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Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

Entrevista con Ándrés Osuna Solar

Ángel Galeano Higua

 

De repente apareció allí, sentado, como si siempre hubiese pertenecido al Grupo. Silencioso y atento, toma nota con la voracidad de quien no quiere perder nada. Todo es importante para él. Lo que se lee, lo que se dice, lo que se calla. Cuando habla libera fábulas y seres fantásticos, personajes que brotan con su carga mágica, vuelan, aparecen en el sitio menos pensado, desaparecen en el laberinto de su refrigerador. Son sus fantasmas de niño, su alforja heredada de su familia, de los paisajes sabaneros, el mundo caribe, los peces atrapados en las ciénagas que le hacen guiños antes de ir a la brasa. Las mujeres exuberantes y sensuales que caen del cielo en su patio poblado de lianas y lagartijas. El profeta vestido de blanco que vuela por la carretera, y la hermosa viajera que desciende en la misma estación del metro cada día.

Su lío no es ninguna pera en dulce: ¿Cómo narrar estas historias que lo acechan, lo embriagan y lo ensimisman? Para alguien cuya formación académica estuvo alimentada de matemáticas y fisica, propia de un ingeniero, el lenguaje técnico, y la construcción esquemática y conceptual se han convertido hoy en un lastre muy pesado. Así lo comprendió y por ello, cuando fue dueño de su tiempo, tomó la decisión de des-aprender, de despojarse de esas fórmulas, aplicaciones y planes predeterminados fríos y repetitivos, para ingresar en el anchuroso mundo de las palabras cálidas, con olor y sabor, las historias de vida, los sentimientos y los sueños, lo invisible de las cosas. El universo de la literatura. Una vida impregnada de tanta academia y solución práctica de asuntos ferroviarios propios del funcionamiento del Metro de Medellín donde laboró muchos años, requiere de otra vida dedicada a desmontar esos cronogramas, esas cifras, esas recetas impresas en los manuales, esa indiferencia plástica y poética. En ésas se halla inmerso hoy, Andrés Osuna Solar (parece el seudónimo de un gran novelista). Nada fácil la tiene, pero su voluntad parece hecha del acero más poderoso. Y sobre todo, lo animan esos fantasmas de la infancia que lo acompañan cada día y gracias a los cuales, al cabo del tiempo, ha podido sobrevivir con sus sueños intactos.

 

Andrés Osuna Solar: “… Al cabo de unas horas estaba en Lorica, justo en fiestas de corraleja. Encontré a una señora amiga que tenía un puesto con cantina, me guardó la maleta y me dio comida. Pasé el día metido en la corraleja, conseguí amigos toreros que me prestaban la muleta, a los toros que veía que no eran tan bravos le sacaba muletazos. Al día siguiente antes de comenzar los toros me encontré con un vecino de Sahagún, que desde que me vio, me dijo que no hiciera eso, que mi mamá estaba muriéndose por lo que yo estaba haciendo, que me fuera con él. No me soltó y me llevó a casa, a donde llegué avergonzado y triste. Supe que afuera todo era difícil, hoy doy gracias a mi madre que si no es por ella no hubiese llegado a ser quien soy”.

 

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Creo que tengo varias, la terquedad, el compromiso, escribir cuentos de largo aliento, pero hablaré de una que me hace sufrir y sudar: la solidaridad con los necesitados, porque creo que este es un don que hoy día muy pocos poseemos. Dice mi señora que yo me saco el bocado para repartirlo. Para mí no hay frustración más grande que cuando me piden un favor y no pueda ayudar en algo, sobre todo si es un familiar.

P. ¿Y tu desgracia?
R. Creó que también son varias mis desgracias, no haber estudiado medicina para ayudar a toda esa gente necesitada de una ayuda como mi amigo, Bernardo Duque Fernández, no tener los recursos suficientes para crear una Fundación en pro de los más vulnerables que sí los hay en este país.

P. ¿Crees que has avanzado como lector, como escritor?
R. Cuando logro sincronizarme con la lectura de un escrito, siento que he avanzado como lector, pero a veces no logro compenetrarme con el escritor y me siento como si no adelantara nada, tengo que leer y releer para así encontrar el hilo del tema. En la escritura siento que he avanzado mucho, mis escritos son muy diferentes, he abandonado el lenguaje técnico que tenía grabado de acuerdo a mi formación académica, hoy día puedo asegurar que mi escritura es más literaria que antes.

P. ¿Recuerdas el primer libro que leíste? 
R. Recuerdo de muchos pero no podría decir cuál fue el primero. Tengo conciencia de un libro de Gabriel García Márquez, donde leí un cuento; El último Viaje del Buque Fantasma. Algunos pasajes que me impactaron y que hoy recuerdo, el inmenso buque se podía ver en la oscuridad y cuando pasaba la luz del faro desaparecía para volver a aparecer en la oscuridad, la poltrona de la muerte que quien la adquiría para descansar, pasaba al otro mundo sin remedio y ahora van a ver quién soy yo.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras un aprendiz? 
R. Bueno, eso lo he tenido bien claro hace ya bastante tiempo, desde que terminé la carrera y me tocó enfrentarme a la realidad, porque uno sale muy teórico pero la realidad es otra y uno sale es a aprender cada día cosas nuevas y por lo tanto uno se convierte en un aprendiz constante, y porque nadie se las sabe todas. Más en el campo literario donde hay que crear con palabras, imágenes, seres fantásticos y lugares extraños, por todas esas cosas siempre serás un aprendiz.

P. Los textos que has compartido en las sesiones del Grupo hablan de seres fantásticos. ¿Qué piensas de ello?
R. Algunos de esos seres fantásticos son mis amigos en esa vida paralela que todos llevamos. Puedo hablar con ellos, algunos me atacan, otros me defienden, y a otros los veo actuar sin intervenir, eso es lo bello de la vida, sin ellos no hay vida ni literatura.

P. ¿Has publicado ya algún texto? ¿Cuál fue? ¿Cómo brotó?
R. Pues hace tiempo escribía para una revista tecnológica del Pascual Bravo. En literatura solo he publicado un cuento. “Encuentro en el metro” aparece en el libro de cuentos La duda, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que obtuvo una mención de honor en el concurso Beca Antología de Talleres Literarios Ministerio de Cultura 2018.
El cuento salió de una, como comienza: la muchacha que aparece ocupando el puesto donde él se sentaba todos los días, y era la misma con la que soñó una noche. La fuerte atracción que ejerció sobre él y la relación que pudieron tener, pero después desaparece para siempre, sin dejar ningún rastro.

P. ¿Preparas alguna publicación próxima? ¿Podrías adelantar algo?
R. Sí, yo creo que para este mes de agosto aparecerá un libro de cuentos, La Ninfa del Aguá en el formato de la nueva Colección El Aprendiz de Brujo. Contiene cuatro cuentos, La Ninfa del Aguá que da su nombre al libro, Señales del Cielo, El desafío y Encuentro en el Metro. Además estoy preparando otro que lo titulo El profeta.

P. ¿Cuál de tus textos te ha exigido más trabajo? ¿Cómo lo superaste?
R. Bueno hasta la presente no he podido escribir algo que diga así salió y así se queda. Todo es una lucha por mejorar, por eso hay que cambiar muchas cosas en los textos y reducir demasiado sin que se afecte. A veces, de treinta paginas sólo quedan diez o menos, y eso es mucho trabajo. Porque al leer y releer te das cuenta que hay cosas que no son necesarias dárselas al lector, hay que dejárselas a la imaginación de cada uno. Con la lectura crítica de nuestros compañeros podemos encontrar algunas sugerencias, sobre algún aspecto que nosotros no vemos con claridad y podemos corregir.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Si, a mí me fascinan todas las historias y recuerdos de mi niñez, esos miedos, fantasmas y seres de otros mundos que siempre han convivido conmigo en todas partes donde estoy.

P. Si tuvieras que esperar un mes a que pasara Shakira por el Parque de Laureles y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías?
R. Bueno, para mí sería fantástico llevar el que se titula “Señales del Cielo”, porque me mete en esa diáfana salmuera humana del Caribe, pudiendo explorar ese mundo que nadie más puede ver.

P. Para evitar que te condenen a oír todos los discursos de los políticos de Medellín si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías? 
R. A todos mis cuentos los quiero, pero sin duda destruiría El desafío, aun cuando he recibido elogios por ese cuento de mis lectores y eso que no ha sido publicado todavía. Para mí es un texto cotidiano que a muchos le sucede parecido en la vida.

P. Ingeniero, ¿cómo consideras la relación de tu profesión con la literatura?
R. Recuerdo que cuando estudiaba el bachillerato en la clase de español tenía un profesor, Enrique Barboza del Toro, que nos inculcaba mucho la poesía, en cada clase se recitaba de memoria un poema repartido entre varios alumnos dependiendo de lo extenso. Pero mi papá al darse cuenta que siempre estábamos practicando poesía, me decía: con razón esté país no progresa, ¿para qué sirve la poesía?, para beber ron, quedarse dormido en las bancas del parque y luego morir colgado de un árbol. ¡Estudie matemáticas para que pueda hacer una ingeniería, que eso es lo que sacará adelante este país de la pobreza en que vivimos! ¡Si no hay ingeniería no hay progreso!, decía. Por eso estamos como estamos. Aprendiendo poesía no va a haber árboles para colgarse tanta gente. Claro que la poesía no es literatura y considero que no hay ninguna relación, la ingeniería tiene otro tipo de lectura que no se mezcla, pero eso no quiere decir que no pueda haber escritores y poetas ingenieros, porque de poeta y loco todos tenemos un poco.

Lectura crítica de textos del Grupo.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?
R. Desde muy pequeño he sentido el gusto por la literatura, pero no sabía si un escritor, nace o se hace, y con toda esa lección de mi padre perdí el interés. Ahora que quede desocupado y leyendo cualquier cosa, se me dio la idea de hacer un curso de escritor y deambulando por las ferias del libro encontré con El Aprendiz de Brujo y aquí estoy de nuevo aprendiendo, siempre seré un aprendiz.

P. Te piden como pasaporte al paraíso terrenal que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. Sucedió en mi juventud. Mi mamá era muy celosa con mi hermano y conmigo, para ella no había novia perfecta. Pero a mí me gustaban, y muchas. Hacía mis parrandas en las fincas de mis amigos y amanecíamos borrachos jugando al toro. Sabía que al llegar a casa me esperaba una paliza. No importaba. Una vez, tenía tres días de farra y no sabía cómo llegar a casa. Esperé que fuera de madrugada y entré, tome una maleta y empaqué mi ropa. Cuando mi mamá se dio cuenta tomó un fuete y ya venía sobre mí, entonces tomé la maleta y me fui para la terminal de buses. ¡San Marcos, San Marcos! Me subí al bus y al llegar a ese pueblo me di cuenta que no conocía a nadie. Caminé por sus calles y al mediodía me encontré con un conocido de Sahagún: ¿Qué haces por aquí? Haciéndole un mandado a mi papá, le dije, pero él tenía clavados los ojos en la maleta… Si no te demoras nos encontramos en la terminal para irnos juntos, me dijo. Cuando se fue, volví a la terminal y tomé un bus para Montería, donde tampoco conocía a nadie y ni siquiera sentía hambre. Me quedé esa noche en esa ciudad, dormí con un ojo cerrado y el otro abierto, hasta que en la madrugada oí los gritos de ¡Lorica, Lorica!

Andrés Osuna, la constancia de aprender..

Al cabo de unas horas estaba en Lorica, justo en fiestas de corraleja. Encontré a una señora amiga que tenía un puesto con cantina, me guardó la maleta y me dio comida. Pasé el día metido en la corraleja, conseguí amigos toreros que me prestaban la muleta, a los toros que veía que no eran tan bravos le sacaba muletazos. Al día siguiente, antes de comenzar los toros de nuevo, me encontré con un vecino de Sahagún que desde que me vio, me dijo que no hiciera eso, que mi mamá estaba muriéndose por lo que yo estaba haciendo, que me fuera con él. No me soltó y me llevó a casa a donde llegué avergonzado y triste. Supe que afuera todo era difícil, hoy doy gracias a mi madre que si no es por ella no hubiese llegado a ser quien soy.

P. Esto da más de 5 renglones…
R. Ja ja ja, fue que me emocioné.


P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario? (algo de historia de tu experiencia)
R. Con el diario he tenido la oportunidad de consignar muchos pasajes que llegan a la mente, que luego no se recuerdan, además me ha ayudado a desarrollar nuestra capacidad de observación, no despreciar nada de lo que nos rodea, los sonidos, incluidos nuestros pensamientos. Me he podido dar cuenta, que un diario es como la recopilación de todas las situaciones que uno vive, incluso de otros que pueden estar a tu alrededor o no, es muy importante llevar un diario, en él se refleja las situaciones de tu vida.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
R. Sí, aquí van….

– Hace mucho tiempo no escribo con pluma larga, porque deseaba escribir un diario, pero necesitaba saber lo que realmente significa. No es fácil expresar los pensamientos de una manera ordenada como uno quisiera, pero debe ser por los prejuicios de los cuales uno se llena. Si es mi diario personal nadie lo tiene que ver. Gracias a los conceptos expresados por nuestro tutor, Ángel Galeano Higua, donde nos dice que el diario nos ayuda a desarrollar la capacidad de observación, consignar fotografías del medio, de los hechos intantáneos que no volverás a recordar si no los escribes. Escribe sobre toda clase de cosas hechos, es un banco de información que más nadie puede tener y que a la postre se convertirá en un libro. Después de todo el lápiz y el papel son más dóciles que los seres humanos y tendrán que tragar todo lo que a mí se me ocurra, en un desafuero de locura racional.

– Hoy hace un buen tiempo, el día está despejado y fresco, reina la calma en casa, los niños se han ido a clases y mi señora no sigue cobijada en su cama, no se ha levantado. En lo que concierne a mi diario no puedo dejar pasar por alto sin escribir lo relacionado con la conferencia del día once de septiembre en el Jardín Botánico, la cual estuvo presidida por los escritores, William Rouge y Ángel Galeano Higua. El tema tratado fue El patio como universo poético. La introducción estuvo a cargo de William Rouge. Comienza haciendo referencia a un fragmento del escritor Octavio Paz: Mis palabras, al hablar de la casa se agrietan, cuartos y cuartos, habitados solo por sus fantasmas, solo por el rencor de los mayores, habitadas, familias criadero de alacranes como a los perros dan con la pitanza, vidrio molido, nos alimentan con sus odios y la ambición dudosa de ese alguien”. A lo cual responde Ángel, pero es que no se ve nada, un patio extraño este, parece que todos somos fantasmas. Trataremos de recrear el patio que nos han impuesto, porque el patio que conocemos es hijo de la herencia árabe – española, pero nuestros ancestros conocían otros espacios que podríamos llamar patio también.

-De patio a patio
En esos linderos invisibles solo quedan,
los recuerdos de palabras esparcidas en el aire,
como el rocío que desciende del misterioso cielo…
Palabras líquidas que corren por el desierto del silencio
y navegan por el torrente río de nuestros sueños…
Recuerdo esa ventanita de cristal.
Por donde solías pasar a verme con disimulo,
esa misma ventanita por donde entraban las estrellas
todas las noches sin pedir permiso …
Ellas me traían toda la información del universo.
Esa ventana era el ojo por donde discurría todo ese cosmos alucinante que despertaba mis sentidos y me hacía recorrer el mundo sin salir de mi aposento.

– Se oyen voces algunos dicen.
Voces en la casa abandonada, en esa casona se oyen fantasmas.
Se oye renegar y susurrar, aquí habitan espíritus en pena.
Si entras ahí te robaran el alma, jamás podrás salir de ese lugar. Te convertirás en otro espíritu que reniega y
susurra, esperando su nueva víctima, para seguir la cadena…
Quisiera entrar para comprobar que allí están esas almas
que llaman en pena. Quisiera hablarles de su estado pero ¿qué ganaría si sé que por siempre seré una de ellas?

Medellín, julio 27 de 2018

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Viaje a La última página

Ángel Galeano Higua

Miguel Ángel Sanz, compositor y guitarrista español. “He querido vestir la poesía con la sencillez de una seda que acompaña el discurso poético y amalgama la palabra y el sentir con el timbre y los tonos de la guitarra” (Fotografía de Ángel Galeano Higua)

¿Quién iba a creer que aquel librito de tapa beige, fácil de llevar en el bolsillo, titulado La última página con que la Fundación Arte & Ciencia inició su emblemática Colección Poetas Anónimos, iba a sacudirnos en tono mayor cinco años después de publicado? El opúsculo, como lo llama un poeta de Mompox, cayó en manos del músico español Miguel Ángel Sanz, quien lo leyó electrizado, con los dedos puestos en las cuerdas de su guitarra. Surgió un diálogo entre músicas que le reveló la nueva sangre de la poesía colombiana y lo impulsó a escribirles partituras a Euridice, El trompo, El río sin agua, Escrito en la espalda de un árbol, entre otros. Embriagado de lirismo se lanzó a organizar recitales, jubilosa forma de compartir su descubrimiento, primero en Barcelona, y luego en Cartagena, Barranquilla y Medellín.

Miguel Ángel Sanz, su esposa Maryuth Contreras y su hijo Miguel Alfonso, al pie de “El hombre, creador de energía”, escultura del maestro Rodrigo Arenas Betancur. Universidad de Antioquia. (Fotografía de Ángel Galeano Higua)

Tuvieron que transcurrir varios días desde que lo escucháramos en el auditorio del edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia, para digerir la magia del recital y escribir esta nota. Caló hondo en nosotros. Y también en él, desde el primer impacto que vivió al devorar el librito, en diciembre pasado, allá, en su residencia de Cerdanyola del Vallés, ante el asombro de su esposa Maryuth y su hijo Miguel Alfonso.

Recital en la Casa de Cooperación Española, Cartagena.

Imbuido de poética, me contagió hasta tal punto que terminé de rapsoda. Esa fue la nominación con que me implicó, y pronto me vi leyendo a un puñado de poetas catalanes y colombianos ante el público asistente al ancho patio colonial de la Casa de Cooperación Española de Cartagena, luego en el abarrotado auditorio de la Normal Nacional La Hacienda de Barraquilla, después en la Universidad Los Libertadores de la ciudad amurallada, y por último en el auditorio de

Recital en la Normal Nacional “La Huerta”, Barranquilla.

Extensión de la Universidad de Antioquia, el 17 de julio.

Pero la magia no estaba sólo en la lectura, yo apenas presté mi voz, sino en la música que brotaba de Miguel Ángel Sanz y que le transmitía a su guitarra, “cubriendo de seda” los versos, arrullándolos, acompañándolos. Las palabras son la base, su ritmo, su vuelo. La guitarra es el instrumento con que Miguel Ángel Sanz lee el mundo, la vida, la poesía. Además de excelente intérprete (regó trozos del Concierto de Aranjuez, a manera de calentamiento, antes del recital en la Normal “La Hacienda” y homenajeó a Adolfo Mejía en Cartagena, con motivo de los 45 años de su muerte, con el Bambuco en mi menor, la única obra solista compuesta para guitarra por el maestro Mejía), Miguel Ángel Sanz es un creador fabuloso: hizo bailar el trompo al son de su guitarra, recreó la última cosecha de pájaros que dio el árbol, plasmó la transformación del río sin agua e hizo sonar las dos copas de vino en el brindis de los amantes…

Martín Madera, Maryuth Contreras, el maestro Miguel Ángel Sanz y Carmen B. Zuluaga, en Barranquilla (Foto de Ángel Galeano Higua)

Y como si aquello fuera poco, nos obsequió con dos sentidos preludios de su inspiración e invitó a su hijo de 10 años a declamar dos bellos poemas de autores colombianos.
En esta celebración, que contó con el apoyo de la Fundación Fórum Diversit Arts y Fundación Miquel Marti i Pol, de España, y la Fundación Arte & Ciencia de Medellín, Colombia, el compositor ha querido “vestir la poesía con la sencillez de una seda que acompaña el discurso poético y amalgama la palabra y el sentir con el timbre y los tonos de la guitarra”, según sus propias palabras y poner de relieve los aportes de la cultura colombiana.
Confiamos que estos recitales se repetirán el próximo año, para lo cual nuestra Fundación Arte & Ciencia y el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, estaremos listos a hacer lo que sea necesario. Porque la llama que el librito con formato de bolsillo encendió, no podemos dejar que se apague.

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Algunos poemas del recital

 

Carta a Dolors

Miquel Martí i Pol

(España)

 

Me cuesta imaginarte ausente para siempre.

Tantos recuerdos  tuyos se me acumulan

que no dejan espacio para la tristeza.

No quiero hablarte con voz melancólica

ni me angustia, ni me quita la alegría de vivir;

me duele saber que no podremos compartir

nunca más el pan, ni hacernos compañía;

pero de este dolor saco la fuerza

para escribir estas palabras y recordarte.

Más tenazmente que nunca, me esfuerzo en crecer

Sabiendo que tú creces conmigo: proyectos,

Ilusiones, deseos, se elevan

para ti y contigo, por muy distantes que te sean,

y contigo y para ti sueño cumplirlos.

Estás presente en las pequeñas cosas

y es en ellas que te recuerdo y te evoco,

seguro como nunca que la única esperanza

para sobrevivir es amar con la fuerza suficiente

para convertir todo lo que hacemos en vida

y hacer crecer la esperanza y la belleza.

 

Tú ya no estás y florecerán las rosas,

madurarán los trigales y el viento tal vez

desvelará secretas melodías;

tú ya no estás y el tiempo ahora me transcurre

entre tu recuerdo, que me acompaña,

y aquel esfuerzo, que sobradamente conoces,

de persistir cuando nada nos es propicio.

Desde estas palabras muy tiernamente te recuerdo

Mientras la tarde suavemente declina.

Todos los colores proclaman vida nueva

y yo la vivo, y en ti se me representa

sorprendentemente vibrante y armoniosa.

No volverás nunca más, pero perduras

en las cosas y en mí de tal manera

que me cuesta imaginarte ausente para siempre.

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Brindis

Joan Margarit

(España)

 

Más juntos de lo que supone nadie,

alzamos las copas.

En los ojos del otro, cada uno

halla su propia luz.

En un instante, un hombre, una mujer,

pueden equivocarse.

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El olfato del tiempo

Álvaro Julián Moncada Gómez

(Colombia)

 

A cada instante me acecha el olfato del tiempo

Me sigue como una nariz indiscreta

que quiere inmiscuirse en todos mis asuntos

Respira mis recuerdos

Y como si fuera poco se roba a cada instante

el olor de mi niñez.

 

El olfato del tiempo

Sabe a qué huele mi desgracia

Conoce el terrible olor de mis heridas

Y hasta sabe de memoria con qué está hecho el

perfume de la mujer que amé.

 

El olfato del tiempo

Respira los aromas más íntimos de mi existencia

Y como un perro de caza

Me acecha noche y día.

Sospecho desde siempre que el olfato del tiempo

Solo me abandonará

Cuando en lugar de respirar mi vértigo y deseo

Respire tan solo el aire de mi olvido.

 


 

Voces poéticas de Colombia y España

 

17 jul. 2018 5:00 PM – 17 jul. 2018 6:30 PM
Auditorio Principal Edificio de Extensión

 

En la celebración de los 10 años del Grupo Literario Aprendiz de Brujo, tendremos la oportunidad de disfrutar del recital poético: “Voces poéticas de Colombia y España. Poesía viva”. Un momento para celebrar la poesía de autores colombianos y españoles, y la música compuesta e interpretada por el maestro catalán de guitarra clásica Miguel Ángel Sanz.

La poesía se puede vivir desde muchas miradas y sentires, pues es palabra, es música, y es imagen; si bien su herramienta principal es la palabra, su proceso creativo se enriquece en contacto con una musicalidad o una proyección mental que trascienda los límites del lenguaje. Es por esto que se puede hablar de una Poesía Viva, aquella que se lee y se siente de otras maneras y que se puede transmitir a través de una puesta en escena en la que, por ejemplo, la música puede ser participe, dándole a la poesía una vida diferente, para que sea percibida diferente.

Es por esto que tendremos la oportunidad de disfrutar de un recital llamado: “Voces poéticas de Colombia y España. Poesía Viva”. Un espacio en el cual no solo habrá lectura de poemas, sino que estos estarán acompañados por la música de un compositor e intérprete de guitarra clásica, el español Miguel Ángel Sanz. Esta será además una oportunidad para conocer algunos poetas de nuestro país y ponerlos en diálogo con algunos poetas españoles. Los poetas colombianos que tendremos la posibilidad de conocer y escuchar a través de la lectura que, de sus poemas, hará como rapsoda Ángel Galeano Higua, fundador del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, serán: Lucía Estrada (Medellín), Rubén Darío Lotero (Medellín), Pedro Arturo Estrada (Girardota, Antioquia), Miguel Méndez Camacho (Cúcuta), Luis Hernán Rincón Rincón (Támesis, Antioquia), Julián Moncada (Medellín); y los poetas catalanes serán: Joan Margarit (Sanhauja, Lérida, 1938); y Miguel Morti i Pol (Roda de Ter, 1929-2003).

Este recital que se llevará a cabo por motivo de la celebración de los 10 años del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, será una gran oportunidad para disfrutar de la unión que propicia la poesía, que se puede lograr entre la música y la palabra y que se puede dar también entre dos culturas diferentes, la colombiana y la catalana, ya que aunque sean idiomas diferentes, la poesía, al ser también música, trasciende los límites del idioma y de la palabra.

La invitación es para todos aquellos amantes de las letras y de la música, para que no se pierdan esta oportunidad de disfrutar este recital para que se acerquen al Auditorio principal del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia, el próximo martes 17 de julio de 2018 a las 5:00 p.m. La entrada es libre sin boleta.

 


Ver: http://www.udea.edu.co/wps/portal/udea/web/inicio/todos-eventos/udea-eventos/contenidos/voces-poeticas-de-colombia-y-espana/!ut/p/z1/xZXdbpswFIBfZTe9tGyIDeaSZV23LD-kKU3gJnJsp2EDm4BLl73TnmIvNqNNW7s1JNWEhow4Rz7n8_mRDzCFK5gq1mR3zGRasdzqSeqtaTB0nRCj8ez6lqLQW8RX06u5E7kELp8aoA8OQeH8MprezIbRm5EL0-P-45Hz0x8deUJ0nn-HQdod_y1MYcqVKc0OJqWuDMvvhWQXiNVPtZ0u5A_ZaKHrV7l9ZSOV0fUFajfAL41rZaTKRCs3mssalFqajLMaCAm4znWxyRg4AFmXTLE2gpJnAibuwMNoyzggmFOAAyQAo24AMCbEt2vjsKA74zaltLugy_a8xwSK6Fvbs5vxJY4nCM3InwbPNPXUIYkN0j_aFh_BRcvYZrmR1VoqIZiRa-Qw4nlkA_A2wAAjTgDjQgBXckFEQDc-9myRkIsA8oHjPELUhlXmRRCH_gXZ38vqcCYg0rL-9pXBdydyjd57cNlk8gHGSleFvVKLF_a7G982tE-82y-e9Iv3e8XP-y3O3OkV7-F_xI9OzVb783CryXByZ7HM7ECmthqufk9HuDpnOlpK9nG_T0M7p1vXzwau_tOgLos4jgs6OIBP1xQNrISTUfPl9RQ8-0kTWoffAX6NHqA!/dz/d5/L2dBISEvZ0FBIS9nQSEh/?urile=wcm:path:/PortalUdeA/asPortalUdeA/asHomeUdeA/Todos%2Blos%2BEventos/udea-eventos/contenidos/voces-poeticas-de-colombia-y-espana

Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“No trabajar tanto y escribir más”

Entrevista con la escritora Ángela María Salazar Álvarez

Por Ángel Galeano Higua

Muchos entraron por aquella puerta, pero muy pocos persistieron como Ángela María Salazar Álvarez, en la aventura de la literatura. Estrenábamos el siglo XXI y ella recién había regresado al país. Buscaba dónde dar rienda suelta a su curiosidad de lectora, dónde le permitieran su atrevimiento de escribir, dónde hallarse. Y ahora, al cabo de 15 años, confiesa que lo encontró cuando leyó aquel avisito que yo había pegado en una cartelera de la biblioteca de Comfama de San Ignacio  Aún veo su sonrisa luminosa cuando asomó y se sentó a la mesa, nueva comensal del banquete de la lectura conversada.

Y esta es una de las características más sobresalientes de Ángela: su persistencia. Ella sabe que sin esa virtud no es posible hacer algo que valga la pena. Nuestra sociedad tiende a desalentar los talentos de muchas formas, los quiere para competir, para convertirlos en mercancías que produzcan ganancias económicas. Para Ángela esto no hace parte de su búsqueda. Cada historia que ha escrito tiene el sustento de varias indagaciones, tanto académicas como empíricas, la formación como investigadora en jurisprudencia en lugar de apartarla de la creación, de la ficción, la engancha más al mundo de la literatura y el arte. Bastante trabajo le ha costado, pero ella pertenece a la clase de personas con voluntad férrea capaces de mover montañas.

Sus escritos muestran las vicisitudes de la gente común y corriente, héroes anónimos que viven su propia epopeya diaria, soñadores que lindan con los extremos. Y como le encanta ser generosa, sus inquietudes y sus descubrimientos los comparte explorando el alma de sus personajes, que para otros autores serían intrascedentes. Su iniciativa, cuando está convencida de algo, es una oleada de júbilos. Si hay que buscar un libro difícil pero que nos proponemos leer en el Grupo, se las ingenia para buscarlo desde un segundazo en el mercado de libros de La Bastilla, hasta España, donde sabe que lo editaron. Tal como ha sucedido con Yo el Supremo, la magistral obra de Augusto Roa Bastos.  Aquí una breve conversación con ella.

Ángela María Salazar. “Mi paraíso terrenal será el ocaso de la mar, allí despojarme de todo lo terrenal, del ruido de la ciudad de los prejuicios humanos, poder respirar tranquila, no trabajar tanto y escribir más, porque me encanta escribir, bailar y escuchar buena música, me siento feliz acompañándome”. (Foto archivo)

 

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Me gusta escuchar las personas, aunque muchas veces no esté de acuerdo con su sentir y después defender sus creencias. Un día la monja del colegio donde estudié llamó a mi mamá y le puso la queja que yo era la defensora de los pobres, que siempre me metía a defender a las compañeras cuando creía que era injusto. Fue allí donde nació el amor por el Derecho.

Su primer cuento, Curvas, hace parte de este libro, que mereció la Beca Vigías del Patrimonio – Literatura y río

P ¿Y tú desgracia?
R. Creo que mi desgracia es que en ocasiones soy muy radical, mi papá decía “¡Qué voy hacer con esta muchacha, cuando dice no es no!”.

P. ¿Consideras que has avanzado como lectora, como escritora?
R. Sí, cada día que pasa es una experiencia nueva, en el auto bus, en el metro, caminando por las calles siempre hay una historia para contar. En cuanto a la lectura, es un reto pues cada día me exijo un poco en tiempo debido a mis ocupaciones. La lectura pasó de ser la última a ocupar el primer puesto, todos los días trato de dedicar mínimo una hora de lectura, antes era más difícil.

P. ¿En qué sentido avanzas o en qué sentido retrocedes?
R. Avanzo todos los días, siempre hay una nueva lección de alguien, un suceso. Y retrocedo en la dificultad que me da superar las lealtades invisibles a mis ancestros.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras un aprendiz?
R. Cuando en el año 2003 llegue de los Estado Unidos, sin rumbo, tomé un año sabático y me dediqué a visitar las bibliotecas. En la de Comfama de San Ignacio encontré un letrero que decía, “Se invita a una sesión de taller de literatura en el 4° piso”, subí, abrí la puerta y encontré el rostro amable de Ángel que me invitaba a continuar y sentarme, desde entonces me dejé atrapar.

P. Hay cierta predilección en tus publicaciones por los textos cortos. ¿Qué piensas de ello?
R. En realidad no es predilección, creo que aún me falta tiempo y preparación para poder extenderlos más. Espero lograrlo pronto.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer texto publicado. ¿Cuál fue? ¿Cómo brotó?
R. Se llama Curvas, nació de las investigaciones que realicé sobre el río Aburrá y en ese tiempo mi padre se encontraba en el hospital muy grave de salud. Allí pude asociar la muerte del río con la de él y salió este sentido escrito.

P. Y del último.
R. La última capa de tierra es la historia del matrimonio de un personaje muy especial.  Esta nace de las conversaciones de mi padre en su lecho, después de una larga enfermedad de cáncer me dedique a grabar sus conversaciones para disipar sus dolores, juntos leíamos y me contaba la historia de su vida, el matrimonio no consentido por sus padres, que se realizó en la misa de 5:00 de la mañana a la cual acostumbraba asistir su mamá.

Hace parte del libro Cuando el río suena, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, editado por la Fundación Arte & Ciencia.

P. ¿Cuál de tus textos te ha exigido más trabajo? ¿Por qué? ¿Cómo lo superaste?
R. Pienso que fue Marielita. Narra la tragedia de una mujer muy valiente, me conmovió mucho por las entrevistas que realicé para poder escribirlo y pude lograrlo gracias a mi tenacidad para la investigación.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Hoy sí, escribir una novela, muy ambiciosa, por cierto.

P. ¿Puedes adelantarnos algo de esa novela que quieres escribir? ¿De qué trata?
R. La novela es la vida y obra de Nestor, un personaje muy especial y controvertido, encantador de mujeres y un excelente conversador, autodidacta que vivió a su manera.

P. Si tuvieras que dar la vuelta al mundo y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías? ¿Por qué?
R. Llevaría Marielita, porque es el reflejo mismo de mi tenacidad y rebeldía frente a las injusticias.

P. Para evitar que te condenen a vivir un mes continúo trepada en un árbol de la Avenida Oriental de Medellín si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías? ¿Por qué?
R. Yo prefiero quedarme trepada en el árbol por un mes, pues cada uno de mis textos es un parto y sería como destruir un hijo, imposible.

En 2012 el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo viajó a Magangué y Mompox. En la fotografía, Ángela María Salazar con los niños de Magangué durante un taller de creación literaria sobre el río. A los niños les fue obsequiado el libro Cuando el río suena, escrito por los miembros del Grupo. (archivo)

P. Como estudiosa de jurisprudencia, cómo consideras esa relación con la literatura.
R. Pues la verdad esto me ha dado herramientas como la ciencia, la filosofía y la investigación y así poder tener una visión más amplia de la cosmovisión, del pensamiento universal.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?
R. Porque me gusta, me siento bien y me transporto al mundo real e irreal de cada día.

Celebrando en una sesión del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

P. Te piden como pasaporte al paraíso terrenal que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. Mi paraíso terrenal será el ocaso de la mar, allí despojarme de todo lo terrenal, del ruido de la ciudad de los prejuicios humanos, poder respirar tranquila, no trabajar tanto y escribir más, porque me encanta escribir, bailar y escuchar buena música, me siento feliz acompañándome.

 


 

P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario?
R. Mucho, es plasmar los destellos que producen la literatura, la creación misma, en un cuaderno que facilita la expresión y te lleva un registro de lo que escribes. Luego de un tiempo lo vuelves a mirar y retomas para continuar la búsqueda, siempre algo nuevo.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
1) Se apaga mi contador de historias, ese río que ha mostrado en su cauce las narraciones de un exquisito conversador. Se apaga ese hombre fuerte y trabajador. Se va yendo ese río que entre sus brazos me arrulló.

2)  Tomó por la orilla del río, tratando de limpiar con sus aguas la suciedad y las manchas que aún quedaban de la violación. Ese río la observaba y el movimiento de sus aguas la fueron llevando sin rumbo alguno.


3) Escribir es una operación de corazón abierto, es desgarrar los músculos, reventar las costillas y traquear hasta la última víscera que hace parte de nuestro cuerpo. Dejar el corazón a la intemperie, expuesto y sin pensar que puede enfermar e incluso hasta morir. Resulta doloroso escudriñar dentro, que tiemblo, pues la verdad aún no sé hasta dónde se puede llegar.

Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“La literatura es mi amiga más íntima”

Entrevista con la escritora Marta Cecilia Cadavid Moreno

Por Ángel Galeano Higua

A su risa, a su voz, a su alegría hay que agregarle una virtud más: su mirada crítica. Sus ojos educados desde la niñez en los asuntos de la palabra, caen justo donde hay un error en un texto, una inconsistencia, una falta de ortografía. Como si sus ojos tuviesen plena autonomía, don propio de los lectores formados en una larga y continua búsqueda de la perfección. La primera vez que vi a Marta Cecilia Cadavid fue durante una reunión del taller literario de Yurupary hace varios años. Luego, para mi sorpresa, se inscribió en el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo que sesionaba en el segundo piso de la Biblioteca Pública Piloto. Allí fue donde constaté lo incisivo de sus ojos lectores cuando diseccionábamos los ejercicios escritos de los participantes.

La tradición literaria se enriquece cuando los lectores son capaces de detenerse y rumiar cada frase, masticarla como si tuviéramos cuatro estómagos por los cuales deben transitar las palabras para su digestión. Algo nerudiana es Marta Cecilia, cuando al decir del gran poeta chileno sobre las palabras: “Las agarro al vuelo cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… … Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo…”. Ni más ni menos.

Este olfato especial no se puede enseñar. Se aprende en una única y solitaria aventura de toda la vida. Formar lectores no es una tarea por horas que se pueda transmitir en una clase o un taller o mediante un manual. Hace parte del talento. Los cambios profundos se cuecen de dentro hacia afuera. Nacen en el mundo interior de cada uno, de allí brotan con fuerza demoledora y pueden encumbrarse hasta descubrir la gran verdad de que “leer y escribir es lo mismo”. Aprendizajes trascendentales como este, son los que enriquecen a un grupo. Y si esa lectora es alegre, ríe, canta y hasta habla sola, como Marta Cecilia, pues mucho mejor. Aquí un breve perfil de ella.

 

Marta Cecilia Cadavid Moreno (leyendo El Quijote en una sesión del Grupo): “Cuando empecé a trabajar estaba en un salón con otros compañeros y como yo hablo sola, cada rato pensaban que les hablaba a ellos y se burlaban de mí. Al cabo de un tiempo, muchos hacían lo mismo. En casa me regaño, me alabo, me cuento chistes, suelto carcajadas porque dije algo que después sonó fuera de tono, hablo con las plantas, les doy besos y por supuesto, le cuento muchas cosas a Ámbar, mi nueva cachorra shih tzú. En una de esas conversaciones, alguna voz sale por ahí y me dice que estoy rayada…”. (Foto archivo)

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Mi gracia es mi sonrisa y mi alegría, que a veces se desborda y rompo en sonoras carcajadas. Desde pequeña me ha encantado el humor, y como crecí en medio de adultos, escuchaba los chistes y los repetía, aún sin entenderlos. Claro que también tengo otra gracia y es mi voz, porque canto bien, mis amigas me lo han confirmado muchas veces y me agradecen cuando las felicito en su cumpleaños cantándoles por teléfono Las mañanitas de madrugada. Y es que mi mamá cantaba zarzuelas, operetas y tangos. Inclusive me contó que cuando Carlos Gardel murió, ella con dos amigos fueron a la tumba a cantarle sus amados tangos. Entonces, en cierta ocasión al escucharme cantar, me dijo: qué desentonada estás, te voy a enseñar a cantar. Y así fue como aprendí a cantar Granada, Musmé y otras más. Ya en mi adolescencia, me encantaba la música colombiana y cantaba las canciones de Obdulio y Julián, El dueto de Antaño y muchas más. Todo tipo de música: boleros, rancheras, baladas.

En este libro de relatos del río, que mereció el Premio Vigías del Patrimonio de Medellín, se incluye Detrás de la máscara, texto escrito por Marta Cecilia Cadavid.

P. ¿Y tu desgracia?
R. Creo que mi desgracia tiene que ver con un órgano que es muy inquieto. Hablo de más y a veces en momentos inapropiados, debido tal vez a mi carácter impulsivo que se deja llevar por las emociones. Aunque adoro mi aspecto emocional y es importante la sensibilidad, en muchas ocasiones es necesario un control oportuno. Llevo algunos años intentando controlarme, algo he avanzado, pero no lo suficiente.

P. ¿Consideras que has avanzado como lectora, como escritora?
R. Definitivamente sí, en ambos casos. Leo desde muy pequeña porque viví parte de mi niñez en casa de abuelos y con una tía maestra, que tenía una extensa biblioteca y en medio de viejos, lo que llenaba mis días además del estudio, eran los libros. Pero esas lecturas lo que me dieron fue un amplio vocabulario y algunas alegrías e inquietudes. Después en el taller de la Piloto, ahondé un poco más debido a los comentarios y análisis que se realizaban allí y más tarde en el grupo Voz de Nosotras fui adquiriendo un mayor volumen de lecturas de clásicos que sumaron en el proceso. Sin embargo, la lectura emprendida a la luz de las pautas recibidas en el grupo El Aprendiz de Brujo direccionaron mi atención de manera valiosa, al tiempo que me mostraron nuevas ventanas hacia la asimilación y estudio de las obras más importantes de la literatura, rompiendo esquemas y academicismos. Por ende, al tener la bolsa más llena, la escritura alcanzó un mayor nivel.

P. ¿En qué sentido avanzas o en qué sentido retrocedes?
R. Yo creo que no se retrocede, para mí el camino es hacia adelante y las situaciones que normalmente se toman como un retroceso porque son equivocaciones, son las oportunidades para elevarnos, para crecer. El camino, como te decía, es hacia adelante y hacia arriba y tiene subidas y bajadas. Pero la última bajada está siempre más alta que la cima anterior.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras una aprendiz?
R. Pues fíjate que siempre he sido una enamorada de lo nuevo, muy inquieta, me gusta mucho preguntar y me siento como una esponja lista para absorber todo lo que pueda. Pero me sentí realmente una aprendiz, en El Aprendiz de Brujo, porque debido a su nombre, me inquieté y asumí esa posición de miembro del grupo como una verdadera aprendiz. Sentí que cada vez que escuchaba las palabras tuyas respecto a algún tema específico, eran como golosinas para mí y anotaba creo que hasta tus respiros. Mis cuadernos de notas dan cuenta de ello. Por eso digo en algún lado que me considero una aprendiz de la literatura y de la vida.

P. Hay cierta predilección en tus publicaciones por los textos cortos. ¿Qué piensas de ello?
R. Es cierto, tal vez es porque apenas me estoy sintiendo con la seguridad suficiente para escribir una narración de largo aliento, aunque entiendo que el cuento es valioso en literatura e incluso más difícil, ya hemos escuchado que en literatura el cuento gana por nocaut. Yo creo que todo tiene su momento y vamos caminando hacia la realización de nuestros objetivos.

Relatos de una Aprendiz, “el hermoso viaje que emprendí en el proceso de diagramar los textos que ya habían pasado por varios filtros de revisión, buscar el papel, cortarlo, hacer la carátula, revisar los colores, llevarla a imprimir, refilar, grafar, todos esos pasos que involucran la edición e impresión de un libro que muchas personas no conocen y enriquecen el arte de escribir”.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer texto publicado. ¿Cuál fue? ¿Cómo brotó?
R. Mi primera publicación fue en el año 2012, en una antología con Voz de Nosotras, un grupo de siete mujeres que asistimos al taller de la Biblioteca Piloto. Allí publiqué ocho cuentos y uno de ellos El carnicero, su mujer y su amante, surgió a raíz de un ejercicio que hicimos en el taller del grupo, que consistió en escribir cada una de las talleristas un cuento con ese título específico. Y la anécdota es que, cuando uno tiene algo para escribir, rondan en la cabeza en todo momento, no importa dónde estés, los personajes, las situaciones. Pues yo necesitaba darle un toque especial al cuento que ya lo tenía más o menos armado en la mente, pero cuando iba manejando para la casa, se me ocurrió el final perfecto.
La señora creía que el carnicero tenía una amante porque se quedaba una noche cada semana en la carnicería y cuando fue a escondidas a verificar su traición, angustiada porque veía como se cambiaba su traje lleno de sangre por un smoking, servía vino, etc., ¡vio que era para sentarse a escuchar el nocturno de Borodin!

P. ¿Y del último?
R. El último texto publicado fue un libro que edité e imprimí a través de un amigo, pero no con el propósito de publicarlo, si no de dejar para mis nietos un recuerdo de varios textos que había estado recopilando a lo largo de los años, de los cuales presenté algunos en el taller para trabajarlos. Lo titulé Relatos de una Aprendiz. Entonces la emoción no fue por cómo salió ese último relato, sino por el hermoso viaje que emprendí en el proceso de diagramar los textos que ya habían pasado por varios filtros de revisión, buscar el papel, cortarlo, hacer la carátula, revisar los colores, llevarla a imprimir, refilar, grafar, todos esos pasos que involucran la edición e impresión de un libro que muchas personas no conocen y enriquecen el arte de escribir. Y ese viaje lo hice con mi amigo y compañero de letras Jaime García y con el apoyo generoso de mi compañera Nubia Amparo Mesa.

Hay un personaje que quiere que lo cuente, pero todavía no ha cuajado

P. ¿Cuál de tus textos te ha exigido más trabajo? ¿Por qué? ¿Cómo lo superaste?
R. Uno de los que más trabajé fue Planes de Vida, porque es una historia de una bruja y manejar ese tema de tal forma que el lector se crea ese miedo que siente Oliverio porque la mujer muerta lo sigue acosando por el correo electrónico, no es fácil. Pero todo es un aprendizaje y creo que mejoró mucho al leerlo muchas veces, revisar las incongruencias y buscar las palabras más adecuadas para transmitir las situaciones.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Sí, hace unos meses que estoy con un personaje en la mente que quiere que lo cuente, pero todavía no ha ‘cuajado’. Muchos escritos se basan en situaciones de la vida real, y este es uno de esos casos. Espero concretarlo en un tiempo corto. Tiene relación con Sísifo y su piedra.

P. ¿Huyes de algún tema en particular?
R. A través de lo que he aprendido y leído, me he dado cuenta de que muchas de las grandes obras o las que impactan más al lector, son las que tienen un trasfondo autobiográfico, porque como son vivencias propias, el escritor tiene contacto directo con las emociones, entorno y demás personajes. Yo ya he recorrido un buen trecho de mi vida y tengo muchas vivencias que podría reunir en un libro, pero no me atrevo porque siento que sería como desnudarme ante los demás.

Des-encuentro es el título del relato que Marta Cecilia Cadavid escribió para este libro del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

P. Si tuvieras que viajar hasta La Patagonia y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías? ¿Por qué?
R. Bueno, escogiste el peor lugar para mí, porque cada vez que veo la belleza de los glaciares me estremezco de terror. No me gusta el invierno y menos los hielos perpetuos. Tal vez Un encuentro casual, porque me trae recuerdos de Tolstoi y a través de él de Rusia, un país que me atrae poderosamente y de pronto podría fantasear y escribir sobre los majiares, los cosacos y tantas historias de esas taigas tan duras para la vida.

P. Para evitar que te condenen a vigilar día y noche, durante seis meses, un gigantesco árbol de mangos maduros frente a un colegio si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías? ¿Por qué?
R. Qué hipótesis tan simpática. Te responderé de igual forma. Destruiría el texto que aún no escribo, porque lo escrito, escrito está. Ya nació, y aunque destruyan el texto físico, las palabras continúan su deambular de boca en boca.

P. ¿Cómo consideras tu relación con la literatura?
R. Creo que la literatura es mi amiga más íntima, mi soporte, mi salvación. En muchas oportunidades ha sido el canal de desfogue de tristezas, angustias y también para exorcizar mis demonios internos.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?
R. Sí, más de un año estuve ausente de las sesiones y sentí el vacío al no poder compartir con los compañeros, aunque los correos que siempre me enviaste eran como la llama encendida para que no se apagara el fuego del deseo de escribir y aprender. Ahora que pude unirme al Grupo que se reúne los sábados en Otraparte, estoy muy contenta.

Durante un evento de presentación del libro de cuentos de Nubia A. Mesa, en el salón de Otraparte.

P. Te piden como pasaporte al paraíso terrenal que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. Pues, al parecer tengo un vestido con muchos botones y da mucha lidia desabotonarlos todos, pero tal vez alcance a quitarme dos o tres diciendo que suelo hablar sola todo el tiempo. Cuando empecé a trabajar en Cocacola, estaba en un salón con otros compañeros y como yo hablo sola, cada rato pensaban que les hablaba a ellos y se burlaban de mí. Al cabo de un tiempo, muchos hacían lo mismo. En casa me regaño, me alabo, me cuento chistes, suelto carcajadas porque dije algo que después sonó fuera de tono, hablo con las plantas, les doy besos y por supuesto, le cuento muchas cosas a Ámbar mi nueva cachorra shih tzú. En una de esas conversaciones, alguna voz sale por ahí y me dice que estoy rayada… ¡ja, ja, ja!

 


P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario? 
R. Muy importante. Desde el momento en que en el grupo hablaste del diario literario quedé muy inquieta, pero me costó algunos meses adoptar el hábito de escribir si no todos los días, al menos dos o tres veces en la semana. Y así fui volviéndome adicta al diario, porque me convirtió en una verdadera observadora de los detalles, de los rostros, de las situaciones de las que yo participaba o era testigo, y esa disciplina me fue aflojando los dedos, y abrió la canilla de palabras que empezaron a brotar de una forma fluida y alegre. Recuerdo que alguna vez retomé mi primer libro del diario y volví a leer algunos apuntes que ya había olvidado y me demostraron el valor de la técnica. Es un verdadero tesoro, porque lo que allí se consigna no tiene pretensiones de publicación y sale sincero y emotivo. Uno de los apuntes que allí había consignado, lo tomé para publicarlo en un libro de poemas que estoy preparando.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
R. Con mucho gusto te los transcribo a continuación.

15/03/14.
La lucha del alma es fuerte, desfallece por momentos, camina por el delgado hilo de la cordura y la locura. ¡Son tantas las voces que claman su protagonismo! Pero allí está la mujer: hecha jirones, la cara transfigurada por los surcos dejados por la vida o por las vidas, arrastrando los pies como si cargara cadenas de plomo, mutilada por una guerra eterna, los ojos como cuevas del tiempo que albergan apagados soles. Ella sigue su marcha, aunque al final del camino, solo llegue una leve llama.

5/06/|14.
El silencio me rodea para llenarme de voces internas que conversan, aunque yo no quiera. Un leve vientecillo veranero se filtra por las persianas verticales de la sala. Suave, tímido, que por momentos se acrecienta y desplaza una o dos de las persianas, como si levantara la falda del salón. Desde uno de los taburetes del comedor observo a mi alrededor, veo armonía y belleza. Percibo la vida latente en las plantas que habitan mi casa. Predomina el verde clorofílico, pero tres plantas de la misma familia que he sembrado juntas en una maceta, ostentan una mezcla de rojo sangre y verde claro. Con frecuencia al pasar por su lado, las beso y les doy las gracias por compartir su belleza conmigo. En medio de este silencio percibo aún más el zumbido de mis oídos que hace tiempo experimento y que al parecer ya me acompañará siempre. He cerrado las persianas para dar un poco de penumbra al salón y equilibrar la brillantez solar del exterior, de modo que el ventanal asemeja un muro rosa. Sería maravilloso poder lograr esas transformaciones en otros aspectos de la vida, con simplemente mover un cordel.

10/06/14.
Otra vez me acompaña el silencio, ha pasado una hora desde que el sol llegó a su cenit, pero la luminaria está enseñoreada en estos días y muy generosa esparciendo sus rayos cálidos, muy cálidos y esplendorosos. El viento impetuoso de verano se solaza en las hojas de las palmas que hacen guardia continua en la terraza. No hay ruidos estrepitosos ni música, ni voces. Un poco en la distancia, uno que otro pito de auto, o el sonido rítmico de un motor que se estremece al desplazar la carcasa de un auto ayudado por cuatro llantas, un volante y un conductor a veces apurado.
Los ojos se dirigen a un pequeño cuadro en la pared frente a mí con marco dorado. Es una pintura de un mar embravecido con dos goletas que no se amedrentan, ya están acostumbradas a navegar por los mares en tiempos difíciles, sus velas izadas enfilan orgullosas hacia el norte. El mar, ¡oh! mar de abajo y mar de arriba, gaseoso y sutil el último, ¿cuántos caminos no conocidos ocultan?
Y en el despertar, cuando en realidad veamos la luz, cuando el sueño sea la realidad y la realidad sea solo un sueño, ¿a quién soñaremos?

24/06.
Elegía en azul. Gris claro en el buche y el pecho y las alas de un azul cielo. El pico cerrado y los ojos también. Dejó el aire por la tierra, quizás en un vuelo contra un ventanal, o porque su corazón cansado latió por última vez.
A unos cuantos vuelos de distancia, una pajarita presentiría su partida y entonaría una doliente canción. Yo quiero pensar que este pajarillo era un solitario viajero que soñó con volar hacia un azul profundo y en su viaje a lo desconocido, al aquietar sus alas, encontró la paz.

 

Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“Qué bueno una sociedad sin dinero”

Entrevista con el escritor Álvaro Jiménez Guzmán

Por Ángel Galeano Higua

Escribía columnas en el periódico El Mundo de Medellín y allí fue donde lo leí por primera vez. Se le notaba esa llama emprendedora encendida desde su juventud cuando coincidimos en alguna reunión y se interesó por EL PEQUEÑO PERIÓDICO. Lo invité y sin dudar se involucró. Adquirió un compromiso a fondo y no sólo escribió sesudas columnas sobre la situación económica, social y política del país, sino que comprendió que para elevar el nivel de sus artículos era menester escribirlos con finura. Los que lo conocemos somos testigos de su fe y entusiasmo inquebrantable por aportar su energía a las causas justas. Rebelde en su juventud, ha dejado esa impronta en la mayoría de sus textos.

Como le sucede a muchos que desean escribir literatura, pero su mundo académico ha estado centrado en otras profesiones “exactas”, Álvaro Jiménez ha dedicado mucho tiempo para quitarse de la mente los esquemas técnicos, sus lenguajes pre-establecidos tendientes a demostrar una ley determinada o confirmar un postulado. En literatura no funciona así. Se trata de una liberación de la mente mediante la vida y las palabras. La herramienta principal es la imaginación y no los manuales. Al cabo de los años su persistencia le ha otorgado el beneficio del atrevimiento.

Tiene en su haber varios libros y una experiencia de vida de la cual extrae recuerdos como tesoros para sus escritos. Como dice en esta entrevista, la infancia lo marcó y recibió de sus padres el legado de la generosidad, la humildad y la solidaridad. Sus cuentos se alimentan de duras faenas, sueños enfrentados, personajes poderosos que cabalgan sobre el lomo de otros seres humanos a quienes esquilman y desprecian. Su literatura es una constante lucha, tanto en su elaboración como en las tramas. Su estilo va precisándose, y el asombro y la observación le guían en las búsquedas. Su disciplina es conmovedora, tiene el privilegio de la testarudez creadora. Ahora, gozando de su estado de jubilado de ISAGEN, reparte el tiempo entre su familia y la literatura. Es un lector que escudriña y busca y vuelve a escudriñar, con el hambre insaciable del aprendiz. En este sentido, no ha dejado de ser joven, aunque los años le hacen guiños de vez en cuando, él los aprovecha como material para sus historias.

Álvaro Jiménez Guzmán

Álvaro Jiménez Guzmán. “En mis primeras andanzas juveniles, de parrandas y tragos y novias, con amigos o parientes, ocurría que me pasaba de copas, me enlagunaba y no era capaz de controlarme en la euforia del momento. Un primo, conocedor de esta debilidad, inventó un día que me había orinado en el parque de Cereté, delante de la gente cuando salía de misa, después de la fiesta en un matrimonio. Creyendo en esta versión, duré una semana sin salir a la calle, avergonzado por semejante “desliz”. Estas eran mis desabrochadas, incluyendo amanecidas bailando con bellas chicas al son de los Corraleros de Majagual en la Avenida del Río de Montería, en las ferias de la ganadería de mediados de año, y tirándonos maizena. Por fortuna “Eva no ha muerto aún”. (foto archivo)

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Mis gracias son varias, y no hacen parte de los “dones sobrenaturales” concedidos por Dios para elevarme como criatura racional. Son terrenales. Me las ha concedido la lucha por la vida. Por ejemplo, el desapego por el dinero, factor por el que se originan guerras y trágicas disputas. Lo aprendí de la resignación y humildad de mi madre ante sus solitarios avatares por darnos un lugar digno en este mundo. Tal convicción me llevó a ser proclive a la utopía socialista en mi temprana juventud. Cuando me hablaron de que era posible una sociedad sin dinero, y lo verifiqué en la teoría, creí que las enfermedades sociales que trajo el capitalismo desaparecerían como por encanto. Mi generosidad se fundamenta en esta creencia, pero no soy limosnero porque con esta postura no se erradica la pobreza material. Derivado de este contexto, está la disciplina que me condujo toda la vida a ser impaciente cuando las situaciones que sorteo no me salen como deseo que salgan. He tenido que crecer en este aspecto, pero no del todo, con el riesgo de que me tilden de “cara de puño”. Como dice el viejo proverbio: “Nadie ve al viento, sino su efecto”.

Casa de la Cultura de Cereté, Córdoba

P. ¿Cómo es que un economista decide escribir literatura?
R. Antes que pensar en la economía como profesión, por iniciativa de profesores de español en el Colegio Nacional “José María Córdova”, de Cereté, donde estudiaba bachillerato, una de las tareas era escribir en un periódico mural. Era una cartelera especial donde los estudiantes publicábamos nuestros manuscritos. Llevado por mi disciplina, escribía breves relatos, u opiniones sobre cualquier tema de interés local. Un hermano medio mayor me retó a que escribiera un artículo en su periódico Cumbre, de periodicidad mensual, que él dirigía en Montería, cuando yo apenas cursaba primero de bachillerato. Me dio miedo semejante propuesta. Varias semanas después aparecí con un tema sobre la caracterización de mi colegio, y que publicó. De aquí provino mi interés de hacer un curso de periodismo por correspondencia cuando cursaba segundo de bachillerato.

Luego fundé el periódico cívico La Nueva Bagatela, en compañía de otros estudiantes del colegio. Censurado el periódico por la diatriba confesional desde el púlpito en plena misa por el párroco de Cereté, no hubo otra alternativa que refugiarme en la frustración y los libros. Tuve que conformarme por algún tiempo con el “tedio de la parroquia”, al decir del poeta Luis Carlos López, donde “La población parece abandonada” y sin “una sola ilusión inesperada”. Buscar en un provincianismo pacato las causas de este fenómeno de prohibición de la libertad de expresión, me condujo al camino sociopolítico. Y en medio de la atmósfera revolucionaria de la época, me llamó la atención la importancia de la economía para cualquier sociedad. En Nikitin encontré los primeros elementos que cifraban en la infraestructura económica la base del desarrollo de una sociedad, a través de la planificación estatal centralizada. Base de la superestructura social en la concepción hegeliana del marxismo-leninismo. Pero cuando estudié economía con la ilusión de que como disciplina del pensamiento podrían solucionarse los complejos problemas de la sociedad, me di cuenta de que es importante como herramienta técnica pero nunca la panacea para resolverlos. El enfoque profesional es técnico, pero no para erradicar, en general, los obstáculos del desarrollo de los pueblos, que tienen su asidero en concepciones filosóficas y políticas de Estado.

Álvaro Jiménez Guzmán escribió su columna Grito en los pretiles en El Pequeño Periódico durante varios años. La Fundación Arte & Ciencia publicó un libro antológico de dichos escritos (Foto archivo)

Más tarde, al finalizar los estudios de economía, seguí con la inquietud de escribir sobre temas económicos, ya como miembro de la Sociedad Antioqueña de Economistas, o como columnista de algunos medios de comunicación. Cuando me pensioné, imbuido hasta los tuétanos por la literatura económica, busqué al director de El Pequeño periódico”, Ángel Galeano Higua, a quien había conocido en las lides políticas de izquierda, y me abrió las páginas de su periódico y me propuso vincularme a su propuesta de Taller Literario, luego de haber asistido a sus sesiones literarias en Comfama. La primera dificultad que tuve que sortear fue superar el lenguaje de mi formación de economista, que se reflejaba en mis textos literarios. Aunque era lector de literatura, no era mi frente como estudioso. Lo primero que hice fue leer solo obras literarias y descartar la literatura económica. Lo aprendí no solo por la experiencia en el taller, sino también al leer una entrevista que le hicieron a García Márquez después de que escribiera su obra maestra. Le preguntaron qué leía en el momento, y dijo que cuentos infantiles, para poder desembarazarse del lenguaje de Cien años de soledad. Si eso lo hacía él, con suprema razón debía hacerlo yo, un simple aprendiz de escritor en tiempos de madurez.

P. ¿Consideras que has avanzado o has retrocedido en ese nuevo mundo de las letras?
R. Haber tenido el atrevimiento de publicar tres libros de mi propia autoría, uno de crónicas y dos de cuentos, más cinco como coautor de libros de cuentos, me indican que he avanzado. Las dificultades en la creación literaria son grandes, mas no imposibles. Suelo acompañarme del escritor uruguayo Mario Benedetti cuando dice: “No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento. Aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños, porque cada día es un comienzo nuevo, porque esta es la hora y el mejor momento”.

Lo conforman 26 crónicas, entre los que se resalta Y ardió Raúl, una evocación del poeta Raúl Gómez Jattin también oriundo de Cereté, de quien Álvaro Jiménez fue su amigo de infancia. Diseño de portada Saúl Álvarez Lara.

P. ¿Cuándo comprendiste que podrías convertirte en un aprendiz de escritor y de lector?
R. En mi alma siempre ha flameado la llama por leer y contar historias, empezando por contar los episodios familiares y sociales que me han rodeado. No otra cosa alberga el espíritu de comunicar para expresar lo que hierve en nuestra conciencia social. En parte ya lo he explicado a propósito de mi afición como empírico periodista cívico y de mural de colegio, y después como economista. Pero luego de la tenaz lucha por la subsistencia, aparejada con la madurez, el panorama para esta comprensión se amplía y consolida. Con la disciplina de leer casi todo lo que ha caído en mis manos, también me he guiado por la divisa expresada por el escritor francés Daniel Pennac: “La lectura nos abstrae del mundo para hallarle un sentido”. En la creación literaria no solo se aprende a ver, también a observar. Bien lo advertía el escritor ruso León Tolstoi: “Hay quien cruza el bosque y solo ve leña para el fuego”.

P. Tus textos publicados hasta el momento no son de largo aliento, más bien cuentos, relatos. ¿Qué piensas de ello?
R. Me he trazado una metodología, por así decirlo, de avanzar peldaño por peldaño. La modestia en el terreno del arte así me lo ha hecho entender. Primero se construye una enramada, luego una casa y, si es posible, un edificio con varios pisos. Mis primeras intenciones se asocian a noticias, crónicas, editoriales, columnas de opinión, breves ensayos y relatos. Para dar el paso a cuentos, que me parecen difíciles, no solo al concebirlos sino de escribirlos. Aunque son creación de corto aliento en su extensión, son de largo aliento en su dimensión temporal: a veces he durado varios años trabajándolos y, sin embargo, al final quedan baches en su forma o estructura. Pero la constancia en sacar adelante una obra literaria de calidad se traduce en satisfacción personal porque el lector merece respeto. En la actualidad estoy próximo a publicar un libro de cuentos de navidad, y en una aventura mayor, de largo aliento: escribo una novela que intenté escribirla varias veces. Solo ahora le he hallado la estructura, el tono y la forma.

P. ¿Cuál fue tu primer texto publicado y cómo viviste esa experiencia?
R. Mi primer texto literario fue publicado en el periódico Raíces cuando finalizaba mi carrera de economía. Resultado de un concurso de cuentos y poesía que se realizó en el marco de un carnaval de Riosucio, Caldas. El primer puesto lo gané con el cuento Las bestias del infierno. Era la primera vez que escribía un cuento y tuve esta satisfacción.

P. ¿Y el último?
R Los tress últimos, contenidos en mi libro de cuentos publicado este año: La llegada del Chiminigagua, Colección El Aprendiz de Brujo, conformado por tres títulos: En pública subasta, En la ciudad no hay bosques y La llegada del Chiminigagua, que le da el título al libro. Este cuento, que invoca el dios de la luz de los muiscas, lo escribí el año pasado como un homenaje a ISA en sus cincuenta años, por haber construido la primera gran central hidroeléctrica del país, y la tercera en el mundo, a la sazón, donde se articula leyenda con realidad técnica, en una época en la que el desarrollo de la infraestructura tecnológica era incipiente y muchas regiones sufrían el flagelo de la oscuridad en un país en vías de desarrollo.

Este libro incluye su crónica Los dolores del río. El diseño de la portada es de Saúl Álvarez Lara

P. ¿Cuál de tus textos te ha costado más trabajo? ¿Por qué? ¿Cómo las superaste?
R. El texto literario en el que más me demoré se titula Favor tocar el timbre, que ganó el segundo premio del Primer Concurso de Cuento y Poesía convocado por la Asociación de Pensionados de la Caja Agraria, Asoagro, en septiembre del 2006. Todavía no existía el Taller Literario El Aprendiz de Brujo, donde los textos avanzan porque las críticas de sus miembros los cualifican. Me correspondió una lucha solitaria de revisión constante por varios años. La mejor prueba de que lo dejé a punto estuvo en su premiación. Lo curioso de esta incursión literaria es que Ángel Galeano, en ese momento director de “El Pequeño Periódico” y en el que yo participaba, sin que ninguno de los dos lo supiera, porque uno concursa bajo seudónimo, le correspondió como miembro del jurado del concurso premiar mi cuento. Me cercioré por la firma del acta. Este cuento se publicó en la revista Asopen a propósito de los 10 años de la Asociación de Pensionados, en el 2006. Del Acta del Jurado: “El Segundo Puesto para Favor tocar el timbre, firmado por El Comunero, por la fluidez de su historia y el deseo de recrear la ciudad desde un ángulo diferente, es una buena muestra de la narrativa urbana”.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Me persigue ahora el tema de la novela que estoy escribiendo, para el que me ha exigido leer otros libros. Crear nuevos universos en el arte literario se asimila a la inventiva de la ciencia. Por eso en la vieja sabiduría de Abisinia se afirma que “La simpleza de la ciencia es tan grande como una montaña”.

P. Si tuvieras que viajar a la selva y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías? ¿Por qué?
R. Me llevaría Una danza contra el viento. En parte del prólogo de este libro planteo aspectos como éste:

En esta colección de cuentos, Álvaro Jiménez muestra su predilección por los Epígrafes, cuya selección armoniza con las historias narradas.

“Hemos trasegado por la selva del horror, y aun padecemos la herencia perversa de aquel destino fatal de Arturo Cova, protagonista de La vorágine, quien sentenciara: ´Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia´”. Lo tendría como un conjuro contra quienes han vagado por nuestras selvas convertidos no solo en monstruos que se alimentan de carne humana, sino también en sus depredadores, irrespetando su primitivo origen, anterior al hombre. Esta verdad incontrovertible –violencia absurda– es contraria a la razón, según un viejo proverbio chino. Si los espejos de nuestras propias convulsiones no nos conmueven estaremos condenados al eterno clamor de una paz que nunca llega.

P. Para evitar que te condenen a limpiar durante 10 años el túnel de La Quiebra si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías? ¿Por qué?
R. No destruiría ningún texto porque todos ellos, así sea el de menor calidad, han forjado lo que hoy representa mi modesta literatura. Sería como condenar a un hijo a la muerte porque nació enfermo. Limpiaría el túnel de La Quiebra diez años o más, incluso bajo la consideración de que esos diez años de condena me reportarían otro rico expediente para convertirlo en novela. La literatura nace de la aventura de la vida. Gran parte de mis cuentos son construcción con base en aventuras. Por ejemplo, el cuento Los escrúpulos no dan de comer, de la colección Una danza contra el viento, comienza así: “En un barranco protegido por un árbol de ramas precarias y conchas muertas, a orillas de un río maloliente, Tiberio descansa por momentos. Llegó de San Clemente, una región que ha vivido de la minería informal. Sus padres, muy ancianos, dependían de su bateo o “lavadero de pobres”. Un grupo armado indeterminado se asentó en los alrededores de aquel lugar. Y se fue apropiando, con amenazas soterradas, de la explotación minera. Cuando los más jóvenes se percataron que se trataba de guerrilleros que también reclutaban, huyeron despavoridos. Tiberio casi cae en sus garras. Como no quiso engrosar su máquina de guerra, se escabulló una noche en medio de un aguacero hacia donde vivían unos parientes, cerca del río Porce. Allí también raspan la superficie de su cauce: lavan la tierra para extraer ´la puta común de todo el género humano´”. Este cuento, como en la vida de cualquier colombiano sin fortuna, es una aventura. Lo encabeza un viejo proverbio de Brasil: “Quien es un verdadero hombre, saca el pan hasta de la misma piedra”.

Durante el conversatorio en la Fiesta del Libro, a propósito de haber obtenido la Beca de Vigías del Patrimonio por el trabajo del Grupo Literario sobre el tema del río Aburrá.

P. Como economista cómo consideras la relación con la literatura.
R. Mi formación como economista no ha sido óbice para relacionarme con el universo literario. La ha facilitado porque la disciplina por la lectura ha cumplido su papel. La economía es una ciencia. El arte literario, también lo es. Se complementan. La diferencia está en su lenguaje. Y esta visión permite bucear los fenómenos económicos subyacentes en las obras literarias. Lo podemos observar en La vorágine, en la que José Eustasio Rivera denuncia la explotación de los caucheros colombianos por el monopolio de la casa Arana, por ejemplo. Tanto aborígenes como campesinos esclavizados no tienen derecho siquiera a morirse porque siempre están hipotecados por sus deudas. Es un fenómeno económico para analizar en esta portentosa obra.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?

Álvaro Jiménez ha participado como miembro del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, en diversas actividades realizadas en colegios urbanos y rurales. Aquí en la celebración del Día del Idioma. (Foto archivo)

R.  Asisto al Taller El Aprendiz de Brujo porque, al haber participado en su creación, he avanzado. Se destaca la producción literaria de sus miembros y se nos critica con altura y respeto. Constituye una satisfacción no ser objetodel tufillo de la burla propio de espíritus mediocres, pero que se creen superiores en materia de arte. En esta experiencia podemos decir que cuando se seduce el corazón con tacto, el cuerpo queda esclavo.

P. Te piden como pasaporte al paraíso que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. En mis primeras andanzas juveniles, de parrandas y tragos y novias, con amigos o parientes, ocurría que me pasaba de copas, me enlagunaba y no era capaz de controlarme en la euforia del momento. Un primo, conocedor de esta debilidad, inventó un día que me había orinado en el parque de Cereté, delante de la gente cuando salía de misa, después de la fiesta en un matrimonio. Creyendo en esta versión, duré una semana sin salir a la calle, avergonzado por semejante “desliz”. Estas eran mis desabrochadas, incluyendo amanecidas bailando con bellas chicas al son de los Corraleros de Majagual en la Avenida del Río de Montería, en las ferias de la ganadería de mediados de año, y tirándonos maizena. Por fortuna “Eva no ha muerto aún”.


P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario? (algo de historia de tu experiencia)
R. Nunca tuve la costumbre de llevar un diario. Esta práctica de hoy es obra del Taller Literario. Qué tan importante hubiera sido llevar un diario desde la juventud para luego saquearlo y ayudar a construir nuestra obra literaria. La memoria es incapaz de albergar todo lo que ocurre en nuestra existencia. Grandes obras de la literatura universal han surgido de diarios meticulosos. Por ejemplo, El Diario de Ana Frank, donde cuenta, de manera muy personal e íntima, los más de dos años que ella, su familia y otros judíos, estuvieron en un pequeño anexo de Ámsterdam para evitar caer en manos del ejército nazi. Confieso que no soy disciplinado para esta tarea, pero hago el esfuerzo.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario? (Envíame unas 2 o 3 fotografías de las páginas de tu diario)
R.  Sí, por supuesto.

Febrero 3 del 2010
“Después de que descendiera del piso 12 de la Gobernación de Antioquia, donde funcionarios de los sectores público y privado hablaran de las Pymes de Urabá, me sorprendió la manera original en que un indigente pedía limosna: mientras estaba sentado en el piso rascándose su barba hirsuta, recostado contra un muro que limitaba el sendero por donde transita el público que viene de la Alpujarra hacia la calle Carabobo, al lado de un abultado y mugriento saco de fique, su equipaje de calle, un perro grande, negro y de manchas anaranjadas en la cabeza, le pedía limosna en un baldecito de plástico que le colgaba del cuello. El perro conocía su labor: alzaba humilde su testa, pero diligente, hacia los transeúntes, bamboleando el recipiente para que lo vieran y le echaran las monedas pertinentes. Alguno que otro peatón se detenía con curiosidad a observar la labor del perro pordiosero. No es un animal chandoso. Tiene el glamour imposible de ver en el sucio indigente que lo utiliza”.

Marzo 22 del 2010
“A la vera del sendero peatonal del complejo de cabañas Los Almendros, ´María Mulata´ se encarama en el borde de una cesta de basura. Picotea, saca papeles sucios, los tira al suelo, donde se derraman los desperdicios de alimentos, traga vigilando con sus ojos de perla, y cuando alguien se acerca desprevenido por el sendero de cemento, vuela a los palmares de la playa chillando frenéticamente. Y cuando está tranquila combina su chillido con un gorjeo grave, de bajo musical, al vaivén del viento y el rítmico rumor de las olas del mar”.

Marzo 6 del 2010
“Allí está otra vez sentado en la banca. Parece una estatua. No saluda ni modula palabra alguna. Tiene cara de amargado. Es un anciano triste. Solo se mueve cuando cambia de posición su bastón. ¿Cómo hará para estar allí mirando de largo, solo viendo pasar los carros, la gente y las horas del día? Cuando no lo volvamos a ver es porque, tal vez, ya se haya muerto”.


 

Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“Las palabras son un estorbo”

Entrevista con la escritor Leandro Alberto Vásquez Sánchez

Por Ángel Galeano Higua

Conocí a Leandro cuando terminaba su secundaria. Muchacho callado y atento. Su padre me lo presentó en alguno de esos eventos literarios que hacíamos en los colegios, porque sospechaba que su hijo tenía cierta inclinación por la lectura y la escritura. No se equivocó. Desde entonces, hace más de 13 años, Leandro no ha dejado de sorprenderme por su capacidad creadora, esa silenciosa y profunda escucha que lo caracteriza y, sobre todo, la delicada filigrana con que teje sus escritos. Soy testigo de su crecimiento descomunal con el ejercicio de las palabras. Estudió periodismo en la Universidad de Antioquia y como tal fue uno de los líderes de los Encuentros nacionales de TOMA LA PALABRA, experiencia única y maravillosa de una generación que se propuso reunir a jóvenes de todo el país a quienes les gustara leer y escribir. Lo hicieron durante 8 años y sembraron una semilla que algún día el país podrá conocer en su plenitud.

La estoica disciplina que ha construido para leer con lupa de mil aumentos las grandes obras, la devoción con que persigue las palabras y la meticulosidad con que las trata, así como esa vibración de la vida del barrio que lo jala y lo alimenta y lo embriaga, como el balón de fútbol con el cual gambeteó muchas veces, le han llenado su morral de sueños, única propiedad de la que se enorgullece. Su paciencia raya con la quietud, aparente sin duda, porque, como un cazador, es capaz de permanecer a la expectativa mucho tiempo hasta que suelta su zarpazo con un título, un personaje, un cuento, una crónica que nos electriza. Esta virtud, aunada a sus sorprendentes puntos de vista, lo delatan como un creador nato y demoledor. Es capaz de agazaparse en un cuento durante 13 años, para meterle los dientes cuando la historia ya no tiene escapatoria.

En esta entrevista hace gala de su versatilidad en el aprendizaje. Gambetea con las palabras no para lanzarlas fuera del campo de juego, sino para organizarlas en historias de personajes rudos e indómitos, que sufren y les duele la existencia. Que se buscan y se descubren en la fuerza telúrica de las montañas, en el fluir de los ríos y en los silenciosos y profundos bosques. Encuentros y desencuentros, desafíos, enfrentamientos pueriles y violentos. Y para ello las tiene que usar, las palabras, esas que a veces dicen lo que no quería decir. Leandro sabe que para las grandes verdades del corazón las palabras son estorbosas, y que al usarlas se corren muchos riesgos. En ese reto está el encanto, y eso él también lo sabe.

 

Leandro Alberto Vásquez Sánchez. “Nadie me invitó a la fiesta. Bebí, fumé y bailé. Fue una locura, no sé cuánto duró. Al final se llevaron las cosas de la casa y se marcharon. El último partió después de fumarse el cigarrillo final, lo único que quedaba. Me dijo que se iba para una fiesta mejor. Después de esperar durante años, llegó ella y me preguntó si aquí era la fiesta. Sí, siéntate y sírvete un trago, le dije. Luego de una hora en silencio, me preguntó: ¿a qué horas llegan los otros invitados? Ya se fueron, le contesté. Estás loco y esto es no es licor sino agua, se burló. Ya estoy muy embriagado para discutir, a tu trago lo único que le falta son unas gotas de imaginación, le respondí y ella se sirvió otro vaso”.

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Tengo varias: por ejemplo escribir o vivir sin dinero en los bolsillos. Pero sólo hablaré de la más útil: patear el balón con potencia. Mientras otros tienen que llegar al borde del área para chutar, yo puedo marcar un gol desde la mitad de la cancha de microfútbol. Lo que más disfruto es cuando voy a disparar y los jugadores saltan y los arqueros se agazapan de miedo para no ser golpeados por el balón. Infunden más respeto mis cañonazos que mi título de periodista. Me siento más poderoso cuando veo a alguien sobarse un muslo o la cara después de recibir un chute, que escribiendo una noticia. Soy un pésimo jugador y me enfrento con adversarios tan malos yo, así puedo disimular la falta de talento. Cuando era más joven, me preciaba de ser gambeteador, pero con el tiempo me hice pesado. Ahora son escasos los dribles, pero gané en efectividad. Pienso que algo parecido pasa con las historias que escribo: las florituras disminuyen, pero la contundencia es mayor, aunque no es porque con el tiempo el talento escasee, la verdad no sé si alguna vez existió. Tiene que ver más con la tendencia a adquirir un estilo menos pesado, más sencillo.

P. ¿Avanzas o retrocedes?
R. Camino hacía el pasado y recuerdo el futuro.

La condesa de Porroliso fue uno de los primeros escritos de Leandro publicados en EL PEQUEÑO PERIÓDICO y que apareció luego en el libro Perfil de Mujer, antología con motivo de los 30 años del periódico.

P. ¿En qué sentido?
R. La técnica narrativa es el patrimonio de los aprendices. Es imposible contar algo que represente un aporte a la literatura, así sea mínimo, sin conocer la tradición. En ese sentido la lectura es una vuelta al pasado, una forma de saquear a los creadores que nos antecedieron para rastrear los elementos con que se pueden contar nuestras historias. Sin el aporte de ellos no hay futuro, nada puede ser nuevo, aunque la novedad apenas sea recrear en una narración unos procedimientos, un lenguaje o una cadencia poética que ya otros utilizaron. Sin la lectura crítica es fácil caer en las fórmulas. Es decir, resignarnos a aprender dos o tres técnicas de la academia y utilizarlas para contar muchas historias que terminan siendo esquemáticas. Desarrollamos una especie de producción en cadena en la que nos copiamos a nosotros mismos. Así la aventura de escribir se convierte en un trabajo.
En mi caso, creo que la construcción de los personajes también es una vuelta al pasado para crear el futuro. Los personajes son los espejos de lo que fui, seré, pude o quise ser, así no se construyan basándome en una experiencia intima, así esté contando a mi peor enemigo. Ningún personaje es un retrato acabado de mí mismo, pero sí recojo pistas de quién soy y eso me permite descubrir, en mis apuntes de diario o recuerdos, filones en los que se pueda profundizar ese aprendizaje, el del conocimiento de la condición humana desde mi experiencia vital. Es muy difícil entender el pasado expresado en una imagen mental o un apunte, por eso es necesario arrojar la luz del presente sobre estas vetas a partir de los cuales se puede forjar algo que no existía, esos yo inéditos que se llaman personajes. Por todo esto digo que camino hacia el pasado y recuerdo el futuro cuando leo o escribo.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras un aprendiz?
R. Una noche mientras regresaba de comprar una botella de ron, una patrulla de soldados nos requisó y como el amigo que me acompañaba intentó burlarse de ellos, lo insultaron. Yo reaccioné y les exigí respetó con más insultos, a lo que los soldados respondieron con una paliza a la que me intenté resistir. Aunque no hubo lesiones graves, si me pregunté durante mucho tiempo qué había pasado esa noche. Tanta fue la consternación que me encerré voluntariamente durante seis meses a meditarlo. Sentí que debía contar esa experiencia y otras cosas que me habían ocurrido, pero sólo descubrí que era posible cuando leí Sexus de Henry Miller. Esa voz tan personal, que padecía la sexualidad, su ciudad y el ejercicio creativo con el trasfondo de la guerra, se parecía a eso que bullía dentro de mí. La única diferencia era que yo ni siquiera sabía cómo empezar a contar esas historias que me atormentaban. Fue cuando me vinculé al taller literario de Ángel Galeano Higua y a El Pequeño Periódico. Después de eso han venido muchos maestros, cada libro es uno, los árboles, las piedras y los mayores son otros. Reconozco a los maestros porque ninguno quiere imponerme su manera de ver el mundo, sólo son puentes que me ayudan a guiar hacia afuera esas historias que me cuenta mi maestro interior.

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

En este libro aparece Una mujer de aguas tomar, deliciosa crónica que Leandro Vásquez escribió sobre las valerosas batallas que su madre ha adelantado por el derecho al agua.

P. De tus textos publicados se nota una predilección por los textos cortos. ¿Qué piensas de ello?
R. Pienso que las palabras son un estorbo. Un símbolo apenas, la pobre representación del sentimiento, la imagen o el pensamiento. Por eso creo que es una tarea casi imposible tratar de expresar algo con palabras. Es un trabajo siempre a medias, imperfecto. ¿Entre más hablamos o escribimos estamos más cerca de la perfección? Yo no lo creo. Entre más palabras tenemos que usar para contar algo, más nos alejamos de la pureza del modelo. Las palabras deben ser las necesarias y las precisas. Nos empecinamos en producir y producir palabras por compromiso. Nos las piden en la redacción, en la editorial o porque nos negamos al anonimato. Entonces viene el síndrome de la hoja en blanco y nos angustiamos y hasta enfermamos porque no podemos escribir. Pero qué hay más perfecto que esa hoja en blanco, que ese silencio. Es la oportunidad para pararnos del computador y escapar a la montaña y compartir nuestro silencio con un amigo, las piedras o los árboles. Pero seguro que a la primera oportunidad, nos tomaremos una foto junto a una cascada y las postearemos en Facebook y cuándo regresemos a casa la hoja seguirá en blanco porque no escuchamos nada y nada tendremos para decir. ¿Por qué le tememos al silencio? Quizás por su inmensidad, no resistimos un precipicio tan profundo y tratamos de llenarlo de palabras. Yo creo que la clave está en explorar ese precipicio. Quizás algún día encontremos ahí algo que valga la pena decir.

El archivo general completo de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, desde 1982 hasta 2015, reposa hoy en la Sala Antioquia, de la Biblioteca Pública Piloto. Tanto impreso como virtual, ha sido una gran escuela para cientos de jóvenes como Leandro Vásquez.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer texto publicado.
R. Se llamó Hay oro en Altamira, fue publicado en El Pequeño Periódico en el año 2006. Cursaba el primer semestre de periodismo en la universidad. Conté la historia de un niño que juega con sus amigos en una de las plazoletas de la Unidad Residencial Altamira. Ellos escarbaban en la tierra y cualquier piedra que descubrían constituía un gran hallazgo, pero el verdadero tesoro era que todavía existieran en la ciudad lugares donde los pequeños podían jugar tranquilos y al aire libre. Aunque ya empezaba a decantar en ese trabajo el estilo de lo que quería contar, historias cotidianas, construidas a partir de personajes, tocando temas como el de la infancia, cada vez que leo esa crónica me parece intrascendente. Recuerdo que en esa oportunidad también entrevisté a Juan Ignacio Bustamante, un ingeniero agrónomo que era administrador de la unidad. Me manifestó que la importancia del lugar residía en unas zonas verdes cuyo mantenimiento era dispendioso, pero yo pasé por alto sus palabras. Ahora pienso que lo determinante era hablar de esos árboles nativos que corrían el riesgo de desaparecer, en una unidad residencial muy cercana al centro de Medellín, una ciudad cuyo principal problema ambiental es la calidad del aire, aunque en ese momento eso no era tan claro, el deterioro ambiental era menor que ahora. Me decidí por contar a los niños porque fue una historia que me conmovió muy fácil, pero ni siquiera a ellos los trabajé a fondo, me quedé en unas apreciaciones muy superficiales sobre su cotidianidad y sus relaciones. No entendí lo que tenía en frente porque conocía muy poco la ciudad y sus problemas. Tampoco supe ordenar y disponer la información que levanté. En las entrevistas me acerqué poco a los personajes, demasiado confiado en que la grabadora se encargaría de registrarlos por mí. Pero el principal problema es que este era un tema que me era ajeno, ese no era mi barrio, ni mi urbanización. Es difícil entender las comunidades desde afuera, hay que darse en el tiempo de escucharlas, de caminar los territorios. Es mucho mejor que los habitantes cuenten sus propios conflictos, ellos sí los conocen.

P. Y del último.
R. El último fue Gambeta. Es la historia de un niño que quiere jugar fútbol y su mamá se lo impide porque puede dañar sus zapatos ortopédicos, los únicos que tiene, porque además el niño es patizambo. Gambeta es un driblador endiablado y escapa del control de su mamá en medio de una emergencia de inundación que amenaza con destruir su barrio. El primer personaje que surgió en esa historia fue Gambeta. Cuando leí un pasaje de Respirando el verano, de Héctor Rojas Herazo, en el que Anselmo enferma después de un paseo al mar, pensé en que era necesario contar algo propio, algo de mi niñez, contagiado por esa cadencia poética del poeta de Tolú. Así despertó Gambeta y se echó a andar y cuándo menos imaginé jugaba fútbol y sufría. Ya no era mi niñez la que contaba, Gambeta tenía su propia fuerza. Eso ocurrió hace trece años, antes de estudiar periodismo. En todo ese tiempo también descubrí que la madre parecía una villana, pero eso sucedía porque no le había dado el espacio para expresarse. Quise ahondar en su historia y su carácter para que ella misma se mostrara. Era la primera vez que trabajaba un personaje femenino, así que fue un maravilloso descubrimiento de ese universo y la relación de sobreprotección que esa mujer sostenía con su hijo. En todo ese tiempo también entendí que el barrio era un personaje y lo quise retratar por medio de una falsa alarma de inundación, un hecho que revela ese tejido de relaciones que todavía existe entre los habitantes de estos lugares, en los cuales un chisme puede desatar tragedias. Las personas se sorprenden cuando les digo que ese cuento fue escrito hace trece años, me dicen que es muy corto, afirman que en todo ese tiempo es posible escribir hasta unas cinco novelas. Pero no es que escribiera el cuento todos los días, sólo lo hacía en las épocas que me quedaban libres entre la universidad, el trabajo, las fiestas, los amigos y las novias. Había que vivir. Ese cuento lo quiero mucho no porque sea una genialidad, sino porque fue mi escuela y me parece increíble que haya sobrevivido a trece años, cinco computadores, tres discos duros dañados, seis formateados, a los virus, a mi descuido y mi torpeza. A pesar de que está publicado, estoy seguro de que todavía no lo termino.

P. ¿Cuál de tus textos te ha ocasionado más dificultades?
R. Para mí escribir es muy difícil. Hace no mucho, quise escribir una novela sobre lo difícil que fue contar la historia de un acueducto comunitario de agua. Llegué a enfermar de gravedad y estuve veinte días internado en el hospital. Cuando quise contar esa historia, no fui capaz, la escritura no fluía a pesar de que me forzaba todos los días. Acudí hasta a una terapeuta para desbloquearme, pero no resultó. Un episodio angustiante de verdad. Creo que fue porque no entendía lo que había pasado y en el fondo no quería hacerlo, era más fácil ignorarlo. Tiempo después volví a escribir un diario, a mano en una libreta, y me queda el consuelo de que eso permitió que la escritura fluyera. Sólo solté lo que me pesaba con libertad, sin cortapisas, sin compasión por mí ni por nadie, sin importar si iba a ser publicado o siquiera vuelto a leer algún día. Logré narrar algunas partes de ese libro que todavía sueño. Espero terminarlo algún día. Si las palabras son algo antinatural, forzarse a escribir o a hablar lo es aún más y lo único que puede resultar de eso son problemas.

Mi barrio de noche (Foto de Leandro)

P. ¿Te persigue algún tema en especial?

R. Mi barrio. Es lo único que conozco más o menos a fondo. Vivo en el mismo lugar hace treintaicuatro años. Pero cuando me reencuentro con esos personajes que quiero contar, descubro que ya son otros: adultos, preocupados por trabajar, producir dinero y obtener placer. Desprecian cualquier cosa que se aparte de ese esquema. Si les cuento que quiero contarlos, poco o nada les interesa, prefieren el anonimato. El espacio físico ya es otro también. Dejo de pasar un mes por una calle y cuando regreso, ya hay un edificio empinado en una cuadra de casitas de dos pisos. Hasta hace poco no sabía que ya había semáforos y por las avenidas que cruzaba desprevenido, pasaban las motos raudas a punto de atropellarme y yo no entendía qué pasaba. Terminé por pensar que ese que yo pensaba que era

Mi barrio de día (foto Leandro)

mi barrio, me lo había imaginado. Ya no existe, si acaso algún día existió. Los cambios sucedieron tan de prisa que, a pesar de vivir ahí siempre, no nos dimos cuenta. En cambio, me reencontré con la montaña que tutela mi barrio, un lugar que guarda una memoria mucho más antigua que las calles, las casas y los hombres. Cuando era niño, la caminé con mi familia para elevar cometas, cocinar sancochos o bañarme en los charcos, pero hasta ahora descubro que cada animal, quebrada, árbol o roca puede ser también un personaje. Ese es un tema que me inquieta.

P. Si tuvieras que viajar a la selva y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías?
R. Llevaría Alucinaje, una historia sobre un muchacho que come hongos alucinógenos. Su viaje psicotrópico es una rebelión contra una realidad que lo mantiene adormecido. Pero esa aventura no es una fiesta de luces y placeres. Como en cualquier viaje que valga la pena, el muchacho se encuentra con sí mismo y no le gusta lo que descubre. Su interior se revela a partir de la relación con el afuera: alucina con que las montañas tratan de aplastarlo, los humanos son fantasmas, su cuerpo se vuelve tan liviano que es incapaz de mantenerse en el suelo. Una aventura en la selva es un viaje alucinante en el que no son necesarios hongos o brebajes. Para delirar es suficiente escuchar el río, sentir los arboles descomunales, oler las flores, sumergirse en la vorágine de animales y plantas. No conozco psicotrópicos más poderosos. Alucinaje me ayudaría a no asustarme, a recordar que sólo soy yo el que se rebela en la naturaleza, a no escapar cuando me descubra en el espejo de la selva.

P. Para evitar que te condenen a barrer todas las calles de Medellín si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías?
R. ¿Todas las calles? De verdad destruiría cualquiera. No imagino un castigo peor. Pero si me permiten elegir, optaría por los textos que también fueron una condena. Hace unos años, trabajé en un periódico comunitario. Se producía una publicación mensual, pero cuando yo empecé fue necesario hacer la del mes anterior que estaba atrasada, la del mes actual y cuatro ediciones especiales. Todo en cuatro semanas. El equipo sólo éramos el director, un diseñador externo y yo.

Además el director estaba ocupado todo el día desarrollando un trabajo comunitario con el que se sostenía la corporación. Escribir se volvió tan repetitivo como cavar un agujero con una pala. Las salidas de campo eran pocas, me la pasaba ocho horas o más en una oficina pequeña, frente al computador, corrigiendo o escribiendo textos. El escaso dinero que ganaba, lo gastaba en el bar.

Leandro Vásquez (der) cuando ganó el Premio Nacional de cuento convocado por el periódico “Qué hubo”, 2017, con su cuento Calle sol.

Gracias a los aportes de los habitantes de la comuna pudimos salir más o menos a salvo de esa coyuntura. Aprendí poco porque no había un editor que me enseñara. Yo era el redactor, el editor y el fotógrafo. El director ayudaba en lo que podía, sobre todo con las páginas editoriales y consiguiendo colaboraciones. Me equivoqué mucho, mucho. Y el rodaje era de mil ejemplares que, en ocasiones, también ayudé a distribuir. Sin embargo agradezco la oportunidad de conocer la ciudad y el trabajo de tantos líderes. Para evitar barrer toda la ciudad, entregaría uno de los textos que más me gusta de esa época: Barrio Cementerio Ciudad Central, la historia de una comunidad que se levantó sobre un terreno que perteneció a un cementerio. En la entrada, había tres lapidas. Cuando se construyeron las casas era común encontrar huesos y partes de cuerpos. Los habitantes contaban que había personas que escuchaban quejidos todas las noches u otras que tenían espantos propios, llegaban a las casas y los saludaban como a otro miembro de sus familias. A los habitantes del barrio no les gustó el artículo porque les pareció que podía devaluar sus propiedades. Yo sólo comuniqué lo que ellos me contaron, menos mal tenía grabados todos los testimonios.

P. Como periodista, cómo consideras esa relación con la literatura.
R. Yo utilizó todos los métodos de investigación que aprendí del periodismo. Aunque no use un cuestionario estructurado para entrevistar, muchas veces hablo con los modelos de los personajes. Hago trabajo de observación. Recojo apuntes. Tomo fotografías.

Leandro lee uno de sus textos durante la clausura del Encuentro Nacional de TOMA LA PALABRA, 2006 (foto archivo)

Cuando no conozco bien los temas, hago rastreo documental y leo todo lo que puedo. Creo que lo que escribo está profundamente afincado en la realidad. Pero en el momento de escribir, me gusta dejarme guiar también por un pálpito, un sentimiento, un sueño o una imagen mental que me persigue. No me preocupa si los datos son comprobables o si lo que escribo es periodismo o ficción. Si algún académico lo desea, que le ponga la etiqueta que quiera. Tampoco me mido para sumergirme en el interior de los personajes. Ni siquiera me preocupa ponerlos en situaciones inverosímiles como volar, en caso de que el mismo personaje así lo requiera. Cuando lo que se pretende contar son lo que Faulkner llamó las antiguas verdades del corazón: amor y honor, piedad y orgullo, compasión y sacrificio, la realidad se convierte una camisa de fuerza que no permite expresar con libertad asuntos tan complejos. Entiendo que en regiones de nuestro país, ocurren sucesos como el atropello de comunidades y la destrucción de territorios para construir megaproyectos, la explotación desaforada de la naturaleza por el afán de enriquecimiento de unos pocos, el abandono y descuido sistemático de comunidades enteras por parte del estado, el asesinato de líderes sociales y la muerte de niños indefensos entre muchas otras cosas. Sé que esas historias no pueden esperar trece años para ser escritas como mi cuento de Gambeta. Es urgente contar esas verdades y se necesita valentía para hacerlo.

Sesión campestre del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?

R. Mi verdadera escuela son los talleres. Me hubiera gustado tener en la universidad lo que ofrecían. Cosas como profundizar por meses en las lecturas o hacer un trabajo crítico sobre nuestras propias producciones. Asisto a El Aprendiz de Brujo porque yo apenas comienzo y la mayoría de compañeros son mayores, ya publicaron varios libros y tienen una experiencia y conocimiento más bastos. Creo que me pueden guiar. Me atrae, sobre todo, el espíritu crítico con que se lee lo que cada uno produce. Si alguna vez las correcciones de uno de los lectores no son en mi opinión acertadas, luego descubro que rebelan cosas del texto que pueden enriquecerlo. A mí me gusta que sean despiadados con las opiniones sobre lo que escribo. Aunque pueden herir el ego en ocasiones, es la manera más fácil de aprender. La edición también me apasiona y a veces aporto en ese sentido. Me gusta corregir los escritos ajenos, es mucho más fácil, no tiene uno ataduras emocionales con los personajes ni se encapricha con las figuras poéticas creyendo que son geniales. También asisto al grupo porque no entiendo bien lo que escribo. Así suene un poco raro, el texto es un acto de inconciencia que nunca alcanzo a dilucidar del todo y los lectores experimentados ayudan a comprenderlo un poco más.

P. Te piden como pasaporte al paraíso que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. No creo que después de encontrar la perfección, a quienes viven en el paraíso les gusten mucho los desabrochados. Sin embargo ahí va:
Nadie me invitó a la fiesta. Bebí, fumé y bailé. Fue una locura, no sé cuánto duró. Al final se llevaron las cosas de la casa y se marcharon. El último partió después de fumarse el cigarrillo final, lo único que quedaba. Me dijo que se iba para una fiesta mejor. Después de esperar durante años, llegó ella y me preguntó si aquí era la fiesta. Sí, siéntate y sírvete un trago, le dije. Luego de una hora en silencio, me preguntó: ¿a qué horas llegan los otros invitados? Ya se fueron, le contesté. Estás loco y esto es no es licor sino agua, se burló. Ya estoy muy embriagado para discutir, a tu trago lo único que le falta son unas gotas de imaginación, le respondí y ella se sirvió otro vaso.


 

P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un Diario literario?
R. En momentos en los que no quería o no podía hablar con alguien, épocas de aislamiento o introspección, el Diario fue el único a quien confié mis palabras. No imagino qué pudo pasar de no tener esa válvula de escape. En ocasiones en las que me forcé a escribir, pero las palabras no fluían y la angustia me desbordaba, el Diario apareció otra vez y me devolvió la confianza. Es increíble lo liberador que puede ser dejar correr un bolígrafo por unas páginas. No pensé nunca en que lo que escribía se fuera a publicar, hay apuntes que ni siquiera se pueden entender por la premura con que se consignaron. En cambio, otros me rebelan el que fui, un personaje que ahora parece de ficción, pero que en su momento era un muchacho que padecía su barrio, el amor, la muerte, la soledad. Una de las fortunas más grandes que me regala la vida es recoger esos apuntes y descubrir chispazos a partir de los cuales se puede crear una historia.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
R. Sí, claro…

2010
*Sus ojos ambarinos me enloquecieron. Apunté con el cigarrillo a mi boca porque no me amaba, como si fuera un cañón. Jalo y jalo el gatillo, sale humo pero no dispara. Lo médicos me dicen: si sigues fumando, espera la bala en unos treinta años.
*Estoy al borde de una escopeta mientras cruzo la cuerda floja. Tranquilo, me dicen mis amigos. Sólo los dos cañones con que la muerte me mira, tiemplan mi marcha.

2011
*La carne truena y los huesos gimen. Qué importa si los otros también los escuchan. Aunque les enseñe a callar, el silencio de mis entrañas seguirá cavando la fosa donde morirán las estrellas. Mejor déjenme iluminar la calle vieja para que las palabras tuertas y cojas encuentren un rincón donde dormir.

2016
* La muerte del cóndor
Más grandes alas que las mías, las alas del placer, no se elevaron sobre este planeta. Hoy es mí último vuelo. Desplegaré mis rescoldos de energía y volaré a lo más alto, hasta la cumbre del éxtasis. Luego me entregaré, en un abrazo último y definitivo, a la tierra.

2018
* Su primer y único regalo fue una cabeza de ajos. Pensó que me ayudarían a curar mi tristeza. Yo creí que me lo había regalado porque me quería. Quise demostrarle que también ella me gustaba. Dejé la pena a un lado y le regalé una sonrisa, me devolvió una mueca fría. Sentí después que necesitaba de una piel tibia y la acaricie, ella se apartó. Una noche de insomnio le escribí mi primer poema, guardó silencio. Sembré, cuidé una rosa y se la regalé, dejó que se marchitara. Aprendí a reír, acariciar, escribir y sembrar. Ahora también cocino: los ajos terminaron como ingredientes de una salsa. Me pregunto a dónde se fue el amor que me sanó. Quizás hiede y se pudre en el corazón de ella, como en un cuarto oscuro donde acumula las montañas de regalos de los hombres que despreció.


Gambeta es su primer libro publicado por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, con el sello Colección El Aprendiz de Brujo.