estudiantes de la Zona 2 de Medellín. Éste es apenas un preámbulo de varios encuentros locales preparatorios que se realizarán en la ciudad y otras partes del país durante el primer semestre de 2009.  

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“Reconocí inmediatamente en la galería

 la presencia de una notable cantidad de ese peligroso fluido

 al que los mineros han llamado gas grisú y cuya explosión ha causado

muy a menudo catástrofes espantosas”.

Viaje al centro de la tierra, Julio Verne

 

No era un viaje al centro de la Tierra, pero me sentí como Axel1 descendiendo por angostos caminos en el subsuelo. Él, en un volcán dormido de Islandia, yo, en una mina de Amagá.

Por Sara Lucía Puerta Aguirre

  

El viaje

El camino entre Minas y Angelópolis es un río de arena enfurecido, transitado por hombres solitarios y sin prisa, que han salido de los socavones para regresar a casa.

La boca de las minas exhala un olor espeso que arrastra el cuerpo a aventurarse sobre los rieles que transportan el mineral. Sin ser mineralogista, como Axel, ni minera, inicié mi viaje subterráneo. La oscuridad golpeaba mis ojos, el fecundo paisaje se transformaba en piedras angulosas que asustaban al corazón. Como me contó Arturo Mesa, minero jubilado: “¿Sabe uno qué hace?, llega a la puerta de la mina, se hecha la bendición y hágale pa’ dentro. Después de entrar, uno no sabe cómo va a salir o cómo lo van a sacar”.

Desde adentro me gritaban: “¡Niña, hágale con confianza, como en su casa!”. Descendí por el camino húmedo. En algunos tramos sólo se podía transitar agachado. Las bombillas parecían pequeños soles dorados.

 

Las rocas del fuego

Antes de la construcción del Ferrocarril de Antioquia, los niños ya aprendían el oficio de excavar la montaña. Sin más que la experiencia y la necesidad, padres e hijos se hicieron mineros del carbón.

De la minería viven muchas familias de Amagá y de la cuenca del Sinifaná. cuando lo hacen con título minero, su trabajo es acompañado por equipos de protección. Pero también es posible aventurarse sin camisa, por las minas ilegales en las montañas, allí la única seguridad es la agilidad adquirida en los socavones. A este tipo de explotación se le atribuye la mayoría de los accidentes.

Es justo allí, en estas últimas, donde se comprende esa alianza entre la tierra y los mineros. Las carencias económicas los convierten en serpientes que reptan sin dificultad por las venas carboníferas. Descansan en habitaciones donde se dividen los tajos y guardan la dinamita. La estela de sus cuerpos es una sombra de olvido y resignación. Nadie reporta los muertos aplastados por las rocas, incinerados o envenenados por el gas grisú.

 

El grisú de Villa Diana

Era el 16 de julio de 1977 y muchos hombres caminaban de nuevo rumbo al trabajo. Algunos habían decidido no regresar. Aún con el corazón nervioso, volvieron a martillar con sus picos de hierro la oscuridad del tajo. Todas las casas tenían alguien a quién llorar: Dos días antes, en la mina Villa Diana, de Industrial Hullera, “perecieron calcinados y asfixiados más de 100 mineros”2, por  el gas grisú

En el cementerio del pueblo, una placa manchada por el hollín del tiempo, deja ver sus dígrafos cursivos y borrosos con el nombre de los mineros fallecidos. Arturo Mesa, recuerda: “Murieron dos hermanos míos. La tragedia fue temprano, como a las 6:30 de la mañana, todos estábamos desesperados buscando a nuestros muertos”.

Y a pesar de esta historia, los mineros tienen que regresar, como héroes resignados, a las entrañas de la Tierra.

 

saralupa111@gmail.com

 

Notas:

1: Personaje de Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne.

2: “Lo de Amagá, un crimen de la empresa y el gobierno”. Tribuna Roja No.27

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EL PEQUEÑO PERIÓDICO

Nació hace 26 años, el 8 de septiembre de 1982, a orillas del Río Magdalena. Desde Medellín va el saludo y agradecimientos a nuestros lectores por habernos leído todos estos años.

Esperamos seguir vivos muchos años más,

aprendiendo a contar las historias que ruedan por los caminos.

 

Ángel Galeano

Director Fundador

 

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En el principio no fue el verbo, fue la arcilla 

 El alfarero, como todo artista, libera su fuerza controlada, en el barro, como ofrenda de la belleza. Luego vendrá el fuego y hará lo suyo, sellará con su beso ardiente lo perenne del hombre. Lo que no morirá a pesar de los derrumbes pseudocivilizadores de los grandes centros de poder.

 

Por Ángel Galeano Higua

 

Al comienzo de los tiempos el hombre era también barro, Tierra. Estaba fundido a la masa esférica y pensaba como barro. Eso lo hacía más natural, más humano, más limpio en el concierto cósmico.
 
Hoy, cuando el ser humano se ha desprendido de esa cuna, envileciendo esa esfera de arcilla con las energías involutivas de una falsa civilización imbuida de tecnología, encontrarse con alguien que “trabaja” el barro con sus manos, es reconfortante. Las manos, los dedos hundidos en la arcilla se expresan como extensiones espirituales, rítmicas y armoniosas que dan forma creadora al barro. El mundo vuelve a ser fundado en la orfebrería. De las manos del alfarero brotan pájaros que pueblan los cielos, croan las ranas en los charcos límpidos con sus pitos indígenas, la arcilla se hace dócil a esa música telúrica. Es una demostración de que estamos en formación, aunque algunos pretendan la destrucción.
 

Las vetas de oriente

El Carmen de Viboral ha sido una de nuestras avanzadas ante el mundo, junto a la cumbia y el café, la literatura y la poesía. A Colombia la podrá arrasar la estupidez, pero sobre sus ruinas permanecerá como una flor invicta su arte, su cultura. Sus lozas, vasijas y vajillas, que han recorrido el mundo con su colorido.

A pesar de su historia de aciertos y desaciertos, en el Carmen de Viboral la alfarería hoy parece levantar cabeza. Las épocas de auge enterradas en la memoria, no han dejado apagar su llama palpitante entre los pobladores de este municipio del oriente antioqueño, hasta el punto de que hoy se proyecta con nuevos bríos.

Con una juventud que ha entendido que no puede dar la espalda a los ancestros, a esa sabiduría atesorada en los arcanos de su historia, y a una administración municipal que parece menos reacia a meter las manos en el fuego por esa singularidad, hoy el Carmen de Viboral se muestra más pujante. Dispuesta a retomar el camino de la arcilla. Fuimos a comprobarlo.

 

Nelson Zuluaga

Encontramos a Nelson un domingo, en la Casa de la Cultura, bella mansión con su jardín reverberante de flores multicolores. Trabaja con el barro desde que tenía 23 años, es decir, hace diez años. Entre los objetos que pasan por sus manos están los instrumentos de música. Como si en esta fusión se dieran cita la plásticidad de la arcilla y el movimiento rítmico de sus manos.

“Mi papá era agricultor, nacido en Marsella, Risaralda; mi mamá sí nació aquí, pero ninguno de los dos tenía vínculos con la cerámica o con la música”. Estudió mecánica industrial en el Instituto Técnico Industrial, donde daban clases de cerámica, pero a él no le tocó. Trabajó en algunas fábricas textileras de Medellín y en un taller de mecánica, hasta que un día, al verse llevando esa vida de obrero sin futuro, solitario, apenas ganándose un salario para sobrevivir, sin aliciente, en una ciudad donde se sentía extraño, se preguntó: “¿Esto sí es lo que quiero?”. Viajaba al pueblo cada ocho días y en ese ir y venir, “me empezó a atraer la música, luego tomé la decisión: me voy para el Carmen, no quiero estar más en Medellín. Y me vine. Abrieron unos cursos de cerámica y entré y quedé ahí enganchado. De esto hace unos 10 años y me siento muy contento”.

Al comienzo trabajó en varios oficios: barman, pintor de brocha gorda, recolector de fríjol… Hoy, la cerámica y la música son su principal actividad,  “pero me gusta leer y hacer yoga, el deporte, caminar y montar en bicicleta”.

 

 Primer encuentro

“Mi primer encuentro con el barro fue haciendo plaquitas y rollos. Pero el impacto fuerte sucedió cuando fuimos al taller de José Ignacio Vélez, en La Milagrosa. Él nos mostró el torno de alfarero, lo vi trabajar y ya no quise bajarme de ahí. Aprendí y ese es el oficio mío. Soy alfarero, esa palabra, además,  me parece hermosa”.

De sus manos salieron pequeñas vajillas, floreros, algo de esculturas… Antes de ser alfarero fue músico y tuvo la inquietud de desarrollar instrumentos musicales… “En un tiempo estuve haciendo sólo instrumentos y ahora retomo la parte utilitaria y continúo con el desarrollo de los de percusión”.

 

Arbuca, udú, cultrún

La arbuca es un instrumento africano. El udú, un tambor, “una especie de jarrón que tiene dos orificios y suena como agua”. El cultrún, es un tambor chileno. Y el yembé, africano.

“Cuando yo hacía los instrumentos se formó un grupo que los tocaba, funcionó un tiempo, pero está latente esa posibilidad de volver a conformarlo.

Nelson Zuluaga diseñó un tambor de fuego que le mereció el Primer Premio en el concurso organizado, por primera vez, por los alfareros del Carmen de Viboral, en el año 2007. Este evento muestra los nuevos bríos que ha tomado la cerámica en este municipio, caracterizado también por su producción de fríjol cargamanto, papa y maìz.

 

Saliendo de la crisis

El Carmen de Viboral tuvo una crisis muy fuerte, se vinieron abajo las grandes fábricas, como Cerámicas Continental. “Yo creo que ya no va a volver a ser lo mismo. Ahora tenemos un gran taller de cerámica tradicional muy importante, el de Nelson Zuluaga, un homónimo mío, él es Zuluaga Quintero, yo soy Zuluaga Londoño. Es un taller que produce cerámica de muy buena calidad. Como le digo, no se trata de que el Carmen de Viboral vuelva a ser lo mismo, sino de tomar lo que hay y empezar a construir. De alguna manera yo estoy en esa onda, pues soy docente aquí en el taller de la Casa de la Cultura, sensibilizando a los muchachos y formando pequeños talleres. Se trata de ir mostrando muchas más posibilidades, además de la técnica que se instaló aquí, de la loza, con moldes, muy mecánica. Para los jóvenes puede resultar más atractivo trabajar directamente con el material, formar sus propias piezas, desarrollar un trabajo manual”.

 

¿Qué hará Nelson dentro unos años?

R. Quisiera visitar otro país donde haya algún sitio alfarero, bien en latinoamérica o en Europa. Conocer, estudiar, hacer alguna especialización, y estar en mi taller tranquilo y sereno.

 

P. ¿Cuál es la obra tuya que más te gusta?

R. Es difícil… Pero el mayor disfrute fue cuando empecé a construir los primeros instrumentos musicales. El que más recuerdo es el udú, yo no lo conocía. Cierto día estaba viendo un programa de música, de fusión, muy bacana, en un canal argentino y habían unos manes tocando…, cuando salen con ese instrumento… Vi el concierto, apagué el televisor y, de una, me subí para el taller y elaboré ese instrumento”.

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Tomado de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, No. 81

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