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Lucho Ávila

Cuentos para digerir el postconflicto en Colombia

Lucho Ávila

Ángel Galeano Higua
(Fragmento)

Pasan de uno en uno para la última conversación… Colonos y barequeros, mineros y aserradores, pescadores que vienen desde El Dorado y El Tagual, Tiquisio y Arenal, La Garita y Villa Uribe, Micumao y La Ventura, se aglomeran en susurros alrededor de la casa de la cooperativa donde yace el cuerpo inerte de Lucho.
Clemente ya regresó a las encumbradas entrañas de la serranía, donde la tierra se hermana con el cielo. Muchos de quienes en la tarde acompañaron al padre hasta su comunión final con los ancestros, ahora están allí, en Montecristo, para su última conversación con el hijo. Ni María Fernanda, ni Aura Elena, quieren desprenderse del féretro color caoba, salpicado por sus lágrimas, el mismo que Estefanía conservaba bajo su cama desde cuando cumplió cuarenta años, siguiendo una antigua costumbre de familia y que ahora cedió para guarecer a Lucho. Fabricado sobre medidas hace seis años por el carpintero de Montecristo, ha sido ataviado con la misma bandera de Colombia que cada mes izan los mejores alumnos de la escuela primaria y del colegio de bachillerato.
Solano y su grupo, mientras tanto, se han parapetado en las afueras del pueblo, junto a una marranera. Ya no se atreven a pavonearse por la calle del Medio con sus enlodados driles de campaña, como al mediodía, ni por las calles aledañas. Se esconden con la zozobra de que Lucho puede que no esté del todo muerto. Solano, con sus ojos que parecen dos cuchilladas y su nariz de pájaro carroñero, quiere conversar e intenta poner tema, pero el silencio de sus compinches lo obliga a cerrar el pico. El obscuro transcurrir de las horas crea en varios de ellos la idea de que Lucho se levantará del ataúd y llegará hasta donde están agazapados. La noche se convierte en un largo tormento y Solano siente cómo sus hombres se mueven nerviosos, como si temblaran, sobre todo el más joven, recién reclutado e iniciado con esta tarea macabra del doble crimen. Su nombre de pila, aquel con el que su madre y su padre lo llamaban de niño, es Olegario, pero Solano se lo cambió por el alias de Camilo.
— Tan ingenuo este güevón —dijo Solano una noche cuando en un intermedio de su conspiración, hablaron de lo que él, Olegario, esperaba de la guerra.
— De la guerra no, de la revolución —le respondió Olegario, y luego habló de volver a su tierra para cultivarla, de tener buenos caminos para todos y de casarse con la muchacha de la finca de al lado, con quien siempre había soñado tener varios hijos—. Lo que más quiero de la revolución es la paz, la alegría.
— Lo que digo, tan ingenuo este güevón, se parece al curita de hace veinte años, sólo le falta la boina.
Solano soltó una carcajada, que más parecía una hilera de resuellos, y entre estertores lo motejó así: Camilo. Luego le advirtió: el mundo nunca cambiará y nosotros vinimos fue a lo que vinimos, no a dar misa ni sermones, así que aterrice, bájese de esa nube, “su reverencia”, no sea tan marica.
La noche es empujada por el murmullo de los rezos. Las linternas y mecheros sobran afuera porque la luna ha venido también, redonda de luz, a mirarlo todo, a alumbrar los andurriales por donde siguen llegando los sudorosos deudos.
En el patio, sobre la leña hecha brasa, en la ollaza de barro, se mantiene el café caliente endulzado con panela, que los dolientes se sirven con la totuma. Maryú y Selene se turnan cuando la bebida se acaba, y preparan más. En un rincón, las gargantas sedientas calman su deseo con el agua fresca de la múcura, cuya base redonda está acuñada con centenarias piedras bruñidas por la corriente de la quebrada.
De la boca de las mujeres brotan incesantes las letanías, sólo interrumpidas de vez en cuando por un lamento gritado que desgarra la noche y va a estrellarse junto a la marranera, donde Olegario cree ver a Lucho que llega sonriente con los dos agujeros en el cráneo, en los cuales Clemente, con la cabeza vendada y el sombrero puesto, le coloca flores rojas y amarillas.
Para los asesinos la noche es larga. En cambio, para el gentío es muy corta porque ninguno alcanza a conversar todo lo que quedó pendiente del sueño de arrozales y maizales, del mantenimiento del molino, del segundo Festival de la Cosecha, del cuidado de la recua de mulas recién adquirida, del concurso de lectura para niños, de la carrera de caballos proyectada en la cancha de fútbol no hace mucho arrancada a la manigua, del nuevo camino y el abastecimiento de víveres para los mineros de La Amargura, y tantas cosas más, como la próxima brigada de salud.
De pronto, en mitad de la conversa, la luna se vuelve sol y la pesadilla parece una fantasía y el gentío se siente liviano y compacto, como si todos fuesen Clementes y todos fuesen Luchos. El café de la ollaza es reemplazado por el sancocho de pescado para el desayuno. Varias mujeres y hombres deshollejan papas, yucas, ñame y pelan plátanos, mientras otros tiran el chinchorro en la quebrada para atrapar los peces. Aún la ollaza no ha soltado el primer hervor, cuando varios niños llegan corriendo y gritando:
— ¡Algo sucede! ¡Vengan a verlo!
— Niños, por favor, dejen la bulla, respeten —les dice Estefanía, con el índice en los labios.
— ¡Pero es que algo sucede allí, en las afueras! —insiste uno de los chicos.
— Profesor, ¿podría ir a ver de qué se trata? —le pide Estefanía a Alí, cuyo puesto en la cadena de vigilancia es cubierto de inmediato por un parroquiano..
Alí, con sus casi dos metros de estatura y sus grandes zancadas, al lado de varios montecristianos más, sigue a los chicos, que apresuran sus pasos hacia la marranera, sobre la cual ven, como sostenida por hilos invisibles, una densa nube negra que pende sobre la pocilga. Un pedazo circular de la noche se niega a abandonar la tierra. Al comienzo no se atreven a acercarse, aquello parece brujería, pero cuando Alí da un primer paso y lo siguen los demás, descubren en su interior el cuerpo de Olegario, alias Camilo, indefenso como un niño, que, con una cuerda al cuello, cuelga de un travesaño del techo. De Solano y los demás no hay otro rastro.
— Lo mató el remordimiento —dice Carlos Reyes al enterarse, y aplasta el aire en la palma de la mano izquierda con el puño de la otra.
— Era muy tierno para el remordimiento —opina Estefanía—, más bien lo mató la frustración y las órdenes de Solano —Estefanía mueve la cabeza como un péndulo, con un no reiterativo que, además de acusación, es dolor, perplejidad.
— Hay que ir a avisarle al inspector —dice con resignación—. Es para lo único que sirve.

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Tomado de El río fue testigo.

 

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Desde hace algún tiempo, en Colombia se ha vuelto una especie de lugar común decir que el cuento es un género de aprendizaje, menos difícil que la novela. También que, dada su brevedad, alcanzar la maestría en su ejecución puede lograrse con cierta facilidad si se es un escritor virtuoso. Nada más engañoso que la aparente facilidad de este género, tan antiguo como la poesía y tan emparentado con ella. En tiempos modernos, Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant, Anton Chejov y James Joyce —entre otros muchos escritores— lo reinventaron, lo acercaron a la vida y a los lectores de nuestros tiempos.

En nuestro país han hecho lo mismo grandes escritores como Tomás Carrasquilla, José Félix Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Manuel Mejía Vallejo, Gabriel García Márquez… En esa tradición se inscriben los cuentos de “Palabras al viento”, de Ángel Galeano Higua. Ángel no es un escritor principiante. Los cuentos de su libro son el resultado de un largo oficio. Los lectores se deslizarán sin dificultades por sus páginas, como llevados por las aguas tranquilas de un río de aguas mansas. Pero al llegar a puerto descubrirán el motivo de sus sobresaltos, después de acompañar en sus cambiantes suertes a los personajes de Los aretes de mi hermana, El negro, Palabras al viento, Las hojas de Noelia, Morir más y otros cuentos inolvidables.

Bienvenida la reedición de este libro que en el año 2003 recibió el Premio del Concurso Nacional de Cuentos de la Cámara de Comercio de Medellín.

Juan José Hoyos

Estamos

En la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín

Logo Fundación Arte & Ciencia

 

Viernes 9

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6 y 30 PM Auditorio Aurita López

Jardín Botánico
Palabras al viento y otros cuentos cuentos

De Ángel Galeano Higua

Presenta: Juan José Hoyos

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Domingo 11
William - Angel .. El patio

6 y 30PM Auditorio El Colombiano
Orquideorama Jardín Botánico

El patio como universo poético

Conversan William Rouge y Ángel Galeano Higua

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Sábado 17Portada tahine
5:00 PM Auditorio Salón Restrepo
Jardín Botánico
Acuérdate del tahine y otros cuentos
De Leonardo Jesús Muñoz Urueta
Presenta: Ángel Galeano Higua

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Domingo 18

Portada Una danza contra el viento
5:00 PM Auditorio Salón Restrepo
Jardín Botánico
Una danza contra el viento y otros cuentos
De Álvaro Jiménez Guzmán
Presenta: Ángel Galeano Higua

Te esperamos

Ráfaga

Ráfaga

Marta Cecilia Cadavid

Muchacha en la playa con sombreroAmielado, con un listón negro en mi base y una apariencia coqueta, podría decirse que mi ala es flexible y se adapta a todos los gustos.
Mis orígenes no son claros, pero conocí tierras lejanas, muchas mujeres bellas me amaron, y eso me llena de orgullo. En mis períodos de reposo, por lo general en la oscuridad, aprovecho para afinar mis formas y fortalecer mi cavidad circular que es la clave de mis conquistas.
Hace algunos meses tengo una estrecha relación con una mujer rubia de rostro ovalado y sonrisa fresca como la mañana. Aunque otros la cortejan, hace poco le escuché decir: “Él es mi preferido”. Ella me exhibe orgullosa en la playa o en aquellos lugares donde el sol derrama sus ardientes chorros con la majestuosidad y potencia de un rey. Hoy me trajo a la piscina en donde acostumbra tumbarse en una silla para dorar su piel y allí busca mi sombra y protección.
Ya es más de medio día, un río de sudor recorre su cuerpo, el calor la asfixia, ella se levanta para refrescarse mientras me retiene con fuerza. De repente, una ráfaga de viento me arranca de su cabeza y vuelo raudo hacia lo desconocido.
Me aterran los vuelos improvisados, no sé si me golpearé o mi ala se romperá.A lo mejor, termino olvidado en un rincón inabordable de una vieja terraza.

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La autora hace parte del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. El texto publicado corresponde a los ejercicios que los miembros del Grupo presentan en las sesiones del taller.