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Día del Idioma

Semillas literarias

Hermes Rafael Pineda Santis

El Parque de Envigado, a pesar de la bruma y el frío que presagiaba lluvia, fue ocupándose con los usuales visitantes del municipio: El barrendero, quien con su uniforme verde inicia su repetitivo movimiento hacia adelante, arrastrando basura y polvo. Los ancianos que, reunidos alrededor de un quiosco de café y periódicos, rehuyen la muerte con fuertes risas y recuerdos de antaño. A la salida de misa, una multitud que recibió bendiciones e hizo uno que otro ruego. El novio o amante en espera de aquella, para otros desvelos más.

Hermes Pineda Santis – Grupo Literario El Aprendiz de Brujo (Foto archivo)

Allí estaba yo en el atrio de la iglesia, esperando a que se cumpliera la hora señalada para el encuentro con nacientes escritores en el Liceo “Francisco Restrepo Molina”. El maestro y yo, luego de un rápido saludo, caminamos en busca de la institución educativa que encontramos a pocas cuadras. Un edificio de cuatro pisos, de paredes rectas y cuadradas que se diferenciaba de todos alrededor. Alcanzo el timbre que se encuentra a más de dos metros de altura, quizás para que los niños no lo estropeen, mientras esperan el ingreso. Luego observé, que el vigilante desde el interior, tras la puerta, tiene un monitor que recibe imágenes de una cámara externa, que hace innecesario el timbre, ya que advierte con antelación al visitante.

Luego de explicar nuestra misión, nos hicieron ingresar y notamos la vida misma en ebullición. Un torrente de gritos y corre corres de niños y niñas en recreo. Risas, hurras y vivas por el equipo que hizo el gol, dentro del mini torneo intra clase que ocupa a los más grandes. Profesores en atención a sus alumnos, al cuidado de las actividades escolares o de camino al salón para iniciar sus clases. Fuimos orientados por Santiago, de noveno, a la biblioteca para recibir las instrucciones y cumplir con nuestra actividad. Antes de llegar, pasamos por la muestra de libros, donde nuestro compañero Freddy, pintor y aprendiz de brujo también, presentaba las publicaciones de la Fundación Arte y Ciencia.

Fuimos asignados a un aula con sillas y mesas para 25 personas. Primero recibimos a los estudiantes de primaria y luego, una hora después, a los de bachillerato. Los pequeños con grandes ojos, expectantes y curiosos, entraban buscando a los escritores que les enseñarían algo sobre libros y escrituras. Para los adolescentes, el interés por algo nuevo, los motivaría al encuentro cultural.

Celebrando el Día del Idioma con los chicos de primaria. (Foto de Hermes Pineda)

Los pequeños, inquietos, arrumados con sus amigos, sentados según su apetencia, mostraban su comodidad. Escucharon a los mayores, participaron e hicieron preguntas como: ¿cuánto se demora escribiendo un libro? ¿qué te inspira a escribir? ¿qué es lo primero para ser un escritor? ¿cómo se hacen los libros y cómo se piensan? Todas fueron respondidas y quedaron entusiasmados con las respuestas. Un mundo nuevo, de fantasía e imaginación se abrió ante ellos. Al final, surgió un cuento donde cada uno, desde la oralidad, aportó una línea. Había una vez un niño que paso por cuatro muertes y resucitaciones, fue a otro planeta, se vistió de arcoiris, recorrió el universo para finalizar con, y para el niño todo fue un sueño. Con una sonrisa en cada uno de ellos y un saludo de agradecimiento, regresaron a sus clases.

Tertulia con los jóvenes de secundaria. (Foto de Hermes Pineda)

Con los adolescentes, la cita fue algo más formal y con mayor tiempo, dos horas. Cada uno fue tomando una silla y fueron sentándose de forma aplicada y recatada. Surgieron preguntas como: el hombre alrededor de su historia busca llenar un vacío. ¿Por qué la literatura llena ese vació del alma? ¿Por qué las editoriales censuran los textos y mensajes? ¿qué pasa por la mente de un escritor cuando escribe sus relatos? ¿Cómo desarrollar una idea para que el lector sienta lo que uno quiere transmitir? ¿Cuál es el momento más difícil por el cual pasa un autor en la producción de su obra? La mayoría también resueltas, tuvieron réplicas, ya que el debate estaba dentro de sus inconformidades. ¿Qué era la felicidad? ¿qué es el alma? ¿cómo volvemos a la niñez? Preguntas que suponemos propias para la confrontación con sus realidades y visiones.

Ángel, el maestro, animado con la avidez literaria de los jóvenes, leyó Flores en la pared y los estudiantes con atención escucharon el relato. En sus comentarios, algunos opinaron que era algo triste y melancólico, quizás imagen de una época de violencia urbana. Al final, Ángel quiso promover la lectura con la rifa de dos libros de la fundación “última página” y “Flores en la pared y otros relatos”. Todos ellos se mostraron premiados y salieron al descanso del medio día.

El artista Freddy Sánchez, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, firma autógrafos de sus libros en el “stand” de la Fundación Arte & Ciencia.

Ángel y yo, otro aprendiz de brujo, llegamos a la biblioteca para donar algunos libros de la fundación. Recorrimos la zona de juegos y el estand para conocer las ventas de los libros. Luego salimos. Un sol iluminaba nuestras sonrisas, que contrastaban con el ruido de la calle y la vida comercial de Envigado. En nuestras mentes, cabía la idea de un huerto sembrado de semillas literarias.

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El autor es miembro del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo y ha publicado varios cuentos, entre los que se destaca La vida es una amanecer y Pablo (Cuento de Navidad). Abril 24 de 2017. Ejerce como docente en el Politécnico Colombiano “Jaime Isaza Cadavid” de Medellín.

Con motivo de cumplir 90 años de vida don Antonio Botero Palacio, reproducimos este ensayo leído en la sesión especial de homenaje y reconocimiento a su vida y su obra en el XII Parlamento de Escritores del Caribe, 2014. Autor de la novela Al final de la inocencia, el poemario Canción para una despedida, entre muchos otros, y de la Historia de Magangué (Bolívar) y La Unión (Antioquia, su tierra natal). Don Antonio Botero Palacio es además el autor del Himno de Magangué y uno de los pilares del Centro de Historia de ese legendario puerto sobre el río Magdalena. (N de la Red) 

 

Un río de hombre

Por Ángel Galeano Higua

Antonio Botero Palacio - La Unión, Antioquia (foto archivo El Pequeño Periódico)

“Se me viene a la cabeza esta anécdota que muestra el interés cultural de Magangué: con motivo de una fecha importante, decidí preparar una conferencia sobre Porfirio Barba Jacob; así pues agoté las reservas de mi biblioteca y cuando los medios de consulta de la ciudad me dieron lo que tenían, me fui a Medellín y me enclaustré diez días en la Biblioteca Pública Piloto, hasta adquirir un bagaje de conocimientos que consideré suficientes y regresé para hacer la promoción de este acto que se realizaría en la Cámara de Comercio a las siete de la noche. Cuando las manecillas del reloj marcaban las ocho, resolví dar inicio al acto que contaba en el auditorio con la presencia de una sola persona: mi hermano. Me consolé diciéndome que el despreciado no era yo, sino Porfirio Barba Jacob”.

Tomado de “Antonio Botero Palacio: Maestro, navegante y soñador”. Navegantes de la utopía

1. Introducción

¿Qué pesa más en un hombre: su vida o su obra?

Esta pregunta medular surge a la hora de abordar a don Antonio Botero Palacio. La mera formulación ya plantea una profunda inquietud. No alcanzan las palabras que han rodado por el planeta para definir a un ser humano como él. A lo que quizás podamos aspirar sus amigos es a reconocer su generosidad sin límites, su descomunal esfuerzo por plantarse, con carácter, en la tierra ejerciendo el derecho a ser habitante de un país en cuyo barro ha quedado ya muy nítida su impronta. Y por supuesto, quienes tenemos el privilegio de conocerlo desde hace más de 30 años, no renunciamos al asombro que nos produce su delirante búsqueda de la belleza a través de nuestro idioma.

Hay hombres cuya vida se llena a sí misma de acciones. Los hay también en quienes el ejercicio del pensamiento, de la imaginación, los determinan. Pero en otros se confunden la palabra y los acontecimientos, se hacen carne y espíritu. A esta última categoría pertenece este hijo adoptivo de Magangué, este hombre que lo ha entregado casi todo por los demás. Que sólo ha guardado para sí la fuerza de su amistad que refulge en la mirada.

La iniciativa del XII Parlamento Nacional de Escritores de estudiar la vida y la obra de don Antonio Botero Palacio nos llena de regocijo. Reconocer sus aportes a la cultura colombiana, valorar sus esfuerzos por plasmar acontecimientos de talante histórico, saborear su obra diversa, reír ante los pasajes en que se burla con fino humor de su alter ego, proyectar su ejemplo emprendedor en pos de las causas sociales más nobles. Con tales propósitos, una organización como la Asociación de Escritores de la Costa, cumple a cabalidad con su razón de existir y abona el camino para que las nuevas generaciones de lectores acudan a beber de su obra literaria y tengan como ejemplar la vida de este compatriota.

2. Recrear la vidaAntonio Botero Palacio - La Unión, Antioquia

Aparte los avatares de Antonio Botero Palacio a lo largo de su vida, es de resaltar su persistencia creadora. Tal vez las duras condiciones materiales del hogar, los agrestes parajes de la vereda Garabatos que debió recorrer en la niñez y los arduos episodios que describe con gracia en su novela Al final de la inocencia , hollaron su vena literaria. No es que el dolor y el sufrimiento produzcan un arte más sublime. No, el dolor merma, deteriora, entristece, mata. Nadie en sus cabales quiere el dolor. Se trata más bien de que el talento no sucumbe cuando va acompañado de ciertos factores, como de una voluntad férrea y el atrevimiento de ir contra la corriente. Se expresa a pesar de las adversidades y en Antonio Botero Palacio tales vicisitudes sirvieron de materia prima para contarnos una historia. Su historia, que se riega con especial claridad en su novela.

A lo largo de toda su vida lo ha acompañado el recuerdo de su padre, Próspero Botero Restrepo, quien después de la dura jornada en los surcos colgados de los breñales y a la luz de un candil agonizante, les leía a Cervantes, Jorge Isaacs, Alejandro Dumas, Víctor Hugo, José Eustasio Rivera, en la Casa Grande de Mesopotamia, Municipio de La Unión, en el oriente antioqueño.

Hizo teatro. Es decir, escribió dramas, los actuó, los dirigió. “Chamboneando en las tablas fue como tomé cariño por esta modalidad”, dijo en cierta ocasión (1). Fruto de esa exploración son las obras Abismos, Machismo, Blanca como azucena y El pleito. Muchas veces ha viajado a Medellín, Cartagena o Barranquilla con el exclusivo propósito de asistir a una función. Pero no le basta con “verlo”, lo lee. Con frecuencia le oímos citar a los griegos, a Shakespeare, a Chéjov, a Moliere.

A la pregunta de cuál es la obra de teatro que más lo ha impactado, responde: “Conservo fresco el recuerdo de una de las obras más maravillosas en la dramaturgia nacional, que logró impactarme como creación colectiva del teatro experimental. Me refiero al montaje que un grupo de la Universidad de Antioquia hizo de Guadalupe años cincuenta, y que tuve el privilegio de presenciar en el alma máter”. (1)

Si me fuese dado el derecho a resumir, diría que el hilo conductor de sus desvelos literarios ha estado en recrear la vida.

3. Los versos anteceden a la prosa

Antonio Botero Palacio en un evento cultural en Magangué (archivo El Pequeño Periódico)

Una de sus grandes pasiones es la poesía. Se transforma citando a Barba Jacob, de quien dice: que es el “poeta de todas las contradicciones pero siempre artífice de lo bello”. (3) En el epígrafe de estas notas se aprecia el ardor con que ha leído al autor de “La Canción de la Vida Profunda”, poema “donde palpitan, con vívida incandescencia, los más antagónicos momentos de la vida de un hombre”. Una especie de altar ha construido para Neruda: “en cada una de sus palabras cabe un mundo de alegría, de dolor, de angustia, de fe, que trasciende lo infinito”. Su personaje femenino preferido es Gabriela Mistral, “pues la sinceridad de su voz y el arrullo de su poesía me dan serenidad en el alma”. (1) ¿Quién de nosotros no lo ha oído hablar de la Canción del boga ausente, de Candelario Obeso, el primer poeta negro de América? En José Asunción Silva lo “sorprende la magia imaginaria de mil sombras proyectadas por la luna pálida”.

Cultor del soneto, no ha abandonado la musicalidad que heredó en la rima parnasiana, romántico le canta a la mujer, al amor, al paisaje. Ha escrito cientos de poemas y publicó un libro titulado Desde los lagares del alma. Uno de los imanes que lo atrapó al llegar al Caribe, al refugiarse en Magangué, fue la musicalidad con que hablan los costeños. Se ha compenetrado tanto con la región que no ahorra esfuerzos para promover entre los niños y los jóvenes el amor por la poesía mediante talleres, concursos, encuentros para compartir poemas salidos de los tiernos fogones espirituales de los niños de Magangué y la Costa Atlántica.

Más que su poesía en verso, podemos encontrar en su prosa esa búsqueda del ritmo, esa música que distingue su estilo orlado con los adjetivos a veces desmesurados, como desmesurada es su hambre de literatura. Antonio Botero sabe que la prueba de fuego de la poesía está en la prosa, pero eso no lo acobarda, al contrario, es combustible para su obra.

4. Afán por la Historia

Impulsó los Encuentros para jóvenes

Su formación de maestro de escuela en la Normal de Varones de Manizales, más su errancia obligada, no en razón de una estirpe de antioqueño andariego, sino por la persecución política en la que el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán marcó su vida como un mojón doloroso, exacerbaron el deseo de poner en práctica para su vida lo que les inculcaba a los niños en la escuela: conocer la Historia del país, de la región, de sí mismo. Saber dónde estamos parados, en qué país vivimos. No ha dejado de pensar en la pregunta que harán las generaciones venideras: ¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?

La violencia política, que descargó su hoz de parca funesta a finales de los años 40 del siglo pasado, por poco se lleva también a nuestro amigo. Gracias a su habilidad, a sus reflejos de maestro joven, pudo eludir esa indeseada cita y emprender el camino del exilio en su propia patria, como han tenido que hacer millones de compatriotas en estos últimos 60 años de nuestra historia nacional.

Lo ha impregnado el afán por conocer la historia, ya no como maestro de escuela, sino para sobrevivir. Esta dilatada y sangrienta página de nuestra historia, si bien contiene todo el drama de un pueblo avasallado por los poderes más aberrantes que han manejado nuestro país, en la pluma de Antonio Botero Palacio adquiere una dimensión humana conmovedora. Recurre a su propia experiencia y con ese faro echa a andar por los caminos de la historia local de su pueblo natal y del puerto que lo supo adoptar. Para hurgar estos vericuetos siempre ha encontrado cómplices, empezando por su hermano Próspero, con quien escribió, luego de largos años de investigación, los libros La batalla de Magangué, Historia de Magangué y la Historia del Municipio de La Unión, Antioquia, con motivo del centenario de su fundación.

A más de haber sido maestro, fue administrador de una finca ganadera, contabilista, gerente de una empresa de transporte fluvial, comerciante de madera y en medio de todos esos oficios impuestos por su condición de perseguido político, se convirtió, con el tiempo, en miembro activo y permanente de la Casa de la Cultura de Magangué, del Centro de Historia “Villa de Magangué”, del Consejo Municipal, y del Consejo Departamental de Cultura de Bolívar.

Es muy significativo que su obra Historia de Magangué, esté dedicada a Orlando Fals Borda, “quien sembró los principios raizales del tipismo costeño y creó, para la posteridad, la grandiosidad del hombre anfibio, que resume con perfección nuestra identidad”.4

5. Relatar

Firmando autógrafos de su novela Al final de la inocencia (archivo El Pequeño Periódico)

Esa antigua forma de historiar, de hacer de cronista, de contar lo que veía u oía, le agudizó la percepción para atrapar lo que sucede o no a su alrededor, más que lo trascendental o grandilocuente de la Historia, los sucesos cotidianos: los sentidos alerta, lo que gritan los vendedores en la calle, los pregoneros que ofrecen el pescado recién sacado del río, los aguacates y mangos, las alegrías de coco y anís… No es indiferente al aviso en los muros, a las anécdotas llenas de picardía y repentismo, al hecho político, a las noticias de nuevos descubrimientos científicos, a la creciente del río con todas sus consecuencias, lo mismo que a las sequías.

La búsqueda de su propia voz lo condujo a escribir una pieza integradora de ese pueblo cosmopolita. Porque Magangué es un puerto y como tal ha estado abierto al mundo. No es exageración, durante los diez años que viví con mi familia la aventura de los descalzos en Magangué, pudimos conocer la “Albarrada”, esa franja fronteriza entre el río grande de nuestra patria, El Magdalena, y la ciudad. En esa orilla se podía conseguir desde una aguja de hueso para tejer hamacas, hasta pólvora y demás trebejos para extraer oro de las minas del Sur de Bolívar. Por allí entran y salen de manera clandestina miles de ejemplares de iguanas e icoteas y otras especies de nuestra fauna en peligro de extinción, engrosando el mercado negro del interior del país y otros países. La Albarrada con sus fondas ribereñas, pescado frito con patacón pisao y guarapo. El puerto, hoy renovado, donde llegan chalupas de diversos lugares del sur de Bolívar, Sucre y Magdalena. Este carácter de nuestro río por el cual entraron los colonizadores con sus arcabuces, espadas, caballos y Cristos crucificados, sedas y pianos, gérmenes de enfermedades inexistentes en este continente, y el idioma. El mismo río por donde salieron rumbo a la península ibérica, llevándose toneladas de oro y gemas y títulos autoproclamándose dueños y señores de estas tierras y de sus pobladores. Jamás la humanidad conoció usurpación más criminal y aniquilamiento masivo más brutal. En nuestra residencia soñadora como descalzos, no era de extrañar encontrarnos allí a los turcos, libaneses, alemanes e italianos atendiendo sus negocios de telas y abarrotes, compra y venta de cosechas. Ellos habían entrado a nuestro país huyendo de las guerras en Europa, la Primera y Segunda Guerra Mundial, y se establecieron en la rivera, acunados por el clima, la generosa hospitalidad de los habitantes y por la presencia apabullante del río que los hacía soñar con un regreso a su patria.

Primera Edición

Antonio Botero Palacio supo recoger la esencia de esta historia y plasmarla con belleza en el Himno que fue acogido por Magangué. La música corrió a cargo de Francisco Chico Cervantes, y el estreno fue una memorable jornada interpretada por los coros y la orquesta sinfónica de la Universidad de Antioquia. “Cuando aprendí a amar a Magangué me fue fácil cantarle, pregonando con sinceridad la bondad de sus gentes, la majestad de sus paisajes y la fuerza de sus ancestros”. (1)

Como se ve, la huella de este maestro de escuela es imborrable en la historia regional.

Pero en su apetito por narrar se encuentra un Anecdotario, en el cual durante varios años recogió, en compañía de su hermano cómplice, Próspero, verdaderas joyas del repentismo local que esperan el paso de los años para poder publicarlo, dado que aún viven ciertos personajes implicados en sus chispeantes páginas. Todo un ejercicio de observación, recolección y sistematización en un cuaderno grande, copiados a mano al calor de la novedad. Autor de cientos de ensayos, artículos, crónicas y cuentos que ha escrito para periódicos locales y regionales, como EL PEQUEÑO PERIÓDICO, del cual fue animador incondicional desde el momento en que tuve el honor de fundarlo, en 1982, en una cafetería a orillas del río Magdalena. Artículos como “Los niños en cruz”, “La Feria de Magangué”, “Las fiestas de Magangué”, “El bajo Manhattan”, las continuas batallas para que los gobernantes de turno prestaran atención a la Biblioteca y a la Casa de la Cultura y demás necesidades culturales del pueblo. Para don Antonio Botero no existe tema vedado y sabe, de sobra, que ejercitar esa libertad le ha implica sus riesgos.

Su dedicación a la escritura va pareja con la lectura, no ha dejado de escudriñar la obra de nuestro Nobel y se mantiene alerta a las nuevas voces literarias que surgen dentro y fuera del país. Con la edad no disminuye su curiosidad. Para él la mente es la que manda en consonancia con los latidos del corazón. Conocer su biblioteca es acercarse a un rinconcito muy preciado de su alma.

6. Al final de la inocencia

Para escribir esta novela Antonio Botero Palacio no necesitó inventar. O dicho de otra forma, no tuvo que echar mano de historias prestadas, sólo recordar y plasmar con palabras sus recuerdos. Consideró que así como recogía historias de otros había llegado el momento de recoger la suya. Tal vez para que su familia, su hija, sus nietos y toda la descendencia supieran de primera fuente quién había sido él. Hermosa responsabilidad. ¿Qué sería de este país si sus ciudadanos escribieran y publicaran su vida como él lo ha hecho?

2a. Edición

Recuerdo el día que me compartió su secreto. Hoy lo puedo contar aquí porque es una realidad inocultable. Y porque ha dejado una marca indeleble en mi memoria. Lo visité en su Almacén La Finca, en La Albarrada, y debido al ajetreo me dijo que lo esperáramos, que tenía algo para contarnos. Ni mi esposa que me acompañaba ni yo, sospechamos de qué se trataba. Cerró el almacén pero no nos dejó salir. No entendíamos por qué nos dejaba adentro, pero nos indicó para que subiéramos la escalera que nos condujo a su búnker. Un estudio bien dotado a donde con seguridad se escapaba de todo el mundo para escribir y leer sin interrupciones. Nos ofreció un refresco y extrajo de su bolsillo una llave con la cual abrió el cajón de una mesita. Sacó un grueso libro que se me antojó recién encuadernado, como esos grandes volúmenes de contabilidad con sus balances de pérdidas y ganancias que mandan empastar las empresas cada mes para su archivo físico. Nos pidió que lo leyéramos. En voz alta empecé a leer aquélla que era su vida. No supimos cuántas horas estuvimos allí los tres embrujados por el periplo de Arturo, el protagonista central.

“Desde la pesada cúspide de mis años aún veo la montaña, la fértil vertiente de la quebrada de El Presidio y la vereda Las Piedras…” (2) Así comienza esta obra que es el espejo de una vida, de una generación, de un país. Los ribetes poéticos se iban regando a lo largo de sus cerca de mil páginas que alcanzaba el original de este texto autobiográfico, de las cuales, por supuesto, no alcanzamos a leer más que un centenar. ¿Qué opinan?, nos preguntó. Por un momento no encontramos las palabras para responderle. Muy bella y nostálgica, atinó a decir Carmen Beatriz, mi esposa. Lo único que yo pude decirle fue que tenía todo el aire de una novela y valía la pena publicarla, que historias como esa debían ser compartidas con los demás. Don Antonio reaccionó, dijo que no, que no la había escrito pensando en publicarla, sino más bien para hacer un examen de su propia vida. Y la volvió a guardar bajo llave.

Antonio Botero Palacio durante el XII Parlamento de Escritores del Caribe, agosto 2014 (Fotos El Pequeño Periódico)

Al cabo de un año me escribió diciéndome que desde aquella noche no había podido quitarse de la cabeza la idea de publicarla. Quiero que sea usted quien la publique, me dijo, inocente de los sinsabores que implica desprenderse de un texto. Es como decirle adiós a un hijo que ha decidido tomar su propio camino. Así dimos comienzo al proceso de edición que se extendería por varios meses. Los detalles aleccionadores de este trabajo, tanto para él como autor, como para mí su editor, pertenecen a esa escuela irrepetible que nunca podrá enseñarse en ninguna academia. Cada libro es un universo propio y las enseñanzas que ofrece en su edición son muy particulares. Para mí ha sido una de las experiencias más ricas, no sólo por la cercanía del autor, sino por la enorme responsabilidad que implicaba tocar una sola de sus palabras. Conociendo como conozco el temperamento apasionado de don Antonio Botero, sabía de antemano que tendríamos una batalla ardua antes de llevar el libro definitivo al fogón de los impresores. Por lo general, todos los autores tienden a resistirse a quitar palabras, a veces se enamoran de sus propios errores, no los ven, no consideran que aquí hay una repetición innecesaria, que allí aparece un adverbio que sobra, un exceso de adjetivos… En fin.

Ponencia sobre la vida y obra de Antonio Botero Palacio - Universidad J. Tadeo Lozano Cartagena. XII Parlamento de Escritores del Caribe. (Foto El Pequeño Periódico)

Nos pusimos una cita en Medellín para iniciar la edición. Él quería que ambos enfrentáramos esa labor y nos dispusimos con todo el ánimo. Pasaron las horas y no podíamos pasar del primer párrafo. Sentíamos que cada palabra nos llevaba por caminos tortuosos, leíamos y releíamos en voz alta, tachábamos, volvíamos a dejar la palabra, esta coma sobra, no, no sobra… Esta sí, no tampoco… Comprendimos, al cabo de muchas horas, que no podríamos coronar con éxito la tarea. Acordamos que yo haría esa labor y le propondría las correcciones que considerara pertinentes. Se marchó decepcionado. Debieron pasar varios meses antes de que yo tuviese una propuesta sólida. Empezando por el título, pues el original no tenía el vuelo poético que la historia ameritaba. En este punto don Antonio estaba de acuerdo, sabía que ése no era el título para una novela. Al principio le envié los primeros capítulos corregidos pero él me respondió que mejor no le mostrara nada, sino hasta que el libro estuviese terminado. Que no podría soportar ese suplicio de verlo por partes. Le consulté algunos términos, ciertos nombres, lugares, referencias históricas. Al cabo de un año largo estuvo listo.

Su reacción inicial al verlo impreso fue de perplejidad. Se asombraba de que toda su vida cupiera en algo menos de 200 páginas. Con el paso del tiempo la novela se fue asentando con fuerza propia. Los mil ejemplares se agotaron, la crítica fue generosa tanto en la Costa como en el interior. Varios maestros de Medellín y el oriente antioqueño lo pidieron como el libro para ser leído durante el año escolar. Pero algo extraordinario sucedió diez años después que impulsó a don Antonio a pensar en agregarle un epílogo y me propuso hacer una segunda edición. Ha sido uno de esos momentos en que nos maravillamos ante la magia de la vida y la ficción que se funden, como si no pudiera existir la una sin la otra. Como si la historia vivida necesitara ficcionarse a sí misma. Como si el libro se hablara de para dentro y se enriqueciera y exigiera ser completado. De un momento a otro uno de los personajes apareció como un fantasma que vuelve del pasado, se presentó con su propio drama pero iluminado por haber encontrado el camino hacia don Antonio. Era la pieza que había quedado suelta en la primera edición y que ninguno de sus lectores, ni él como autor, ni yo como editor, lo habíamos percibido. El asesino, aquel que había recibido la orden de matarlo cuando ejercía de maestro de escuela en Urrao, apareció con el único propósito de arrojarse a sus pies para pedirle perdón después de medio siglo de cargar sobre su conciencia las dentelladas voraces del remordimiento.

Asistentes al XII Parlamento Escritores del Caribe 2014 (foto El Pequeño Periódico)

Como se ha preguntado una de sus lectoras: ¿Cuál será la realidad actual de don Antonio? Después de atesorar tantas experiencias, ¿a quién ama hoy?, ¿sigue Porfirio Barba Jacob invicto en su biblioteca?

Sus amigos, muchos de ellos reunidos hoy aquí en Cartagena, queremos abrazarlo jubilosos por el valor y la resistencia con que ha sabido vivir su vida y su obra. Faros como usted, don Antonio Botero Palacio, son los que le devuelven a un pueblo la ilusión de un camino anchuroso y digno, alejado de la mezquindad que rige al mundo de hoy, de los egoísmos y perversiones con que vemos manipular a la humanidad, donde las leyes del mercado definen la suerte del planeta y para el caso, hacen de los autores una marca más importante que su obra, asignándoles roles de modelos que terminan anunciando productos de consumo.

La imagen de un hombre que tuvo que abandonar su aldea en busca de un refugio para salvar su vida, es la misma imagen de este país que todavía no se pone de acuerdo para erradicar la barbarie. Ese hombre, parado frente a un gran río, mira el horizonte con una sonrisa que acude desde los más recónditos rincones de su alma porque viendo pasar el río incesante y caudaloso, ve pasar la película de su propia vida, convencido de que hizo lo que tenía que hacer.

¿Qué pesa más en un hombre: su vida o su obra? Ambas pesan lo mismo cuando se funden. Es la lección que nos lega don Antonio Botero. Dicho de otra forma, para seres como él la muerte no existe.

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NOTAS

 1 Navegantes de la utopía, Reportajes de El Pequeño Periódico. Ángel Galeano Higua, Edit Fundación Arte & Ciencia, Medellín. 1996.

2 Al final de la inocencia, Antonio Botero Palacio, novela publicada por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín. 1ª Edición 1999. 2ª Edición 2011.

3 En la sonoridad de la palabra hace eco la voz de Dios, Antonio Botero Palacio, ensayo. 2012.

4   Historia de Magangué, Antonio Botero Palacio y Próspero Botero Campuzano. 2008

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Ángel Galeano Higua

Cartagena, Agosto de 2014

XII Parlamento Nacional de Escritores de Colombia

Homenaje a Antonio Botero Palacio y Antonio Mora Vélez. Asociación de Escritores de la Costa.

Palabras al viento o

Los infinitos umbrales

Leonardo Agudelo Velásquez

Leer a Ángel Galeano Higua en Palabras al viento, luego de haberlo conocido desde hace más de cuatro décadas produce una extraña sensación, parece uno enfrentado a dos personas. Uno el profesor del Inem durante quinto y sexto de bachillerato, docente de electricidad y electrónica recién llegado de la capital y luego presidente de Aceinem, Asociación de Profesores del Inem “José Félix de Restrepo”, llevando el megáfono portador de la “voz del pueblo”. Poco después supe por mis amadas profesoras de español y literatura: Laura Pineda y Laura Escobar que había viajado a Magangué: “Al trabajo Político”. Así fue durante varios años, hasta un ceniciento domingo, recién llegado a Bogotá con mi maleta habitada por una muda de ropa, dos libros junto al diploma de Historiador, cuando me topé con una carta suya en la sesión del lector del Magazín del Espectador, creí por sus líneas en tan importante diario que se había convertido en un gran intelectual y eso me regocijo aquellos inciertos días en la capital.

Leonardo Agudelo Velásquez, Investigador y docente. (fotografía tomada de UNal/…/indignados)

Nos reencontramos gracias al laberinto de internet y supe que se había convertido en todo un gestor cultural, eso llevó a que me vendiera su novela El río fue testigo, una especie magnífica de autobiografía y literatura, donde redescubrí el universo Caribe a ojos de un bogotano. Escribí algunas piezas para ese caballito de batalla que Ángel se había inventado en Magangué; El Pequeño Periódico. Mi antiguo profesor era un delicado cordón umbilical que me recordaba las cosas que yo anhelaba de joven estudiante, por eso respondía emocionado a sus pedidos para esa línea de batalla de su periódico: una criatura creada de tinta, papel y la eterna convicción de Ángel que: “otro mundo es posible”.

Ese era a quien yo recordaba hasta leer Palabras al viento, más que una autobiografía: toda gran literatura es el pretexto de un creador para danzar frente a la inmortalidad, su libro de cuentos semeja una geografía de su sensibilidad: como finos trazos de los pinceles sobre papel de arroz con que los chinos nos han dejado su pictogramas al lado de lo cual dibujan nebulosos paisajes con las fuerzas de la naturaleza. Cada uno de los relatos del libro es un pedazo de la piel curtida, de su naturaleza. Con imágenes que corren como ríos subterráneos de relato a relato: árboles de donde sus hojas parten al otoño, pintorreteadas ejecutivas, la sinfonía del papel bajo la punta del lápiz. Semeja el texto un tríptico que termina con los paisajes calcinados del intenso amor. Allí resuma mucho amor: Conversaciones con un retrato; Soledad de ayer y de hoy, Las hojas de Noelia.

Las hojas de Noelia, uno de los 16 cuentos que conforman el libro “Palabras al viento”

Su narrativa es un encuentro poético con los cuatro elementos de la creación: aire, agua, tierra y fuego que mutan gracias a su narrativa, en hojas que caen de los árboles, o en nubes jugando a ser motas de algodón: o la música frenética con la agonía líquida del ahogado, el amor por las figuras lineales o los libros: “las palabras que caen y los objetos en fuga”. Todo lo anterior para llegar a esa zona de “Twiling Zone” de Cambio de renglón o El Otro viaje, un extraño relato que rebela los bordes cortantes, ocultos en la nebulosa del inconsciente humano.

Al final un bello texto para él, que ama, él que sabe que va a morir y para aquellos que saben que el oficio de la gran literatura es recordarnos ese ‘algo’ que merece ser salvado de este naufragio cósmico en que está empeñada la especie.

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Leonardo Agudelo Velásquez es Historiador: https://fundarteyciencia.wordpress.com/tag/leonardo-agudelo-velasquez-historiador/

 

Innegable vigencia de El río fue testigo

Jorge Alberto Morales Agudelo (*)

Mujer remando en el río Magdalena, Sur de Bolívar. (Archivo El Pequeño Periódico)

La aparición de la última novela del escritor antioqueño Juan Diego Mejía, Soñamos que vendrían por el mar (Alfaguara 2016), nos da el pretexto para recordar otra obra cuyos protagonistas son los “descalzos”; nos referimos a El río fue testigo de Ángel Galeano Higua. Ambos autores exploran sus propias experiencias como “descalzos maoístas” de finales de la década del setenta y principio de la del ochenta del siglo pasado. Además, en el caso de Mejía la experiencia le dio para una cosecha, que a mi entender podría llamarse la trilogía involuntaria donde se encuentran también las novelas A cierto lado de la sangre (Planeta 1991) y El dedo índice de Mao (Norma 2003), explorando el mismo tema desde miradas distintas, pero que al final representa una sola novela con tiempo y espacio común, diferenciada por los enfoques de la acción. A las tres obras mencionadas nos referiremos en una próxima columna..

Brigada de salud en el Sur de Bolívar, descansando mientras un “descalzo” lee para los demás. (Foto archivo El Pequeño Periódico)

Hoy nos centraremos en El río fue testigo de Ángel Galeano Higua. Obra editada por la Universidad de Antioquia en 2003 recrea un gran sueño, el de la entrega de una generación joven, idealista, inteligente, con sentido de pertenencia y sensibilidad social por su patria. Eran amigos o “camaradas” que militaron en una izquierda diferente a la que acaba de negociar en Cuba, nacida como consecuencia del proceso de crítica al llamado Frente Nacional (1958-1974) en lo interno, y como reacción en cadena o propagación en América Latina de la Cuba revolucionaria de 1959, en lo externo. Estos jóvenes emprendieron el largo pero seguro camino de ganarse para siempre el corazón de las clases sociales humildes al compartir su suerte, mientras organizaban una estrategia que permitiera superar poco a poco las principales deficiencias estructurales, siempre con la activa participación popular. Los “descalzos”, como eran llamados, procedían de sectores intermedios de la sociedad colombiana, algunos pertenecían a la élite política y económica nacional, se identificaban por su adhesión a las ideas maoístas, como era la moda en una época muy compleja, la de la llamada “guerra fría”.

La novela centra su atención en el sur de Bolívar, serranía de San Lucas, municipio de Magangué. El personaje principal, Leonardo, cronista de la experiencia revolucionaria en la región, es otro descalzo que emigra con su esposa e hija a la zona al igual que médicos, enfermeras, antropólogos, artistas, entre otros. La estrategia era convertirse en un “pequeño estado” que eficientemente ayudara a superar el atraso de la región creando las condiciones para educar a las masas campesinas y de esta manera prepararlos para una revolución social. La utopía choca con otros intereses violentos representados por la izquierda armada, que asumen la tarea de recuperar la zona inversamente para el atraso y el subdesarrollo, iniciando de esta manera una política siniestra de muertes selectivas a los principales líderes descalzos y sobre todo a los campesinos inteligentes, que asumieron la dirección de una cooperativa agraria que permitía eliminar intermediarios y comercializar frutos y legumbres que antes se perdían. La estrategia perversa contó con el apoyo de un gobierno central permisivo, tonto, que buscaba la paz, cediendo sumisamente a las pretensiones de la izquierda violenta.

Francisco Mosquera y Ángel Galeano Higua en la población de Montecristo, estribaciones de la Serranía de San Lucas, Sur de Bolívar. 1984 (archivo particular)

La frustrada experiencia de los descalzos en el sur de Bolívar sucede en tiempos nefastos para nuestro país. Era la época de la demagogia belisarista (1982-1986), de la tragedia que borró la población de Armero del mapa nacional, de la toma del Palacio de Justicia por parte del M19 y de la muerte violenta de los líderes descalzos en varias regiones del país. La barbarie triunfó ante la solidaridad y amor por los más necesitados. Los descalzos salen de las veredas y sitios agrestes, prometiendo regresar, pero no pueden hacerlo, las condiciones para materializar un ejemplo nuevo de tanto desprendimiento no son propicias, los violentos crecen de la mano del Estado, narcotraficantes y delincuentes comunes, hasta conformar una sola cosa deforme con tentáculos en toda la nación.
Capítulo aparte merece el ideólogo de todo ese movimiento político, se trata de Francisco Mosquera Sánchez un hombre con gran carisma, estudioso, inteligente. Su mérito radica en haber convencido a toda una generación de jóvenes universitarios, estudiantes y obreros de la necesidad de abandonar la comodidad de la ciudad, para iniciar el conocimiento estratégico de los grandes aliados en el proceso revolucionario colombiano, los campesinos, y así ganar el corazón de los más desfavorecidos por medio de una vida activa, propositiva y en comunidad con ellos. El ideólogo visitó la serranía en los momentos en que se iniciaba la ofensiva violenta por la recuperación de la región. Pacho, como lo llama Leonardo, convivió por unos días con sus pupilos y saludó la nueva militancia campesina de su partido. La crónica de esta visita la conocemos por Leonardo quien no se cansó de escribir hasta los gestos del jefe de la utopía y tomar fotografías al respecto. Pero la crisis se ahondó cuando esto sucedía y Pacho no dudó en ordenar la salida de todos los descalzos, los convenció de la idea de no responder con la irracional violencia a los violentos a pesar de que tenía gran respaldo de las masas campesinas en ese propósito. Con esta decisión racional sacó a su grupo político del conjunto de organizaciones que contribuyeron a la creación del engendro paramilitar, que inició como un simple movimiento de autodefensa campesina y degeneró hasta convertirse con lujo de detalles en criminales iguales o peores que los asesinos de los descalzos.

La novela de Ángel Galeano Higua que se inscribe en el realismo, contada en primera persona, desconcierta a los lectores que vivieron parte de esa experiencia al encontrar unos nombres reales, otros con seudónimo, pero que de inmediato se sabe de quién se trata, además de algunos que son producto de la imaginación del escritor. El río fue testigo es también una novela histórica, trabaja una experiencia del tiempo presente, básica en el propósito de entender el accionar de una fuerza política de izquierda, que se negó a la utilización de las armas antes de desarrollar un proceso educativo a gran escala que sacara del oscurantismo a campesinos y obreros, se trataba de esperar el tiempo que fuera necesario antes de explorar una coyuntura revolucionaria o simplemente estar preparados para tal fin.

Un complemento a la historia de los descalzos del sur de Bolívar, tan importante como la novela es EL PEQUEÑO PERIÓDICO, órgano informativo y cultural de la comunidad de Magangué y de toda la serranía de San Lucas, en sus páginas se recrea el gran impacto positivo generado por los jóvenes intelectuales en una región abandonada por el Estado central y apetecida por los violentos. Ángel Galeano Higua, fundador y director de EL PEQUEÑO PERIÓDICO y autor de la novela en mención, como buen creador se cuida de no preferir a una más que al otro, ambos representan un gran complemento en su producción intelectual, como cronista de esa experiencia inolvidable que fue la presencia de los descalzos en el Sur del departamento de Bolívar.

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(*) Jorge Alberto Morales Agudelo es Historiador egresado de la Universidad de Antioquia, autor de diversos artículos publicados en revistas especializadas y periódicos.

Texto publicado en: http://nuevagaceta.co/inicio/el-rio-fue-testigo-otra-novela-de-los-descalzos, Sáb, 02/25/2017 – 22:07.

Las siete muertes del lector

Por Luis Hernán Rincón Rincón

Supongo que a usted le interesa saber cuáles son esas muertes y cuál es ese lector. ¿Será usted ese lector que murió siete veces pero sigue viviendo? Le contaré aquí lo que entiendo de ambas cosas.

Luis Hernán Rincón Rincón, Director Fundador del periódico “Támesis Asciende”.

El libro Las siete muertes del lector es una obra de mi maestro y amigo, excelente cuentista colombiano, Ángel Galeano Higua. El artículo escrito por él, con el mismo título del libro, es muy breve, tres páginas, y ha sido publicado en Medellín y en otros lugares como Bogotá y Naples (Florida, EE. UU). En Támesis lo han difundido la Tertulia Fundadores y Támesis Asciende. El libro contiene también relatos diferentes de su autor.
Hay mucha personas que caminan y tropiezan pero no le sacan buen provecho a caminar ni a tropezar. Del mismo modo, hay personas que leen pero no le sacan buen provecho a leer. En general, lo que hacen esas personas, cuando creen que leen, es recorrer páginas “en una insensata carrera de obstáculos” que les apabulla, y de ñapa o adehala – los adultos – le echan culpas al joven acusándolo de perezoso y repitiéndole la obsoleta cantinela de que “la juventud de hoy no lee”.
El artículo de Galeano Higua hay que leerlo sin prisa y pensar en lo leído para asimilar el significado de cada una de las siete muertes en él narradas, y que en la vida son obstáculos que, sin mala intención, los adultos ponemos a los aprendices de lector. Veamos las siete “muertes”, que Galeano Higua también llama lápidas.
Entremos en materia. ¿Qué son y cuáles son esas siete muertes del lector? Esas “muertes” son “obstáculos” que los adultos les ponen a los jóvenes y que les van llevando a crecer odiando o evitando o haciendo aborrecible la lectura.
1. Primera muerte. Los adultos – profesor, maestro, promotor o adulto familiar – “enseñan a leer” lo que creen que los niños o jóvenes “deben leer”. Los adultos imponen a su gusto y los niños o jóvenes ven esos libros que no les seducen, no les “gustan”. No los leen. Esa es la primera lápida.
2. Segunda muerte. Viene cuando en la escuela, el colegio o la universidad, los adultos fijan una fecha límite para leer un libro asignado. Quien no cumpla ese plazo “está perdido”.
3. Tercera muerte. Hay que leer un número de páginas en el tiempo fijado. Quien avance menos está perdido. Cada joven tiene muchas cosas qué hacer, tiene su propia velocidad de lectura y no podrá leer con provecho a la velocidad demandada. Decide no leer y dedicarse a sus intereses.
4. Las tres muertes anteriores son más bien tres lápidas ya listas para un lector que pudo ser lector a lo bien. Pero si ha sobrevivido, hay un nuevo obstáculo refinado: la cuarta muerte, que es presentar un resumen escrito. Debe leer, y resumir por escrito, sin copiar de otros pero con las cortapisas y las reglas de otros.
5. Quinta muerte. La quinta muerte o lápida (para el futuro difunto de la lectura) queda labrada cuando se anuncia un examen sobre la obra leída. “No basta el libro impuesto, ni los límites de tiempo, ni el resumen escrito, ahora debe someterse a un interrogatorio, con el agravante de una calificación”.
6. La Sexta muerte es: responda “bien” y sepa que en el examen no puede “inventar”, debe responder lo que el adulto espera que responda. Con este obstáculo, a quien iba a ser buen lector “los libros empiezan a parecerles definitivamente odiosos”, afirma Galeano Higua.
7. Séptima muerte: demeritar las lecturas sobre idioma español. Se le dice a quien a ser lector a lo bien, que el español (es decir, la lectura sobre el idioma español) es menos importante que la lectura sobre las matemáticas, la química, etc. Y se le agrava la situación diciéndoles que no pierda tiempo leyendo literatura, poesía, y que se dedique a la “verdadera lectura”, como si hubiera falsa lectura. Queda, muy posiblemente, una persona que muere para la lectura.

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Tomado de Támesis Asciende No. 292. 12 de marzo de 2017

Las siete muertes del lector, Edit. Fundación Arte y Ciencia, Medellín, 2006

El bocetero

El bocetero

Ángel Galeano Higua

Sabe que con el río a sus pies la imaginación corre más de prisa, las escenas se desbocan, se afanan sus manos. El puente de piedra fue escenario de un encarnizado combate del cual muy pocos se acuerdan. Lo escuchó de niño y esas escenas palabreadas en el aire nunca lo abandonaron. Oye los gritos, el choque metálico de las armas, el cascoteo de los caballos. Quiere librarse de aquella carga y para ello no cuenta más que con la afilada punta de su grafito.
Se sienta en la baranda. El morral a la espalda, las hojas enganchadas a la tabla y sobre su cabeza el sombrero aguadeño que sólo se quita para dormir. Desde allí puede ver los achocolatados guiños del agua que le alebrestan el pensamiento. Parece un chiquillo con las piernas colgando. Cree que aquellos muertos dejaron algo por decir y quiere revivirlos. Ha recorrido la ciudad recogiendo historias bajo los aleros, husmeando en las casonas, esculcando los parques y los ventorrillos. Y no era que le contaran las historias, sino que él las veía en la mirada. Procuraba deslizar sus ojos hacia el paisaje para no sentirse abrumado. Ante los primeros zarpazos de la pulsión, muchos empezaron a recelar de sus ojos que los transparentaba y huían como si estuviese infectado por un bicho que todo lo cristalizaba.

Ahora está allí, listo para bocetear la batalla. Sabe que desde lo alto puede ver mejor. El escenario para la lucha incluye los tres arcos del puente con su tangente de paso. Quiere imaginar los bandos, pero necesita el aliciente de unos ojos detonadores. Supone a los contingentes a lado y lado del río, mostrándose la furia. No son tiempos de armas automáticas. La única forma de ir a la contienda es atravesando el puente a pie o a caballo, armados de fusiles, machetes o palos. O cruzando el río a nado con el cuchillo entre los dientes. Quien controle el puente se pondrá en ventaja.

De pronto, como si la vida obedeciera a sus requerimientos, el bocetero ve que una mujer se dirige hacia el puente por el otro extremo. Falda larga y roja, blusa blanca de mangas cortas. El cabello luminoso se agita con el viento. La mujer se detiene. Duda. Hace mucho tiempo nadie cruza el puente y ahora están los dos: él, queriendo dar vida a una batalla que lo atormenta, y ella, engalanada como para una fiesta. Lleva unas sandalias tan delgadas que parece descalza. Avanza por el adoquinado. Sé quién eres, le dice de pronto. El bocetero se sorprende, pero logra permanecer en silencio mirándola de soslayo, ocultos los ojos bajo el ala de su sombrero.

¿Sabes quién soy? Le gustaría que se lo dijera. Y ella, como si le hubiera leído el pensamiento: Eres alguien de quien todos huyen. Él continúa callado, centrado en su cabello que se agita como un racimo de cometas. Vengo a que dibujes lo que ves en mis ojos. Su voz decidida es ajena a toda súplica. No dibujo lo que veo en los ojos, sino en la mirada. ¿Acaso no es lo mismo? Para nada, responde él, moviendo la cabeza. La mira pero sin fijar sus ojos en los de ella, eludiéndolos, más bien observándole el cabello que sigue aleteando, y los aretes plateados, y los labios carmesí que se le antojan como una carnosa herida. Mírame, no le tengo miedo a tu mirada, dice ella, desafiante. He venido para que mires mi vida y mi futuro y lo dibujes de una vez por todas.

El bocetero percibe una contenida furia en su voz y pretende tranquilizarla. No con palabras, él casi no habla, traza. Entonces mira, ahora sí, sus ojos desde una distancia que ha aprendido a controlar. Los dibuja como los ve, pero no dibuja la mirada. Cuando le enseña el dibujo la mujer sonríe. Está bien, pero falta, ¿no es cierto?, dibuje de mis ojos lo que quiera, le dice animándolo. Pero el bocetero le advierte que no dibuja lo que quiere sino lo que ve en la mirada. Bueno, está bien, lo que sea, contesta ella, dibuje lo que sea. La punta del lápiz empieza a corretear sobre la hoja, danza febril, dedos alucinados. Ojos fijos en los ojos, se deja embeber de aquellas dos lunas azulinas que lo miran. Ella se siente atravesada por los ojos negros que la navegan, hasta que sus recuerdos comienzan a fluir como una película. El bocetero aguarda a que aquel flujo se detenga, pero las escenas corren sin cesar. La mira como cuchicheándole que no se deje embaucar por los sinsabores de esa carrera memoriosa que la confunde y la desgasta. Al fin, el desfile de sucesos se hace más lento hasta detenerse en el borde del río. Alzándose la falda, se encarama de pronto sobre la baranda, como una equilibrista. El bocetero se asusta, ¡cuidado, puede caerse! Su cabello quiere irse detrás del viento y ella quiere irse detrás de su cabello. La mujer no sabe que él puede ver su destino y todavía guarda la ilusión de poseer su secreto. El bocetero vacila. Ella percibe la duda y lo desafía a que pinte lo que ve. Él se resiste, forcejea, hasta que aquella poderosa energía lo impele de nuevo a tomar el lápiz, y con trazos rápidos y precisos la dibuja. Un gran salto. Mujer pájaro sobre los arcos del puente. Él se admira de lo que ha logrado, sostiene una lucha dolorosa, aparece en su dibujo una belleza terrible que no conviene dejar ver de la mujer. Inventa una excusa, el dibujo no ha quedado bien, debo repetirlo. Piensa en cambiarlo, en engañarla para salvarla. Déjamelo ver, le exige la mujer, intrigada. Pero él se niega, se siente violentado por lo que sus manos han plasmado. Intenta borrar una parte, alterarlo, tachar, enmendar, pero la mujer le arrebata la hoja. Al ver el dibujo, el semblante de la mujer se avejenta, como si todos los cansancios acudiesen a engrosar las líneas de su rostro, como si hubiese sido sorprendida in fraganti con el gran secreto de su vida. Y sin que él pueda detenerla, se arroja de cabeza al vacío.

Aterrado, el bocetero comprende que su dibujo ha adquirido vida. Nunca había sido invadido por una confusión semejante. No puede dejar de mirar los círculos concéntricos en el río, insaciables gargantas que acaban de tragarse a la mujer. ¡No he debido dibujarla! ¿Qué hacer para no continuar esclavo de sus manos? Pero más que de sus manos, es aquella fuerza interior que lo avasalla por lo que ve. Algo debe hacer para liberarse. Lo que al comienzo fue virtud y talento, ahora es tormento.

Cuando los socorristas rescatan el cuerpo río abajo, frente a la Plaza de Toros, descubren en el bolsillo de su falda una desteñida carta en la que se despide de su familia y anuncia que nadie es culpable de su muerte, que la soledad la asfixiaba como un gas letal. Pero el bocetero no se siente liberado de culpa, su desazón aumenta, le parece que ella escribió esa carta para condenarlo en secreto y amarrarlo a su final. A partir de aquel día, muchos, al verlo, para ocultar su miedo lo insultan. Otros lo observan de lejos, temerosos, pero nadie lo mira de frente. Las mujeres les tapan los ojos a sus hijos y cambian de acera como si fuera un apestado.

Con la cabeza gacha, el sombrero más ladeado y los ojos cubiertos por unos lentes de vidrio ahumado, el bocetero se retira hacia los cerros de Santa Elena con la esperanza de no toparse con nadie. Lo alimenta la ilusión de que, desde allí, podrá observar el puente a sus anchas y dibujar la batalla que, según cree, se le revelará en cualquier momento. No ha terminado de acomodarse sobre una piedra, cuando ve que un ejército baja del cerro Nutibara y otro avanza por San Diego. Ambos se dirigen hacia el puente. Se quita los lentes, siente que lo envuelve una premura. A medida que los dos ejércitos acuden a su cita fatal, los ojos se le humedecen por la emoción. Cuando los dos bandos están a punto de chocar en mitad del puente, brota de entre las aguas del río un tercer ejército. La mano del bocetero tiembla, se le seca la garganta y penetra en su propio campo de batalla donde galopa sin control, hasta el instante en que dibuja lo que se le revela como la bandera flameante de quienes emergen del agua. Es la falda larga y roja de la mujer que cruza el puente, el cabello agitado por el viento, que le hace señas con los brazos en alto, solitaria e invicta.

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Cuento finalista en el Primer Concurso Nacional e Internacional “Gabriel García Márquez”, convocado por la Fundación Pro-Aracataca. 2017

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Breve bio-bibliografía del Autor
(Bogotá). Autor de los libros de crónicas y reportajes Rumor de río, Navegantes de la utopía y Perfil de Mujer. De la novela El río fue testigo, finalista en el Concurso Nacional convocado por el Instituto de Cultura y Turismo de Bogotá y publicada por la Editorial de la Universidad de Antioquia. En su paso por Magangué, donde vivió cerca de diez años, fundó EL PEQUEÑO PERIÓDICO, una publicación cultural que cumplió 32 años. En 1993 dio vida a la Fundación Arte & Ciencia, un fondo editorial con más de 60 títulos publicados hasta el día de hoy. Su libro Palabras al viento y otros cuentos, mereció el Premio Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín y reciente fue publicada por la Fundación Arte & Ciencia una segunda edición. Antes había publicado En la boca del cura y otros cuentos. Escribió la biografía de Débora Arango: El Arte, venganza sublime. Autor del libro de ensayos Las siete muertes del lector. Escribió el retrato del científico de Buenaventura, Raúl Gonzalo Cuero Rengifo: Inventar es algo tan serio como un juego de niños.
Fundó en 2008 el Grupo Literario “El Aprendiz de Brujo” con el cual ha editado y publicado media docena de libros de cuentos de sus miembros. Ha sido columnista de varias publicaciones, conferencista y tallerista literario de instituciones como Comfama, Comfenalco, Universidad de Antioquia (Departamento de Extensión), Metro de Medellín y Museo de Arte Moderno de Medellín. Invitado a la mesa de expertos en literatura del Instituto de Cultura de Antioquia para el Plan de Desarrollo 2014-2020. Conferencista invitado en varias Ferias del libro de Medellín y otros municipios de Antioquia, Bogotá, Bucaramanga y Manizales. En la actualidad dedica gran parte de su tiempo a la labor de Editor y a dirigir el Grupo Literario “El Aprendiz de Brujo”.

Anidar, una forma de habitar

Ángel Galeano Higua

A la mejor manera del pergolero o del colibrí, la joyera colombiana, Patricia Zuluaga Osorio, teje su arte en forma de nido y desde su taller en Medellín crea una obra que le ha merecido el reconocimiento internacional.

Patricia Zuluaga Osorio, Premio I Concurso Internacional de Joyería Contemporánea. (Fotografía de Laura Mazo)

Patricia Zuluaga Osorio, Premio I Concurso Internacional de Joyería Contemporánea. (Fotografía de Laura Mazo)


Durante algunos años Patricia Zuluaga ha recogido nidos de diversas clases que las tormentas arrancan de los árboles y arrojan en los caminos. Se admira de su tejedura, de su diminuta perfección y deja que ese entramado se aposente en su memoria porque después, no sabe cuándo, brotarán como por encanto impulsándola hacia los hilos de plata para emular a la naturaleza. Como todo artista, traza ejercicios en su libreta de apuntes, deja que sus manos realicen delicadas pruebas en su banco de trabajo, tantea la belleza imaginándola en un arete, en un collar, en un brazalete.
Hace poco deambuló tres días por entre los géiseres del Parque de Yellowstone dejándose embrujar por los colores distintos, las dimensiones de aquellos surtidores termales que brotan de la tierra. Fruto de ese tránsito fue la serie “Charquitos”, porque para ella los géiseres son como “piscinitas” multicolores. En Patricia se conjuga la bióloga rigurosa y la artista que se abre al entorno e imagina cómo podría ser el mundo. Le preocupan las especies de animales poco conocidas o que están en peligro de extinción, y como para que no desaparezcan del todo las recrea en refinadas joyas.

Panorámica de Puebla, México. (Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga)

Panorámica de Puebla, México. (Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga)

Cierto día se enteró de que, por primera vez, la Galería La Colecta de Puebla, México, convocaba a los joyeros de Latinoamérica para que enviaran sus proyectos relacionados con el tema de la arquitectura, pero ella no se sintió aludida. Nunca había participado en ningún concurso. Fue su maestra, Helena Aguilar, quien le hizo caer en cuenta de que los nidos bien podrían clasificar, la estructura de un nido es arquitectura. Entonces se dio a la tarea de preparar su propuesta, dando por sentado que el simple hecho de participar era, en sí mismo, ganancia.

Al final, el proyecto de Patricia Zuluaga fue seleccionado como el mejor entre más de 500 participantes de diversos países. http://cazuela.info/exposicion-1er-concurso-internacional-de-joyeria-contemporanea/. Por este importante premio conversamos con ella y aprovechamos para tratar otros aspectos relacionados con su obra.

“Desde el comienzo todo fue ganancia”

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¿Por qué podía considerarse válido el tema de los nidos en la convocatoria de México?

R. Como construcción de los animales, resguardo, protección de la familia o del grupo social porque uno puede considerar nido el termitero, el de las aves, el de varios insectos… Unos guardan al grupo social como sucede en las hormigas, o las abejas. Otros, como los insectos, hacen su casa como protección de su progenie porque son bastante delicados y en sus etapas inmaduras lo necesitan…

R. Una habitación…

Sí, y en las bases del concurso pedían una reseña de las piezas que conformaban el proyecto, y una semblanza del joyero. A pesar de lo intrínseco de los nidos como construcción, tenía que sustentarlo, justificar esa analogía de la arquitectura y los nidos, de la casa primitiva, ese lugar primigenio donde el ser humano decidió resguardarse y resguardar a su familia, sus productos, semillas y demás que necesitaba para su subsistencia. Así lo asumí, como ese lugar primitivo de protección. Por eso busqué otros tipos de nidos, no sólo el característico de las aves, sino también el de los insectos.

¿Cuáles nidos te llaman más la atención? ¿En cuáles te basaste para tu proyecto?

R. Me han llamado la atención los nidos de las aves porque me gusta la combinación de materiales. Un nido de aves por lo general tiene ramas, cortezas, plumas, hojas, en otros casos tienen todas las hebras que las aves encuentran. He recogido muchos nidos caídos en el piso y al examinarlos veo que tienen desde pelos hasta hebras de nylon, tiras de trapeadoras, cualquier material que pueden encontrar en cada lugar y otros que requieren mayor cuidado, como son los nidos del colibrí, con una lanita interior que les ponen para proteger sus huevos que son tan delicados. El otro asunto son las formas, porque uno por lo general no ha visto sino la forma que es cóncava, pero hay una gran variedad de formas: el que tiene la entrada por debajo, el que tiene un túnel para llegar al nido, el que cae como una mochila, (mochileros: gulungos).

_dsc7578En mi cuaderno tengo un mundo de referencias de nidos de diferentes aves, y como el concurso hablaba de arquitectura con mayor razón me llamó la atención, y porque lo conocía gracias a mi profesión de bióloga, porque hay casas muy lindas que hacen los insectos. Lo que más me gusta es acercarme a la literalidad del nido, pero en otro campo, que es el de la joyería contemporánea, en el cual no se trata de hacer una copia del nido, sino crear otro que no sea una réplica exacta. En el de los insectos es una “casita”, como le decíamos en la universidad, y me interesa resaltarla. Utilizar materiales alternos, no sólo la plata, que es lo que plantea la joyería contemporánea, y con otros materiales se me facilitaba que en los nidos yo pudiera hacer una mezcla.

 

¿Cómo fue ese proceso de creación?

R. De lo más difícil pues no tengo la escuela del diseño, aunque llevo 10 años dedicada a la joyería. No es un problema de técnica, sino que se trataba de empezar a desarrollar la idea del nido y hacer ensayos con distintos materiales. Como tengo formación en las ciencias exactas me cuesta trabajo salirme de la realidad, de los formatos. El diseñador empieza a desarrollar proyectos con hojas, con hilos, con pergamino, con muchas cosas. Lo especial en este caso es que llevaba dos años mirando los nidos, es decir, el motivo de inspiración estaba ahí, entonces debía hacer estructuras, ensayos con materiales, pero como en la convocatoria había unos términos, una fecha para entregarlo había que cumplir. Lo interesante para mí fue sentir el gusto de hacerlo. Probé elaborar un nido con cabuya, por ejemplo, probé formas: una de las aves y otra la de los insectos. Trabajé con palitos de madera. Aquí fue muy importante la tutoría de Helena, ella me hablo de la importancia de la textura de algunos materiales. Esta es una apreciación importante en joyería. En su gran mayoría se le debe dar un peso y un movimiento, una ergonomía para que se pueda usar. La cabuya no es tan agradable al tacto, entonces empecé a decidir por otros materiales._dsc7243

 

Has hablado de tu cuaderno de apuntes, ¿en qué consiste?, ¿desde cuándo lo llevas?

R. Lo he llevado desde hace muchos años. Es como una bitácora en la cual apunto temas de inspiración que van con unos referentes, como en este caso de los nidos en los cuales tomo apuntes también de piezas de joyería que dan la idea de un nido. Puedo pegarlos en físico, gráficos en papel y luego empiezo a trazar un derrotero, analizo estructuras, materiales, y si hago pruebas qué clase de pruebas son. En cuanto a materiales si es en plata anoto cuál es la ley de la plata que estoy utilizando, el calibre y trazo bocetos. Luego hago un dibujo de la pieza final con sus especificaciones y características. No llevo la bitácora del taller conmigo a todas partes, pero sí pequeñas libretas para tomar apuntes.

¿Cuándo sabes qué algo puede ser un collar?

R. En general, por los tamaños y el peso. Uno no se pone en el cuello una joya muy pesada y hay unos gramos que se establecen más o menos para hacer unos aretes. Un broche permite un poco más de peso y más formas extrañas porque el broche cuelga en una sola parte. Las piezas no pueden estorbar. Es más fácil si hay unos hilitos colgando en un broche que en unos aretes. Las formas, digamos en el caso de los nidos de aves daba la posibilidad de hacer varios y ponerlos en un collar. Aunque después uno trabaje un poco más la idea uno puede transformar el tamaño de los nidos y volverlo un arete… Muchas veces son las dimensiones las que van dando: o lo reduce o lo agranda…

_dsc7247¿Un collar de varios nidos?

R. Los nidos de aves en conjunto formaron un collar. Son nidos de aves tejidos en croché en una fibra del Amazonas que se llama cumare y tiene mezclados hilos de plata. Así va formándose el collar. Otra pieza es un broche hecho con plata, la misma fibra de cumare y con pergamino moldeado en la misma estructura de la plata. Lo que se estaba ilustrando era la casita de un insecto, de una polilla. Otro broche está hecho con una parte de la estructura de esa casita de la polilla, haciendo una especie de zoom. Está hecho con hilo de plata e hilos entrelazados de fibras naturales. Este broche es más conceptual porque lo que uno ve son varios hilos de varios calibres trabados y mezclados con otro… Esta es una propuesta que no te dice de manera directa, por ejemplo, esta es una flor, sino que corresponde a una forma abstracta. Esta experiencia me gustó mucho porque me permitió romper un poco con la literalidad.

¿Te vales de la fotografía como apoyo en tu trabajo?

R. Sí, tomo fotografías para llevar un registro del proceso al empezar y lo que voy adicionando. Más que tomar fotografías lo que hago es investigar, buscar fotografías en libros y sacar copias a color de esos nidos. Y como te digo, existe la posibilidad de recoger los nidos que caen, una tormenta casi siempre deja unos cuantos nidos en el piso.

Hábitat natural, arquitectura… ¿qué otras referencias tienes?

R. La joyería es un universo tan grande y en todo el mundo la gente está haciendo joyería, además de la que se ha elaborado a lo largo del desarrollo de la humanidad. Uno se da cuenta de que no somos los creadores de aquella imagen que creíamos única sobre un determinado tema. Creo que pocos pueden decir que lograron una pieza cuya idea o forma nadie antes la produjo.

Estás hablando de la originalidad…

R. Digamos que hay miles nidos, pero el nido elaborado en forma de “coquita” tejida en cumare con otros hilitos por dentro, posiblemente no, pero nidos hechos hay infinidad. En muchos casos se ha llegado a la forma como inspiración, pero la elaboración o el diseño son otros. Hay muchos diseñadores que han tomado los tejidos. En una investigación histórica de la cestería, desarrollada por Silvina Romero, se puede observar que al recrearla sus formas se asemejan a los nidos. Otra artista, Estela Sáez Vilanova, tomó el nido para recrearlo como hogar, lo que significa la familia para las personas y lo que significa dejarlo luego.

¿Cuáles fueron los temores que sentiste al participar en esta convocatoria de México, el proceso y la espera del fallo?

R. La duda que tenía al inicio era llegar a una pieza especial y que quedara contenta con ella. Helena jugó un papel muy importante con sus orientaciones. Ella nos decía: “Hay que hacer piezas grandes: No te quedes pensando en el tamaño o que pueda servir para elaborar un collar. No, este es un concurso de joyería contemporánea. Y podés desbordarte en la expresión. En este momento se trata de expresar la idea y llevar la propuesta de una pieza con personalidad”. En estos términos el temor era sí podría lograr una pieza digna de un concurso, digna de confrontarme con otro mundo. Y aquí vale la pena anotar que alguna compañeras dijeron sí, concursemos, aunque es un concurso en Puebla, el primero que hacen, no es el gran certamen. La verdad es que la joyería contemporánea ha tenido mucho más peso y se ha desarrollado hace mucho más tiempo en Europa, en Nueva York. En Latinoamérica no ha sido tanto. Argentina quizás ha sido más activa.

Ventana típica de Puebla. (Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga)

Ventana típica de Puebla. (Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga)

México tiene una gran trayectoria en el trabajo de platería y joyería, reconocidas por su expresión étnica, pero México no es el que más ha sobresalido en la joyería contemporánea. Por eso mis compañeras planteaban que no era el gran concurso, pero para mí significaba mi primer concurso, si me seleccionaban o no estaba muy bien. Asumí el tema y logré unas piezas que me gustaron y las mandé, todo eso para mí era ganancia. Desde el comienzo todo fue ganancia. Luego de la primera selección quedamos entre las primeras 200, de más de 500 propuestas. Esto era más ganancia para mí. Y después quedamos entre las 50 finalistas, otra ganancia… y quedamos los 10 que participamos del taller de Helena Aguilar, incluida ella. Eso es un gran resultado.

¿Has pensado en una muestra de tu obra?

R. No sólo con la mía, sino con la de los 10 que participamos de Medellín.

P: ¿Y ahora qué tienes en tus planes?

R. Estoy en un proyecto de nuevos diseños con esmeraldas, para promover esta piedra nacional.

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Los criterios que tuvo en cuenta el jurado, compuesto por joyeros, arquitectos y el director de Galería La Colecta.Mx, fueron:

horneroOriginalidad e innovación por ser joyería contemporánea, Calidad en el terminado de la pieza (considerando la técnica y los materiales utilizados), Complejidad de la pieza, Diseño y usabilidad de la pieza, y Conceptualización.

El premio, además de un estímulo económico, comprendió la inclusión de la obra en el Catálogo de la Exposición y dos cursos on line sobre emprendimiento.

“Al comienzo yo pensaba: ¿Qué tal que uno se lo ganara? Sabía la fecha del fallo pero fue un compañero, el único hombre del taller, quien nos dijo desde Costa Rica donde estaba estudiando: ¿Sí están viendo que están trasmitiendo en vivo la inauguración? Cuando pude verlo en Facebook la señal que tenía era intermitente y entonces yo sólo oí “Patricia Zuluaga de Colombia”, yo le dije a Jorge: ¡Me gané algo! Empezaron los compañeros en wathsapp a escribirme: ¡Patri ganaste! Me sorprendió que fuera el primer lugar”.

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PERFIL DE LA AUTORA

Patricia Zuluaga Osorio
Antioquia, Colombia
1° Lugar Categoría Piezas Físicas.
Concurso Internacional de Joyería Contemporánea La Colecta.mx

la-autora-patricia-zuluaga-osorio-premio-joyeria-contemporaneaEl amor por la naturaleza, animales, plantas, variedad de minerales, con su infinidad de colores y texturas, accidentes geográficos, la luminosidad de las hojas de coca hasta las expresivas colas del cosumbo, las formaciones de géiseres y el entramado de los nidos, han sido los detalles plasmados y las imágenes recreadas en cada una de sus piezas y diseños.
Los hilos, telas y tejidos presentes en su infancia han resurgido para integrar las ideas en el oficio de la joyería. En su etapa de madurez, los viajes para conocer otras culturas del mundo, el arte y las labores artesanales, han sido una fuente de aprendizaje y motivación.
En formación y ejercicio profesional se encaminó por la biología y la educación ambiental, durante 18 años. Hace 10 años se inició en el aprendizaje de la joyería.
Ha participado en exposiciones colectivas en 2009 y 2010 en la Galería Naranjo y Velilla de Medellín y en Ferias Internacionales de Artesanía en Medellín y Bogotá. Fue fundadora de noi joyería en 2009, donde exhibe sus piezas con 19 diseñadores y joyeros de manera permanente.
Su trabajo obtuvo certificación de Producto Sello de Calidad ICONTEC Hecho a mano en 2010, 2013, 2014 y 2015.