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Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“Qué bueno una sociedad sin dinero”

Entrevista con el escritor Álvaro Jiménez Guzmán

Por Ángel Galeano Higua

Escribía columnas en el periódico El Mundo de Medellín y allí fue donde lo leí por primera vez. Se le notaba esa llama emprendedora encendida desde su juventud cuando coincidimos en alguna reunión y se interesó por EL PEQUEÑO PERIÓDICO. Lo invité y sin dudar se involucró. Adquirió un compromiso a fondo y no sólo escribió sesudas columnas sobre la situación económica, social y política del país, sino que comprendió que para elevar el nivel de sus artículos era menester escribirlos con finura. Los que lo conocemos somos testigos de su fe y entusiasmo inquebrantable por aportar su energía a las causas justas. Rebelde en su juventud, ha dejado esa impronta en la mayoría de sus textos.

Como le sucede a muchos que desean escribir literatura, pero su mundo académico ha estado centrado en otras profesiones “exactas”, Álvaro Jiménez ha dedicado mucho tiempo para quitarse de la mente los esquemas técnicos, sus lenguajes pre-establecidos tendientes a demostrar una ley determinada o confirmar un postulado. En literatura no funciona así. Se trata de una liberación de la mente mediante la vida y las palabras. La herramienta principal es la imaginación y no los manuales. Al cabo de los años su persistencia le ha otorgado el beneficio del atrevimiento.

Tiene en su haber varios libros y una experiencia de vida de la cual extrae recuerdos como tesoros para sus escritos. Como dice en esta entrevista, la infancia lo marcó y recibió de sus padres el legado de la generosidad, la humildad y la solidaridad. Sus cuentos se alimentan de duras faenas, sueños enfrentados, personajes poderosos que cabalgan sobre el lomo de otros seres humanos a quienes esquilman y desprecian. Su literatura es una constante lucha, tanto en su elaboración como en las tramas. Su estilo va precisándose, y el asombro y la observación le guían en las búsquedas. Su disciplina es conmovedora, tiene el privilegio de la testarudez creadora. Ahora, gozando de su estado de jubilado de ISAGEN, reparte el tiempo entre su familia y la literatura. Es un lector que escudriña y busca y vuelve a escudriñar, con el hambre insaciable del aprendiz. En este sentido, no ha dejado de ser joven, aunque los años le hacen guiños de vez en cuando, él los aprovecha como material para sus historias.

Álvaro Jiménez Guzmán

Álvaro Jiménez Guzmán. “En mis primeras andanzas juveniles, de parrandas y tragos y novias, con amigos o parientes, ocurría que me pasaba de copas, me enlagunaba y no era capaz de controlarme en la euforia del momento. Un primo, conocedor de esta debilidad, inventó un día que me había orinado en el parque de Cereté, delante de la gente cuando salía de misa, después de la fiesta en un matrimonio. Creyendo en esta versión, duré una semana sin salir a la calle, avergonzado por semejante “desliz”. Estas eran mis desabrochadas, incluyendo amanecidas bailando con bellas chicas al son de los Corraleros de Majagual en la Avenida del Río de Montería, en las ferias de la ganadería de mediados de año, y tirándonos maizena. Por fortuna “Eva no ha muerto aún”. (foto archivo)

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Mis gracias son varias, y no hacen parte de los “dones sobrenaturales” concedidos por Dios para elevarme como criatura racional. Son terrenales. Me las ha concedido la lucha por la vida. Por ejemplo, el desapego por el dinero, factor por el que se originan guerras y trágicas disputas. Lo aprendí de la resignación y humildad de mi madre ante sus solitarios avatares por darnos un lugar digno en este mundo. Tal convicción me llevó a ser proclive a la utopía socialista en mi temprana juventud. Cuando me hablaron de que era posible una sociedad sin dinero, y lo verifiqué en la teoría, creí que las enfermedades sociales que trajo el capitalismo desaparecerían como por encanto. Mi generosidad se fundamenta en esta creencia, pero no soy limosnero porque con esta postura no se erradica la pobreza material. Derivado de este contexto, está la disciplina que me condujo toda la vida a ser impaciente cuando las situaciones que sorteo no me salen como deseo que salgan. He tenido que crecer en este aspecto, pero no del todo, con el riesgo de que me tilden de “cara de puño”. Como dice el viejo proverbio: “Nadie ve al viento, sino su efecto”.

Casa de la Cultura de Cereté, Córdoba

P. ¿Cómo es que un economista decide escribir literatura?
R. Antes que pensar en la economía como profesión, por iniciativa de profesores de español en el colegio donde estudiaba bachillerato, una de las tareas era escribir en un periódico mural. Era una cartelera especial donde los estudiantes publicábamos nuestros manuscritos. Llevado por mi disciplina, escribía breves relatos, u opiniones sobre cualquier tema de interés local. Un hermano medio mayor me retó a que escribiera un artículo en su periódico Cumbre, de periodicidad mensual, que él dirigía en Montería, cuando yo apenas cursaba primero de bachillerato. Me dio miedo semejante propuesta. Varias semanas después aparecí con un tema sobre la caracterización de mi colegio, y que publicó. De aquí provino mi interés de hacer un curso de periodismo por correspondencia cuando cursaba segundo de bachillerato.

Luego fundé el periódico cívico La Nueva Bagatela, en compañía de otros estudiantes del colegio. Censurado el periódico por la diatriba confesional desde el púlpito en plena misa por el párroco de Cereté, no hubo otra alternativa que refugiarme en la frustración y los libros. Tuve que conformarme por algún tiempo con el “tedio de la parroquia”, al decir del poeta Luis Carlos López, donde “La población parece abandonada” y sin “una sola ilusión inesperada”. Buscar en un provincianismo pacato las causas de este fenómeno de prohibición de la libertad de expresión, me condujo al camino sociopolítico. Y en medio de la atmósfera revolucionaria de la época, me llamó la atención la importancia de la economía para cualquier sociedad. En Nikitin encontré los primeros elementos que cifraban en la infraestructura económica la base del desarrollo de una sociedad, a través de la planificación estatal centralizada. Base de la superestructura social en la concepción hegeliana del marxismo-leninismo. Pero cuando estudié economía con la ilusión de que como disciplina del pensamiento podrían solucionarse los complejos problemas de la sociedad, me di cuenta de que es importante como herramienta técnica pero nunca la panacea para resolverlos. El enfoque profesional es técnico, pero no para erradicar, en general, los obstáculos del desarrollo de los pueblos, que tienen su asidero en concepciones filosóficas y políticas de Estado.

Álvaro Jiménez Guzmán escribió su columna Grito en los pretiles en El Pequeño Periódico durante varios años. La Fundación Arte & Ciencia publicó un libro antológico de dichos escritos (Foto archivo)

Más tarde, al finalizar los estudios de economía, seguí con la inquietud de escribir sobre temas económicos, ya como miembro de la Sociedad Antioqueña de Economistas, o como columnista de algunos medios de comunicación. Cuando me pensioné, imbuido hasta los tuétanos por la literatura económica, busqué al director de El Pequeño periódico”, Ángel Galeano Higua, a quien había conocido en las lides políticas de izquierda, y me abrió las páginas de su periódico y me propuso vincularme a su propuesta de Taller Literario, luego de haber asistido a sus sesiones literarias en Comfama. La primera dificultad que tuve que sortear fue superar el lenguaje de mi formación de economista, que se reflejaba en mis textos literarios. Aunque era lector de literatura, no era mi frente como estudioso. Lo primero que hice fue leer solo obras literarias y descartar la literatura económica. Lo aprendí no solo por la experiencia en el taller, sino también al leer una entrevista que le hicieron a García Márquez después de que escribiera su obra maestra. Le preguntaron qué leía en el momento, y dijo que cuentos infantiles, para poder desembarazarse del lenguaje de Cien años de soledad. Si eso lo hacía él, con suprema razón debía hacerlo yo, un simple aprendiz de escritor en tiempos de madurez.

P. ¿Consideras que has avanzado o has retrocedido en ese nuevo mundo de las letras?
R. Haber tenido el atrevimiento de publicar tres libros de mi propia autoría, uno de crónicas y dos de cuentos, más cinco como coautor de libros de cuentos, me indican que he avanzado. Las dificultades en la creación literaria son grandes, mas no imposibles. Suelo acompañarme del escritor uruguayo Mario Benedetti cuando dice: “No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento. Aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños, porque cada día es un comienzo nuevo, porque esta es la hora y el mejor momento”.

Lo conforman 26 crónicas, entre los que se resalta Y ardió Raúl, una evocación del poeta Raúl Gómez Jattin también oriundo de Cereté, de quien Álvaro Jiménez fue su amigo de infancia. Diseño de portada Saúl Álvarez Lara.

P. ¿Cuándo comprendiste que podrías convertirte en un aprendiz de escritor y de lector?
R. En mi alma siempre ha flameado la llama por leer y contar historias, empezando por contar los episodios familiares y sociales que me han rodeado. No otra cosa alberga el espíritu de comunicar para expresar lo que hierve en nuestra conciencia social. En parte ya lo he explicado a propósito de mi afición como empírico periodista cívico y de mural de colegio, y después como economista. Pero luego de la tenaz lucha por la subsistencia, aparejada con la madurez, el panorama para esta comprensión se amplía y consolida. Con la disciplina de leer casi todo lo que ha caído en mis manos, también me he guiado por la divisa expresada por el escritor francés Daniel Pennac: “La lectura nos abstrae del mundo para hallarle un sentido”. En la creación literaria no solo se aprende a ver, también a observar. Bien lo advertía el escritor ruso León Tolstoi: “Hay quien cruza el bosque y solo ve leña para el fuego”.

P. Tus textos publicados hasta el momento no son de largo aliento, más bien cuentos, relatos. ¿Qué piensas de ello?
R. Me he trazado una metodología, por así decirlo, de avanzar peldaño por peldaño. La modestia en el terreno del arte así me lo ha hecho entender. Primero se construye una enramada, luego una casa y, si es posible, un edificio con varios pisos. Mis primeras intenciones se asocian a noticias, crónicas, editoriales, columnas de opinión, breves ensayos y relatos. Para dar el paso a cuentos, que me parecen difíciles, no solo al concebirlos sino de escribirlos. Aunque son creación de corto aliento en su extensión, son de largo aliento en su dimensión temporal: a veces he durado varios años trabajándolos y, sin embargo, al final quedan baches en su forma o estructura. Pero la constancia en sacar adelante una obra literaria de calidad se traduce en satisfacción personal porque el lector merece respeto. En la actualidad estoy próximo a publicar un libro de cuentos de navidad, y en una aventura mayor, de largo aliento: escribo una novela que intenté escribirla varias veces. Solo ahora le he hallado la estructura, el tono y la forma.

P. ¿Cuál fue tu primer texto publicado y cómo viviste esa experiencia?
R. Mi primer texto literario fue publicado en el periódico Raíces cuando finalizaba mi carrera de economía. Resultado de un concurso de cuentos y poesía que se realizó en el marco de un carnaval de Riosucio, Caldas. El primer puesto lo gané con el cuento Las bestias del infierno. Era la primera vez que escribía un cuento y tuve esta satisfacción.

P. ¿Y el último?
R Los tress últimos, contenidos en mi libro de cuentos publicado este año: La llegada del Chiminigagua, Colección El Aprendiz de Brujo, conformado por tres títulos: En pública subasta, En la ciudad no hay bosques y La llegada del Chiminigagua, que le da el título al libro. Este cuento, que invoca el dios de la luz de los muiscas, lo escribí el año pasado como un homenaje a ISA en sus cincuenta años, por haber construido la primera gran central hidroeléctrica del país, y la tercera en el mundo, a la sazón, donde se articula leyenda con realidad técnica, en una época en la que el desarrollo de la infraestructura tecnológica era incipiente y muchas regiones sufrían el flagelo de la oscuridad en un país en vías de desarrollo.

Este libro incluye su crónica Los dolores del río. El diseño de la portada es de Saúl Álvarez Lara

P. ¿Cuál de tus textos te ha costado más trabajo? ¿Por qué? ¿Cómo las superaste?
R. El texto literario en el que más me demoré se titula Favor tocar el timbre, que ganó el segundo premio del Primer Concurso de Cuento y Poesía convocado por la Asociación de Pensionados de la Caja Agraria, Asoagro, en septiembre del 2006. Todavía no existía el Taller Literario El Aprendiz de Brujo, donde los textos avanzan porque las críticas de sus miembros los cualifican. Me correspondió una lucha solitaria de revisión constante por varios años. La mejor prueba de que lo dejé a punto estuvo en su premiación. Lo curioso de esta incursión literaria es que Ángel Galeano, en ese momento director de “El Pequeño Periódico” y en el que yo participaba, sin que ninguno de los dos lo supiera, porque uno concursa bajo seudónimo, le correspondió como miembro del jurado del concurso premiar mi cuento. Me cercioré por la firma del acta. Este cuento se publicó en la revista Asopen a propósito de los 10 años de la Asociación de Pensionados, en el 2006. Del Acta del Jurado: “El Segundo Puesto para Favor tocar el timbre, firmado por El Comunero, por la fluidez de su historia y el deseo de recrear la ciudad desde un ángulo diferente, es una buena muestra de la narrativa urbana”.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Me persigue ahora el tema de la novela que estoy escribiendo, para el que me ha exigido leer otros libros. Crear nuevos universos en el arte literario se asimila a la inventiva de la ciencia. Por eso en la vieja sabiduría de Abisinia se afirma que “La simpleza de la ciencia es tan grande como una montaña”.

P. Si tuvieras que viajar a la selva y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías? ¿Por qué?
R. Me llevaría Una danza contra el viento. En parte del prólogo de este libro planteo aspectos como éste:

En esta colección de cuentos, Álvaro Jiménez muestra su predilección por los Epígrafes, cuya selección armoniza con las historias narradas.

“Hemos trasegado por la selva del horror, y aun padecemos la herencia perversa de aquel destino fatal de Arturo Cova, protagonista de La vorágine, quien sentenciara: ´Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia´”. Lo tendría como un conjuro contra quienes han vagado por nuestras selvas convertidos no solo en monstruos que se alimentan de carne humana, sino también en sus depredadores, irrespetando su primitivo origen, anterior al hombre. Esta verdad incontrovertible –violencia absurda– es contraria a la razón, según un viejo proverbio chino. Si los espejos de nuestras propias convulsiones no nos conmueven estaremos condenados al eterno clamor de una paz que nunca llega.

P. Para evitar que te condenen a limpiar durante 10 años el túnel de La Quiebra si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías? ¿Por qué?
R. No destruiría ningún texto porque todos ellos, así sea el de menor calidad, han forjado lo que hoy representa mi modesta literatura. Sería como condenar a un hijo a la muerte porque nació enfermo. Limpiaría el túnel de La Quiebra diez años o más, incluso bajo la consideración de que esos diez años de condena me reportarían otro rico expediente para convertirlo en novela. La literatura nace de la aventura de la vida. Gran parte de mis cuentos son construcción con base en aventuras. Por ejemplo, el cuento Los escrúpulos no dan de comer, de la colección Una danza contra el viento, comienza así: “En un barranco protegido por un árbol de ramas precarias y conchas muertas, a orillas de un río maloliente, Tiberio descansa por momentos. Llegó de San Clemente, una región que ha vivido de la minería informal. Sus padres, muy ancianos, dependían de su bateo o “lavadero de pobres”. Un grupo armado indeterminado se asentó en los alrededores de aquel lugar. Y se fue apropiando, con amenazas soterradas, de la explotación minera. Cuando los más jóvenes se percataron que se trataba de guerrilleros que también reclutaban, huyeron despavoridos. Tiberio casi cae en sus garras. Como no quiso engrosar su máquina de guerra, se escabulló una noche en medio de un aguacero hacia donde vivían unos parientes, cerca del río Porce. Allí también raspan la superficie de su cauce: lavan la tierra para extraer ´la puta común de todo el género humano´”. Este cuento, como en la vida de cualquier colombiano sin fortuna, es una aventura. Lo encabeza un viejo proverbio de Brasil: “Quien es un

Durante la conversación en la Fiesta del Libro de Medellín, a propósito de haber obtenido la Beca de Vigías del Patrimonio por el trabajo del Grupo Literario sobre el tema del río Aburrá.

verdadero hombre, saca el pan hasta de la misma piedra”.

P. Como economista cómo consideras la relación con la literatura.
R. Mi formación como economista no ha sido óbice para relacionarme con el universo literario. La ha facilitado porque la disciplina por la lectura ha cumplido su papel. La economía es una ciencia. El arte literario, también lo es. Se complementan. La diferencia está en su lenguaje. Y esta visión permite bucear los fenómenos económicos subyacentes en las obras literarias. Lo podemos observar en La vorágine, en la que José Eustasio Rivera denuncia la explotación de los caucheros colombianos por el monopolio de la casa Arana, por ejemplo. Tanto aborígenes como campesinos esclavizados no tienen derecho siquiera a morirse porque siempre están hipotecados por sus deudas. Es un fenómeno económico para analizar en esta portentosa obra.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?

Álvaro Jiménez ha participado como miembro del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, en diversas actividades realizadas en colegios urbanos y rurales. Aquí en la celebración del Día del Idioma. (Foto archivo)

R.  Asisto al Taller El Aprendiz de Brujo porque, al haber participado en su creación, he avanzado. Se destaca la producción literaria de sus miembros y se nos critica con altura y respeto. Constituye una satisfacción no ser objetodel tufillo de la burla propio de espíritus mediocres, pero que se creen superiores en materia de arte. En esta experiencia podemos decir que cuando se seduce el corazón con tacto, el cuerpo queda esclavo.

P. Te piden como pasaporte al paraíso que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. En mis primeras andanzas juveniles, de parrandas y tragos y novias, con amigos o parientes, ocurría que me pasaba de copas, me enlagunaba y no era capaz de controlarme en la euforia del momento. Un primo, conocedor de esta debilidad, inventó un día que me había orinado en el parque de Cereté, delante de la gente cuando salía de misa, después de la fiesta en un matrimonio. Creyendo en esta versión, duré una semana sin salir a la calle, avergonzado por semejante “desliz”. Estas eran mis desabrochadas, incluyendo amanecidas bailando con bellas chicas al son de los Corraleros de Majagual en la Avenida del Río de Montería, en las ferias de la ganadería de mediados de año, y tirándonos maizena. Por fortuna “Eva no ha muerto aún”.


P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario? (algo de historia de tu experiencia)
R. Nunca tuve la costumbre de llevar un diario. Esta práctica de hoy es obra del Taller Literario. Qué tan importante hubiera sido llevar un diario desde la juventud para luego saquearlo y ayudar a construir nuestra obra literaria. La memoria es incapaz de albergar todo lo que ocurre en nuestra existencia. Grandes obras de la literatura universal han surgido de diarios meticulosos. Por ejemplo, El Diario de Ana Frank, donde cuenta, de manera muy personal e íntima, los más de dos años que ella, su familia y otros judíos, estuvieron en un pequeño anexo de Ámsterdam para evitar caer en manos del ejército nazi. Confieso que no soy disciplinado para esta tarea, pero hago el esfuerzo.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario? (Envíame unas 2 o 3 fotografías de las páginas de tu diario)
R.  Sí, por supuesto.

Febrero 3 del 2010
“Después de que descendiera del piso 12 de la Gobernación de Antioquia, donde funcionarios de los sectores público y privado hablaran de las Pymes de Urabá, me sorprendió la manera original en que un indigente pedía limosna: mientras estaba sentado en el piso rascándose su barba hirsuta, recostado contra un muro que limitaba el sendero por donde transita el público que viene de la Alpujarra hacia la calle Carabobo, al lado de un abultado y mugriento saco de fique, su equipaje de calle, un perro grande, negro y de manchas anaranjadas en la cabeza, le pedía limosna en un baldecito de plástico que le colgaba del cuello. El perro conocía su labor: alzaba humilde su testa, pero diligente, hacia los transeúntes, bamboleando el recipiente para que lo vieran y le echaran las monedas pertinentes. Alguno que otro peatón se detenía con curiosidad a observar la labor del perro pordiosero. No es un animal chandoso. Tiene el glamour imposible de ver en el sucio indigente que lo utiliza”.

Marzo 22 del 2010
“A la vera del sendero peatonal del complejo de cabañas Los Almendros, ´María Mulata´ se encarama en el borde de una cesta de basura. Picotea, saca papeles sucios, los tira al suelo, donde se derraman los desperdicios de alimentos, traga vigilando con sus ojos de perla, y cuando alguien se acerca desprevenido por el sendero de cemento, vuela a los palmares de la playa chillando frenéticamente. Y cuando está tranquila combina su chillido con un gorjeo grave, de bajo musical, al vaivén del viento y el rítmico rumor de las olas del mar”.

Marzo 6 del 2010
“Allí está otra vez sentado en la banca. Parece una estatua. No saluda ni modula palabra alguna. Tiene cara de amargado. Es un anciano triste. Solo se mueve cuando cambia de posición su bastón. ¿Cómo hará para estar allí mirando de largo, solo viendo pasar los carros, la gente y las horas del día? Cuando no lo volvamos a ver es porque, tal vez, ya se haya muerto”.


 

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Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“Las palabras son un estorbo”

Entrevista con la escritor Leandro Alberto Vásquez Sánchez

Por Ángel Galeano Higua

Conocí a Leandro cuando terminaba su secundaria. Muchacho callado y atento. Su padre me lo presentó en alguno de esos eventos literarios que hacíamos en los colegios, porque sospechaba que su hijo tenía cierta inclinación por la lectura y la escritura. No se equivocó. Desde entonces, hace más de 13 años, Leandro no ha dejado de sorprenderme por su capacidad creadora, esa silenciosa y profunda escucha que lo caracteriza y, sobre todo, la delicada filigrana con que teje sus escritos. Soy testigo de su crecimiento descomunal con el ejercicio de las palabras. Estudió periodismo en la Universidad de Antioquia y como tal fue uno de los líderes de los Encuentros nacionales de TOMA LA PALABRA, experiencia única y maravillosa de una generación que se propuso reunir a jóvenes de todo el país a quienes les gustara leer y escribir. Lo hicieron durante 8 años y sembraron una semilla que algún día el país podrá conocer en su plenitud.

La estoica disciplina que ha construido para leer con lupa de mil aumentos las grandes obras, la devoción con que persigue las palabras y la meticulosidad con que las trata, así como esa vibración de la vida del barrio que lo jala y lo alimenta y lo embriaga, como el balón de fútbol con el cual gambeteó muchas veces, le han llenado su morral de sueños, única propiedad de la que se enorgullece. Su paciencia raya con la quietud, aparente sin duda, porque, como un cazador, es capaz de permanecer a la expectativa mucho tiempo hasta que suelta su zarpazo con un título, un personaje, un cuento, una crónica que nos electriza. Esta virtud, aunada a sus sorprendentes puntos de vista, lo delatan como un creador nato y demoledor. Es capaz de agazaparse en un cuento durante 13 años, para meterle los dientes cuando la historia ya no tiene escapatoria.

En esta entrevista hace gala de su versatilidad en el aprendizaje. Gambetea con las palabras no para lanzarlas fuera del campo de juego, sino para organizarlas en historias de personajes rudos e indómitos, que sufren y les duele la existencia. Que se buscan y se descubren en la fuerza telúrica de las montañas, en el fluir de los ríos y en los silenciosos y profundos bosques. Encuentros y desencuentros, desafíos, enfrentamientos pueriles y violentos. Y para ello las tiene que usar, las palabras, esas que a veces dicen lo que no quería decir. Leandro sabe que para las grandes verdades del corazón las palabras son estorbosas, y que al usarlas se corren muchos riesgos. En ese reto está el encanto, y eso él también lo sabe.

 

Leandro Alberto Vásquez Sánchez. “Nadie me invitó a la fiesta. Bebí, fumé y bailé. Fue una locura, no sé cuánto duró. Al final se llevaron las cosas de la casa y se marcharon. El último partió después de fumarse el cigarrillo final, lo único que quedaba. Me dijo que se iba para una fiesta mejor. Después de esperar durante años, llegó ella y me preguntó si aquí era la fiesta. Sí, siéntate y sírvete un trago, le dije. Luego de una hora en silencio, me preguntó: ¿a qué horas llegan los otros invitados? Ya se fueron, le contesté. Estás loco y esto es no es licor sino agua, se burló. Ya estoy muy embriagado para discutir, a tu trago lo único que le falta son unas gotas de imaginación, le respondí y ella se sirvió otro vaso”.

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Tengo varias: por ejemplo escribir o vivir sin dinero en los bolsillos. Pero sólo hablaré de la más útil: patear el balón con potencia. Mientras otros tienen que llegar al borde del área para chutar, yo puedo marcar un gol desde la mitad de la cancha de microfútbol. Lo que más disfruto es cuando voy a disparar y los jugadores saltan y los arqueros se agazapan de miedo para no ser golpeados por el balón. Infunden más respeto mis cañonazos que mi título de periodista. Me siento más poderoso cuando veo a alguien sobarse un muslo o la cara después de recibir un chute, que escribiendo una noticia. Soy un pésimo jugador y me enfrento con adversarios tan malos yo, así puedo disimular la falta de talento. Cuando era más joven, me preciaba de ser gambeteador, pero con el tiempo me hice pesado. Ahora son escasos los dribles, pero gané en efectividad. Pienso que algo parecido pasa con las historias que escribo: las florituras disminuyen, pero la contundencia es mayor, aunque no es porque con el tiempo el talento escasee, la verdad no sé si alguna vez existió. Tiene que ver más con la tendencia a adquirir un estilo menos pesado, más sencillo.

P. ¿Avanzas o retrocedes?
R. Camino hacía el pasado y recuerdo el futuro.

La condesa de Porroliso fue uno de los primeros escritos de Leandro publicados en EL PEQUEÑO PERIÓDICO y que apareció luego en el libro Perfil de Mujer, antología con motivo de los 30 años del periódico.

P. ¿En qué sentido?
R. La técnica narrativa es el patrimonio de los aprendices. Es imposible contar algo que represente un aporte a la literatura, así sea mínimo, sin conocer la tradición. En ese sentido la lectura es una vuelta al pasado, una forma de saquear a los creadores que nos antecedieron para rastrear los elementos con que se pueden contar nuestras historias. Sin el aporte de ellos no hay futuro, nada puede ser nuevo, aunque la novedad apenas sea recrear en una narración unos procedimientos, un lenguaje o una cadencia poética que ya otros utilizaron. Sin la lectura crítica es fácil caer en las fórmulas. Es decir, resignarnos a aprender dos o tres técnicas de la academia y utilizarlas para contar muchas historias que terminan siendo esquemáticas. Desarrollamos una especie de producción en cadena en la que nos copiamos a nosotros mismos. Así la aventura de escribir se convierte en un trabajo.
En mi caso, creo que la construcción de los personajes también es una vuelta al pasado para crear el futuro. Los personajes son los espejos de lo que fui, seré, pude o quise ser, así no se construyan basándome en una experiencia intima, así esté contando a mi peor enemigo. Ningún personaje es un retrato acabado de mí mismo, pero sí recojo pistas de quién soy y eso me permite descubrir, en mis apuntes de diario o recuerdos, filones en los que se pueda profundizar ese aprendizaje, el del conocimiento de la condición humana desde mi experiencia vital. Es muy difícil entender el pasado expresado en una imagen mental o un apunte, por eso es necesario arrojar la luz del presente sobre estas vetas a partir de los cuales se puede forjar algo que no existía, esos yo inéditos que se llaman personajes. Por todo esto digo que camino hacia el pasado y recuerdo el futuro cuando leo o escribo.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras un aprendiz?
R. Una noche mientras regresaba de comprar una botella de ron, una patrulla de soldados nos requisó y como el amigo que me acompañaba intentó burlarse de ellos, lo insultaron. Yo reaccioné y les exigí respetó con más insultos, a lo que los soldados respondieron con una paliza a la que me intenté resistir. Aunque no hubo lesiones graves, si me pregunté durante mucho tiempo qué había pasado esa noche. Tanta fue la consternación que me encerré voluntariamente durante seis meses a meditarlo. Sentí que debía contar esa experiencia y otras cosas que me habían ocurrido, pero sólo descubrí que era posible cuando leí Sexus de Henry Miller. Esa voz tan personal, que padecía la sexualidad, su ciudad y el ejercicio creativo con el trasfondo de la guerra, se parecía a eso que bullía dentro de mí. La única diferencia era que yo ni siquiera sabía cómo empezar a contar esas historias que me atormentaban. Fue cuando me vinculé al taller literario de Ángel Galeano Higua y a El Pequeño Periódico. Después de eso han venido muchos maestros, cada libro es uno, los árboles, las piedras y los mayores son otros. Reconozco a los maestros porque ninguno quiere imponerme su manera de ver el mundo, sólo son puentes que me ayudan a guiar hacia afuera esas historias que me cuenta mi maestro interior.

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

En este libro aparece Una mujer de aguas tomar, deliciosa crónica que Leandro Vásquez escribió sobre las valerosas batallas que su madre ha adelantado por el derecho al agua.

P. De tus textos publicados se nota una predilección por los textos cortos. ¿Qué piensas de ello?
R. Pienso que las palabras son un estorbo. Un símbolo apenas, la pobre representación del sentimiento, la imagen o el pensamiento. Por eso creo que es una tarea casi imposible tratar de expresar algo con palabras. Es un trabajo siempre a medias, imperfecto. ¿Entre más hablamos o escribimos estamos más cerca de la perfección? Yo no lo creo. Entre más palabras tenemos que usar para contar algo, más nos alejamos de la pureza del modelo. Las palabras deben ser las necesarias y las precisas. Nos empecinamos en producir y producir palabras por compromiso. Nos las piden en la redacción, en la editorial o porque nos negamos al anonimato. Entonces viene el síndrome de la hoja en blanco y nos angustiamos y hasta enfermamos porque no podemos escribir. Pero qué hay más perfecto que esa hoja en blanco, que ese silencio. Es la oportunidad para pararnos del computador y escapar a la montaña y compartir nuestro silencio con un amigo, las piedras o los árboles. Pero seguro que a la primera oportunidad, nos tomaremos una foto junto a una cascada y las postearemos en Facebook y cuándo regresemos a casa la hoja seguirá en blanco porque no escuchamos nada y nada tendremos para decir. ¿Por qué le tememos al silencio? Quizás por su inmensidad, no resistimos un precipicio tan profundo y tratamos de llenarlo de palabras. Yo creo que la clave está en explorar ese precipicio. Quizás algún día encontremos ahí algo que valga la pena decir.

El archivo general completo de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, desde 1982 hasta 2015, reposa hoy en la Sala Antioquia, de la Biblioteca Pública Piloto. Tanto impreso como virtual, ha sido una gran escuela para cientos de jóvenes como Leandro Vásquez.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer texto publicado.
R. Se llamó Hay oro en Altamira, fue publicado en El Pequeño Periódico en el año 2006. Cursaba el primer semestre de periodismo en la universidad. Conté la historia de un niño que juega con sus amigos en una de las plazoletas de la Unidad Residencial Altamira. Ellos escarbaban en la tierra y cualquier piedra que descubrían constituía un gran hallazgo, pero el verdadero tesoro era que todavía existieran en la ciudad lugares donde los pequeños podían jugar tranquilos y al aire libre. Aunque ya empezaba a decantar en ese trabajo el estilo de lo que quería contar, historias cotidianas, construidas a partir de personajes, tocando temas como el de la infancia, cada vez que leo esa crónica me parece intrascendente. Recuerdo que en esa oportunidad también entrevisté a Juan Ignacio Bustamante, un ingeniero agrónomo que era administrador de la unidad. Me manifestó que la importancia del lugar residía en unas zonas verdes cuyo mantenimiento era dispendioso, pero yo pasé por alto sus palabras. Ahora pienso que lo determinante era hablar de esos árboles nativos que corrían el riesgo de desaparecer, en una unidad residencial muy cercana al centro de Medellín, una ciudad cuyo principal problema ambiental es la calidad del aire, aunque en ese momento eso no era tan claro, el deterioro ambiental era menor que ahora. Me decidí por contar a los niños porque fue una historia que me conmovió muy fácil, pero ni siquiera a ellos los trabajé a fondo, me quedé en unas apreciaciones muy superficiales sobre su cotidianidad y sus relaciones. No entendí lo que tenía en frente porque conocía muy poco la ciudad y sus problemas. Tampoco supe ordenar y disponer la información que levanté. En las entrevistas me acerqué poco a los personajes, demasiado confiado en que la grabadora se encargaría de registrarlos por mí. Pero el principal problema es que este era un tema que me era ajeno, ese no era mi barrio, ni mi urbanización. Es difícil entender las comunidades desde afuera, hay que darse en el tiempo de escucharlas, de caminar los territorios. Es mucho mejor que los habitantes cuenten sus propios conflictos, ellos sí los conocen.

P. Y del último.
R. El último fue Gambeta. Es la historia de un niño que quiere jugar fútbol y su mamá se lo impide porque puede dañar sus zapatos ortopédicos, los únicos que tiene, porque además el niño es patizambo. Gambeta es un driblador endiablado y escapa del control de su mamá en medio de una emergencia de inundación que amenaza con destruir su barrio. El primer personaje que surgió en esa historia fue Gambeta. Cuando leí un pasaje de Respirando el verano, de Héctor Rojas Herazo, en el que Anselmo enferma después de un paseo al mar, pensé en que era necesario contar algo propio, algo de mi niñez, contagiado por esa cadencia poética del poeta de Tolú. Así despertó Gambeta y se echó a andar y cuándo menos imaginé jugaba fútbol y sufría. Ya no era mi niñez la que contaba, Gambeta tenía su propia fuerza. Eso ocurrió hace trece años, antes de estudiar periodismo. En todo ese tiempo también descubrí que la madre parecía una villana, pero eso sucedía porque no le había dado el espacio para expresarse. Quise ahondar en su historia y su carácter para que ella misma se mostrara. Era la primera vez que trabajaba un personaje femenino, así que fue un maravilloso descubrimiento de ese universo y la relación de sobreprotección que esa mujer sostenía con su hijo. En todo ese tiempo también entendí que el barrio era un personaje y lo quise retratar por medio de una falsa alarma de inundación, un hecho que revela ese tejido de relaciones que todavía existe entre los habitantes de estos lugares, en los cuales un chisme puede desatar tragedias. Las personas se sorprenden cuando les digo que ese cuento fue escrito hace trece años, me dicen que es muy corto, afirman que en todo ese tiempo es posible escribir hasta unas cinco novelas. Pero no es que escribiera el cuento todos los días, sólo lo hacía en las épocas que me quedaban libres entre la universidad, el trabajo, las fiestas, los amigos y las novias. Había que vivir. Ese cuento lo quiero mucho no porque sea una genialidad, sino porque fue mi escuela y me parece increíble que haya sobrevivido a trece años, cinco computadores, tres discos duros dañados, seis formateados, a los virus, a mi descuido y mi torpeza. A pesar de que está publicado, estoy seguro de que todavía no lo termino.

P. ¿Cuál de tus textos te ha ocasionado más dificultades?
R. Para mí escribir es muy difícil. Hace no mucho, quise escribir una novela sobre lo difícil que fue contar la historia de un acueducto comunitario de agua. Llegué a enfermar de gravedad y estuve veinte días internado en el hospital. Cuando quise contar esa historia, no fui capaz, la escritura no fluía a pesar de que me forzaba todos los días. Acudí hasta a una terapeuta para desbloquearme, pero no resultó. Un episodio angustiante de verdad. Creo que fue porque no entendía lo que había pasado y en el fondo no quería hacerlo, era más fácil ignorarlo. Tiempo después volví a escribir un diario, a mano en una libreta, y me queda el consuelo de que eso permitió que la escritura fluyera. Sólo solté lo que me pesaba con libertad, sin cortapisas, sin compasión por mí ni por nadie, sin importar si iba a ser publicado o siquiera vuelto a leer algún día. Logré narrar algunas partes de ese libro que todavía sueño. Espero terminarlo algún día. Si las palabras son algo antinatural, forzarse a escribir o a hablar lo es aún más y lo único que puede resultar de eso son problemas.

Mi barrio de noche (Foto de Leandro)

P. ¿Te persigue algún tema en especial?

R. Mi barrio. Es lo único que conozco más o menos a fondo. Vivo en el mismo lugar hace treintaicuatro años. Pero cuando me reencuentro con esos personajes que quiero contar, descubro que ya son otros: adultos, preocupados por trabajar, producir dinero y obtener placer. Desprecian cualquier cosa que se aparte de ese esquema. Si les cuento que quiero contarlos, poco o nada les interesa, prefieren el anonimato. El espacio físico ya es otro también. Dejo de pasar un mes por una calle y cuando regreso, ya hay un edificio empinado en una cuadra de casitas de dos pisos. Hasta hace poco no sabía que ya había semáforos y por las avenidas que cruzaba desprevenido, pasaban las motos raudas a punto de atropellarme y yo no entendía qué pasaba. Terminé por pensar que ese que yo pensaba que era

Mi barrio de día (foto Leandro)

mi barrio, me lo había imaginado. Ya no existe, si acaso algún día existió. Los cambios sucedieron tan de prisa que, a pesar de vivir ahí siempre, no nos dimos cuenta. En cambio, me reencontré con la montaña que tutela mi barrio, un lugar que guarda una memoria mucho más antigua que las calles, las casas y los hombres. Cuando era niño, la caminé con mi familia para elevar cometas, cocinar sancochos o bañarme en los charcos, pero hasta ahora descubro que cada animal, quebrada, árbol o roca puede ser también un personaje. Ese es un tema que me inquieta.

P. Si tuvieras que viajar a la selva y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías?
R. Llevaría Alucinaje, una historia sobre un muchacho que come hongos alucinógenos. Su viaje psicotrópico es una rebelión contra una realidad que lo mantiene adormecido. Pero esa aventura no es una fiesta de luces y placeres. Como en cualquier viaje que valga la pena, el muchacho se encuentra con sí mismo y no le gusta lo que descubre. Su interior se revela a partir de la relación con el afuera: alucina con que las montañas tratan de aplastarlo, los humanos son fantasmas, su cuerpo se vuelve tan liviano que es incapaz de mantenerse en el suelo. Una aventura en la selva es un viaje alucinante en el que no son necesarios hongos o brebajes. Para delirar es suficiente escuchar el río, sentir los arboles descomunales, oler las flores, sumergirse en la vorágine de animales y plantas. No conozco psicotrópicos más poderosos. Alucinaje me ayudaría a no asustarme, a recordar que sólo soy yo el que se rebela en la naturaleza, a no escapar cuando me descubra en el espejo de la selva.

P. Para evitar que te condenen a barrer todas las calles de Medellín si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías?
R. ¿Todas las calles? De verdad destruiría cualquiera. No imagino un castigo peor. Pero si me permiten elegir, optaría por los textos que también fueron una condena. Hace unos años, trabajé en un periódico comunitario. Se producía una publicación mensual, pero cuando yo empecé fue necesario hacer la del mes anterior que estaba atrasada, la del mes actual y cuatro ediciones especiales. Todo en cuatro semanas. El equipo sólo éramos el director, un diseñador externo y yo.

Además el director estaba ocupado todo el día desarrollando un trabajo comunitario con el que se sostenía la corporación. Escribir se volvió tan repetitivo como cavar un agujero con una pala. Las salidas de campo eran pocas, me la pasaba ocho horas o más en una oficina pequeña, frente al computador, corrigiendo o escribiendo textos. El escaso dinero que ganaba, lo gastaba en el bar.

Leandro Vásquez (der) cuando ganó el Premio Nacional de cuento convocado por el periódico “Qué hubo”, 2017, con su cuento Calle sol.

Gracias a los aportes de los habitantes de la comuna pudimos salir más o menos a salvo de esa coyuntura. Aprendí poco porque no había un editor que me enseñara. Yo era el redactor, el editor y el fotógrafo. El director ayudaba en lo que podía, sobre todo con las páginas editoriales y consiguiendo colaboraciones. Me equivoqué mucho, mucho. Y el rodaje era de mil ejemplares que, en ocasiones, también ayudé a distribuir. Sin embargo agradezco la oportunidad de conocer la ciudad y el trabajo de tantos líderes. Para evitar barrer toda la ciudad, entregaría uno de los textos que más me gusta de esa época: Barrio Cementerio Ciudad Central, la historia de una comunidad que se levantó sobre un terreno que perteneció a un cementerio. En la entrada, había tres lapidas. Cuando se construyeron las casas era común encontrar huesos y partes de cuerpos. Los habitantes contaban que había personas que escuchaban quejidos todas las noches u otras que tenían espantos propios, llegaban a las casas y los saludaban como a otro miembro de sus familias. A los habitantes del barrio no les gustó el artículo porque les pareció que podía devaluar sus propiedades. Yo sólo comuniqué lo que ellos me contaron, menos mal tenía grabados todos los testimonios.

P. Como periodista, cómo consideras esa relación con la literatura.
R. Yo utilizó todos los métodos de investigación que aprendí del periodismo. Aunque no use un cuestionario estructurado para entrevistar, muchas veces hablo con los modelos de los personajes. Hago trabajo de observación. Recojo apuntes. Tomo fotografías.

Leandro lee uno de sus textos durante la clausura del Encuentro Nacional de TOMA LA PALABRA, 2006 (foto archivo)

Cuando no conozco bien los temas, hago rastreo documental y leo todo lo que puedo. Creo que lo que escribo está profundamente afincado en la realidad. Pero en el momento de escribir, me gusta dejarme guiar también por un pálpito, un sentimiento, un sueño o una imagen mental que me persigue. No me preocupa si los datos son comprobables o si lo que escribo es periodismo o ficción. Si algún académico lo desea, que le ponga la etiqueta que quiera. Tampoco me mido para sumergirme en el interior de los personajes. Ni siquiera me preocupa ponerlos en situaciones inverosímiles como volar, en caso de que el mismo personaje así lo requiera. Cuando lo que se pretende contar son lo que Faulkner llamó las antiguas verdades del corazón: amor y honor, piedad y orgullo, compasión y sacrificio, la realidad se convierte una camisa de fuerza que no permite expresar con libertad asuntos tan complejos. Entiendo que en regiones de nuestro país, ocurren sucesos como el atropello de comunidades y la destrucción de territorios para construir megaproyectos, la explotación desaforada de la naturaleza por el afán de enriquecimiento de unos pocos, el abandono y descuido sistemático de comunidades enteras por parte del estado, el asesinato de líderes sociales y la muerte de niños indefensos entre muchas otras cosas. Sé que esas historias no pueden esperar trece años para ser escritas como mi cuento de Gambeta. Es urgente contar esas verdades y se necesita valentía para hacerlo.

Sesión campestre del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?

R. Mi verdadera escuela son los talleres. Me hubiera gustado tener en la universidad lo que ofrecían. Cosas como profundizar por meses en las lecturas o hacer un trabajo crítico sobre nuestras propias producciones. Asisto a El Aprendiz de Brujo porque yo apenas comienzo y la mayoría de compañeros son mayores, ya publicaron varios libros y tienen una experiencia y conocimiento más bastos. Creo que me pueden guiar. Me atrae, sobre todo, el espíritu crítico con que se lee lo que cada uno produce. Si alguna vez las correcciones de uno de los lectores no son en mi opinión acertadas, luego descubro que rebelan cosas del texto que pueden enriquecerlo. A mí me gusta que sean despiadados con las opiniones sobre lo que escribo. Aunque pueden herir el ego en ocasiones, es la manera más fácil de aprender. La edición también me apasiona y a veces aporto en ese sentido. Me gusta corregir los escritos ajenos, es mucho más fácil, no tiene uno ataduras emocionales con los personajes ni se encapricha con las figuras poéticas creyendo que son geniales. También asisto al grupo porque no entiendo bien lo que escribo. Así suene un poco raro, el texto es un acto de inconciencia que nunca alcanzo a dilucidar del todo y los lectores experimentados ayudan a comprenderlo un poco más.

P. Te piden como pasaporte al paraíso que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. No creo que después de encontrar la perfección, a quienes viven en el paraíso les gusten mucho los desabrochados. Sin embargo ahí va:
Nadie me invitó a la fiesta. Bebí, fumé y bailé. Fue una locura, no sé cuánto duró. Al final se llevaron las cosas de la casa y se marcharon. El último partió después de fumarse el cigarrillo final, lo único que quedaba. Me dijo que se iba para una fiesta mejor. Después de esperar durante años, llegó ella y me preguntó si aquí era la fiesta. Sí, siéntate y sírvete un trago, le dije. Luego de una hora en silencio, me preguntó: ¿a qué horas llegan los otros invitados? Ya se fueron, le contesté. Estás loco y esto es no es licor sino agua, se burló. Ya estoy muy embriagado para discutir, a tu trago lo único que le falta son unas gotas de imaginación, le respondí y ella se sirvió otro vaso.


 

P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un Diario literario?
R. En momentos en los que no quería o no podía hablar con alguien, épocas de aislamiento o introspección, el Diario fue el único a quien confié mis palabras. No imagino qué pudo pasar de no tener esa válvula de escape. En ocasiones en las que me forcé a escribir, pero las palabras no fluían y la angustia me desbordaba, el Diario apareció otra vez y me devolvió la confianza. Es increíble lo liberador que puede ser dejar correr un bolígrafo por unas páginas. No pensé nunca en que lo que escribía se fuera a publicar, hay apuntes que ni siquiera se pueden entender por la premura con que se consignaron. En cambio, otros me rebelan el que fui, un personaje que ahora parece de ficción, pero que en su momento era un muchacho que padecía su barrio, el amor, la muerte, la soledad. Una de las fortunas más grandes que me regala la vida es recoger esos apuntes y descubrir chispazos a partir de los cuales se puede crear una historia.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
R. Sí, claro…

2010
*Sus ojos ambarinos me enloquecieron. Apunté con el cigarrillo a mi boca porque no me amaba, como si fuera un cañón. Jalo y jalo el gatillo, sale humo pero no dispara. Lo médicos me dicen: si sigues fumando, espera la bala en unos treinta años.
*Estoy al borde de una escopeta mientras cruzo la cuerda floja. Tranquilo, me dicen mis amigos. Sólo los dos cañones con que la muerte me mira, tiemplan mi marcha.

2011
*La carne truena y los huesos gimen. Qué importa si los otros también los escuchan. Aunque les enseñe a callar, el silencio de mis entrañas seguirá cavando la fosa donde morirán las estrellas. Mejor déjenme iluminar la calle vieja para que las palabras tuertas y cojas encuentren un rincón donde dormir.

2016
* La muerte del cóndor
Más grandes alas que las mías, las alas del placer, no se elevaron sobre este planeta. Hoy es mí último vuelo. Desplegaré mis rescoldos de energía y volaré a lo más alto, hasta la cumbre del éxtasis. Luego me entregaré, en un abrazo último y definitivo, a la tierra.

2018
* Su primer y único regalo fue una cabeza de ajos. Pensó que me ayudarían a curar mi tristeza. Yo creí que me lo había regalado porque me quería. Quise demostrarle que también ella me gustaba. Dejé la pena a un lado y le regalé una sonrisa, me devolvió una mueca fría. Sentí después que necesitaba de una piel tibia y la acaricie, ella se apartó. Una noche de insomnio le escribí mi primer poema, guardó silencio. Sembré, cuidé una rosa y se la regalé, dejó que se marchitara. Aprendí a reír, acariciar, escribir y sembrar. Ahora también cocino: los ajos terminaron como ingredientes de una salsa. Me pregunto a dónde se fue el amor que me sanó. Quizás hiede y se pudre en el corazón de ella, como en un cuarto oscuro donde acumula las montañas de regalos de los hombres que despreció.


Gambeta es su primer libro publicado por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, con el sello Colección El Aprendiz de Brujo.

Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“Elegiría el destierro”

Entrevista con la escritora Claudia Restrepo Ruiz

Por Ángel Galeano Higua

Irrumpió con ímpetu en el mundo literario de Medellín a raíz de la beca de creación para su primera novela, Ciento uno (Edit. Fundación Arte & Ciencia). Una experiencia que la sorprendió por el contrasentido que tiene para un escritor justificar su obra y aprisionarla en un cronograma, como si fuera un producto de supermercado. Con el ingrediente de tener que calcular un presupuesto y medir el impacto de su pluma. Para un autor estas condiciones suponen un exabrupto. Una beca es un premio por adelantado de un libro que no existe aún. Un juego de doble filo. Esto significó para Claudia un desafío al cual no estaba dispuesta a rendirse. Tenía que luchar por cumplir con una fecha, nada más tenebroso para un autor. Pero ella aceptó el reto y salió airosa. Hoy, esa novela ha sido publicada en segunda edición por Planeta, en su colección PlanetaLector.

Desde sus años de estudiante disfrutaba escribiendo versos que recogía en sus cuadernos. Así se impregnó de una entusiasta disciplina con el Diario literario, aventura constante en la cual se indaga, se asombra y se pule. Pero contar historias es otra cosa, ante lo cual no se ha amilanado. Con Ciento uno, arrancó.

Magister en Literatura, Claudia cuenta hoy en su haber con tres libros más, en los que destila una perseverante búsqueda de su voz como narradora: Bitácora del cuerpo (Edit. Fundación Arte & Ciencia), chispeante juego entre el erotismo y el humor. Escritos que recopiló durante varios años en su blog, los seleccionó y pulió para hermanarlos en ese delicioso diario de a bordo. Los umbrales del delirio, una farragosa aventura intimista dirigida a un narratario en segunda persona a quien cuenta secretos y anhelos. Aunque no ha sido publicado en impreso, ya vio la luz en el ciberespacio, gracias a eLibros Editorial, que lo incluyó en su Colección Sur. Y, Cinco mujeres, en la que arriesga una polifonía femenina, cuidándose de no caer en la trampa del feminismo.

En la Colección El Aprendiz de Brujo fue incluido Papá, libro de relatos cortos, homenaje póstumo a su padre, figura crucial en su vida, con títulos como Banco de alcobas, De pies a cabeza, Papá, Uno de tus días y La mujer de piedra, entre otros.

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Claudia Restrepo Ruiz. “Diría que soy irreverente. Que amo la hora gris, que allí converso con mis fantasmas. Que me hubiera gustado ser zurda y que no pateo bien el balón. Que amo los champiñones y las aceitunas y leer a los amigos y descubrir en otras lecturas otros amigos. Que adoro la poesía y mirar a los ojos. Que he escrito unos cuantos libros que parece que me hubieran escrito a mí primero. Que sueño en colores y tengo creencias diversas. Que la palabra que me seduce es libertad y la que más me define es decisión”. (foto archivo)

Una novela que recrea episodios del trastorno bipolar (Diseño cubierta Saúl Álvarez Lara)

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. La ternura… Sí, la ternura expresada en la voz, en las palabras, en mis maneras de nombrar el cielo. La ternura en el abrazo, en el de mamá sobre los demás abrazos. La ternura al concebir un sueño, al darle aristas, al concebir un verso. La ternura para los poetas, los amigos, y los poetas amigos. La ternura de mi piel, de mi cuerpo, de mis sueños.

P. ¿Avanzas o retrocedes?
R. Ambas

P. ¿En qué sentido?
R. Retrocedo en búsqueda de los parajes de la memoria donde han quedado incrustados pedacitos míos, de mi infancia, de mi abuela, de mi padre. Avanzo a medida que el teclado dibuja caracteres que antes no habían sido soldados ni nombrados por fuerza alguna.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras una aprendiz?
R. Cuando fui a presentar al grupo mi libro Bitácora del cuerpo en mayo del 2014. Me conmovió tanta lucidez y dulzura al mismo tiempo. La manera de leer, de interpretar, de compartir la palabra escrita. Supe entonces que debía unirme inexorablemente.

Juego entre el erotismo y el humor. (Diseño de cubierta Saúl Álvarez Lara)

P. De tus textos publicados se nota una predilección por los textos cortos. ¿A qué crees que se deba esa tendencia?
R. Es difícil responder esta pregunta. Siento en mí, un hálito de poeta. Esa que escribió durante años poesías al reverso de cuadernos. La brevedad permite proponer ritmos diversos y condensados. Casi como un disparo de palabras. Me gusta sucumbir a ese efecto.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer texto publicado.
R. El primer texto publicado, fue un poema Escucho tu silencio, en el periódico estudiantil La Huella, del colegio Marymount, cuando cursaba grado décimo. El poema lo escribí pensando en el despecho de una amiga. Mis padres no salían de su asombro y yo, con el esfero aún caliente, continué narrando. De alguna manera, siento que todas son mis primeras publicaciones a medida que van saliendo. El gozo y la sorpresa son indescriptibles.

P. Y del último.
R. El último fue una novela, Cinco mujeres, que buscó pista en muchos medios. Una novela editada como libro digital que nos aproxima a otras latitudes y frecuencias. Sentí gozo y curiosidad, una curiosidad enorme de ver cómo la historia se defendía ante los lectores.

P. ¿Cuál te ha reportado más aprendizaje, la publicación impresa o la virtual?
R. Ambas me han ayudado, la virtual lucha por sostenerse y el libro impreso me ha demostrado que toma fuerza con el paso del tiempo.

La autora de Bitácora del cuerpo, con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, durante el evento de presentación del libro en la librería El Acontista, Medellín, 2016. (Foto archivo)

P. ¿Cuál de tus textos te ha ocasionado más dificultades?
R. Los textos que más dificultad me cuestan son los cuentos. No tengo la paciencia para escribir un mismo cuento en diversos momentos. Me cuesta darles tiempo. Puedo corregir, pero sobre un texto completo. Siento que están inacabados, que siempre pueden mejorarse, pulirse. No he superado esas dificultades.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Varios, me persiguen el erotismo, la mente, la muerte y el cuerpo.

Farragosa aventura intimista.

P. ¿Pero cuál de esos te jala más?
R. La mente, porque está toda por explorar. Porque desde Freud venimos construyendo personajes cada vez más psicológicos, porque siento que ahí está la gracia de los personajes. No solo en sus acciones sino en sus pensamientos.

P. Si tuvieras que viajar a la luna y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías?
R. Ciento uno, sin duda. Porque constituye una radiografía del hombre moderno. Del hombre que me tocó vivir.

P. Para evitar que te condenaran al destierro en el desierto si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías?
R. Elegiría el destierro. No puedo renunciar a ninguno de mis textos. Ellos, en conjunto, me salvarían del desierto.

P. Hace poco terminaste una novela. ¿Qué tal esa experiencia en relación con la primera que escribiste?
R. La primera, Ciento uno, tenía guion, era premeditada de comienzo a fin, era como un gran cuento. La última, El bróder, no tenía derrotero, la fui descubriendo a medida que la fui escribiendo. Siento que son dos maneras de narrar muy diferentes. Existe mucha más sorpresa en la última.

P. ¿Qué significado tiene “El bróder”? ¿De dónde salió?
R. “El bróder” es la manera coloquial de decir hermano en inglés. Salió de un personaje de la novela, que es por supuesto creación mental de Antonio, el personaje central.

P. ¿O sea que el personaje crea otro personaje dentro de la obra?
R. Exacto, así es.

P. Desde hace varios años asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?
R. Porque me seduce la literatura del grupo, los diarios literarios leídos en voz alta, los cuentos, los descubrimientos y sobre todo la lectura en conjunto de autores universales y contemporáneos.

P. Una experiencia en el Grupo que te haya marcado.
R. Todas las lecturas de las grandes obras en el grupo son maravillosas, esa forma de nadar en la literatura universal con los ojos muy atentos, como hicimos con las novelas de Conrad: El corazón de las tinieblas y luego con Lord Jim. También con Rojo y negro, de Stendhal… Y no sólo la lectura en grupo. La individual es esencial. No habría podido escribir El bróder, sin Iván Ilich, sin Estanislao, sin Hesse, sin Saki.

P. ¿Qué tal tu experiencia como autora? Quiero decir como mujer. ¿Has sufrido discriminación o sobrevaloración?
R. Siento que la obra es lo importante. Si me han dicho que no, o me han discriminado, no ha sido por ser mujer, ha sido porque mis obras no entran en los parámetros comerciales de muchas editoriales. Son las obras las que encuentran un nicho. Construir nombre como mujer quizás sea más difícil en nuestra cultura literaria, pero no me siento sujeto de discriminación alguna… Quizás la discriminación parta de uno mismo.

P. Te piden como pasaporte al paraíso, que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. ¿Qué es el paraíso? Una biografía para entrar ¿y si… quiero salir? Diría que soy irreverente. Que amo la hora gris, que allí converso con mis fantasmas. Que me hubiera gustado ser zurda y que no pateo bien el balón. Que amo los champiñones y las aceitunas y leer a los amigos y descubrir en otras lecturas otros amigos. Que adoro la poesía y mirar a los ojos. Que he escrito unos cuantos libros que parece que me hubieran escrito a mí primero. Que sueño en colores y tengo creencias diversas. Que la palabra que me seduce es libertad y la que más me define es decisión.


Del Diario Literario

P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario?

El diario me ha hecho escritora. Desde los trece años comencé a tener ese hábito de escribir a escondidas a altas horas de la noche, por el revés de mis cuadernos académicos. Cuando se hizo necesario, comencé a comprar agendas bellas. Agendas que escogía por la portada y no el papel. Después se hizo necesario que tuvieran separador y luego fueron tantas las palabras que fue necesario abrir un blog. El blog para mí fue una continuación del diario. Durante 10 años lo nutrí, lo consentí, me desnudé en él. Un blog en el ciberespacio con un par de visitas frecuentes y la lectura obligada de mi mamá. Desde que llevo diario he contado con su lectura. Primero secreta, luego revelada.

Llevar un diario para mí, ha sido una salvación inequívoca, una manera de nombrar mi mundo, de reinventarlo.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?

R. Con gusto.

Llevar un diario para mí, ha sido una salvación inequívoca.

Picasso en sala

Tus caricias son como el rocío. No puedo amanecer sin ellas. Despertar es correr el riesgo de seguir soñando, de flotar entre el espacio y tú. Ingrávida y coqueta no soporto perderte entre las seis y el frío, en un amague del tiempo, en una ola vacía. Necesito de tu arte alentando la mía, de tu Picasso en sala escuchando a un español. Del abanico abierto, del azul cobalto, de las moras grises. Otra Navidad llega pretendiendo quedarse y ya la instalé en casa como si fuera una visita. No hay corona, solo un follaje iluminado y ositos agarrados al árbol. Una lista de deseos que empieza con una tarde entre tus brazos. Sin más pesebre que dos figuras de madera y con una nostalgia Piscis que habita la casa. Estoy sin ti. Estoy sin él. ¿Cómo purificar un recuerdo contaminado? ¿Cómo no gastar sus ojos? ¿Cómo no imaginarte en un abrazo? Tchaikovsky me ha dado órdenes sobre la forma de habitar el espacio. He hecho un collage con pétalos de rosa y he ido a hurtadillas a la cocina por algo dulce. He vuelto al Reina Sofía y me he parado frente al Guernica. La guerra es un pretexto para morir jóvenes. Un pretexto para la gloria, un quehacer vacío. Una discordancia discordante. ¿Y cómo llegué a la guerra hablando de ti y tu arte? Tal vez por tus pasajes agrestes, por la ciudad en vela, por aquella lectura del graffiti de Cortázar. Podría pararme entre el cielo y tú sólo para convencerte de que la paz existe. Ser yo, tu paz. Y evitar así el cuerpo a cuerpo. No, mejor te doy guerra, así tenga que amanecer sin tus caricias, ingrávida y coqueta.

La monarquía del autor

No existe. Creemos saber adónde llevar nuestros personajes cuando es al revés, nuestros personajes nos llevan. A ratos incluso se resisten a estar circunscritos en una obra o un pasaje. Quieren continuar protagonizando una historia. No somos más que médiums cuyas almas se ven arrinconadas en una de las esquinas del cuarto donde afanosamente tejemos un porvenir. ¿Autor? Me moldea el personaje que descubro. Soy presa de sus hábitos, cómplice de sus pasiones. ¿Nombrar? ¿Cómo llega el nombre de un personaje? Adriana Pino. El que alcancé a leer en la consignación firmada por mi vecino en la fila de una sucursal de banco. Ella, se vino conmigo. No pude desprenderme más de su nombre. Tuve que anclarla a una historia, decir que era odontóloga, imaginar su consultorio, escribir penosamente su rutina… ¿Metida? Lo soy. No puedo evitar escuchar lo que se dice en las mesas aledañas del restaurante o lo que cuchichean otras parejas en el cine. Soy incapaz de subirme al metro sin imaginar personajes en los rostros que veo. Miro las manos de la gente. Leo gestos. Me descalzo en los lugares donde la etiqueta exige tacón. Las multitudes me asustan porque hay mucho de dónde escoger. Me dan palpitaciones, siento vértigo. Sostengo conversaciones en monólogo. A veces me obligo a no escribir. Cuando la idea llega tarde en la noche, la repito hasta memorizarla y procuro trabajarla al día siguiente pero no siempre funciona, a veces la idea se pierde. Y tengo problemas para socializar en las reuniones. Mitad de mí está presente, la otra mitad, en cavilaciones. Si estuviera cerca del patíbulo no estaría confesando esto. Sé que al final, es irrelevante. El llamado de las letras nos hace una jauría extraña. Nos inventa una monarquía sin reino.

Resucitó la noche

“Ni siquiera en tu Zen volveré a verte”, Sylvia Plath

Resucitó la noche sin vos adentro. Me dijo hola y hasta pronto. Quise que me dijera adiós, que me despidiera tarde, que me propiciara un encuentro sin términos de validación ni fechas de caducidad. Quise que me propiciara un encuentro con vos adherido a todos mis rincones. Quise encontrarte en los pliegues de mi piel, en lo áspero de mis codos, en el revés de una rodilla. Quise verte sin los ojos, con el cuerpo, con ese presentir de vos minando mis afectos. Y es que resucitó la noche sin vos adentro. No te imaginas cómo luce, cómo llora, cómo languidece el recuerdo. Ya no estás para contarme cuentos ni para venderme un dulce o pedirme plata para un mercadito. Tu pensión vacía es solo una cama con un ventilador de techo. Vendiste los libros como aquel personaje de Auster, el nieto de Effing, cuando tú ya no eras nieto de nadie más. Nadie más vivo, quiero decir. Y quizás fue tu abuelo, lejos de esta noche quien se arrimó a tu lecho. Es una pena que no me queden lágrimas porque te habría llorado como exnovia triste aunque nunca fui tu novia y nunca me viste triste. Fui tu amiga o al menos, eso quise. Los tatuajes de tus brazos ya no empuñan las varitas de la batería. Ya no suena ningún rock remilgado o valiente, tan solo quedas vos en el recuerdo con tu Zen agitando mi consciencia. Y siento que me preguntas ¿qué queda? Todo Juan. Cada letra.

Verde Toscana

El vendedor de biblias, que aparece en el libro Flores en la pared y otros relatos, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. (Diseño cubierta Saúl Álvarez Lara)

Se escurría en mi ventana.  Los verdes eran tantos como los viñedos y los rollos de heno. Intentaba dormir pero el paisaje no me lo permitía. Sentía que me perdería un fragmento de universo si cerraba los ojos. Quería devorar el paisaje, nombrarlo, regalarlo. Ya no sería la luna el desértico e inamovible paisaje que añorara, sería Liguria, sería la Toscana. Te diría al verte que encontré un rincón dónde ser felices. ¿Para qué un rincón si podemos ser felices sin posesión alguna? Pero yo quiero un rincón italiano, quiero un pedacito de bota, quiero mi propio árbol de uvas… No será contigo aunque quieras un lunar de los míos ¿Un lunar en mi piel?  Me detuve a esculcar mis brazos por el mencionado lunar y supe que esos no eran los que querías. El lunar de mi rostro te apetecía. Esa era mi Toscana. No podía dártelo, no podrías sembrar un viñedo en él. ¿Para qué un lunar? ¿Para qué un pedacito de bota? Para admirar. Para decir que anochece y es de día porque es verano y los autos corren por la autopista con las ventanas abiertas para sentir la brisa.  Árboles inclinados por el viento dibujaban senderos que mi mirada seguía hasta el final. Salidas de casas carmesí con enredaderas entre sus pisos, tejiendo nidos de colibrí. Campanas. Cerca hay una plaza, sí, con torre y balcón, sin dama ni blanca flor. ¿O soy la dama y mi diario la flor? Para qué invitar a Machado a mi Toscana, por qué no esperar verlo en Toledo o en Madrid. La poesía es caprichosa, va dónde no la invitan. Se presenta. Araña arrugas de un tiempo pasado que  no siempre fue mejor. Dice que quiere morar conmigo en el rincón que elija y es tan generosa su propuesta que no puedo elegir. No puedo llevarme un pedacito de bota porque sí. Aunque puedo escribirlo y sentirlo cada vez que lo leo. Imaginarme de nuevo en la ventanilla del bus contando viñedos y rollos de heno. Pasar por Verona e imaginar la pluma de Shakespeare cargada de tinta flagelando el papel. Escuchar las risas adentro. Las conversaciones en tonos bajos. El guía, Antonio, anunciando la siguiente parada con un Ding Dong que despertaba de sueños pero no de ensoñaciones. Jamás despertaría de ese verdor, de este verano

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Obras publicadas:

  • Ciento Uno (novela, Beca de Creación Alcaldía de Medellín 2009, Edit. Fundación Arte & Ciencia)
  • Bitácora del cuerpo (Fundación Arte & Ciencia, 2014),
  • Los umbrales del delirio (eLibros Editorial, 2016),
  • Papá (Fundación Arte & Ciencia, Colección El Aprendiz de Brujo, 2017),
  • Cinco mujeres (eLibros Editorial, 2018).
  • Ha participado con cuentos en varias antologías de Yurupary y el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

 

Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.
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Carné de Aprendiz

“Siempre he sido muy preguntona”

Entrevista con la escritora Nubia Amparo Mesa Granda

Por Ángel Galeano Higua

Autora de más de una veintena de cuentos, varios de ellos publicados en libros, periódicos, revistas y blogs, Nubia Amparo Mesa Granda (Medellín), periodista egresada de la Universidad de Antioquia, ha dedicado varios años a la búsqueda de un estilo en su escritura, al pulimento de su prosa y a la profundización de sus personajes, lo que se puede percibir en cuentos como La tía Adela, Sombras sobre el puente, La despedida de Satulio, Piedra luna o La Duda, entre otros.
Con su primer libro Las voces que trae la brisa (Edit. Fundación Arte & Ciencia) mostró la fuerza narrativa que venía incubando, cerró una etapa y abrió otra más ancha y profunda en sus propósitos literarios.
La Colección El Aprendiz de Brujo, nuevo sello editorial de la Fundación Arte & Ciencia, se inició con su libro La muñeca de sal, constituido por tres cuentos de una exquisita factura: Giro a la derecha, Las hermanas y La muñeca de sal. Esa búsqueda de la claridad y precisión la ha llevado a explorar escritos de mayor aliento, como Hasta la próxima estación, novela de corte urbano contemporáneo que está a punto de concluir y en la cual recrea las vicisitudes de una mujer que lucha contra la soledad y el desencuentro.
Sin duda, Nubia A. Mesa nos demuestra que no basta con tener talento y herramientas lingüísticas, además son indispensables una férrea disciplina, constancia a toda prueba, y una imaginación abierta a toda pesquisa.

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Nubia Amparo Mesa Granda, “Lo que me hace escribir es la necesidad de contar las luchas, las contradicciones, los sacrificios y los anhelos de tantos personajes que transitan ante mis ojos y cuyas vidas no pueden pasar desapercibidas”.

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Mis amigos dicen que soy comprometida pues procuro compartir con ellos los buenos y los malos momentos.
Yo considero que mi gracia es la fortaleza frente a las adversidades y mantenerme erguida, aunque me lancen un saco de piedras.

P ¿Avanzas o retrocedes?
R. Me gusta más la sensación de avanzar. Tal vez por eso salgo con frecuencia a caminar. Es como una necesidad de buscar algo nuevo. Sin embargo, uno no siempre avanza, más bien se mueve en círculo, como en un circuito que conduce al punto de partida. En todo caso, esa también es una manera de avanzar porque experimentas nuevas visiones.
Y si retroceder es replegarse, entonces lo hago frente a quien me plantea una batalla de egos. No me interesan las luchas de poder, y poco me importa ser ganadora en el juego.

P. ¿En qué sentido avanzas o en qué sentido retrocedes?
R. Cuando logro vencer un temor siento que avanzo. Cuando vuelve el miedo, siento que retrocedo. Y, a veces, eso sucede en intervalos muy cortos. Por ejemplo, cuando escribo. Cada párrafo es una conquista, por lo tanto, un avance. Pero cuando me quedo sin palabras y desisto de seguir buscándolas, lo considero un retroceso.

Durante una sesión del Grupo en 2013, lectura y preparación de El traído, cuentos de navidad. Premio Vigías del Patrimonio, Medellín. (Foto de Ángel Galeano Higua)

P. ¿Cuándo comprendiste que eras una aprendiz?
R. Es difícil precisarlo. La vida es un constante aprendizaje y si no nos consideramos aprendices la arrogancia puede ahogarnos. Respeto a quienes se declaran expertos en algo, pero mucho más a quienes se aventuran por los campos misteriosos de lo que no puede ser medido ni encapsulado en fórmulas.
Siempre he sido muy preguntona. Para mi mamá y mis maestros era agobiante dar respuestas que derivaban en una nueva pregunta de mi parte. Como esas respuestas no me satisfacían empecé a buscar los libros y a perderme en los laberintos de las ideas que podía palpar en ellos. Un día empecé a plasmar en mis cuadernos mis percepciones e inquietudes sobre el mundo circundante. Y ese diálogo conmigo misma ha sido el impulso para seguir expandiendo mis búsquedas.

P. De tus textos publicados se nota una predilección por los relatos cortos. ¿A qué crees que se deba esa tendencia?
R. Puede ser una tendencia a buscar la precisión, a querer decir más con menos palabras. Me interesa buscar el detalle significativo y usar la sugerencia más que la confirmación, prefiero dejar la puerta abierta a las interpretaciones del lector.
O tal vez sea que dentro de uno se instala una medida, y empiezas a moverte en ese intervalo, de una manera inconsciente. Creo que el ejercicio del periodismo puede haber incidido en esa tendencia, puesto que uno se acostumbra a disponer de un espacio y un tiempo determinados.

Tienes media hora de programa en la radio o en la televisión, o dispones de una página en un periódico o en una revista. Entonces aprendes a condensar.
Es decir, no necesariamente es una predilección sino la capacidad de la que dispones. A alguien le escuché decir que uno no escribe como quiere sino como puede. Sin embargo, esa es una sentencia que se puede revertir, y por eso, hago mis intentos por desarrollar la capacidad de escribir relatos con más largo aliento.

P. ¿Cuál es tu cuento que más dificultades te dio? ¿Por qué? ¿Cómo lo percibes ahora?
R. Escribir es difícil. Uno puede tener una idea, pero plasmarla implica entrar en un laberinto con varias salidas, por lo que muchas veces te paralizas y tienes la tentación de desistir. Decir cuál es el más difícil es un reto complicado. Cada uno tiene una dificultad diferente. Algunos porque tienen una carga emocional muy grande y te confrontan con tus fantasmas más ocultos. Otros porque equivocas la ruta que te habías trazado, y en ocasiones porque cuando lo crees terminado te das cuenta de que es soso, que no tiene magia.
Escribí un cuento que se llama Una mujer en la ventana. Lo único que tenía era esa imagen, la de una mujer en la ventana que veía pasar la ciudad recostada contra el alféizar, perdida en sus quimeras.

Escribí dos o tres párrafos, pero me quedaba en las sensaciones, en el paisaje. Sabía que esa mujer experimentaba una gran desventura, pero no entendía por qué. Ella me persiguió por muchas semanas, pero no me hablaba, solo me miraba, y en sus ojos había súplica, como si necesitara que yo descifrara sus misterios. Por qué. Esa pregunta seguía rondándome, y cada que intentaba escribir se me arrugaba tanto el corazón que me paralizaba. Hasta que tuve un sueño, estaba en un funeral múltiple, los ataúdes aparecían flotando sobre una multitud de personas. Fue un sueño extraño donde se mezclaban los rostros de mi padre, de mi madre, de mi hermana, con los de otros desconocidos. Entonces lo supe, esa mujer lo había perdido todo en la guerra y su drama era haber sobrevivido. Encontrado el drama, lo que seguía era hallar el desenlace. Y ese fue otro tránsito largo, porque me cuestionaba sobre la posibilidad de seguir viviendo después de perderlo todo, ¿Cómo resarcir el dolor? A veces llegaba a la conclusión de que es imposible, de que esa desventura solo puede engendrar más destrucción. Pero la mujer de la ventana permanecía allí inquiriendo a las sombras, como si intentara desvanecerlas. Y decidí que la única manera de encontrar un camino era dejar que ella se metiera en mi piel, o yo en la de ella. En todo caso, ahuyentar la derrota juntas. Desde ese momento, las imágenes aparecieron más nítidas y pude vislumbrar el final.
Este cuento me enseñó muchas cosas. Por ejemplo, a no forzar nada en la historia, a dejar que los personajes se vayan revelando poco a poco, pero también a seguir sus pistas como con un radar, y a acompañarlos hasta el final, entendiendo su perspectiva. Una mujer en la ventana revela la fuerza interior de los seres humanos y me permitió fortalecer también mi capacidad de empatía.

Primer libro publicado por el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, noviembre de 2018. El diseño de portada es de Saúl Álvarez Lara.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer cuento publicado.
R. El primer cuento publicado se llama La tía Adela. Está en el libro Primer conjuro, un ejercicio que nos propuso Ángel Galeano para recopilar los trabajos del Grupo El Aprendiz de Brujo. Lo escribí para esa publicación y fue un reto muy bonito porque nos ponía frente al compromiso de exponer una creación que hasta ese momento solo habíamos compartido con los compañeros del grupo o con la familia.
Es un cuento muy vivencial donde hice acopio de mis recuerdos de infancia. Quería también rendir un homenaje a un oficio que practicó mi madre y que me gustaría ejercer algún día: el de costurera. Es un oficio de paciencia y donde la delicadeza y el detalle enriquecen la pieza de costura. Se asemeja a la escritura. En el cuento, la tía es quien le cose el vestido de la primera comunión a la niña, y este es una especie de objeto mágico que marca el giro en la historia.
Cuando lo leí en el grupo hubo buena recepción, y con los comentarios de los compañeros y la asesoría de Ángel como editor pude pulirlo. Me acuerdo que la carta del final, escrita por la tía Adela, parecía muy refinada para que ella la hubiese escrito. Son esos errores en los que se puede incurrir al crear un personaje. Y con este cuento lo descubrí.
Luego llegaría la emoción de tener el libro en las manos y saber que esa historia podría ser leída por otros que no conocieron su proceso de gestación. Y después, los comentarios de algunos lectores. ¿Cuál de tus tías es la tía Adela? Me preguntaron varias amigas. Y yo sonriendo y asegurando que ella es La tía Adela, nadie más, y es mi creación.

Primer libro de cuentos de Nubia A. Mesa. Diseño de portada Saúl Álvarez Lara.

P. Y del último.
R. El último se llama La duda. Podría decir que, en mi búsqueda, en este cuento he querido experimentar con una atmósfera oscura, escrutar el sentimiento de culpa y de angustia frente a un acto de crueldad. Primero aparecieron esas sensaciones, una ira incontrolable, impotencia y una carga de frustración muy grande, y luego se desencadenaron los acontecimientos con una violencia letal que no era fácil plasmar. Aparecieron las escenas, quizás influida por tantos hechos que nos narran los noticieros, o quizás porque muy dentro de uno exista un ser capaz de destruir y matar. Eso me inquietaba. ¿Yo sería capaz de matar? ¿En qué circunstancia? Empecé a leer algunos estudios sobre el homicidio y hasta me acordé de Thomas de Quincey cuando habló del crimen como hecho estético después de considerar que la moral no logra resolver ni detener un crimen y por eso hay que fijarse en él como un arte. Hice alguna revisión de ensayos sobre su obra. En fin, me perdí en una revisión documental sobre el tema y un día apareció el personaje. A partir de ahí él me fue llevando a su mundo y decidí que fuera él mismo quien narrara, para no entrar en valoraciones externas, sino que él examinara sus acciones y nos mostrara su propio infierno.
Como todos los ejercicios que uno realiza en la pretensión de escribir, por fin, un buen cuento, esta experiencia me aportó nuevas visiones sobre la condición humana y me obligó a escoger cada palabra, cada verbo que nos remitiera a las acciones del personaje. El resultado lo juzgarán los lectores.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Si hago una revisión de los cuentos que he escrito, que pueden ser unos veinte, se pueden identificar algunas constantes, como la soledad, la incertidumbre, el anhelo de libertad. Sin embargo, creo que lo que me hace escribir es la necesidad de contar las luchas, las contradicciones, los sacrificios y los anhelos de tantos personajes que transitan ante mis ojos y cuyas vidas no pueden pasar desapercibidas. Me interesan los hechos cotidianos, esos aparentes pequeños dramas que vivimos, a veces sin darles mayor importancia, pero que al final son los que desencadenan los grandes problemas sociales.

Piedra luna es uno de los once cuentos del Grupo Literario que aparecen en este libro. Diseño de portada, Saúl Álvarez Lara.

P. Si tuvieras que viajar a la luna y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál sería? ¿Por qué?
R. Llevaría Piedra Luna, (incluido en el libro Aoketekete y otros relatos del río) porque la sola alusión a su luz es ya un viaje hacia ese misterio que ni las conquistas espaciales, ni los telescopios más potentes nos han logrado robar. Piedra Luna es un viaje frustrado, un intento por atrapar esa esfera desdeñosa que nos mira desde las alturas. Por lo tanto, llevar ese cuento es como hacerle un regalo de desagravio por querer atraparla.

P. Para evitar que te condenaran al infierno si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías? ¿Por qué?
R. ¿Cuándo merece uno el infierno? Los cánones cristianos establecen que allí deben ir los malvados, los incrédulos, los herejes. A juzgar por estos criterios, para que el autor de una obra literaria merezca el fuego eterno por una de ellas, esta ha debido escandalizar o representar un peligro para el establecimiento. En muchos momentos históricos se han quemado libros por la peligrosidad que representaban las ideas allí consignadas, y muchos autores quedaron sumidos en un infierno tras ser sometidos a la censura, el escarnio y la represión. No podría afirmarse que eso haga más grandes a estos escritores, pero sí más recordados, por el alto precio que tuvieron que pagar.
En mi caso, creo que aún no he escrito esa pieza literaria que merezca ser declarada como peligrosa y por la cual se me condene al tormento. Lo que hay son intentos, aproximaciones a experiencias humanas que me conmueven. Tal vez en manos de algunos, esas historias “mínimas”, como se ha dado en llamar a las referidas a la vida cotidiana, se conviertan en detonantes y generadores de una ruptura en su forma de pensamiento.

P. En la actualidad escribes tu primera novela, ¿cómo va la experiencia?
R. Apelaré a un símil que he escuchado de varios escritores, el cuento es como correr los 100 metros y la novela como una maratón. Los 100 metros requieren de fuerza y potencia, mientras la maratón pide regular el esfuerzo, sabes que habrá cuestas y descensos y cada terreno pide estrategias diferentes.
Inicié esa novela hace más de siete años. Había un tema que me taladraba y quería darle un desarrollo mayor que el que exige un cuento. Empecé a esbozar a los personajes, y echamos a andar. El trabajo en la universidad no me dejaba mucho tiempo, pero procuré dedicar unas horas diarias a la tejedura de las ideas y las escenas, sin prisa, escribiendo y borrando, quitando aquí y poniendo allá. Muchas cosas iban apareciendo a lo largo del día, entonces apuntaba las ideas y luego volvía a repasar toda la historia para ver si esos apuntes tenían cabida. Cuando consideré que la había terminado la entregué a un amigo para que la leyera. Sus comentarios me permitieron hacer ajustes, descubrir los detalles que hacían falta, comprender que todavía faltaba mucho para la meta.
Ahora creo que está terminada. Por lo menos, que puedo dejarla ir para que inicie el tránsito hacia la lectura de otros.

Evento de presentación de Las voces que trae la brisa, Biblioteca Pública Piloto (Izq. a der.) Nora Ulloa, Claudia Restrepo Ruiz, Nubia Amparo Mesa G., Ángela Penagos Londoño y Eladio Ospina (Foto archivo).

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?
R. Escribir y leer son actividades solitarias, donde pones en juego lo más íntimo de tu ser; sin embargo, la compañía de los otros es como un bálsamo que suaviza la sensación de desamparo que te acomete frente al texto escrito, tanto el que tú escribes como el que intentas descifrar cuando lees. El Grupo Literario El Aprendiz de Brujo es ese oasis donde voy a beber de la generosidad de mis compañeros. Compartimos nuestros escritos y escuchamos las percepciones de cada uno. Qué mayor regalo que la escucha activa y el comentario certero.
Llevo diez años asistiendo cada martes a la sesión de tres horas. Son pocas las ocasiones en que he faltado. Si volvemos al ejemplo de los 100 metros y de la maratón, podría decir que esas son mis horas de entrenamiento, donde encuentro la experiencia de Ángel como coordinador, quien mantiene el ánimo arriba y el bisturí afilado para pulir las obras. Cómo no agradecer esa oportunidad de encuentro. Cómo no aprovechar esa complicidad para fraguar proyectos editoriales. Cómo no permearnos de entusiasmo y aceptar la mano del otro cuando crees que vas a desfallecer. Puede que no salgamos ganadores en la maratón, pero el camino se hace menos difícil y los más pequeños logros nos enaltecen a todos.

P. Te piden como pasaporte al paraíso que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. Voy a intentarlo, aunque no suelo ser desabrochada. Me falta camino para deshacerme de las ataduras de la razón:
Camino por extramuros. Transito pasadizos penumbrosos. Las sombras se recuestan a los muros y la música reverbera entre las losas. Las voces arremeten como en una procesión de almas desarraigadas. Me acorralan. Me escabullo. Me refugio. Parpadeo. La hierba es blanda y fresca, crece entre mis dedos y rebosa el muro de mi fragilidad.

 


Del Diario Literario

P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario?

El diario literario permite recoger de manera rápida esas cosas que nos conmueven en el día a día. Es como hacer bosquejos para que la idea no se nos escape. Yo siento que al llevar un diario he ganado en fluidez y espontaneidad. Aunque desde niña acostumbraba escribir en los cuadernos o en una libreta que me regalaron y que llevaba el nombre de diario, como ejercicio literario empecé a hacerlo por insinuación de Ángel en las sesiones del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. Me parece muy útil para atrapar momentos, imágenes, escenas, emociones, conversaciones. Es como saquear la vida, atacar su condición efímera, es un intento por atraparla y superar la fragilidad de la memoria. Algunas cosas consignadas ahí pueden ser luego material útil para un cuento o una novela. La revisión que uno hace después, de lo que ha escrito en el diario, llega a sorprenderle porque se hace de una manera muy desprevenida. Hay algunos textos que se quedarán guardados, otros que se transformarán al incluirlos en una obra y otros que tienen suficiente coherencia como para constituirse en una pieza en sí mismos.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?

R. Claro que sí.

Agosto 23 de 2013
Hace unos minutos el murmullo de las conversaciones entre amigos parecía volar atravesando la plaza para sumergirse en el río. Ahora es posible escuchar el lento tránsito de las aguas que corren por un costado del pueblo. En el lugar solo quedamos nosotros con la sensación de que todo se expande, mientras nosotros somos cada vez más pequeños, casi invisibles.

Febrero 25 de 2014
El hombre lleva tatuado en su frente el número de la bestia. Camina arrastrando una carreta con hierros retorcidos, cartones y trozos de madera. Lo veo de frente, sonríe y tararea una canción. Su rostro enjuto delata su condición de consumidor de drogas. Imagina uno los excesos a los que ha sometido su cuerpo. ¿Decidió ser un discípulo del demonio? ¿Es esa la marca de su propio apocalipsis?

Agosto 21  2015
“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Eso dijo Pavese, y yo me pregunto: En ese momento inaprensible y fugaz del auto al estrellarse ¿qué viste? ¿Alcanzaste acaso a presentir el final? La muerte llegó y su raudo vuelo te cegó para siempre. Quizás su mirada te estuvo siguiendo durante muchos días y no pudiste leer su anuncio. Ella entonces se paró de frente para fustigarte con la fuerza imantada de sus ojos. Llegó la muerte y se llevó tus sueños de mar y de montaña. Visiones al fin y al cabo, que solo a ti podían deslumbrar. Pero llegó la muerte y apagó tus ojos.

Abril 14  2016
El orgullo y la resignación en el mismo renglón del poema de Kavafis. Quizás porque se suceden. El orgullo que blande espadas sabe también que su triunfo conlleva la derrota. Y ante la derrota solo nos queda la resignación, esa cuota de valor que se necesita para despedir la esperanza.

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Obras publicadas de Nubia Amparo Mesa Granda:

  • Un hombre solo. Actos de Palabra. FUNLAM. 2010.
  • La tía Adela. Primer Conjuro. Ed. Fundación Arte y Ciencia.
  • Sombras sobre el puente. La Palabra se baña en el río. 2011. Ed. Fundación Arte y Ciencia.
  • Pasajeros del mismo río. Cuando el río suena. 2012. Ed. Fundación Arte y Ciencia.
  • La despedida de Satulio.  El traído. 2013. Ed. Fundación Arte y Ciencia.
  • Colonizar despojos; Piedra Luna.  Aoketekete y otros relatos del río. 2014. Ed. Fundación Arte y Ciencia.
  • Una mujer en la ventana. Flores en la pared y otros relatos. 2015. Ed. Fundación Arte y Ciencia.
  • La casa amarilla. La Casa contada y cantada. Antología de cuentos Confiar. Selección y notas de Elkin Obregón. 
  • Florecer en otoño; Canción de mayo. Letras para vivir: relatos y cuentos. 2018. Fondo Editorial Universidad Católica Luis Amigó.

Libro de cuentos

  • Las voces que trae la brisa. 2014. Ed. Fundación Arte y Ciencia.

 

Medellín, Mayo de 2018

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia

Ya está en circulación en edición impresa

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La llegada del Chiminigagua

Álvaro Jiménez Guzmán

Álvaro Jiménez Guzmán, autor del libro “La llegada del Chiminigagua”.

Navegaron con furia contra la corriente del río Grande de la Magdalena. La lancha tocó los primeros estrechos ascendentes. Alcibíades y sus hombres desembarcaron en el último puerto y se montaron en una recua de mulas para continuar, guiados por un campesino de los Andes. Alcibíades le preguntó si sabía llevarlos a la montaña que guardaba al Chiminigagua. El hombre les contestó que sí, que los llevaría al Valle de Tenza donde había un permanente cataclismo. “Muchos hombres hacen llover piedras de fuego con máquinas raras…”, les dijo. Describió que la tierra se estremecía por atronadores relámpagos rompientes de montañas, sin que las aguas del río Batá se salieran de su cauce. Les indicó luego que se hospedarían en la población de Santa María de La Vega, enclavada en las estribaciones de la Cordillera Oriental, epicentro de aquellos ajetreos.
Alcibíades, viejo cultivador de algodón, se entusiasmó con este relato e imaginó a su vieja y pintoresca población de Mugambia, escondida en una de las sabanas próximas al Golfo de Morrosquillo. Sus noches ya no serían sólo alumbradas por la luna, o por gotas de luz con las que los cocuyos salpicaban la negrura reinante. Sintiendo el agobio del pueblo por la oscuridad prolongada, convocó a los cincuenta campesinos más valientes para realizar una expedición a las montañas del centro del país. Había oído decir a sus antepasados que un resplandor permanecía oculto en uno de esos cerros. Ellos ya habían protestado ante las autoridades contra el destello intermitente de los coleópteros, o los faroles de mechas de lienzo alimentadas con sebo de res y gordana, o las lámparas de aceite. Ahora querían aquel fulgor que se ocultaba en las profundidades de las montañas.
Por senderos escabrosos remontaron la tupida cordillera, bajo el cuchicheo de los pájaros, la bullaranga de los micos y el zumbido de los grillos. Más adelante el sol no volvió a resplandecer, y en su lugar el cielo estuvo ceniciento. De pronto, los cubrió la rigidez grísea de la cordillera andina. Surgían los peñascos en medio de gruesas nubes. A medida que ascendían el suelo se mostraba atravesado por impetuosos riachuelos. En medio de truenos de agua, entre los desfiladeros, se elevaban densos vapores producidos por las cascadas que ellos confundían con columnas de humo. Se veían pequeños ante las imponentes rocas, y, cuando llegaba el viento, potente y bronco, bramando contra las ramas, se sentían levantados hacia adelante. En los ojos de las bestias que montaban, se reflejaba el terror con cada estruendo que precedía a los aguaceros, para luego resbalar en la jabonosa arcilla mojada. Estaban tan sorprendidos con tal avalancha de lluvias, piedras y arena, que temían ser devorados. Además del frío abrumador que los envolvía, sentían una profunda desolación cuando pasaban cerca de las malocas silenciosas de los indígenas y de las casitas campesinas pintadas con cal. Varias semanas después, en la frontera del altiplano cundiboyacense, a cielo abierto, cuando la tarde caía entre brumas violáceas y azules, observaron un infinito paisaje de frailejones.
Al llegar a las riberas del río Batá, en un valle cruzado por los ríos Lengupá, Somondoco y Garagoa, Alcibíades y sus seguidores divisaron desde una colina, estupefactos e inclinados sobre sus bestias, el arrebato de miles de personas moviéndose como hormigas, a pie y en extrañas máquinas, taladrando rocas y escarbando las profundidades de la cordillera. “¡Ahí debe estar el Chiminigagua!”, gritó Alcibíades con alegría, señalando el monumental cerro que cortaban hacia un gran lecho todavía seco.
Descendieron hasta el campamento. Alcibíades preguntó a un hombre de ropa caqui y casco blanco si esa era la montaña que guardaba el Chiminigagua. “¿Qué es eso?”, preguntó confundido el ingeniero, ante aquella exótica comitiva. Y Alcibíades le aclaró: “Es un Ser Omnipotente, luminoso, que cuando es de noche amanece y muestra la luz que en sí guarda”. El hombre le dijo que sí, pero, para que aterrizara su leyenda, los invitó a dar un paseo por el complejo panorama de las faenas que realizaban sus trabajadores. Les explicaba los aspectos sobresalientes de la obra: la construcción de túneles, la remoción de millones de toneladas de roca y arcilla, la desviación de las aguas del río Batá, la excavación de su lecho, la fundación de la presa, la almenara y el rebosadero, y el transporte, desde el Japón e Italia, de turbinas y generadores. Pero lo que más les asombró fue la escabrosa perforación de la tierra para construir la casa de máquinas de la central hidroeléctrica. “¡No joda! ¡Cipote socavón!”, gritó Alcibíades cuando vio un inmenso agujero en la falda de una montaña, sombrío y lloviendo desde su techo de piedra. “Parece que estuvieran rompiendo la tierra para que brote el Chiminigagua de sus entrañas”, pensó el campesino.

Lectura del nuevo libro en la sesión del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, martes 24 de abril 2018

Aquella conciencia y determinación colectivas rompiendo, removiendo y trasladando a su antojo toda la naturaleza que los rodeaba para capturar al Chiminigagua, les pareció a Alcibíades y sus hombres un atrevimiento comparable a la sabiduría de Dios por rehacer el mundo. El ingeniero acotó que aquella obra se erigiría como una de las presas más grandes del planeta y la primera del país, y tendría capacidad de generar un millón de kilovatios para alumbrar toda la nación. “Y, ¿cuánto demora cipote operación?”, preguntó Alcibíades ante la extraordinaria audacia. “Varios años”, respondió impasible. Y los convocó entusiasta: “¿Quieren trabajar?… Necesitamos bastantes brazos, como los de ustedes, para ejecutar esta grandiosa obra”. Pero Alcibíades siguió preguntando: “Y luego, ¿cómo llegará el Chiminigagua a Mugambia, mi tierra, en el lejano Caribe? ¿Cómo desterraremos la oscuridad?”. El técnico les dijo que el camino era enviar el dios de la luz por miles de kilómetros de cables sostenidos por cientos de postes de transmisión eléctrica. “Es la única forma para que el Chiminigagua derrame su aliento luminoso sobre Mugambia y el país”, concluyó el ingeniero.
Mucho tiempo después del regreso de los campesinos, pletóricos de optimismo, la luminosa realidad de la Central Hidroeléctrica de Chivor llegó, con sus “calabacitos alumbradores” guindados en “bejucos secos”, a la entrañable tierra de Alcibíades y sus hombres.

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Tomado del libro La llegada del Chiminigagua, Álvaro Jiménez Guzmán, Colección El Aprendiz de Brujo, Edit. Fundación Arte & Ciencia. 2018.

Pabellón 17 – Stand 1513

Feria Internacional del Libro de Bogotá

Gaitán y la masacre del 9 de Abril

Ángel Galeano Higua

Masacre del 9 de abril – Débora Arango – acuarela

Débora está sentada en mitad de la calle junto al Parque de Berrío, con su caballete, entre ingenua y avispada, tomando apuntes para una pintura de la manifestación. Gaitán es un potente imán que atrae a la multitud. Su llegada ha sido apoteósica. Medellín se ha volcado detrás de él en un río de fiesta. Todos quieren verlo, saludarlo, tocarlo. Para la iglesia y los sectores más conservadores, él es el anticristo, el demonio liberal, el revolucionario. Para los liberales y el pueblo, Gaitán representa la esperanza, la dignidad, la oportunidad de una sociedad más justa y respetuosa. La multitud se agita y ondea las banderas multicolores. Al comienzo Débora puede recoger algunos trazos, pero la gente pasa, empuja, los trazos se desvían. Alguien tropieza con el caballete, otro tumba los frascos… la avalancha circula detrás del caudillo y a duras penas Débora logra salvar algunas cosas. Entre empellones traza unas cuantas líneas más y luego se marcha a su estudio. Así le ha tocado muchas veces, correr a su paleta con la imagen que acaba de recoger en la memoria. Ese ejercicio repetido a fuerza de circunstancias para retener en su mente los colores llenos de vida, los gestos, las actitudes y ademanes, la atmósfera palpitante de humanidad.

De aquella vivencia surge Gaitán, una abigarrada acuarela en la que se puede observar la gigantesca figura del caudillo que avanza sobre el lomo de la multitud. El colorido es una cita de seres humanos entusiasmados rodeados por banderas de diversos países. El cuadro parece haber sido creado como los murales, por secciones. Gaitán es el homenaje de Débora a aquel hombre que una vez la acogió con fraternidad y respeto.

Ahora Gaitán ya no ocupa ningún cargo en el gobierno, pues el conservador antioqueño Mariano Ospina Pérez ha ganado la presidencia en las elecciones de 1946. Es un período difícil para el país. A pesar de haber logrado la presidencia, los conservadores no controlan el congreso, ni los consejos municipales, ni las asambleas departamentales. Se desata una ola de violencia en las zonas rurales de Santander y Boyacá contra los liberales. Pronto el país entra en una zozobra dolorosa. En ese ambiente Gaitán consolida su liderazgo y es elegido jefe único del liberalismo. La violencia se acrecienta, las autoridades de policía toman partido quebrando su imparcialidad constitucional, los periódicos también se alinean en uno u otro bando dedicando sus páginas a exaltar a sus favoritos y a denigrar del contrario. A estos gravísimos hechos se le suma que la iglesia acrecienta su protagonismo político hasta llegar a puntos extremos como el de Monseñor Builes cuando declara desde el púlpito que los liberales no pueden ser considerados católicos. En medio de esta atmósfera de exacerbada violencia la población vive injustas condiciones de vida: salarios de hambre, carencia de servicios de salud, educación y vivienda. La mujer continúa marginada sin derechos civiles.

Al acercarse la fecha de la celebración de la IX Conferencia Panamericana, que se realizará en Bogotá, cierta paridad que tenía el gobierno de Ospina Pérez se rompe, los pocos liberales que hacían parte del gabinete renuncian y Ospina Pérez conforma un gobierno enteramente conservador. Es entonces cuando en plena celebración de la IX Conferencia, el 9 de abril de 1948, cae asesinado Jorge Eliécer Gaitán en pleno corazón de Bogotá. El criminal es detenido, linchado por la turba y su cuerpo arrastrado por las céntricas calles de la capital.

A partir de ese instante Bogotá entra en una catarsis monstruosa. La ira de la población se desborda y se suceden los saqueos, crímenes, incendios. La ciudad se parece a las de Europa bombardeada durante la segunda guerra mundial. La violencia se riega por todo el país, campos y ciudades chorrean la sangre fratricida de los colombianos.

Débora plasma con sus pinceles el dolor que la embarga. Su obra adquiere otro vuelo y recoge las imágenes desgarradoras que en compañía de su padre y hermanos escuchan por la radio en su casa finca de Envigado. La acuarela Masacre del 9 de abril, es una magnífica condena a los violentos hechos que generaron la sangrienta racha. La pintura es una composición de cinco movimientos unidos alrededor de una edificación que simboliza la república. En primer instancia aparece Gaitán en una camilla que sus seguidores suben, algunos de ellos con improvisadas armas rústicas. Al lado derecho el asesino es arrastrado por las calles. En el mismo costado en la parte superior, aparecen entre incendios, los uniformados matando a varias personas. Al lado izquierdo, varios curas escapan por una escalera, ayudados en la parte superior por otros religiosos. Y en la parte central superior, una mujer de la bohemia toca las campanas sostenida por las piernas por un monje. Y en mitad exactamente de toda la acuarela las palabras “Viva Gaitán”.

La salida de Laureano (óleo de Débora Arango)

Se suceden hechos inauditos en todo el país. Setecientos liberales de Puerto Berrío son apresados en sus casas para sofocar una posible revuelta a raíz del asesinato de Gaitán y enviados en trenes a Medellín, los encierran en la plaza de toros durante tres días, a la intemperie, en condiciones humillantes y sin alimento. Débora pinta El tren de la muerte, una acuarela dramática en la que se ve el tren rodando por la carrilera y en uno de los vagones se muestran cabezas y cuerpos mutilados que llevan como macabra mercancía. En las puertas resaltan las huellas de unas manos ensangrentadas. El humo blancuzco sobre el tren es una avalancha de espirales. Débora ha complementado esta escena con un viaje al puerto sobre el Gran Río.

La obra pictórica de Débora se hunde en los momentos históricos que vive el país. Es el testimonio de una artista que no puede callar su grito de horror ante tanta barbarie.

En medio de ese baño de sangre, vienen unas elecciones presidenciales a las cuales no concurre el liberalismo por razones obvias. Laureano Gómez resulta presidente y de inmediato constituye un gabinete conservador con el cual se propone instaurar una hegemonía absoluta. Un ataque al corazón lo obliga a retirarse del poder por un tiempo, pero cuando quiere retornar sucede un golpe militar encabezado por el general Gustavo Rojas Pinilla y Colombia entra en otra etapa tenebrosa de su historia. Débora, muy atenta desde Casablanca, plasma este episodio con una nueva fuerza satírica. Salida de Laureano es una acuarela con nuevos elementos simbólicos que inaugura en la obra de Débora una nueva etapa. La representación de personajes con figuras animales se perfila en este cuadro que muestra a Laureano como enorme y horrible sapo que va en una camilla cargada por cuatro chulos. La marcha va encabezada por un esqueleto cuya bandera lleva impresa la calavera cruzada por dos fémures. El cuadro está pintado en diagonal y en la parte superior izquierda, oscura, se ven varios curas de camándula al cuello con los brazos en alto saludando a Laureano. Una hilera de cañones los custodia. En el extremo opuesto de la diagonal están los militares enfilados. Cierra el desfile un militar con gorra y un fusil en la mano en ademán de aplastar con la culata algunos bichos que hay en el piso. Esta pintura la repitió Débora al óleo.

En esta nueva metáfora zoomorfa de la obra de Débora están las pinturas La danza, La justicia, La República, Junta Militar, Doña Berta y Plebiscito, que son un inventario de nuestra historia durante esos aciagos tiempos.

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Tomado de Débora Arango: El arte, venganza sublime. 100 Personajes, 100 Autores. Edit. Panamericana.