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Reporte de viaje

 Apuntes desordenados de un viaje

Ángel Galeano Higua

 

Partitura para guitarra, compuesta por el músico español Miguel Ángel Sanz para el poema “Euridice” de la colombiana Lucía Estrada. También escribió la partitura para “El río sin agua” de Luis Hernán Rincón, “El trompo de Rubén Darío Lotero, “Escrito en la espalda de un árbol” de Miguel Méndez Camacho, y “Hombre”, de Jorge Debravo (Costa Rica).

 Mi cuerpo ya está aquí, pero el compuesto inmaterial e invisible que me contiene sigue caminando por Barcelona y París. Deambulo como un fantasma entre la Rue Christine y el boulevard de Saint Germain y Saint Michel, buscando a Valjean y esperando a que pase la carroza en que viaja Balzac con su traje alquilado… En Barcelona sigo el rastro de la lagartija multicolor en el parque Güell y busco el Mediterráneo al final de las ramblas, donde han levantado bolardos contra los lunáticos. Y en Cerdanyola de Vallés escuchamos la guitarra de Miguel Ángel Sanz, que acaricia los poemas de Lucía Estrada, Rubén Darío Lotero, Luis Hernán Rincón, Miguel Méndez Camacho y Jorge Debravo, que descubrió en el libro La última página.

Maryuth Contreras, una de las protagonistas de “El río fue testigo”.

 Hicimos maletas a mediados de diciembre y en el equipaje incluimos nuestros libros para entregarlos a Maryuth Contreras, una de las protagonistas de El río fue testigo, que ahora vive en Barcelona, y a Anne Lise, una amiga investigadora de la Universidad de París.

Tenía que aprovechar este viaje, regalo con que mi esposa y mi hija me celebraban mis primeros 70 años, para llevar también la novela de los descalzos a mi hermano Andrés, que vino con su familia a pasar navidad con nosotros en la capital francesa. Para mis sobrinos Ana María y Juan Camilo: Palabras al viento. Y a Marta Lucía: Mompox, una victoria sobre el tiempo, el libro de Bárbara.

Maryuth, Carmen y Bárbara en Barcelona. Se conocieron en el Sur de Bolívar en los años 80.

 Corrí hacia el primer vagón para ver si ese tren se dirigía al Palacio de Versalles, cuando lo comprobé quise avisarle a mi esposa y a mi hija, pero ellas ya lo estaban abordando en ese instante y apenas si alcanzaron a hacerme señas de que subiera. Antes de que el metro cerrara las puertas salté al interior del primer vagón. A mis espaldas sentí el golpe al cerrarse la puerta. Carmen corrió a la ventanilla de su vagón para comprobar que yo sí había alcanzado a subir. Al verme, sonrío con tan dulce alegría que se me grabó su imagen como una de las más bellas. Dos estaciones más adelante cambié de vagón y me reuní con ellas.

 Las mujeres son incansables. Versalles les queda chiquito. No se cansan de mirar vitrinas, me

Juan Camilo, Bárbara y Ana María, los primos.

dirse zapatos y trajes, mirar espejos y bolsos… Así en Lafayatte o en las tiendas de Saint Germain…

 Lo mejor de Versalles son sus jardines, aún en esta época de invierno. Son un laberinto y a la vez una creciente ramificación. Los árboles duermen mientras nosotros tiritamos.

 Creo saber, Valjean, por dónde corriste, qué río te acompañó en tu desdicha. Qué edificios vieron tu dilatada fuga, qué callejones te protegieron… Ya lo sé.

 Al frío de París sólo se le puede derrotar recorriendo sus calles con la imaginación ardiendo, ancha y hambrienta. Beberse esta lloviznita pertinaz, este aguacero de medianoche…Mientras escucho una historia dolorosa y triste en un bar de Saint Michel…

Paisaje. Acuarela de Rodin

 No sabía de tus pinceles, Rodin, sólo de tus esculturas. Por eso, al descubrir tus acuarelas admiré aún más tu obra, como si hubieras guardado el secreto de tus pinturas para enseñármelas ahora. Y Camille ronda todos tus atrevimientos.

 Sólo estando adentro sentimos necesidad de estar afuera. Amanece tan tarde y anochece tan temprano, que uno se pregunta ¿dónde queda el día? ¿Dónde está el sol?, ¿qué se hizo el cielo? El gélido silencio de la neblina los contiene.

La multiplicación del mito… Venta callejera de Torres Eiffel, en los Campos Elíseos

 Y en la noche conocemos la famosa, empinada e inútil “chatarra” mitificada, que forma parte del mapa turístico de París. Faro de hierro, proscenio para las fotografías testimoniales, dama esbelta que rige los Campos Elíseos.

 Entro en una tienda de antigüedades en Montmartre atraído por el guiño de tres campanas exhibidas en la vitrina. Una en especial, sostenida por un pájaro liviano que está a punto de levantar el vuelo. Me atiende un hombre mayor, casi un anciano, de cabello blanco y pulcro chaleco de lana, me saluda con una sonrisa amistosa. Le pregunto que si habla español y me responde que un poco, reforzando sus palabras con una seña del índice y el pulgar dando la medida pequeña. Correspondo a su sonrisa y le digo que me interesa ver las campanas… Abre la vitrina y tomo la que más guiños me hace. Es de bronce, dice. Le he dejado la pátina porque hace parte de la historia de las cosas. Además, afirma, esa capa protege su brillo y el tiempo. El pájaro sujeta la campana con sus patas dando la sensación de un solo cuerpo aéreo. La hago sonar y el tintineo es claro, limpio, como si tuviera en él los sonidos de su cuna ancestral. La compro, digo. ¿Cuánto vale? Mira en un cuaderno: 15 euros. ¿Sabe de dónde procede? Es de algún país de África, pero no tengo el dato preciso, me responde. La envuelve despacio en un papel especial, como si fuera un regalo.

Músicos callejeros tocando jazz en Saint Michel – París

 Parecían, pero no lo estaban. Con sus instrumentos esperan en aquella acera a que un detonante los ponga en acción. Son hombres mayores, blindados contra el frío por sus chaquetas. Al comienzo pienso que están borrachos. ¿Qué los impulsa a salir de noche bajo aquella férula helada? Admiro su presencia que por sí sola alegra la calle, los restaurantes y cafés a esta hora repletos. El silencio con que pasan los transeúntes contrasta con nuestra espera. De repente, a una señal del trompetista, empiezan a tocar un jazz… Empiezo a grabarlos. Al momento aparecen varios turistas con sus celulares y los enfocan… La noche adquiere otro semblante y por unos minutos el frío de París sufre una deliciosa derrota. Más que borrachos, están embriagados de música.

Para no sucumbir en invierno, los árboles se despojan de sus hojas, flores y retoños. Jardines de Versalles.

 Para no sucumbir en invierno, los árboles se despojan de sus hojas, flores y retoños. Como esqueletos despeinados, impertérritos, recogen al máximo su ser para ahorrar energía y sostenerse de pie.

 

 Tanto fue lo que nos previnieron sobre el invierno en París que, confieso, llegué a sentir pánico por el frío. En los inconvenientes que tendría si me sucediera lo que en Lima, cuando una noche de viento y atmósfera amenazante, cuando visitamos el parque del agua, tuve necesidad de orinar una y otra vez… Pensaba también en mi garganta, la posibilidad de un resfrío como lo tuve en Suiza. O el peor caso: que se helaran mis pies hasta la hipotermia, como lo viví en Bogotá. Pero nada de esto sucedió y el paseo por Barcelona y París lo disfruté de lo lindo.

Los pintores en Montmartre

 Sí existe. París sí existe y está aquí, en París mismo, donde ha estado siempre, pero que nos parecía un sueño, un mito, una ficción. Sin embargo, algo de irreal permanece en sus calles y edificios, en el río y en sus gentes. En sus ruidos apagados por el frío invernal, en sus vitrinas y en sus bares y restaurantes nocturnos. Es como si nos moviéramos en una postal inviolable, como si la realidad se mantuviera fuera de nosotros y se resistiera a profanar la imaginación. Vinimos con nuestra idea de París a cuestas y de que el mundo se había estremecido con la revolución de 1789 y la Comuna de París. Algo de todo eso nos lo dice el exquisito sabor del vino, los crepes, el pan… y al digerirlos traspasamos a nuestra saliva y al estómago, la capacidad cognoscitiva. Ponemos la mente en la lengua, el olfato y el jugo gástrico, para que la vibración de ese nuevo mundo, entre en nosotros de manera más primigenia, sin el filtro empobrecedor de la razón.

Miguel Ángel Sanz (guitarra) y Ángel Galeano Higua, leyendo el libro de poesía “La última página”. (Foto Miguel Alfonso Sanz C.)

 El mundo detrás de una sonrisa. ¿Quién se ríe de quién? ¿El autor o su obra? ¿Da Vinci o La Gioconda? Miles de personas entran en oleadas al Louvre, como cumpliendo un ritual de sintonía.

 Y de pronto, en los Jardines de Luxemburgo, aparece un muchacho en pantaloneta y camisilla, trotando. Unos metros atrás lo sigue una chica esbelta y de balaca, también en pantaloneta y blusa deportiva. En aquel frío parece ficción que haya quién trote, con aquella ropa más apropiada para el trópico. Sonreímos desde nuestro parapeto de trapos, gorros y guantes…

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Reflexiones pedagógicas, educativas y filosóficas

La Secretaría de Educación Municipal de Pereira realiza cada año el evento “La noche de las estrellas pereiranas”, en el cual se destaca la labor de los maestros del municipio. El 30 de noviembre de 2017 fue la fecha en que se hizo el reconocimiento en el Hotel Sonesta de Pereira, ante docentes, directivos y administrativos de diverso orden municipal.

Diego Velásquez González, autor del libro, con otras docentes destacadas por la Secretaría de Educación de Pereira.

En el evento se destacan diversas categorías, una vida de servicio, participación en eventos nacionales e internacionales, entre otros la publicación de libro. En este caso, fue escogido Espejos Sueños y Delirios, de Diego Velásquez González, valorando las reflexiones pedagógicas, educativas y filosóficas de que trata la obra.

El libro, editado por la Fundación Arte & Ciencia, inicia así:

1

La vida es un constante devenir, un despliegue de oportunidades y posibilidades, muchas de las cuales al final resultan fallidas. A pesar de ello, la vida resiste, se corrige y avanza. La ciencia de la evolución lo ha demostrado. En ocasiones podemos tener la sensación de que estamos inmersos en fuerzas que marcan de manera definitiva nuestro destino y frente al a lo cual poco o nada podemos hacer. La vida se podría asemejar al movimiento del mar. Incesante, constante y  persistente. En algunos momentos tranquilo y sereno,  que en otros, al ser empujado por las fuerzas gravitacionales que ejerce la luna sobre la tierra, se transforma en un mar enfurecido e incierto. Finalmente, así como el mar, la vida parece diluirse y es cuando logramos tener la distancia adecuada para darle sentido.  Esa distancia se genera porque la vida desborda nuestra capacidad de compresión. Tal vez, esta visión del mar en un constante ir y venir nos acercaría al eterno retorno del filósofo F. Nietzche, quien veía un regresar de circunstancias y situaciones que inmovilizan el progreso del hombre. Y entre la linealidad del tiempo y el constante giro sobre sí mismo, una concepción de la marcha del tiempo y de la misma vida en espiral, nos mostraría nuevos detalles que hasta entonces pasan desapercibidos. La vida podría ser un flujo constante de energía que todo lo envuelve y transmuta. Y allí, en su propia fuerza, en ese impulso constante, en esa resistencia que le es propia, podríamos comprender su capacidad de preservarse y abrirse en cada momento hacía  nuevas perspectivas.

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Presentación del libro Espejos Sueños y Delirios en la Fiesta del Libro de Medellín, 2017. (En la fotografía con el poeta Dagoberto Rodríguez Alemán, Mompox, y el editor Angel Galeano Higua)

 

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El David Arango, un buque incendiado

GUSTAVO TATIS GUERRA
14 de Enero de 2018 12:30 am

Se cumplen 58 años del incendio del famoso buque en las aguas del río Magdalena y Antonio Botero conserva una réplica del David Arango / Foto Luis E. Herrán – El Universal.

El señor Antonio Botero Palacio, frente a la albarrada de Magangué, despachaba en aquel 19 de enero de 1961, en su almacén Comisariato, la mercancía para el barco David Arango, cuando la gente empezó a gritar que el barco se estaba incendiando.
Eran como las seis de la tarde. Una mujer que había planchado su ropa al mediodía, se le había olvidado la plancha ardiente en el camarote, y salió de compras, y el fuego devoró el más bello y lujoso de los barcos a vapor que había surcado las aguas del río Magdalena.
El barco de tres pisos era de una madera finísima del Oriente, y sus aspas iban salpicando música de viento de la orquesta de planta del barco, cuya llegada se anunciaba con un sordo silbato que parecía el lamento de una ballena, y luego, la música invadía el aire caliente bajo el sosiego de las ceibas. Fuimos a Magangué a buscar al señor Antonio Botero Palacio y lo encontramos muy cerca del lugar donde despachaba hace 58 años cuando ocurrió el desastre, y lo volvimos a ver, a sus 91 años, aún despachando en su almacén, y escribiéndole poemas al río, cuyas aguas arrastran la memoria de sus días y noches vividos en Magangué, desde que salió a pie y descalzo desde el corregimiento de Mesopotamia, en La Unión, Antioquia, y se quedó para siempre entre los nativos, inventando razones para no volver, mientras el río se convertía en su puntual confidente de los amaneceres. Así es.

En 1929 surcaron las aguas del río Magdalena, 121 barcos a vapor, y el más famoso y lujoso era el David Arango, que se incendió frente al puerto de Magangué el 19 de enero de 1961.

“El capitán del barco soltó las amarras de su bote cuando supo que ya no había nada que hacer ante aquel incendio, y vio aquel enorme esqueleto del barco, a la deriva, sumergiéndose en llamas, como un animal sobrecogido ante su propia destrucción”, dice con eufórica poesía, Antonio Botero Palacio, que conserva la memoria intacta, y guarda en su almacén una colección de réplicas del barco que era parte del paisaje de Magangué y en el que soñó viajar alguna vez, “pero es que el David Arango era un barco a vapor demasiado fino y elegante, muy sofisticado. Y su arribo al puerto era una verdadera fiesta. Se iluminaba todo con su llegada, como si fuera una orquesta flotante que irrumpía, apenas se divisaba la albarrada.
Yo llegué en un barco pequeño, llamado El Libertador. Ver quemar y hundir el David Arango es una de las tragedias de nuestra vida. Al día siguiente del desastre, al amanecer, descubrí que el barco, como un enorme esqueleto había ido a parar por los lados de Yatí, frente a la hacienda de Leocadio Puerta. Dicen los que se quedaron viendo el final del barco, que escucharon su último lamento al sumergirse en el río Magdalena, como si el espíritu de la orquesta retumbara en el maderamen quemado entre las taruyas”. El barco llegaba al Banco, Plato, Tenerife, Honda, Girardot y La Dorada. Los barcos a vapor surcaron las aguas del río Magdalena, cuando viajar por río o tren, eran dos maneras comunes y corrientes de viajar por el país. En 1929 navegaban por el Magdalena, 121 barcos a vapor, según Priscilla Burcher. El barco David Arango fue la memoria del Caribe y sus aguas. Por allí iba todo el mundo. Lo que llegaba y lo que salía. Por ese barco viajó la ilusión, el amor y el desengaño, la codicia de los viajeros y el espejismo de los aventureros.
Ahora, frente a la Albarrada de Magangué, Antonio Botero Palacio despierta temprano, con el primer sorbo de café, y emprende la aventura poética del día. Es uno de los seres singulares, laboriosos, imaginativos, sensibles y emprendedores que existe en este país. La vida le ha alcanzado para todo lo que ha soñado: es el autor del himno de Magangué y de una monografía histórica; autor de la novela autobiográfica Al final de la inocencia; del libro Los lagares del alma, una monografía de Magangué; y un ensayo histórico sobre la ruta de Uribe Uribe; y en la Guerra de Los Mil Días, La Batalla de Magangué; la historia de La Unión (Antioquia); del poemario Canción para una despedida, que reúne hermosísimos textos sobre el río Magdalena y su vivencia en Magangué. Vino descalzo de su pueblo y así a lomo de mula llegó a los corregimientos más recónditos de Bolívar, como maestro de escuelas rurales, luego de graduarse en la Normal de Varones de Manizales.
Su vida ha sido el magisterio encantador de la poesía, el habla iluminada y el servicio desinteresado a los demás. A él se le deben múltiples proyectos e iniciativas culturales en la región como la biblioteca pública, la academia de historia local, el Centro Cultural Casatabla, y obras de infraestructura en barrios, centros hospitalarios, ancianatos, entre otros. Su poesía ha ido al encuentro del río de la memoria, con el ser humano, y ha conjugado con amorosa devoción, la solidaridad entre sus semejantes, celebrando cada día, el milagro inagotable de la belleza del mundo.
Ahora acaricia la pequeña réplica del barco incendiado. Dice que a lo largo del tiempo ha visto los colores maravillosos, pero también siniestros, del río. Atrás quedó un perfume olvidado: “el perfume de los naranjeros que desparramaban danzas voluptuosas desde las lianas, que se columpiaban en el trapecio de las ceibas vetustas. Hoy el río Grande de La Magdalena, se ha tapizado de coronas náufragas que van flotando… hoy esas aguas tienen un sabor amargo de lágrima proscrita. Un sabor de sudario franciscano”. Siente que el corazón del río está achacoso como él y se está muriendo de pena cómo él. Me señala un punto del paisaje donde el barco se incendió. Muy cerca de él. Y ahora el río fluye aparentemente manso bajo la luz del verano. Y no suena ninguna orquesta. Está en la nostalgia y en la memoria del barco David Arango.

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Reproducido por El Pequeño Periódico – Medellín.

Tomado de El Universal, Cartagena
http://m.eluniversal.com.co/suplementos/facetas/el-david-arango-un-buque-incendiado-269906

El mito de hierro (fotos Ángel)

Buen viento en el 2018 para todos los amigos, lectores y colaboradores.

La espera compartida

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa

Fredy Sánchez Caballero, Artista plástico y aprendiz de escritor.

 

 El Yayo

F. Sánchez Caballero

Era tímido y manso, tenía los dientes podridos y una vocecilla escasa y débil, que gastaba imitando el canto de las aves. Su apodo obedecía, a las sílabas que tartamudeaba como una llama agitada por la brisa al inicio de todo intento de respuesta, como si siempre debiera justificarse por algo. El Yayo era el hazmerreír del pueblo, a quien todos cogían como centro de sus burlas. Tan pisoteado y pateado como el forro viejo de una bola de trapo. Su escuálida figura y su presencia desprevenida molestaba a algunos, así como su sonrisa retraída y su aire de no hacerle falta nada, hasta su pelo tostado, despeinado y rebelde. Presenció los restos calcinados de Nicanor, el joven tendero, quien en vida fuera una de las pocas personas que lo trató con respeto y dignidad. El cuerpo mancilladlo de Nicanor fue hallado en un extremo “enrastrojado” del puerto, a donde su madre luego de muchas súplicas y llanto, fragmentados y mezquinos indicios, lo halló. El Yayo siguió por instinto el rastro húmedo de sus lágrimas y asistió el dolor de esa mujer, hasta impulsarla a levantar lo que quedaba de su hijo muerto. No tenía certidumbre de lo ocurrido, pero sus ojos acuosos le decían que los tiempos de la ingenuidad y la alegría habían quedado atrás. El mundo andaba al garete y lejos de su comprensión. Algo muy oscuro habitaba ahora el alma de las personas.

Pocas noches después observó a un grupo de hombres con armas y vestidos de camuflado que patrullaba las calles como tantas veces en el pasado y se aproximó hasta ellos con determinación. Jamás pisó una escuela, así que no advirtió la sigla que los identificaba.

― Muchachos, ahora sí me voy con ustedes ―les dijo todavía con voz quebrada y adolorida― quemaron vivo a mi amigo Nicanor.

Los hombres lo examinaron de arriba a abajo, luego se miraron con desconcierto y lo invitaron a su campamento a las afueras del pueblo. Con sorna y preguntas engañosas, decidieron su destino entre risas y sin aspavientos. Ponían en duda que con su frágil estampa pudiera con un fusil, pero ―eso es lo de menos ―dijeron― los locos tienen mucha fuerza. Antes de ponerle un uniforme debían saber si era capaz de cavar trincheras y le dieron una pala para que hiciera un hueco del tamaño de su cuerpo… Cavó tan profundamente como pudo entre dos árboles que junto a la luna roja serían los únicos testigos de su desgracia. Quizá solo en el último instante, en esa milimétrica fracción de tiempo en que vio venir la pala directo a su sonrisa  retraída, supo que se había equivocado de bando.

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Fredy Sánchez Caballero ha publicado las siguientes obras: El libre albedrío – 2011 – Libro de poemas artísticos.
Cuando va a llover, llueve – 2013 – Cuentos.  La isla de las máscaras – 2015 – Novela corta ilustrada. Con el cuento Pitalúa obtuvo Segundo lugar en el concurso de Cuento breve 2017, de la Cámara de Comercio y El Túnel de Montería. Con su proyecto Un artista en tierra ajena, fue finalista en el concurso de Estímulos 2017 de la Alcaldía de Envigado, Antioquia. El Yayo es uno de los cuentos que conforman La espera compartida, el quinto volumen de la Colección El Aprendiz de Brujo de la Fundación Arte & Ciencia.

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Gambeta

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa

El primer libro de Leandro Alberto Vásquez

Leandro Alberto Vásquez Sámchez, al recibir el primer ejemplar de su primer libro. (Archivo El Pequeño Periódico, 2017)

Gambeta

1

 

Vio una luz sin ganas al final del corredor. No derramaba la sombra del umbral del patio. Caminó a su encuentro y levantó la cabeza con valentía. Al ver el cielo gris, quiso extender sus manos para diluir la maraña de nubarrones que apresaban el sol, pero ni los pájaros, a pesar de la velocidad con que volaban, podían lograrlo.

Ahora, cuando le pregunte a su madre si puede salir, ella le responderá con un no rotundo, argumentando que la lluvia enferma sus pulmones. Tendrá que regresar a su cuarto y sentarse tras la ventana a contemplar el arco norte de la cancha de microfútbol. Desde ahí imaginará a sus amigos corriendo tras la pelota, las pantalonetas y camisetas mojadas, los zapatos anegados, las lenguas serpenteando por la cara para refrescarse con la mezcla de agua y sudor.

Parado todavía en el umbral del patio, sintió una caricia tibia. Amagó levantar la cabeza, pero la dejó caer de nuevo. Apenas lo hizo y como si hubiera reconocido a alguien, la irguió. El sol encendió su mirada, como un relámpago que ilumina un cuarto en tinieblas.

Entró a su habitación, buscó los zapatos y se los calzó, pero no los anudó. Cruzó el corredor, llegó a la sala y bajó las escalas. No vio a su mamá bajo la bóveda de estrellas verdes que entretejían las hojas del brevo.

La madre surgió del antejardín. Dos rosas rojas temblaron a su paso. Puso la regadera en tierra y sacudió unas gotas de agua helada prendidas de sus dedos que cayeron en las piernas de Gambeta.

— Má, me voy a jugar —dijo el niño, quien se repuso del frío y corrió. Aunque sólo fueron posibles algunas zancadas, porque apenas partió, ella gritó:

— ¡Santiago Marín! Venga —paró y, cabizbajo, retrocedió despacio.

— ¿Esos son los zapatos buenos? —le preguntó la madre.

A Santiago le decían Gambeta por patizambo. Al caminar arrastraba su pierna izquierda que era seis centímetros más corta y estaba flexionada hacia fuera. El concreto de la cancha de microfútbol roía las suelas de sus zapatos, luego las medias y después la planta de ese pie con sus picotazos como de buitre. A menudo tenía que abandonar el juego porque pateaba el suelo con los dedos desprotegidos y perdía las uñas y trozos de piel. Ahora los únicos zapatos con los que contaba eran unas botas de cuero a las que sus amigos llamaban tumbamuros. Su ortopedista, quien le decía Garrincha, como al más querido de los punteros derechos brasileños, se los diseñó para enderezar su pierna.

— No hay zapato que le aguante esa pata y ahora quiere jugar fútbol con los ortopédicos. ¿Usted cree que su padre tiene dinero para comprarle un par cada mes?

— Pero mami…

— Se los quita ¡ya!

El niño volvió a su casa.

 

2

El sol regresó a su cárcel de nubes. El viento alborotó las hojas del brevo. Luz prefirió entrar a su casa antes de que se desatara el aguacero. Cuando se arrellanó en el sofá de la sala, los cojines suspiraron bajo su peso. En el noticiero pasaban las imágenes de New Orleans devastada por el huracán Catrina. Pobres gentes, pensaba. El agua invadía todo, en pie ni los árboles, apenas les quedó el mundo roto.

Luz miró el altar sobre la mesa de vidrio para pedirle a Cristo por esos hombres, pero descubrió que las hojas de penca de sábila amarradas a la cruz de madera estaban secas. Para olvidar el mal presagio, cerró los ojos. Quiso descansar cinco minutos. Se hundió en la oscuridad. La imagen de unas botas negras, el tac de una gota de agua y el ladrido de un perro, trajeron a Gambeta hasta su sueño. Estaban en el patio y ella lo abrazó con fuerza, pero él no paraba de llorar. Las lágrimas resbalaban por el tobogán de su nariz y sus mejillas, y desde ahí se hundían en el vacío para pintar una mancha húmeda en el piso de cemento. Cayeron una junto a la otra hasta que creció un charco bajo sus pies.

Cuando despertó se sentó en la poltrona, se calzó las sandalias y se puso en marcha. Arrastraba sus pasos, pues la sangre parecía termitas circulando por sus piernas aletargadas. En voz baja, casi como de pensamiento, se reprochaba su severidad con el niño. Lo buscó para consolarlo, entre las cobijas, detrás de las puertas, debajo de las camas y las mesas. Suspiró cuando el trino de un cucarachero perturbó el silencio.

La ventana del patio estaba abierta. La cortina eran dos alas blancas que querían escapar con el ventarrón.  Cerró para que no se colara la lluvia. Las botas ortopédicas de Gambeta estaban en el piso. Cuando se asomó a la calle, no vio al niño. Había escapado por la ventana.

¿Dónde estaba su hijo? Ojala resguardado en la casa de algún amigo mientras pasaba el aguacero. Luz se rascaba los brazos, a pesar de que el tamborileo de las gotas en el techo  la picaba en un lugar del cuerpo que no lograba definir y mucho menos alcanzar con sus uñas. En la cocina espantó de un manotazo un mosco que comía las sobras del almuerzo de Gambeta. Lo persiguió con sevicia, pero sólo derribó, por accidente, un edificio de ollas que sepultó su poca tranquilidad bajo el trepidar metálico.

Luz colocó una olla de aluminio sobre el televisor para que no le callera una gotera del techo. El ruido, como de campana ronca, llenaba la casa. Miraba el aguacero desde la ventana, mientras bebía café en un pocillo desorejado. La lluvia, que velaba las montañas que abrazaban el Valle de Aburrá, azotaba las casas, estallaba en el pavimento, resbalaba en goteras por el vidrio de la ventana. Los árboles se mecían con el ventarrón que les quitaba la paciencia. Por las calles desfilaban arroyos turbios. El paso incontenible del agua arrastraba piedras y palos, envolturas de papitas y confites, vasos de plástico que se colaban bajo las puertas en su afán por encontrar un lugar donde descansar de su carrera. De los desagües de las terrazas caían chorros que se estrellaban en el pavimento con furia de cascada.

Un relámpago inundó la calle. Ella pensó en llamar a su esposo para quejarse de su soledad, de su miedo, pero qué le iba a decir cuando le preguntara dónde estaba su hijo. Encendió una veladora junto a la cruz de madera. La llama hacía bailar las sombras de los muebles. De rodillas rezó: Jesucristo aplaca tu ira, tu justicia y tu rigor, dulce Jesús de mi vida, misericordia señor.

Repitió la oración tres veces. La lluvia amainó. A la cuarta, escuchó el alboroto en la calle. Por donde antes bajaba el agua, subían familias con sus maletas a cuestas. ¿Qué pasaba? Ahora no importaba. Tenía que encontrar a su hijo. Salió sin saber dónde buscarlo. Don Evelio, un vecino que vestía apenas calzoncillos y camisilla, descalzo, con su hija cargada, le explicó:

— Corra doña Luz, se reventó la represa de Fabricato y esto se va a inundar en cualquier momento.

— Don Evelio, ¿ha visto a mi niño? — le preguntó, pero el señor ya corría calle arriba.

Luz recordó que desde que construyeron la represa la gente lo había advertido: un día se iba a reventar y todo el municipio de Bello terminaría inundado. Quienes la construyeron decían que eso no era posible, y miren lo que pasaba ahora. En la radio confirmaron la tragedia. Luz se calzó unas chanclas, tomó la cruz de madera y regresó a la calle. Cuando vio el gajo de penca de sábila seco anudado a la cruz, pensó que no había atendido la señal que Cristo le había enviado. Era tan incrédula que prefirió cerrar los ojos y obviar el mal presagio. Con rabia, arrojó las hojas al suelo.

Parecía que la lluvia brotara de las lámparas. Los automóviles, atestados de pasajeros, rompían los charcos áureos en su afán por huir del barrio. Luz chocó con un hombre que llevaba un televisor a cuestas. La carga tambaleó y por poco le cae encima. Una carreta tirada por un caballo que llevaba cerca de quince personas a toda marcha casi la embiste. Apretó la cruz en su puño.

 

3

Gambeta corría por el extremo izquierdo de la cancha cuando El burro le cortó el paso. Amagó a la izquierda y después a la derecha. Del suelo volaron gotas de agua a la cara de El burro, quien pensaba que Gambeta tambaleaba, que sus piernas arqueadas como una sonrisa terminarían enredadas, que caería de narices sobre el charco. Pero salió disparado por la derecha, El burro lo alcanzó y entonces Gambeta frenó y de taquito le pasó el balón entre las piernas. Cuando iba a patear al arco, sintió que alguien lo tomaba de la oreja. Era su mamá que lo amenazaba con una cruz de madera.

Luz arrastró a su hijo hasta el paradero de los buses, pero allí se peleaban por subir. Sólo lo lograban quienes imponían su fuerza. Una mujer que llevaba dos niños cargados, gritaba desesperada y forcejeaba para ingresar, pero era imposible. Impotente, lo único que se le ocurrió a la mamá de Gambeta fue escapar al cerro Quitasol.

Se detuvieron en La abundancia, una tienda donde había muchas personas reunidas en silencio con sus maletas y algunos electrodomésticos. Cuando preguntó qué pasaba, le contaron que en la radio estaban informando que en la vereda El Salado ya habían muerto cuarenta y seis personas. La gente se miraba confundida, auscultando en los rostros ajenos alguna respuesta. La noticia impulsó a Luz a seguir su camino hacia la parte más alta del barrio.

Corría con su hijo de la mano por unas calles que estaban vacías, abarrotadas de casas en silencio. Llegaron a una finquita apenas iluminada, donde despertaron a las gallinas que no se habían enterado de la inundación. Después de agacharse para pasar un alambrado que Gambeta se negaba a cruzar, cayeron en la oscuridad. A él las piedras y las espinas le laceraban las plantas de los pies. Aunque se quejaba, su madre no le prestaba atención. El niño quería escapar, regresar a su casa, no le encontraba sentido a esta huida desesperada. Lo empujaba de la mano entre matorrales por un camino que no conocían, que iban abriendo a medida que andaban, y aunque se resistía, la desesperación y la fuerza de su mamá eran mayores. Cuando ya llevaban veinte minutos de marcha, miraron atrás. Gambeta aprovechó el cansancio de su mamá para soltársele. Luz imaginaba las casas sepultadas por el agua. Su marido, Libardo, que a pesar de esta tragedia ni siquiera la había llamado, tal vez estuviera ya en su hogar y corriera peligro. No importaba. De todas maneras se dedicaba a tomar cerveza y salir con otras mujeres, éste iba a ser un nuevo comienzo con su hijo. Cuando lo miró, Gambeta ya huía montaña abajo. Le gritó para que regresara, pero fue inútil. Corrió detrás para alcanzarlo.

 

4

La puerta estaba abierta. Encendió la luz y con los dedos sofocó la llama del velón que iluminaba la sala. Su esposa siempre dormía con el televisor encendido, por eso le extrañó no ver en las paredes de los cuartos del fondo el fulgor de la pantalla. Sintió temor al sospechar que estaba solo con la voz gangosa de la radio, que anunciaba que la ruptura de la represa de Fabricato era una falsa alarma, que la ola de pánico que se desató por una inundación en Bello era infundada. No entendía. Lo que sí había pasado era que la creciente de la quebrada El Barro había arrasado varias casas y matado cuarentaiuna personas en la vereda El Salado, agregaban. La tragedia era muy lejos de su barrio, El Mirador, donde todo estaba en calma. Sin embargo le pareció que la ola de pánico tenía que ver con la ausencia de su esposa y su hijo. Llamó a Luz al teléfono móvil, no tenía señal. Marcó a su suegra y a dos nueras que vivían en municipios vecinos, pero no le dieron razón de su paradero. Salió a buscarlos.

No despertó a ningún vecino para preguntar por su familia. Le daba vergüenza, además ellos quizás no lo podrían ayudar ¿Dónde comenzar a buscarlos? Echó a andar sin importar el rumbo. Recordó que esta semana no había hablado con Luz, quien lo evitaba por sus continuas llegadas tarde. Para él todo pasaba porque ya no lo trataba con cariño. Hasta el amor era un procedimiento aprendido y repetido sin entusiasmo ni consecuencias. Las salidas en la noche a tomar cerveza, después del trabajo, le ayudaban a lidiar con esa rutina. Era imposible que por tan poco ella lo abandonara, llevándose a su hijo, sabiendo cuánto lo amaba. Sumido en sus cavilaciones, vio aparecer a Gambeta. Detrás venía Luz, que lo perseguía, jadeante.  Cuando los tres se reunieron, Libardo les preguntó de dónde venían, pero estaban demasiado agitados para responderle. Luz sólo intentó tomar a Gambeta de la camiseta, había arrojado en cualquier parte la cruz de madera y olvidado lo de la inundación, ahora sólo le interesaba imponerle su voluntad al niño, atraparlo al fin, pero él se le escapó con un drible y se escondió detrás de su papá. Ella arremetió, pero mientras rodeaba a su esposo para darle alcance, su hijo se puso por delante. Lo persiguió en círculos alrededor del hombre que los miraba impávidos hasta que Luz tropezó y cayó en la calle, donde sintió su respiración acezante, extendió los brazos en cruz y miró al cielo. No había nubes y las estrellas que centelleaban, le revelaron que nada le pertenecía.

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Leandro Alberto Vásquez Sánchez ha publicado, Saeta, Primer Conjuro (Edit. Fundación Arte & Ciencia). La condesa de Porroliso y Una mujer de aguas tomar, Perfil de Mujer (Crónicas y reportajes. Edit. Fundación Arte & Ciencia). En septiembre de 2017 obtuvo el Premio nacional de cuento “Échame un cuento”, convocado por el periódico QHUBO, con Calle sol, que hace parte de este libro de la Colección El Aprendiz de Brujo.