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El David Arango, un buque incendiado

GUSTAVO TATIS GUERRA
14 de Enero de 2018 12:30 am

Se cumplen 58 años del incendio del famoso buque en las aguas del río Magdalena y Antonio Botero conserva una réplica del David Arango / Foto Luis E. Herrán – El Universal.

El señor Antonio Botero Palacio, frente a la albarrada de Magangué, despachaba en aquel 19 de enero de 1961, en su almacén Comisariato, la mercancía para el barco David Arango, cuando la gente empezó a gritar que el barco se estaba incendiando.
Eran como las seis de la tarde. Una mujer que había planchado su ropa al mediodía, se le había olvidado la plancha ardiente en el camarote, y salió de compras, y el fuego devoró el más bello y lujoso de los barcos a vapor que había surcado las aguas del río Magdalena.
El barco de tres pisos era de una madera finísima del Oriente, y sus aspas iban salpicando música de viento de la orquesta de planta del barco, cuya llegada se anunciaba con un sordo silbato que parecía el lamento de una ballena, y luego, la música invadía el aire caliente bajo el sosiego de las ceibas. Fuimos a Magangué a buscar al señor Antonio Botero Palacio y lo encontramos muy cerca del lugar donde despachaba hace 58 años cuando ocurrió el desastre, y lo volvimos a ver, a sus 91 años, aún despachando en su almacén, y escribiéndole poemas al río, cuyas aguas arrastran la memoria de sus días y noches vividos en Magangué, desde que salió a pie y descalzo desde el corregimiento de Mesopotamia, en La Unión, Antioquia, y se quedó para siempre entre los nativos, inventando razones para no volver, mientras el río se convertía en su puntual confidente de los amaneceres. Así es.

En 1929 surcaron las aguas del río Magdalena, 121 barcos a vapor, y el más famoso y lujoso era el David Arango, que se incendió frente al puerto de Magangué el 19 de enero de 1961.

“El capitán del barco soltó las amarras de su bote cuando supo que ya no había nada que hacer ante aquel incendio, y vio aquel enorme esqueleto del barco, a la deriva, sumergiéndose en llamas, como un animal sobrecogido ante su propia destrucción”, dice con eufórica poesía, Antonio Botero Palacio, que conserva la memoria intacta, y guarda en su almacén una colección de réplicas del barco que era parte del paisaje de Magangué y en el que soñó viajar alguna vez, “pero es que el David Arango era un barco a vapor demasiado fino y elegante, muy sofisticado. Y su arribo al puerto era una verdadera fiesta. Se iluminaba todo con su llegada, como si fuera una orquesta flotante que irrumpía, apenas se divisaba la albarrada.
Yo llegué en un barco pequeño, llamado El Libertador. Ver quemar y hundir el David Arango es una de las tragedias de nuestra vida. Al día siguiente del desastre, al amanecer, descubrí que el barco, como un enorme esqueleto había ido a parar por los lados de Yatí, frente a la hacienda de Leocadio Puerta. Dicen los que se quedaron viendo el final del barco, que escucharon su último lamento al sumergirse en el río Magdalena, como si el espíritu de la orquesta retumbara en el maderamen quemado entre las taruyas”. El barco llegaba al Banco, Plato, Tenerife, Honda, Girardot y La Dorada. Los barcos a vapor surcaron las aguas del río Magdalena, cuando viajar por río o tren, eran dos maneras comunes y corrientes de viajar por el país. En 1929 navegaban por el Magdalena, 121 barcos a vapor, según Priscilla Burcher. El barco David Arango fue la memoria del Caribe y sus aguas. Por allí iba todo el mundo. Lo que llegaba y lo que salía. Por ese barco viajó la ilusión, el amor y el desengaño, la codicia de los viajeros y el espejismo de los aventureros.
Ahora, frente a la Albarrada de Magangué, Antonio Botero Palacio despierta temprano, con el primer sorbo de café, y emprende la aventura poética del día. Es uno de los seres singulares, laboriosos, imaginativos, sensibles y emprendedores que existe en este país. La vida le ha alcanzado para todo lo que ha soñado: es el autor del himno de Magangué y de una monografía histórica; autor de la novela autobiográfica Al final de la inocencia; del libro Los lagares del alma, una monografía de Magangué; y un ensayo histórico sobre la ruta de Uribe Uribe; y en la Guerra de Los Mil Días, La Batalla de Magangué; la historia de La Unión (Antioquia); del poemario Canción para una despedida, que reúne hermosísimos textos sobre el río Magdalena y su vivencia en Magangué. Vino descalzo de su pueblo y así a lomo de mula llegó a los corregimientos más recónditos de Bolívar, como maestro de escuelas rurales, luego de graduarse en la Normal de Varones de Manizales.
Su vida ha sido el magisterio encantador de la poesía, el habla iluminada y el servicio desinteresado a los demás. A él se le deben múltiples proyectos e iniciativas culturales en la región como la biblioteca pública, la academia de historia local, el Centro Cultural Casatabla, y obras de infraestructura en barrios, centros hospitalarios, ancianatos, entre otros. Su poesía ha ido al encuentro del río de la memoria, con el ser humano, y ha conjugado con amorosa devoción, la solidaridad entre sus semejantes, celebrando cada día, el milagro inagotable de la belleza del mundo.
Ahora acaricia la pequeña réplica del barco incendiado. Dice que a lo largo del tiempo ha visto los colores maravillosos, pero también siniestros, del río. Atrás quedó un perfume olvidado: “el perfume de los naranjeros que desparramaban danzas voluptuosas desde las lianas, que se columpiaban en el trapecio de las ceibas vetustas. Hoy el río Grande de La Magdalena, se ha tapizado de coronas náufragas que van flotando… hoy esas aguas tienen un sabor amargo de lágrima proscrita. Un sabor de sudario franciscano”. Siente que el corazón del río está achacoso como él y se está muriendo de pena cómo él. Me señala un punto del paisaje donde el barco se incendió. Muy cerca de él. Y ahora el río fluye aparentemente manso bajo la luz del verano. Y no suena ninguna orquesta. Está en la nostalgia y en la memoria del barco David Arango.

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Reproducido por El Pequeño Periódico – Medellín.

Tomado de El Universal, Cartagena
http://m.eluniversal.com.co/suplementos/facetas/el-david-arango-un-buque-incendiado-269906

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El mito de hierro (fotos Ángel)

Buen viento en el 2018 para todos los amigos, lectores y colaboradores.

La espera compartida

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa

Fredy Sánchez Caballero, Artista plástico y aprendiz de escritor.

 

 El Yayo

F. Sánchez Caballero

Era tímido y manso, tenía los dientes podridos y una vocecilla escasa y débil, que gastaba imitando el canto de las aves. Su apodo obedecía, a las sílabas que tartamudeaba como una llama agitada por la brisa al inicio de todo intento de respuesta, como si siempre debiera justificarse por algo. El Yayo era el hazmerreír del pueblo, a quien todos cogían como centro de sus burlas. Tan pisoteado y pateado como el forro viejo de una bola de trapo. Su escuálida figura y su presencia desprevenida molestaba a algunos, así como su sonrisa retraída y su aire de no hacerle falta nada, hasta su pelo tostado, despeinado y rebelde. Presenció los restos calcinados de Nicanor, el joven tendero, quien en vida fuera una de las pocas personas que lo trató con respeto y dignidad. El cuerpo mancilladlo de Nicanor fue hallado en un extremo “enrastrojado” del puerto, a donde su madre luego de muchas súplicas y llanto, fragmentados y mezquinos indicios, lo halló. El Yayo siguió por instinto el rastro húmedo de sus lágrimas y asistió el dolor de esa mujer, hasta impulsarla a levantar lo que quedaba de su hijo muerto. No tenía certidumbre de lo ocurrido, pero sus ojos acuosos le decían que los tiempos de la ingenuidad y la alegría habían quedado atrás. El mundo andaba al garete y lejos de su comprensión. Algo muy oscuro habitaba ahora el alma de las personas.

Pocas noches después observó a un grupo de hombres con armas y vestidos de camuflado que patrullaba las calles como tantas veces en el pasado y se aproximó hasta ellos con determinación. Jamás pisó una escuela, así que no advirtió la sigla que los identificaba.

― Muchachos, ahora sí me voy con ustedes ―les dijo todavía con voz quebrada y adolorida― quemaron vivo a mi amigo Nicanor.

Los hombres lo examinaron de arriba a abajo, luego se miraron con desconcierto y lo invitaron a su campamento a las afueras del pueblo. Con sorna y preguntas engañosas, decidieron su destino entre risas y sin aspavientos. Ponían en duda que con su frágil estampa pudiera con un fusil, pero ―eso es lo de menos ―dijeron― los locos tienen mucha fuerza. Antes de ponerle un uniforme debían saber si era capaz de cavar trincheras y le dieron una pala para que hiciera un hueco del tamaño de su cuerpo… Cavó tan profundamente como pudo entre dos árboles que junto a la luna roja serían los únicos testigos de su desgracia. Quizá solo en el último instante, en esa milimétrica fracción de tiempo en que vio venir la pala directo a su sonrisa  retraída, supo que se había equivocado de bando.

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Fredy Sánchez Caballero ha publicado las siguientes obras: El libre albedrío – 2011 – Libro de poemas artísticos.
Cuando va a llover, llueve – 2013 – Cuentos.  La isla de las máscaras – 2015 – Novela corta ilustrada. Con el cuento Pitalúa obtuvo Segundo lugar en el concurso de Cuento breve 2017, de la Cámara de Comercio y El Túnel de Montería. Con su proyecto Un artista en tierra ajena, fue finalista en el concurso de Estímulos 2017 de la Alcaldía de Envigado, Antioquia. El Yayo es uno de los cuentos que conforman La espera compartida, el quinto volumen de la Colección El Aprendiz de Brujo de la Fundación Arte & Ciencia.

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Gambeta

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa

El primer libro de Leandro Alberto Vásquez

Leandro Alberto Vásquez Sámchez, al recibir el primer ejemplar de su primer libro. (Archivo El Pequeño Periódico, 2017)

Gambeta

1

 

Vio una luz sin ganas al final del corredor. No derramaba la sombra del umbral del patio. Caminó a su encuentro y levantó la cabeza con valentía. Al ver el cielo gris, quiso extender sus manos para diluir la maraña de nubarrones que apresaban el sol, pero ni los pájaros, a pesar de la velocidad con que volaban, podían lograrlo.

Ahora, cuando le pregunte a su madre si puede salir, ella le responderá con un no rotundo, argumentando que la lluvia enferma sus pulmones. Tendrá que regresar a su cuarto y sentarse tras la ventana a contemplar el arco norte de la cancha de microfútbol. Desde ahí imaginará a sus amigos corriendo tras la pelota, las pantalonetas y camisetas mojadas, los zapatos anegados, las lenguas serpenteando por la cara para refrescarse con la mezcla de agua y sudor.

Parado todavía en el umbral del patio, sintió una caricia tibia. Amagó levantar la cabeza, pero la dejó caer de nuevo. Apenas lo hizo y como si hubiera reconocido a alguien, la irguió. El sol encendió su mirada, como un relámpago que ilumina un cuarto en tinieblas.

Entró a su habitación, buscó los zapatos y se los calzó, pero no los anudó. Cruzó el corredor, llegó a la sala y bajó las escalas. No vio a su mamá bajo la bóveda de estrellas verdes que entretejían las hojas del brevo.

La madre surgió del antejardín. Dos rosas rojas temblaron a su paso. Puso la regadera en tierra y sacudió unas gotas de agua helada prendidas de sus dedos que cayeron en las piernas de Gambeta.

— Má, me voy a jugar —dijo el niño, quien se repuso del frío y corrió. Aunque sólo fueron posibles algunas zancadas, porque apenas partió, ella gritó:

— ¡Santiago Marín! Venga —paró y, cabizbajo, retrocedió despacio.

— ¿Esos son los zapatos buenos? —le preguntó la madre.

A Santiago le decían Gambeta por patizambo. Al caminar arrastraba su pierna izquierda que era seis centímetros más corta y estaba flexionada hacia fuera. El concreto de la cancha de microfútbol roía las suelas de sus zapatos, luego las medias y después la planta de ese pie con sus picotazos como de buitre. A menudo tenía que abandonar el juego porque pateaba el suelo con los dedos desprotegidos y perdía las uñas y trozos de piel. Ahora los únicos zapatos con los que contaba eran unas botas de cuero a las que sus amigos llamaban tumbamuros. Su ortopedista, quien le decía Garrincha, como al más querido de los punteros derechos brasileños, se los diseñó para enderezar su pierna.

— No hay zapato que le aguante esa pata y ahora quiere jugar fútbol con los ortopédicos. ¿Usted cree que su padre tiene dinero para comprarle un par cada mes?

— Pero mami…

— Se los quita ¡ya!

El niño volvió a su casa.

 

2

El sol regresó a su cárcel de nubes. El viento alborotó las hojas del brevo. Luz prefirió entrar a su casa antes de que se desatara el aguacero. Cuando se arrellanó en el sofá de la sala, los cojines suspiraron bajo su peso. En el noticiero pasaban las imágenes de New Orleans devastada por el huracán Catrina. Pobres gentes, pensaba. El agua invadía todo, en pie ni los árboles, apenas les quedó el mundo roto.

Luz miró el altar sobre la mesa de vidrio para pedirle a Cristo por esos hombres, pero descubrió que las hojas de penca de sábila amarradas a la cruz de madera estaban secas. Para olvidar el mal presagio, cerró los ojos. Quiso descansar cinco minutos. Se hundió en la oscuridad. La imagen de unas botas negras, el tac de una gota de agua y el ladrido de un perro, trajeron a Gambeta hasta su sueño. Estaban en el patio y ella lo abrazó con fuerza, pero él no paraba de llorar. Las lágrimas resbalaban por el tobogán de su nariz y sus mejillas, y desde ahí se hundían en el vacío para pintar una mancha húmeda en el piso de cemento. Cayeron una junto a la otra hasta que creció un charco bajo sus pies.

Cuando despertó se sentó en la poltrona, se calzó las sandalias y se puso en marcha. Arrastraba sus pasos, pues la sangre parecía termitas circulando por sus piernas aletargadas. En voz baja, casi como de pensamiento, se reprochaba su severidad con el niño. Lo buscó para consolarlo, entre las cobijas, detrás de las puertas, debajo de las camas y las mesas. Suspiró cuando el trino de un cucarachero perturbó el silencio.

La ventana del patio estaba abierta. La cortina eran dos alas blancas que querían escapar con el ventarrón.  Cerró para que no se colara la lluvia. Las botas ortopédicas de Gambeta estaban en el piso. Cuando se asomó a la calle, no vio al niño. Había escapado por la ventana.

¿Dónde estaba su hijo? Ojala resguardado en la casa de algún amigo mientras pasaba el aguacero. Luz se rascaba los brazos, a pesar de que el tamborileo de las gotas en el techo  la picaba en un lugar del cuerpo que no lograba definir y mucho menos alcanzar con sus uñas. En la cocina espantó de un manotazo un mosco que comía las sobras del almuerzo de Gambeta. Lo persiguió con sevicia, pero sólo derribó, por accidente, un edificio de ollas que sepultó su poca tranquilidad bajo el trepidar metálico.

Luz colocó una olla de aluminio sobre el televisor para que no le callera una gotera del techo. El ruido, como de campana ronca, llenaba la casa. Miraba el aguacero desde la ventana, mientras bebía café en un pocillo desorejado. La lluvia, que velaba las montañas que abrazaban el Valle de Aburrá, azotaba las casas, estallaba en el pavimento, resbalaba en goteras por el vidrio de la ventana. Los árboles se mecían con el ventarrón que les quitaba la paciencia. Por las calles desfilaban arroyos turbios. El paso incontenible del agua arrastraba piedras y palos, envolturas de papitas y confites, vasos de plástico que se colaban bajo las puertas en su afán por encontrar un lugar donde descansar de su carrera. De los desagües de las terrazas caían chorros que se estrellaban en el pavimento con furia de cascada.

Un relámpago inundó la calle. Ella pensó en llamar a su esposo para quejarse de su soledad, de su miedo, pero qué le iba a decir cuando le preguntara dónde estaba su hijo. Encendió una veladora junto a la cruz de madera. La llama hacía bailar las sombras de los muebles. De rodillas rezó: Jesucristo aplaca tu ira, tu justicia y tu rigor, dulce Jesús de mi vida, misericordia señor.

Repitió la oración tres veces. La lluvia amainó. A la cuarta, escuchó el alboroto en la calle. Por donde antes bajaba el agua, subían familias con sus maletas a cuestas. ¿Qué pasaba? Ahora no importaba. Tenía que encontrar a su hijo. Salió sin saber dónde buscarlo. Don Evelio, un vecino que vestía apenas calzoncillos y camisilla, descalzo, con su hija cargada, le explicó:

— Corra doña Luz, se reventó la represa de Fabricato y esto se va a inundar en cualquier momento.

— Don Evelio, ¿ha visto a mi niño? — le preguntó, pero el señor ya corría calle arriba.

Luz recordó que desde que construyeron la represa la gente lo había advertido: un día se iba a reventar y todo el municipio de Bello terminaría inundado. Quienes la construyeron decían que eso no era posible, y miren lo que pasaba ahora. En la radio confirmaron la tragedia. Luz se calzó unas chanclas, tomó la cruz de madera y regresó a la calle. Cuando vio el gajo de penca de sábila seco anudado a la cruz, pensó que no había atendido la señal que Cristo le había enviado. Era tan incrédula que prefirió cerrar los ojos y obviar el mal presagio. Con rabia, arrojó las hojas al suelo.

Parecía que la lluvia brotara de las lámparas. Los automóviles, atestados de pasajeros, rompían los charcos áureos en su afán por huir del barrio. Luz chocó con un hombre que llevaba un televisor a cuestas. La carga tambaleó y por poco le cae encima. Una carreta tirada por un caballo que llevaba cerca de quince personas a toda marcha casi la embiste. Apretó la cruz en su puño.

 

3

Gambeta corría por el extremo izquierdo de la cancha cuando El burro le cortó el paso. Amagó a la izquierda y después a la derecha. Del suelo volaron gotas de agua a la cara de El burro, quien pensaba que Gambeta tambaleaba, que sus piernas arqueadas como una sonrisa terminarían enredadas, que caería de narices sobre el charco. Pero salió disparado por la derecha, El burro lo alcanzó y entonces Gambeta frenó y de taquito le pasó el balón entre las piernas. Cuando iba a patear al arco, sintió que alguien lo tomaba de la oreja. Era su mamá que lo amenazaba con una cruz de madera.

Luz arrastró a su hijo hasta el paradero de los buses, pero allí se peleaban por subir. Sólo lo lograban quienes imponían su fuerza. Una mujer que llevaba dos niños cargados, gritaba desesperada y forcejeaba para ingresar, pero era imposible. Impotente, lo único que se le ocurrió a la mamá de Gambeta fue escapar al cerro Quitasol.

Se detuvieron en La abundancia, una tienda donde había muchas personas reunidas en silencio con sus maletas y algunos electrodomésticos. Cuando preguntó qué pasaba, le contaron que en la radio estaban informando que en la vereda El Salado ya habían muerto cuarenta y seis personas. La gente se miraba confundida, auscultando en los rostros ajenos alguna respuesta. La noticia impulsó a Luz a seguir su camino hacia la parte más alta del barrio.

Corría con su hijo de la mano por unas calles que estaban vacías, abarrotadas de casas en silencio. Llegaron a una finquita apenas iluminada, donde despertaron a las gallinas que no se habían enterado de la inundación. Después de agacharse para pasar un alambrado que Gambeta se negaba a cruzar, cayeron en la oscuridad. A él las piedras y las espinas le laceraban las plantas de los pies. Aunque se quejaba, su madre no le prestaba atención. El niño quería escapar, regresar a su casa, no le encontraba sentido a esta huida desesperada. Lo empujaba de la mano entre matorrales por un camino que no conocían, que iban abriendo a medida que andaban, y aunque se resistía, la desesperación y la fuerza de su mamá eran mayores. Cuando ya llevaban veinte minutos de marcha, miraron atrás. Gambeta aprovechó el cansancio de su mamá para soltársele. Luz imaginaba las casas sepultadas por el agua. Su marido, Libardo, que a pesar de esta tragedia ni siquiera la había llamado, tal vez estuviera ya en su hogar y corriera peligro. No importaba. De todas maneras se dedicaba a tomar cerveza y salir con otras mujeres, éste iba a ser un nuevo comienzo con su hijo. Cuando lo miró, Gambeta ya huía montaña abajo. Le gritó para que regresara, pero fue inútil. Corrió detrás para alcanzarlo.

 

4

La puerta estaba abierta. Encendió la luz y con los dedos sofocó la llama del velón que iluminaba la sala. Su esposa siempre dormía con el televisor encendido, por eso le extrañó no ver en las paredes de los cuartos del fondo el fulgor de la pantalla. Sintió temor al sospechar que estaba solo con la voz gangosa de la radio, que anunciaba que la ruptura de la represa de Fabricato era una falsa alarma, que la ola de pánico que se desató por una inundación en Bello era infundada. No entendía. Lo que sí había pasado era que la creciente de la quebrada El Barro había arrasado varias casas y matado cuarentaiuna personas en la vereda El Salado, agregaban. La tragedia era muy lejos de su barrio, El Mirador, donde todo estaba en calma. Sin embargo le pareció que la ola de pánico tenía que ver con la ausencia de su esposa y su hijo. Llamó a Luz al teléfono móvil, no tenía señal. Marcó a su suegra y a dos nueras que vivían en municipios vecinos, pero no le dieron razón de su paradero. Salió a buscarlos.

No despertó a ningún vecino para preguntar por su familia. Le daba vergüenza, además ellos quizás no lo podrían ayudar ¿Dónde comenzar a buscarlos? Echó a andar sin importar el rumbo. Recordó que esta semana no había hablado con Luz, quien lo evitaba por sus continuas llegadas tarde. Para él todo pasaba porque ya no lo trataba con cariño. Hasta el amor era un procedimiento aprendido y repetido sin entusiasmo ni consecuencias. Las salidas en la noche a tomar cerveza, después del trabajo, le ayudaban a lidiar con esa rutina. Era imposible que por tan poco ella lo abandonara, llevándose a su hijo, sabiendo cuánto lo amaba. Sumido en sus cavilaciones, vio aparecer a Gambeta. Detrás venía Luz, que lo perseguía, jadeante.  Cuando los tres se reunieron, Libardo les preguntó de dónde venían, pero estaban demasiado agitados para responderle. Luz sólo intentó tomar a Gambeta de la camiseta, había arrojado en cualquier parte la cruz de madera y olvidado lo de la inundación, ahora sólo le interesaba imponerle su voluntad al niño, atraparlo al fin, pero él se le escapó con un drible y se escondió detrás de su papá. Ella arremetió, pero mientras rodeaba a su esposo para darle alcance, su hijo se puso por delante. Lo persiguió en círculos alrededor del hombre que los miraba impávidos hasta que Luz tropezó y cayó en la calle, donde sintió su respiración acezante, extendió los brazos en cruz y miró al cielo. No había nubes y las estrellas que centelleaban, le revelaron que nada le pertenecía.

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Leandro Alberto Vásquez Sánchez ha publicado, Saeta, Primer Conjuro (Edit. Fundación Arte & Ciencia). La condesa de Porroliso y Una mujer de aguas tomar, Perfil de Mujer (Crónicas y reportajes. Edit. Fundación Arte & Ciencia). En septiembre de 2017 obtuvo el Premio nacional de cuento “Échame un cuento”, convocado por el periódico QHUBO, con Calle sol, que hace parte de este libro de la Colección El Aprendiz de Brujo.

Ser “descalzo” es una forma de vida

Ángel Galeano Higua

Algunos de los descalzos asistentes a la reunión de presentación del libro “El río fue testigo” (Bogotá, nov. 2017)

El río fue testigo es una especie de devolución de lo que tomé prestado a ese puñado de utopistas modernos conocidos como “los descalzos”. Durante 40 años les he seguido la pista a varios de ellos admirado por su entrega, por esa suerte de devoción casi religiosa con que construyeron a pedacitos un mundo nuevo en la década de los 80. Porque ellos alcanzaron a construir un mundo nuevo, aunque por poco tiempo, en algunos lugares de Colombia.

Francisco Mosquera, el estratega de los descalzos (Archivo El Pequeño Periódico, 1984)

Tuve la fortuna de enrolarme como cronista de esa odisea. De la mano del soñador mayor, Francisco Mosquera, una antorcha siempre encendida, y con mi corazón prendado de una mujer que lo dejó todo por entregarse al servicio de los más pobres de nuestro país, valiéndose no sólo de sus conocimientos y destrezas en el campo de la salud, sino echando mano de una infinita capacidad de trabajo y sacrificio: Carmen Beatriz, una auténtica descalza.
Un cronista con ínfulas de aprendiz de escritor, es decir, un hombre con su propio sueño, lo que equivale a algo inútil para la sociedad en términos económicos y prácticos. No obstante, esa aparente inutilidad puede proyectarse como una conciencia dispuesta a hablar. Está presente, vive, respira, fluye como un río y como un río es testigo, no sólo de lo que se extiende más allá de sus orillas, sino del torrentoso cauce que corre sin cesar.

Aquí funcionó el Centro Médico de Especialistas, desde donde los descalzos organizaron cientos de brigadas de salud al Sur de Bolívar (Foto archivo El Pequeño Periódico)

En ese tránsito y con la mirada cargada de curiosidad y asombro, comprendí que no podía guiarme por un solo pálpito, ni una sola voluntad, sino que existían muchos puntos de vista y que mi deber como periodista y escritor era aprender de todos ellos para poder contarlo después. Ser cronista de “los descalzos”, de sus acciones y reveses, de sus nostalgias y temores, y también de quienes en las comunidades recibían esa ofrenda como un milagro humano. Tomar atenta nota de quienes los combatían desde todos los niveles del poder, con el camuflaje de “insurrectos errantes” que combinaban “todas las formas de lucha”, o la tosca posición de la autoridad local o nacional, o parapetados en la sombra delincuencial de los narcos y otras pandillas.

Diseño de Cubierta: Saúl Álvarez Lara (Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia)

A nombre de todos los credos conspiraron contra el sueño de los descalzos y en esa medida propiciaron un abigarrado cuadro de personajes y situaciones, de los cuales un aprendiz de escritor no puede darse el lujo de despreciar a ninguno. Al contrario, con el júbilo de quien encuentra un tesoro, los he querido recoger en mi morral de viajero, a donde van a parar todas las historias que me asaltan en los caminos.

***
Los primeros descalzos que conocí regaban su pregón en los barrios surorientales de Bogotá. Los vi desarrollar tareas de organización en los barrios de invasión y en una monumental refriega con la policía del Distrito cuando, luego de varios meses de meticulosa preparación, cuajó un multitudinario paro cívico exigiendo transporte público hasta Juan Rey, en la carretera a los llanos, que nos desbordó a todos. Tomé mis primeros apuntes y coleccioné recortes de prensa que aún conservo, con la idea de escribir un libro de cuentos. Recuerdo a líderes excepciones de esa zona como la liberal gaitanista, Cecilia Camacho de Orellanos. Eran los años del gobierno liberal de Alfonso López Michelsen. Entonces cursaba estudios de Ingeniería Eléctrica en la Universidad Nacional.

Los niños fueron siempre centro principal de atención de los descalzos. La foto corresponde a uno de los tantos eventos organizados alrededor de la Cooperativa campesina en Montecristo. (Foto archivo El Pequeño Periódico).

Con la primera oleada juvenil que abandonó la ciudad, tuve la oportunidad de conocer el trabajo pionero en la zona cafetera, en una apartada vereda de Neira a orillas del río Cauca, a donde se había descalzado Arnulfo Cifuentes, uno de los activistas de los cerros surorientales de la capital, en compañía de Olga Lucía Giraldo. Allí los vi intentando, por primera vez, cambiar sus manos de intelectuales por los de labriego. Esfuerzos infructuosos a la postre. Cabalgué con ellos por esas empinadas cumbres llevando mi proyector manual de filminas, para proyectar en un telón improvisado de una finca las imágenes de un encuentro campesino realizado en la vereda La María. Los campesinos lanzaban exclamaciones, entre incrédulos y asustados al verse plasmados en esa sábana prestada por la esposa del mayordomo.
Después viajé a la región tabacalera del Carmen de Bolívar y Ovejas, donde me establecí durante más de un año. A pesar de las condiciones muy difíciles escribí mi primer libro relacionado con esta gesta, una especie de novela de más de 200 páginas, que recogía la vida del carmero Rufino Tamayo y su familia campesina dedicada al cultivo del tabaco, y a una mujer hermosa a la que llamaban La Turca, ataviada casi siempre con un turbante de colores vivos y que vivía en una casita de palma en las afueras de Ovejas, quien no sólo me invitaba a almorzar cuando la visitaba en compañía de Tito, otro descalzo oriundo de San Juan Nepomuceno, sino que nos contaba historias de su oficio de leer el tabaco. Entre los personajes resaltaba un maestro del colegio cuyo nombre, por desgracia he olvidado, quien me abrió varias puertas de amistad con pobladores de aquel pueblo donde había nacido el gran músico Lucho Bermúdez. Cuando terminé de escribirla la envié a Bogotá para evitar que la policía me la incautara, ya que en cualquier momento podía ser interceptado como sospechoso: no era de la región, no tenía empleo, y para completar me reunía con campesinos y líderes de la población. Varios años después, en una visita a Bogotá me dirigí a la casa frente a La Rebeca de la calle 26, buscando al secretario regional a quien había confiado mi manuscrito, pero para mi sorpresa me dijo, con todo el desparpajo, que no recordaba dónde la había dejado. Retomé mis estudios de ingeniería, pero mi pensamiento estaba ya en otro viaje.

Bus escalera en la zona cafetera (Foto archivo El Pequeño Periódico)

En mi definitivo paso por Medellín y Antioquia, pude acompañar a varias delegaciones en campaña y comisiones del periódico, a diferentes poblaciones alejadas. Tomé apuntes de cuanto podía, entrevistas y anécdotas. En Medellín, por ejemplo, fui testigo de la marejada humana que llegó huyendo de la violencia, a lo que hoy se conoce como la Comuna 13. Esas montañas se poblaron de la noche a la mañana con miles de familias que buscaban donde detenerse en la desesperada carrera que habían iniciado en Urabá y otras poblaciones del noroccidente antioqueño por salvar su vida. Vi cómo esos compañeros se esmeraban día y noche por ayudarlos en la organización comunal, trazaban calles, establecían pilas de agua comunitaria, aunaban las fuerzas de los desplazados en medio de las contradicciones propias de aquel desorden.
De la mano de los dirigentes sindicales conocí los grandes centros de producción textilera en Itagüí, Bello y Medellín, los socavones de las minas de carbón de Amagá y Titiribí y estuve en el entierro de más de cien mineros que murieron achicharrados por la explosión del grisú, en una tragedia anunciada de la cual los responsables fueron la empresa y el gobierno. Asistí a muchos sindicatos en la elaboración de sus periódicos y aprendí de su coraje y su persistencia, pero también conocí de sus carencias culturales y las limitaciones impuestas por el establecimiento para dificultarles el acceso al mundo del libro, de la literatura, del arte y de la ciencia.
Y en todos estos trances, cada año, el “Día más luminoso de la tierra”, el Primero de Mayo, que sigo celebrando aunque sea en la intimidad de los recuerdos.

La huelga – Pintura de Clemencia Lucena

A finales de los años 70, estando radicado en Medellín como maestro del INEM, conocí a la descalza con quien he vivido desde entonces. Y con ella nos fuimos para el Sur de Bolívar, llevando con nosotros a nuestra pequeña hija Bárbara de dos años. Abandoné mis estudios que había retomado en la sede de la U. Nal en Medellín. Doble revolución para mí, desde entonces no he vuelto a ser el mismo. Fue una ruptura que tanto ella como yo quisimos que fuera total, hasta que a los 10 años de estar allí, se hizo imposible continuar por el grave peligro cernido en el Sur de Bolívar y en todo el país, por parte de los grupos armados, y tuvimos que regresar a Medellín para empezar de nuevo, desde cero.
El río fue testigo corresponde a este tramo y el puerto de Magangué como base principal desde donde irradiaron su acción más de 35 descalzos provenientes de diferentes regiones del país.

En este libro aparecen los hechos históricos tal como sucedieron y se constituye en mi alegato fundamentado y mi denuncia del asesinato de nuestros compañeros por parte de los grupos armados. Lo terminé de escribir por primera vez en el año 2000, fue publicado en el 2003, sin editar y ahora, con el concienzudo trabajo de relectura, corrección y edición que me llevó más de tres años, y el acompañamiento de mi mujer y mi hija, de algunos amigos y la mirada incisiva y crítica de Conrado Zuluaga, recorro el país entregándolo no solo a aquellos valientes e inolvidables descalzos donde quiera que estén, sino, y sobre todo, a las nuevas generaciones para que conozcan esta trascendental estrategia revolucionaria concebida y dirigida por Francisco Mosquera, única en el país y quizás en Latinoamérica.

Panorámica del puerto de Magangué en 1982, cuna de El Pequeño Periódico

Al contrario de lo que algunos puedan pensar, ésta no se ha agotado, sino que se proyecta como una necesidad para que Colombia ingrese, al fin, en el camino de la autonomía, la dignidad, la modernización y el auténtico desarrollo armónico fruto de la diversidad y las contradicciones. Ser descalzo es una forma de vida, una concepción y una ruta, sin importar dónde nos hallemos ni con quién. Los descalzos siempre dirigen su mirada hacia un horizonte en el que todos los colombianos disfrutaremos algún día con dignidad y en armonía, sin discriminaciones de ningún tipo, del gran misterio de la vida. ¿Cómo no escribir sobre esta generación y sus atrevimientos vigentes?

La peor desgracia que le puede pasar a una nación es que suceda una dislocación entre generaciones, una ruptura en esa cadena de la memoria. Por ello no debemos ahorrar ningún esfuerzo para contarles a los niños y a los jóvenes esta historia que sucedió, que es real, y que El río fue testigo recrea con la fuerza y la pasión propias de quienes la inspiraron. He venido a devolver lo que tomé de ustedes, los descalzos, con la vergüenza de no haber alcanzado la altura sublime que esta saga merece, pero con la alegría de haberlo intentado.

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Palabras de Ángel Galeano Higua durante la presentación del libro El río fue testigo, ante un grupo de descalzos y amigos reunidos en Bogotá el 16 de noviembre de 2017.

Papá

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa

 

Papá

Claudia Restrepo Ruiz

 

Extrañaba pronunciar esas dos sílabas. Estoy sola, te llamo varias veces. ¡Te extraño tanto papá! La muerte es atractiva cuando pienso que te veré. A veces creo que será como cuando llegué de Europa embarazada. Aún conservo tu imagen en chaqueta café con los brazos cruzados esperándome mientras descendía por las escaleras eléctricas. No podía haberte decepcionado más y tú no podías haberme amado menos.

Claudia Restrepo Ruiz, en la sesión del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, martes 7 de noviembre, al recibir su nuevo libro.

Te dolí papá. Te dolí tantas veces bajo mis cielos grises, ante mis auroras tristes. Y me amaste, con furia, me amaste siempre. Solo una vez me hiciste un reclamo. Ahora te imagino de carrizo y chaleco en la sala. Dices que odias los festivos porque te alejan del trabajo. Tienes reuniones el martes en Bogotá y me pides que te acompañe por la talega al club. Nos reciben los muchachos de Fupac, fundación que ayudaste a crear para dar estudio a los caddies. Y te veo de polo amarilla y gorra. Los taches de los zapatos suenan sobre el asfalto. Observas jugar a Tomás en el arenero. El socio, tu socio, crece rápido y se parece a ti. Me hablas de los búhos en el campo y de lo incómodas que resultan las garzas cuando defienden su nido al paso. Una vez hiciste hoyo en uno y celebraron durante varios sábados. Amas bailar y durante los remates de corrida te luces en la pista. Una sola vez me llevaste a toros y me prometiste que sería la última. Te gusta como te preparo el roncito, el hielo es la clave. Pensativo eres atractivo. Planeas las vacaciones con mucha antelación. Hablas con la abuela y Margot, muy temprano. Ya la abuela te dijo que estoy construyendo la alcoba del no dolor. La sala en realidad y pronto iré al Banco para conversar contigo. Mientras tanto, todavía muero cuando alguien enciende un cigarrillo o pruebo un sorbo de cerveza. Estás en los confines de mi historia, en el marcador del Santafé y en la brisa de Barranquilla. Tu acento neutro no delata tus raíces. De la imaginación, sacas una espada y me preguntas dónde está el dragón. El dragón soy yo papá, es a mí a quien temo, no he logrado ser mi amiga después de tantos años, me flagelo. Sin tu risa el mundo está medio vacío. Sin tus ojos, el mar perdió uno de sus tonos. Y continúo llegando a ti, hecha, deshecha, maltrecha. Y te sigo hablando sobre la vida y sus exposiciones. Sobre mis personajes y mis lecturas. Sobre la página del duelo que dejaste marcada en el libro de Santiago Rojas. Y no te sé morir, cada noche te bendigo. No pude tener un mejor padre, un mejor amigo… que tú. Tu presencia me acompaña. Papá, papá, papá.

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Claudia Restrepo Ruiz, ha publicado:  Ciento uno, novela Beca Alcaldía de Medellín, Fundación Arte & Ciencia, 2010.  De roca y Sal, cuento Ganador concurso Binarius, Universidad Eafit 2010.  Bitácora del cuerpo, relatos Fundación Arte & Ciencia, 2014. Los umbrales del delirio, relatos, 2016. El vendedor de Biblias, cuento incluido en el libro Flores en la pared y otros relatos, Fundación Arte & Ciencia, 2015. Algunos de sus escritos han sido incluidos en Antologías de Yurupary Ediciones, Tragaluz y Binarius.

 

Hace parte del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo