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Seguimos la ruta trazada por el doctor Roberto Giraldo Molina desde el punto de vista crítico de la que él denominó “medicina oficial”, en su libro “Errores fundamentales de la medicina oficial”. Por desgracia el doctor Giraldo se marchó de este planeta antes de la pandemia y no tuvimos su guía clara y sabia.
Compartimos con nuestros lectores este aparte de su tratado con el propósito de seguir ahondando en el estudio y comprensión de lo que la humanidad ha vivido en los dos últimos años de pandemia.

 

Roberto Giraldo Molina: “La literatura científica nos brinda muchos ejemplos de estas “epidemias de histeria”: un simple rumor del peligro de una supuesta epidemia grave, puede convertirse en un delirio colectivo” (Foto Angel Galeano Higua, archivo El Pequeño Periódico)

Epidemias histéricas

Roberto Giraldo Molina

Es muy preocupante ver la forma equivocada en que las autoridades sanitarias analizan y lidian con el asunto de las epidemias (a nivel local) o de pandemias (a nivel mundial).

En lugar de calmar a la población, como indica el conocimiento científico, se crea miedo y ansiedad por la forma como se informa a las personas haciendo énfasis innecesario en los agentes infecciosos y sus modos de transmisión, olvidando por completo las condiciones del posible o posibles huéspedes.

Esto genera un ambiente perfecto para lo que se conoce en el mundo científico como “La Enfermedad Psicogénica Masiva”, también llamada “Epidemia Histérica”, “Histeria Masiva” o “Histeria de las Masas” (Robertson et al 1973; Sirois 1974; Colligan& Smith 1978; Chang &Kee 1983; Elkins et al 1988; Stiehm 1992; Rothman&Waintraub 1995; Jones 2000).

Por ejemplo, la bacteria Escheriquiacoli cuya “peligrosidad” fue anunciada a Europa en el 2011 por la Autoridades Sanitarias, es apenas un chivo expiatorio. Esta supuesta epidemia por un tipo en apariencia “mortal” de E. coli en las verduras de Alemania y que según algunos se originó en España, parece más una represalia de los poderosos corruptos contra los agricultores del país ibérico.

En los Estados Unidos, supuestas epidemias “mortales” con la bacteria Escheriquiacoli, que hace parte de la flora intestinal normal, fueron anunciadas en los últimos años de la siguiente manera: usted se enferma si come uvas de Chile, pero no se enferma si las compra de California. Además, si come espinacas de la Florida en lugar de comprar espinacas de New Jersey, también se enferma.

Para aumentar el miedo y la paranoia pasteuriana (miedo a los microbios), algunos proponen que la E.coli de las verduras europeas fue creada en laboratorios por medio de la ingeniería genética. Por décadas los Estados Unidos, Rusia y otros países gobernados por paranoicos, han intentado fabricar armas microbiológicas sin ningún éxito.

Jamás un virus, bacteria u hongo ataca al ser humano saludable. Toda infección es una consecuencia de adaptación a desequilibrios emocionales que junto con otros factores externos deprimen los mecanismos de defensa del individuo. La guerra contra el pueblo de Irak con el argumento de que su gobierno tenía “armas microbiológicas” no es otra cosa que una disculpa de los gobernantes paranoicos de los Estados Unidos para apoderarse del petróleo y otras riquezas iraquíes, como las históricas de sus museos.

Otro ejemplo: en épocas de dengue, las autoridades sanitarias de todos los países comprometidos, siguiendo las orientaciones de la OMS, hacen énfasis sólo en lo externo, evitar criaderos de mosquitos (Aedes), matarlos con insecticidas y evitar ser picado por ellos con el uso de repelentes, ropa apropiada y mosquiteros. Nadie se preocupa por aumentar la resistencia (defensas) del posible huésped.

Las enfermedades se nos presentan como terribles, peligrosas y poderosas, que llegan de “afuera” de la persona, a través de mosquitos, bacterias, virus u hongos, que, como en las guerras, nos invaden por tierra, mar y aire… o que nos son transmitidas por otras personas dando la idea de que tenemos que desconfiar de todos y de todo, pues hasta nuestros padres, hermanos, esposos, hijos, etc., pueden ser la fuente de un agente infeccioso fatal. Todo esto genera un clima de insoportable persecución y paranoia y, entonces, para defender al público de los supuestos “invasores mortales”, interviene el “ejército” de los laboratorios farmacéuticos con sus tóxicos arsenales de medicamentos y vacunas.

La literatura científica nos brinda muchos ejemplos de estas “epidemias de histeria”: un simple rumor del peligro de una supuesta epidemia grave, puede convertirse en un delirio colectivo. En esta forma, las personas de internados, monasterios, ejércitos, seminarios, colegios, universidades, pueblos, ciudades, países y continentes pueden enfermar al escuchar un rumor o una información irresponsable de las autoridades con relación a alguna enfermedad o epidemia real o artificial (Robertson et al 1973; Sirois 1974; Chang & Kee 1983; Elkins et al 1988; Stiehm 1992; Rothman y Waintraub 1995; Jones 2000).

Los mismos estudiantes de medicina y de otras profesiones de la salud, se sugestionan tanto que pueden generar con sus mentes las enfermedades que estudian.

Por lo tanto, la divulgación por los medios de comunicación de una supuesta epidemia, como fue el caso de la “Gripa de los cerdos” en el año 2009, puede ser suficiente para crear una epidemia o una pandemia artificiales. Parece no ser otra cosa que utilizar el poder de la sugestión de las personas para satisfacer los intereses económicos de las compañías de medicamentos o los intereses macabros de las sectas secretas como la Trilateral, los Iluminati, el Club Bilderberg y otros (Giraldo 2009). A ese objetivo colabora el miedo a los microbios que por mucho tiempo se ha venido transmitiendo de generación en generación, gracias a la influencia nefasta de Pasteur en la sociedad contemporánea.

Las personas que usan los tapabocas recomendados por las autoridades de la Salud Pública para protegerse o proteger a otros de microorganismos, son las que tienen un mayor riesgo de enfermar debido a que los usan por miedo, y es de conocimiento científico que el miedo es un potente inmunosupresor que debilita al sistema inmune y a los demás mecanismos de defensa (Kiecolt-Glaser & Glaser 1988; Glaser & Kiecolt-glaser 1994; Ader 2007).

Muchas de las epidemias de las últimas décadas, no son más que “epidemias de histeria” creadas por organismos nacionales e internacionales de la Salud Pública con dudosas intenciones. Todo indica que esta situación en lugar de mejorar va a empeorar. Es una autentica psicosis social o “socionoia”, término creado por el Dr. Norberto Keppe para la enfermedad psíquica que afecta a un grupo social (Keppe 2002b).
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Tomado del libro Errores fundamentales de la medicina oficial, Pg. 61-63. Proton Editora. 1a Edición 2018.

Ángel Galeano Higua y Esteban Carlos Mejía, durante la presentación del libro “No miraré su rostro”. (Foto de Bárbara Galeano Zuluaga)

No miraré su rostro puede ser la última batalla de un hombre contra el agravio. El repudio contra un destino impuesto de manera violenta. Es el último bastión de resistencia digna que le queda a una familia, a una comunidad contra la muerte no natural.

Ante la imposibilidad de resarcir la vida cortada de manera abrupta, sólo queda el acto poderoso de no mirar los despojos, porque así tampoco mira a los despojadores. De no reconocer, de no validar el desenlace fatal inducido. Es la acusación y la condena a la que tienen derecho los hijos de las víctimas. Y más que de víctimas de la violencia armada de cualquier grupo legal o ilegal, hablo de quienes son sacrificados “por accidente” y que no les es permitido el adiós, ni a sus deudos el duelo. Hablo de quienes sin estar enfermos siquiera, les es dictaminado el fin de su viaje por este planeta por un desconocido. De aquellos que son separados de su familia, de su comunidad para siempre, sin que nadie responda ante nadie porque la justicia es un mamarracho que sirve de comodín a los poderosos.

No miraré su rostro va más allá de un acto reivindicativo y silencioso, una forma interior de alimentarse para no sucumbir, de recogerse en un viaje interior necesario, sosteniendo el rostro vivo de aquellos seres que nos trajeron al mundo y no se nos permitió despedirlos. Una enfermedad tiene sus ventajas, por ejemplo, permite hacerse a la idea de que el paso por el planeta está en juego. Da tiempo para digerir una despedida, para celebrarlo como un viaje ineluctable. Pero cuando es un zarpazo lo que reemplaza a la enfermedad, no hay tiempo para el adiós… Se trata de otra enfermedad social más mortífera que cualquier otra infección o pandemia.

Mirar el rostro del padre, de la madre en el ataúd puede ser un acto de morbosidad, algo masoquista que incentiva el dolor y la resignación, con el cual el común de las personas se laceran y autoflagelan muy a la manera de un dogma derrotista, un fanatismo.

¿Se debe celebrar la muerte violenta? En Colombia esa es la maldición. No hay noticia diaria que no se regodee con ella en todas sus formas. El hastío que produce tanta mortandad llegará a un límite que desbordará todo cálculo. Y los pregoneros de la maldad serán devorados por el mismo monstruo que echaron a andar.

Entonces llegará la oportunidad para la inteligencia, para los millones de colombianos que queremos reconstruir este país. El pesimismo quedará aplastado. Los odios que al mundo envenenan desaparecerán. Los tenebrosos amantes de la guerra perderán todos sus privilegios y quedarán a merced de esa verdad tan aplazada: “la ley de la compensación es inexorable”.

Estas y mil cosas más me embargaron cuando mi padre murió en una avenida de Bogotá y tres semanas después mi madre, que se negó a dejarlo solo por allá, en esas lejuras del cosmos. Ella murió por amor, dijo uno de mis hermanos. Ese aire le faltaba y se fue a respirarlo junto a su esposo. No pudimos hacerles duelo. Entonces no tuve paz y me vi obligado a corroborar quiénes eran mis padres, cómo era posible que se marcharan así, de esa forma. Quise saber muchas cosas más de ellos, cómo se conocieron, qué batallas tuvieron que soportar para criarnos a mí y nueve hermanos más. Me dediqué a esa indagación que aún no termina y no tuve otra forma de sobrellevar el desasosiego que escribiéndola. Es un pequeño ejercicio de la historia de una familia, de un barrio sometido al fanatismo, de una ciudad perdida en su propia búsqueda. Lo que vi, lo que creo que vi, lo que soñé y lo que perdí…

La escribí para mi hija Bárbara, pensando en que la memoria debe continuar su arado. Ella, que ha sido una de mis más grandes maestras de la vida, junto con Carmen Beatriz, su madre. Que me han dado las lecciones que nadie más podría darme… Y ahora con María Paz, la hija de mi hija, la vida se ha convertido en nuestra alegría más grande. Ellas tres son mi soporte fundamental, mis referencias más trascendentales. Me leen y me critican, me ayudan, me soportan y me dejan ayudarlas… ¿Cómo no dedicarles a ellas este ejercicio? ¿Y a mis hermanos, con quienes estuvimos unidos hasta el nefasto día y hoy constituimos una tribu dispersa?

Por supuesto ese viaje al pasado me estremeció, me mostró el valor, la dignidad, pero también la monstruosidad y la violencia dogmáticas que han reinado en nuestra sociedad. De eso estamos hechos y por eso es imposible una literatura, un arte, un pensamiento neutrales.

He escrito una historia hecha de varias historias, siguiendo a los personajes que se agigantaron, tomado nota de su viaje, de sus sueños y algarabías, de sus costumbres y resquemores. He intentado, como dice Onetti: “mentir bien la verdad”. Si lo logré o no, será cosa que el tiempo y ustedes, lectores incisivos, determinarán.

Medellín, octubre 1 de 2021

Fiesta del Libro – Jardín Botánico

Auditorio Aurita López.

Los libros y los niños

Los niños de Moñitos leen

Nos ha llegado desde Moñitos, Córdoba, este escrito del bibliotecario Julio Martínez Godin sobre la lectura, que con mucho gusto compartimos con nuestros lectores. 

Julio Martínez Godin

Algún día, unos niños del barrio Santa Lucía me preguntaron qué gusto encontramos los adultos en los libros. Mi respuesta no fue espontánea. Una sonrisa antecedió a esa incógnita que tenían los pequeños. Primero, les dije, los libros no son solo para adultos, también son para niños y jóvenes y en el caso de ustedes, cuando se lee el primer libro completo, se encuentra la respuesta a su pregunta sin saber si estamos respondiendo ante la realidad de las cosas.

Era una de mis sesiones como promotor de lectura y en esa ocasión portaba un ejemplar de La metamorfosis, de Kafka, y uno de los niños, al observar la carátula con la ilustración de la mosca, fue directo al grano y preguntó:

  • ¿Cómo puede un hombre convertirse en una mosca?  El profesor de español también tiene ese libro y un día estuvo hablando de él.
  • Es eso, le contesté, la magia de la literatura. Convierte cosas irrealizables por la naturaleza en ficciones, es decir, en realidades mágicas, en cosas que son imposibles de concebir en la vida real.
  • O sea que los autores son magos.
  • Son una especie de magos, que tienen el poder de cambiar la realidad por algo más bonito o más feo, por algo que no existe en la realidad. Y lo vemos en las fábulas, donde los animales hablan como nosotros y piensan como nosotros.
  • ¿Ustedes, algún día han visto un perro hablando, o un gato, o una gallina?

Las risotadas infantiles fueron al unísono la apertura de un espacio para seguir hablando de libros.

La señora Rina nos había prestados sus sillas y su terraza para la sesión de promoción debajo de un árbol de Zaragoza, que abundan en el pueblo. Unos periquitos que estaban sobre sus ramas, parecían entender el diálogo y movían sus cabecitas con sumo interés.

  • Será que ellos entienden lo que estanos hablando, profesor. Preguntó uno de los niños.
  • Es posible, le contesté. Escribiré un cuento y los pondré a hablar, como Pombo, Esopo o La Fontaine, que son los más grandes fabulistas de la literatura universal.  
  • Los autores se parecen a Dios, dijo el mayorcito. Dios creó todo de la nada y todo le salió bien menos el diablo y las brujas.
  •  Un autor, en el siglo catorce, creó un infierno, hizo un viaje a él y conoció a mucha gente en ese infierno, de la mano de una mujer a quien amaba demasiado y había muerto. Ese autor se llama Dante, un italiano que se inmortalizó con su obra.

Antes que los norteamericanos viajaran a la luna en 1969, Julio Verne, otro autor francés en el siglo diecinueve, viajó a la luna en un cohete en un libro que se llama De la Tierra a la Luna y este mismo autor le dio la Vuelta a la Tierra en Ochenta Días, todo gracias a la literatura y su magia.

  • Los libros nos brindan la oportunidad de viajar a muchas partes y nos dan la oportunidad de conocer mundos de los que jamás hemos oído hablar. Y podemos viajar a través del tiempo y remontarnos a las épocas de los reyes, los guerreros, los dioses y hasta charlar con los extraterrestres.

Al día siguiente, encontré a los niños en la biblioteca municipal en compañía de la bibliotecaria que estaba encantada de su visita. Los llevó a la sección de literatura infantil donde conocieron los libros de las aventuras de Tom Sawyer, de Rafael Pombo y a Juan Sábalo, el libro escrito por Leopoldo Berdella un escritor cereteano que poco vivió para su inmortalidad.

Así, el valor de la lectura y su importancia en la formación del hombre, adquiere un estatus parecido al de las plantas: las semillas se siembran y se riegan cuando emplazan a aparecer hasta convertirse en árboles gigantes del pensamiento creativo.

Promocionar la lectura entre los niños, jóvenes y adultos, es contribuir al crecimiento del concepto estético del hombre, de la maravillosa magia de la creatividad y la satisfacción de ingresar en mundos inimaginables, pero hermosos, un mundo al que Borges llamó la realidad creativa del cerebro humano.

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Durante siete años tuve el privilegio de acompañar al doctor Roberto Giraldo Molina (1944-2019) como editor de su libro Errores fundamentales de la medicina oficial, hasta su publicación en Brasil. Durante estos tiempos de la peste moderna (covid-19) lo he leído una y otra vez buscando su luz crítica para comprender lo que sucede en el planeta desde el 11 de marzo de 2019. El doctor Giraldo hubiera desplegado su gran talento y sabiduría para esclarecer muchos aspectos relacionados con la pandemia, las vacunas, las mascarillas, “la distancia social”, el miedo y el pánico que en últimas, se han enseñoreado en el mundo haciendo más vulnerable a la humanidad.

Me propongo reproducir algunos de sus escritos para que los lectores tengan otros puntos de vista que ayuden a poner en acción nuestro “médico interior” y evitemos caer en el pánico que promueve todas las enfermedades. Es nuestra forma de mantener vivo el ejemplo del doctor Giraldo de servir a los demás.

Ángel Galeano Higua

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La causa interior de las epidemias

Roberto Giraldo Molina

Las personas que se enferman durante las epidemias anunciadas por los grandes medios de comunicación, son sólo aquellas que sus sistemas de defensa están debilitados debido a emociones negativas como miedo, rabia, tristeza, arrogancia, soberbia, falta de gratitud con la vida, y por exposición a otros agentes estresantes sociales externos a la persona, de origen químico, físico, biológico y nutricional. Como lo explica el Dr. Norberto Keppe, “Todas las enfermedades vienen del proceso de proyección”, de pensar que somos atacados desde el exterior, en lugar de aceptar que “Todo sufrimiento del ser humano viene de su propio interior” (Keppe 2002a). Insisto en la importancia de mantener en la mente que el peor enemigo del ser humano es el mismo ser humano, o dicho de otra forma, que el peor enemigo de uno, es uno mismo!

Resulta imposible de creer que las instituciones responsables de la Salud Pública del mundo, aceptando órdenes de las sectas y organizaciones secretas, aprovechen a sus aliados en los medios para crear miedo con relación a determinadas enfermedades o epidemias con fines comerciales o, aún peor, con agendas políticas crueles y satánicas tendientes a disminuir el crecimiento y la población del planeta.

Muchas veces se crean epidemias con fines comerciales y los periodistas, sobre todo de los grandes medios, informan, por ejemplo, que la tuberculosis, la poliomielitis, las hepatitis y otras enfermedades humanas se pueden erradicar sólo por medio de vacunación. Sin embargo, como se explica en el capítulo 3 de este libro, las investigaciones éticas, científicas, demuestran que la tuberculosis, y otras enfermedades infecciosas “vacunables” continúan en aumento en muchas partes del planeta a pesar de que desde hace cerca de un siglo se vienen aplicando vacunas contra ellas.

No hay duda científica de que una persona necesita estar vulnerable (huésped susceptible) para poder contraer una enfermedad infecciosa. Se conoce también que una de cada cien personas picadas por mosquitos infectados con un virus, desarrolla una enfermedad viral. La persona tiene que estar debilitada e inmunosuprimida, caso contrario es imposible desarrollar una enfermedad infecciosa o cualquier otra: esta es la ley fundamental de la infectología. La simple intuición y sentido común nos enseñan que ¡quien es fuerte no se enferma!

Insecticidas, repelentes, medicamentos y vacunas, todos tóxicos, dan muchas ganancias a las farmacéuticas, sin importar el daño potencial a las personas. Son actos en contra del conocimiento científico, antiéticos y criminales.

Pensar que el origen de las enfermedades y de las epidemias está en los agentes externos, dejando de lado al interior del ser humano es la peor equivocación de la medicina moderna, como explica con argumentos científicos la Trilogía Analítica – Ciencia, Filosofía, Teología – (Pacheco 2003, 2009a,b).

Debo insistir en que la forma como las autoridades de salud informan sobre enfermedades infecciosas y epidemias, genera miedo, ansiedad, pánico y terror, con el subsiguiente deterioro y debilitamiento de todos los mecanismos de defensa incluyendo al sistema inmunológico. ¿Será que las autoridades de la salud no conocen las verdades científicas que enseña la psiconeuroinmunología? (Kiecolt-Glaser&Glaser 1988; Ader2007; Glaser&Kiecolt-Glaser 1994); O, ¿será que a conciencia desean crear inmunosupresión y colocar a centenas de millares de personas a riesgo de enfermar y de morir?

El miedo, la ansiedad, la depresión y el pánico lesionan todos los mecanismos de defensa; hecho que se conoce desde los tiempos de los padres de la medicina, Hipócrates (460-370a.C) y Galeno (130-216 d.C.).

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Tomado de Errores fundamentales de la Medicina Oficial, Capítulo 2, pg. 63. Roberto Giraldo Molina, 2018. Proton Editora, Sao Paulo, Brasil.

Nocturno enajenado

Nos complace presentar el primer libro de poesía del escritor momposino, Boris Ramírez Serafinoff


Mi relación con la literatura ha sido casi secreta, de unos pocos amigos. Ha sido una fantasía que duró toda mi vida, pero que nunca me abandonó un solo día. Como una verdadera dualidad.

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Prólogo del autor

Estos anacrónicos poemas fueron conjurados por Roman Dorovna a golpes de silencios desde sus inicios en una fría pocilga de Manizales y a lo largo de muchas pieles de soles en otros ámbitos de la tierra. Roman Dorovna vive los segundos que yo le dejo vivir. Aspira a matarme para tomar el dominio de su vida. Se dice que somos el mismo desde el génesis. Él me acusa de asesinato in útero. Que yo lo tragué a él o lo absorbí. Que él se adhirió a mi alma para sobrevivir. Que si me escanean el alma lo encuentran. Que si me escanean el cuerpo lo hallan como un minúsculo feto alojado en alguna recóndita hendija de mi anatomía. Yo no supe de su vida hasta que mi padre me miró y me dijo su nombre “eres Roman Dorovna”. Mi papá tenía el don de ver las almas ocultas en otros cuerpos. Yo entonces entendí que a veces me mirara en los espejos y no me viera. Eran momentos fugaces de Roman. Seguir leyendo »

Las miradas nubladas

John Fredy Bedoya

Se veían entre las nubosidades de sus ojos, compartiéndose los pensamientos con la mirada. Así aprendieron a entenderse desde pequeños, bajo la rigurosa mano de su madre que les hacía tragar las lágrimas, porque los hombres no lloran, y porque sólo ella les daría motivo.

Y así crecieron, sin conocer otra forma de enfrentar el dolor, más que un silencio frágil que amenazaba con resquebrajarse en cada suspiro y con cada palabra que se tragaban por miedo a reventar en llanto. Y así, en silencio se abrazaron con la mirada, consolándose, porque ni la muerte de ella les permitía llorar.

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Este es uno de los nueve cuentos del libro Cuentas por saldar.

Vidas robadas

“Se viaja y se viaja, pero se acaba por volver a casa;

se vive y se vive, pero se acaba por volver a la tierra.”

Proverbio de Abisinia

Por Álvaro Jiménez Guzmán

La muerte es el término de la vida a causa de la imposibilidad orgánica de sostener el proceso homeostático. Se trata del final del organismo vivo surgido de un nacimiento. Miles de muertes en Colombia y en el planeta ha generado la peste china. Para evitar esta muerte los médicos aplican la ventilación invasiva: intubación que se hace bajo anestesia general, quedándose el paciente mínimo de dos a tres semanas sin moverse, bocabajo, con un tubo en la boca hasta la tráquea, que le permite respirar al ritmo de la máquina a la que está conectado. No puede hablar, ni comer, ni hacer nada. Es la razón por la que las personas ancianas o frágiles en su salud, no aguantan. Esta muerte es de un sufrimiento inmenso. Los gobiernos han sacrificado la economía para propender por la salud de la población.

En la literatura hay constancia de diferentes formas de muerte y de pandemias que la producen. Tomás Man, en su novela La muerte en Venecia, revela muertes a granel por la epidemia del cólera. El protagonista Gustav Aschenbach, cuando llegó de vacaciones a la Venecia de su época, ignoraba en un principio la existencia de esta epidemia. Por el fuerte olor con que desinfectaban a la ciudad empezó a preguntar qué ocurría, y le decían: “Es una disposición de la Policía… El calor aprieta; el siroco no es bueno para la salud”.  Y añadió el interlocutor en tono ligero e insinuante: “Usted se quedará, caballero; usted no le tiene miedo al mal”. Y alarmado, preguntó Aschenbach: “¿Qué quiere decir usted con eso?” Y le desvió la conversación. En las esquinas empezó a ver pegados bandos de alarma: abstenerse de ostras, mariscos y agua de canales, a consecuencia de ciertos desarreglos gástricos que el calor hacía muy frecuentes.   

No conforme por lo que observaba y parecían ocultar, siguió indagando. Consultaba en el hotel los periódicos locales, solo rumores. “¿De manera que no hay ninguna epidemia en Venecia?”, preguntaba. “Usted bromea. No diga usted eso”. Hasta que un empleado le contó toda la verdad: el cólera estaba generando muertes en la población. Ocultaban los cadáveres descompuestos. La peste seguía haciendo estragos. A las pocas horas el enfermo moría ahogado por su propia sangre. Pero por el temor a los perjuicios que sufriría la ciudad, pudieron más que el amor a la verdad. Las autoridades asumieron la política del silencio y negación. El pueblo lo sabía todo, pero “la corrupción de los de arriba” lo hacía callar. Y a pesar de toda esta verdad, Aschenbach no se fue porque se había dedicado a perseguir la “belleza” de un “muchacho hermoso”. Admirándolo, a distancia, desde una mesa de un restaurante, cayó muerto, de manera inesperada, víctima de la epidemia. 

En la novela La muerte de Iván Ilich, León Tolstoi refleja la muerte de otra persona como el acontecimiento que despierta el morbo: ¿cómo fue su muerte?, ¿cuántos hijos deja?, ¿qué va a ser de su mujer?, etcétera. Las cavilaciones de otros se refieren a las vacantes laborales que el fallecimiento de Iván dejará. La tendencia natural a evadir la muerte de otra persona. Como algo que nos atañe, pues el que se muere es otro. La actitud de su esposa en el velorio se resume en guardar las apariencias de ocasión, ya que la principal preocupación que tiene en mente no es la muerte de su esposo sino el futuro de ella: cómo obtener todo el dinero posible de los seguros de vida. La novela concluye con dos párrafos desconcertantes. De pronto aquel hombre que había sufrido y rechazado la muerte pensó lo siguiente: “¿Y el dolor?”, se preguntó “¿Qué hago con él? ¿Dónde estás, dolor?” Y minutos después, en los últimos instantes de su vida, se dijo: “Ha terminado la muerte. Ya no existe”. 

En otro ámbito, tiempo y cultura distintos, no en la literatura, sino en la cruda realidad, como en la pandemia de hoy–cuando los muertos no tienen un servicio funerario ni la compañía de sus dolientes–, cerca del río Ganges, en la India, un anciano, más huesos y capas de tela de carne, intercepta a un grupo, extiende su mano y lanza una súplica y pide ayuda para quemar su cadáver. Está desahuciado y quiere comprar madera, unos 200 kilos de palos de mango, para su cremación. No es el único que espera su muerte. La capital espiritual de la India, Varanasi, está llena de enfermos y viejos que, sentados en las escalinatas de piedra que descienden al Ganges, esperan su final. De pronto un tintineo de las campanas anuncia el paso de un cortejo fúnebre. Once hombres con turbantes de colores cargan en una camilla de bambú el cadáver de su pariente. Hijos, tíos, hermanos, esposos, primos—no hay rastro de mujeres—lo llevan rumbo al horno crematorio Manikarnika, a orillas de Ganges. No hay lágrimas en sus ojos. Sonríen. Todos cantan. Entonan rezos de sánscrito, los mismos que se han repetido en Varanasi desde antes de que Atenas floreciera, Roma fuera un imperio o un mesías partiera en dos el calendario de occidente. “Varanasi es más antigua que la historia, más antigua que las tradiciones, más vieja incluso que las leyendas, y parece el doble de antigua que todas juntas”, escribió sobre ella el escritor Mark Twain.

Allí arden cada día, al aire libre, unos 250 cuerpos. Varanasi es el lugar donde los hindúes quieren morir. Incluso hay hoteles que solo aceptan huéspedes con una expectativa de vida de máximo 15 días. Nadie se escandaliza por ponerle fecha de vencimiento al cuerpo, al fin de cuentas es desechable. El cuerpo empieza a chamuscarse, se desmorona ante sus familiares. No hay llanto ni luto. Tampoco ataúdes que esconden al difunto. “Aquí la muerte no se niega—explica una experta en religiones–. Posiblemente por eso no se le teme, en cambio se recibe con los brazos abiertos, como una invitada que se esperaba hace tiempo”.

A veces quedan despojos tras la incineración, huesos que se echan al rio, o algún diente de oro. No todos, sin embargo, pasan por el fuego. Los niños, las embarazadas, los sadhus u hombres santos—que no necesitan purificarse–, los que murieron por la mordedura de una serpiente y los más pobres entre los pobres—que no pueden pagarlo–, van a parar directamente a las entrañas del Ganges. Los arrojan amarrados a una piedra pesada que los arrastra hasta el fondo. Tardan semanas en descomponerse y, de vez en cuando, al llegar al monzón con su lluvia, algún despojo humano emerge entre los vivos. Nadie se inmuta.

(FUENTES: La muerte en Venecia, de Tomás Man. La muerte de Iván Ilich, de León Tolstoi. El colombiano y consultas en internet). 

Joan Margarit, el gran poeta catalán siguió su viaje cósmico cargado de vibraciones y luces desbrozadoras. Nos deja su poética y a través de ella conversaremos con él por siempre. Gracias por tu huella profunda.

Niño adoptado

Venimos de muy lejos, como el viento:

las calles y ventanas están llenas

de mensajes perdidos.

Tantas puertas cerradas,

tantos rumbos borrados.

Cada aldaba se enciende alguna luz

en las estancias de la claridad,

donde yo soy tu padre y tú mi hijo.

Venimos  de muy lejos, como el viento.

Joan Margarit

(Todos los poemas)