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Las siete muertes del lector

Por Luis Hernán Rincón Rincón

Supongo que a usted le interesa saber cuáles son esas muertes y cuál es ese lector. ¿Será usted ese lector que murió siete veces pero sigue viviendo? Le contaré aquí lo que entiendo de ambas cosas.

Luis Hernán Rincón Rincón, Director Fundador del periódico “Támesis Asciende”.

El libro Las siete muertes del lector es una obra de mi maestro y amigo, excelente cuentista colombiano, Ángel Galeano Higua. El artículo escrito por él, con el mismo título del libro, es muy breve, tres páginas, y ha sido publicado en Medellín y en otros lugares como Bogotá y Naples (Florida, EE. UU). En Támesis lo han difundido la Tertulia Fundadores y Támesis Asciende. El libro contiene también relatos diferentes de su autor.
Hay mucha personas que caminan y tropiezan pero no le sacan buen provecho a caminar ni a tropezar. Del mismo modo, hay personas que leen pero no le sacan buen provecho a leer. En general, lo que hacen esas personas, cuando creen que leen, es recorrer páginas “en una insensata carrera de obstáculos” que les apabulla, y de ñapa o adehala – los adultos – le echan culpas al joven acusándolo de perezoso y repitiéndole la obsoleta cantinela de que “la juventud de hoy no lee”.
El artículo de Galeano Higua hay que leerlo sin prisa y pensar en lo leído para asimilar el significado de cada una de las siete muertes en él narradas, y que en la vida son obstáculos que, sin mala intención, los adultos ponemos a los aprendices de lector. Veamos las siete “muertes”, que Galeano Higua también llama lápidas.
Entremos en materia. ¿Qué son y cuáles son esas siete muertes del lector? Esas “muertes” son “obstáculos” que los adultos les ponen a los jóvenes y que les van llevando a crecer odiando o evitando o haciendo aborrecible la lectura.
1. Primera muerte. Los adultos – profesor, maestro, promotor o adulto familiar – “enseñan a leer” lo que creen que los niños o jóvenes “deben leer”. Los adultos imponen a su gusto y los niños o jóvenes ven esos libros que no les seducen, no les “gustan”. No los leen. Esa es la primera lápida.
2. Segunda muerte. Viene cuando en la escuela, el colegio o la universidad, los adultos fijan una fecha límite para leer un libro asignado. Quien no cumpla ese plazo “está perdido”.
3. Tercera muerte. Hay que leer un número de páginas en el tiempo fijado. Quien avance menos está perdido. Cada joven tiene muchas cosas qué hacer, tiene su propia velocidad de lectura y no podrá leer con provecho a la velocidad demandada. Decide no leer y dedicarse a sus intereses.
4. Las tres muertes anteriores son más bien tres lápidas ya listas para un lector que pudo ser lector a lo bien. Pero si ha sobrevivido, hay un nuevo obstáculo refinado: la cuarta muerte, que es presentar un resumen escrito. Debe leer, y resumir por escrito, sin copiar de otros pero con las cortapisas y las reglas de otros.
5. Quinta muerte. La quinta muerte o lápida (para el futuro difunto de la lectura) queda labrada cuando se anuncia un examen sobre la obra leída. “No basta el libro impuesto, ni los límites de tiempo, ni el resumen escrito, ahora debe someterse a un interrogatorio, con el agravante de una calificación”.
6. La Sexta muerte es: responda “bien” y sepa que en el examen no puede “inventar”, debe responder lo que el adulto espera que responda. Con este obstáculo, a quien iba a ser buen lector “los libros empiezan a parecerles definitivamente odiosos”, afirma Galeano Higua.
7. Séptima muerte: demeritar las lecturas sobre idioma español. Se le dice a quien a ser lector a lo bien, que el español (es decir, la lectura sobre el idioma español) es menos importante que la lectura sobre las matemáticas, la química, etc. Y se le agrava la situación diciéndoles que no pierda tiempo leyendo literatura, poesía, y que se dedique a la “verdadera lectura”, como si hubiera falsa lectura. Queda, muy posiblemente, una persona que muere para la lectura.

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Tomado de Támesis Asciende No. 292. 12 de marzo de 2017

Las siete muertes del lector, Edit. Fundación Arte y Ciencia, Medellín, 2006

El bocetero

El bocetero

Ángel Galeano Higua

Sabe que con el río a sus pies la imaginación corre más de prisa, las escenas se desbocan, se afanan sus manos. El puente de piedra fue escenario de un encarnizado combate del cual muy pocos se acuerdan. Lo escuchó de niño y esas escenas palabreadas en el aire nunca lo abandonaron. Oye los gritos, el choque metálico de las armas, el cascoteo de los caballos. Quiere librarse de aquella carga y para ello no cuenta más que con la afilada punta de su grafito.
Se sienta en la baranda. El morral a la espalda, las hojas enganchadas a la tabla y sobre su cabeza el sombrero aguadeño que sólo se quita para dormir. Desde allí puede ver los achocolatados guiños del agua que le alebrestan el pensamiento. Parece un chiquillo con las piernas colgando. Cree que aquellos muertos dejaron algo por decir y quiere revivirlos. Ha recorrido la ciudad recogiendo historias bajo los aleros, husmeando en las casonas, esculcando los parques y los ventorrillos. Y no era que le contaran las historias, sino que él las veía en la mirada. Procuraba deslizar sus ojos hacia el paisaje para no sentirse abrumado. Ante los primeros zarpazos de la pulsión, muchos empezaron a recelar de sus ojos que los transparentaba y huían como si estuviese infectado por un bicho que todo lo cristalizaba.

Ahora está allí, listo para bocetear la batalla. Sabe que desde lo alto puede ver mejor. El escenario para la lucha incluye los tres arcos del puente con su tangente de paso. Quiere imaginar los bandos, pero necesita el aliciente de unos ojos detonadores. Supone a los contingentes a lado y lado del río, mostrándose la furia. No son tiempos de armas automáticas. La única forma de ir a la contienda es atravesando el puente a pie o a caballo, armados de fusiles, machetes o palos. O cruzando el río a nado con el cuchillo entre los dientes. Quien controle el puente se pondrá en ventaja.

De pronto, como si la vida obedeciera a sus requerimientos, el bocetero ve que una mujer se dirige hacia el puente por el otro extremo. Falda larga y roja, blusa blanca de mangas cortas. El cabello luminoso se agita con el viento. La mujer se detiene. Duda. Hace mucho tiempo nadie cruza el puente y ahora están los dos: él, queriendo dar vida a una batalla que lo atormenta, y ella, engalanada como para una fiesta. Lleva unas sandalias tan delgadas que parece descalza. Avanza por el adoquinado. Sé quién eres, le dice de pronto. El bocetero se sorprende, pero logra permanecer en silencio mirándola de soslayo, ocultos los ojos bajo el ala de su sombrero.

¿Sabes quién soy? Le gustaría que se lo dijera. Y ella, como si le hubiera leído el pensamiento: Eres alguien de quien todos huyen. Él continúa callado, centrado en su cabello que se agita como un racimo de cometas. Vengo a que dibujes lo que ves en mis ojos. Su voz decidida es ajena a toda súplica. No dibujo lo que veo en los ojos, sino en la mirada. ¿Acaso no es lo mismo? Para nada, responde él, moviendo la cabeza. La mira pero sin fijar sus ojos en los de ella, eludiéndolos, más bien observándole el cabello que sigue aleteando, y los aretes plateados, y los labios carmesí que se le antojan como una carnosa herida. Mírame, no le tengo miedo a tu mirada, dice ella, desafiante. He venido para que mires mi vida y mi futuro y lo dibujes de una vez por todas.

El bocetero percibe una contenida furia en su voz y pretende tranquilizarla. No con palabras, él casi no habla, traza. Entonces mira, ahora sí, sus ojos desde una distancia que ha aprendido a controlar. Los dibuja como los ve, pero no dibuja la mirada. Cuando le enseña el dibujo la mujer sonríe. Está bien, pero falta, ¿no es cierto?, dibuje de mis ojos lo que quiera, le dice animándolo. Pero el bocetero le advierte que no dibuja lo que quiere sino lo que ve en la mirada. Bueno, está bien, lo que sea, contesta ella, dibuje lo que sea. La punta del lápiz empieza a corretear sobre la hoja, danza febril, dedos alucinados. Ojos fijos en los ojos, se deja embeber de aquellas dos lunas azulinas que lo miran. Ella se siente atravesada por los ojos negros que la navegan, hasta que sus recuerdos comienzan a fluir como una película. El bocetero aguarda a que aquel flujo se detenga, pero las escenas corren sin cesar. La mira como cuchicheándole que no se deje embaucar por los sinsabores de esa carrera memoriosa que la confunde y la desgasta. Al fin, el desfile de sucesos se hace más lento hasta detenerse en el borde del río. Alzándose la falda, se encarama de pronto sobre la baranda, como una equilibrista. El bocetero se asusta, ¡cuidado, puede caerse! Su cabello quiere irse detrás del viento y ella quiere irse detrás de su cabello. La mujer no sabe que él puede ver su destino y todavía guarda la ilusión de poseer su secreto. El bocetero vacila. Ella percibe la duda y lo desafía a que pinte lo que ve. Él se resiste, forcejea, hasta que aquella poderosa energía lo impele de nuevo a tomar el lápiz, y con trazos rápidos y precisos la dibuja. Un gran salto. Mujer pájaro sobre los arcos del puente. Él se admira de lo que ha logrado, sostiene una lucha dolorosa, aparece en su dibujo una belleza terrible que no conviene dejar ver de la mujer. Inventa una excusa, el dibujo no ha quedado bien, debo repetirlo. Piensa en cambiarlo, en engañarla para salvarla. Déjamelo ver, le exige la mujer, intrigada. Pero él se niega, se siente violentado por lo que sus manos han plasmado. Intenta borrar una parte, alterarlo, tachar, enmendar, pero la mujer le arrebata la hoja. Al ver el dibujo, el semblante de la mujer se avejenta, como si todos los cansancios acudiesen a engrosar las líneas de su rostro, como si hubiese sido sorprendida in fraganti con el gran secreto de su vida. Y sin que él pueda detenerla, se arroja de cabeza al vacío.

Aterrado, el bocetero comprende que su dibujo ha adquirido vida. Nunca había sido invadido por una confusión semejante. No puede dejar de mirar los círculos concéntricos en el río, insaciables gargantas que acaban de tragarse a la mujer. ¡No he debido dibujarla! ¿Qué hacer para no continuar esclavo de sus manos? Pero más que de sus manos, es aquella fuerza interior que lo avasalla por lo que ve. Algo debe hacer para liberarse. Lo que al comienzo fue virtud y talento, ahora es tormento.

Cuando los socorristas rescatan el cuerpo río abajo, frente a la Plaza de Toros, descubren en el bolsillo de su falda una desteñida carta en la que se despide de su familia y anuncia que nadie es culpable de su muerte, que la soledad la asfixiaba como un gas letal. Pero el bocetero no se siente liberado de culpa, su desazón aumenta, le parece que ella escribió esa carta para condenarlo en secreto y amarrarlo a su final. A partir de aquel día, muchos, al verlo, para ocultar su miedo lo insultan. Otros lo observan de lejos, temerosos, pero nadie lo mira de frente. Las mujeres les tapan los ojos a sus hijos y cambian de acera como si fuera un apestado.

Con la cabeza gacha, el sombrero más ladeado y los ojos cubiertos por unos lentes de vidrio ahumado, el bocetero se retira hacia los cerros de Santa Elena con la esperanza de no toparse con nadie. Lo alimenta la ilusión de que, desde allí, podrá observar el puente a sus anchas y dibujar la batalla que, según cree, se le revelará en cualquier momento. No ha terminado de acomodarse sobre una piedra, cuando ve que un ejército baja del cerro Nutibara y otro avanza por San Diego. Ambos se dirigen hacia el puente. Se quita los lentes, siente que lo envuelve una premura. A medida que los dos ejércitos acuden a su cita fatal, los ojos se le humedecen por la emoción. Cuando los dos bandos están a punto de chocar en mitad del puente, brota de entre las aguas del río un tercer ejército. La mano del bocetero tiembla, se le seca la garganta y penetra en su propio campo de batalla donde galopa sin control, hasta el instante en que dibuja lo que se le revela como la bandera flameante de quienes emergen del agua. Es la falda larga y roja de la mujer que cruza el puente, el cabello agitado por el viento, que le hace señas con los brazos en alto, solitaria e invicta.

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Cuento finalista en el Primer Concurso Nacional e Internacional “Gabriel García Márquez”, convocado por la Fundación Pro-Aracataca. 2017

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Breve bio-bibliografía del Autor
(Bogotá). Autor de los libros de crónicas y reportajes Rumor de río, Navegantes de la utopía y Perfil de Mujer. De la novela El río fue testigo, finalista en el Concurso Nacional convocado por el Instituto de Cultura y Turismo de Bogotá y publicada por la Editorial de la Universidad de Antioquia. En su paso por Magangué, donde vivió cerca de diez años, fundó EL PEQUEÑO PERIÓDICO, una publicación cultural que cumplió 32 años. En 1993 dio vida a la Fundación Arte & Ciencia, un fondo editorial con más de 60 títulos publicados hasta el día de hoy. Su libro Palabras al viento y otros cuentos, mereció el Premio Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín y reciente fue publicada por la Fundación Arte & Ciencia una segunda edición. Antes había publicado En la boca del cura y otros cuentos. Escribió la biografía de Débora Arango: El Arte, venganza sublime. Autor del libro de ensayos Las siete muertes del lector. Escribió el retrato del científico de Buenaventura, Raúl Gonzalo Cuero Rengifo: Inventar es algo tan serio como un juego de niños.
Fundó en 2008 el Grupo Literario “El Aprendiz de Brujo” con el cual ha editado y publicado media docena de libros de cuentos de sus miembros. Ha sido columnista de varias publicaciones, conferencista y tallerista literario de instituciones como Comfama, Comfenalco, Universidad de Antioquia (Departamento de Extensión), Metro de Medellín y Museo de Arte Moderno de Medellín. Invitado a la mesa de expertos en literatura del Instituto de Cultura de Antioquia para el Plan de Desarrollo 2014-2020. Conferencista invitado en varias Ferias del libro de Medellín y otros municipios de Antioquia, Bogotá, Bucaramanga y Manizales. En la actualidad dedica gran parte de su tiempo a la labor de Editor y a dirigir el Grupo Literario “El Aprendiz de Brujo”.

Anidar, una forma de habitar

Ángel Galeano Higua

A la mejor manera del pergolero o del colibrí, la joyera colombiana, Patricia Zuluaga Osorio, teje su arte en forma de nido y desde su taller en Medellín crea una obra que le ha merecido el reconocimiento internacional.

Patricia Zuluaga Osorio, Premio I Concurso Internacional de Joyería Contemporánea. (Fotografía de Laura Mazo)

Patricia Zuluaga Osorio, Premio I Concurso Internacional de Joyería Contemporánea. (Fotografía de Laura Mazo)


Durante algunos años Patricia Zuluaga ha recogido nidos de diversas clases que las tormentas arrancan de los árboles y arrojan en los caminos. Se admira de su tejedura, de su diminuta perfección y deja que ese entramado se aposente en su memoria porque después, no sabe cuándo, brotarán como por encanto impulsándola hacia los hilos de plata para emular a la naturaleza. Como todo artista, traza ejercicios en su libreta de apuntes, deja que sus manos realicen delicadas pruebas en su banco de trabajo, tantea la belleza imaginándola en un arete, en un collar, en un brazalete.
Hace poco deambuló tres días por entre los géiseres del Parque de Yellowstone dejándose embrujar por los colores distintos, las dimensiones de aquellos surtidores termales que brotan de la tierra. Fruto de ese tránsito fue la serie “Charquitos”, porque para ella los géiseres son como “piscinitas” multicolores. En Patricia se conjuga la bióloga rigurosa y la artista que se abre al entorno e imagina cómo podría ser el mundo. Le preocupan las especies de animales poco conocidas o que están en peligro de extinción, y como para que no desaparezcan del todo las recrea en refinadas joyas.

Panorámica de Puebla, México. (Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga)

Panorámica de Puebla, México. (Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga)

Cierto día se enteró de que, por primera vez, la Galería La Colecta de Puebla, México, convocaba a los joyeros de Latinoamérica para que enviaran sus proyectos relacionados con el tema de la arquitectura, pero ella no se sintió aludida. Nunca había participado en ningún concurso. Fue su maestra, Helena Aguilar, quien le hizo caer en cuenta de que los nidos bien podrían clasificar, la estructura de un nido es arquitectura. Entonces se dio a la tarea de preparar su propuesta, dando por sentado que el simple hecho de participar era, en sí mismo, ganancia.

Al final, el proyecto de Patricia Zuluaga fue seleccionado como el mejor entre más de 500 participantes de diversos países. http://cazuela.info/exposicion-1er-concurso-internacional-de-joyeria-contemporanea/. Por este importante premio conversamos con ella y aprovechamos para tratar otros aspectos relacionados con su obra.

“Desde el comienzo todo fue ganancia”

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¿Por qué podía considerarse válido el tema de los nidos en la convocatoria de México?

R. Como construcción de los animales, resguardo, protección de la familia o del grupo social porque uno puede considerar nido el termitero, el de las aves, el de varios insectos… Unos guardan al grupo social como sucede en las hormigas, o las abejas. Otros, como los insectos, hacen su casa como protección de su progenie porque son bastante delicados y en sus etapas inmaduras lo necesitan…

R. Una habitación…

Sí, y en las bases del concurso pedían una reseña de las piezas que conformaban el proyecto, y una semblanza del joyero. A pesar de lo intrínseco de los nidos como construcción, tenía que sustentarlo, justificar esa analogía de la arquitectura y los nidos, de la casa primitiva, ese lugar primigenio donde el ser humano decidió resguardarse y resguardar a su familia, sus productos, semillas y demás que necesitaba para su subsistencia. Así lo asumí, como ese lugar primitivo de protección. Por eso busqué otros tipos de nidos, no sólo el característico de las aves, sino también el de los insectos.

¿Cuáles nidos te llaman más la atención? ¿En cuáles te basaste para tu proyecto?

R. Me han llamado la atención los nidos de las aves porque me gusta la combinación de materiales. Un nido de aves por lo general tiene ramas, cortezas, plumas, hojas, en otros casos tienen todas las hebras que las aves encuentran. He recogido muchos nidos caídos en el piso y al examinarlos veo que tienen desde pelos hasta hebras de nylon, tiras de trapeadoras, cualquier material que pueden encontrar en cada lugar y otros que requieren mayor cuidado, como son los nidos del colibrí, con una lanita interior que les ponen para proteger sus huevos que son tan delicados. El otro asunto son las formas, porque uno por lo general no ha visto sino la forma que es cóncava, pero hay una gran variedad de formas: el que tiene la entrada por debajo, el que tiene un túnel para llegar al nido, el que cae como una mochila, (mochileros: gulungos).

_dsc7578En mi cuaderno tengo un mundo de referencias de nidos de diferentes aves, y como el concurso hablaba de arquitectura con mayor razón me llamó la atención, y porque lo conocía gracias a mi profesión de bióloga, porque hay casas muy lindas que hacen los insectos. Lo que más me gusta es acercarme a la literalidad del nido, pero en otro campo, que es el de la joyería contemporánea, en el cual no se trata de hacer una copia del nido, sino crear otro que no sea una réplica exacta. En el de los insectos es una “casita”, como le decíamos en la universidad, y me interesa resaltarla. Utilizar materiales alternos, no sólo la plata, que es lo que plantea la joyería contemporánea, y con otros materiales se me facilitaba que en los nidos yo pudiera hacer una mezcla.

 

¿Cómo fue ese proceso de creación?

R. De lo más difícil pues no tengo la escuela del diseño, aunque llevo 10 años dedicada a la joyería. No es un problema de técnica, sino que se trataba de empezar a desarrollar la idea del nido y hacer ensayos con distintos materiales. Como tengo formación en las ciencias exactas me cuesta trabajo salirme de la realidad, de los formatos. El diseñador empieza a desarrollar proyectos con hojas, con hilos, con pergamino, con muchas cosas. Lo especial en este caso es que llevaba dos años mirando los nidos, es decir, el motivo de inspiración estaba ahí, entonces debía hacer estructuras, ensayos con materiales, pero como en la convocatoria había unos términos, una fecha para entregarlo había que cumplir. Lo interesante para mí fue sentir el gusto de hacerlo. Probé elaborar un nido con cabuya, por ejemplo, probé formas: una de las aves y otra la de los insectos. Trabajé con palitos de madera. Aquí fue muy importante la tutoría de Helena, ella me hablo de la importancia de la textura de algunos materiales. Esta es una apreciación importante en joyería. En su gran mayoría se le debe dar un peso y un movimiento, una ergonomía para que se pueda usar. La cabuya no es tan agradable al tacto, entonces empecé a decidir por otros materiales._dsc7243

 

Has hablado de tu cuaderno de apuntes, ¿en qué consiste?, ¿desde cuándo lo llevas?

R. Lo he llevado desde hace muchos años. Es como una bitácora en la cual apunto temas de inspiración que van con unos referentes, como en este caso de los nidos en los cuales tomo apuntes también de piezas de joyería que dan la idea de un nido. Puedo pegarlos en físico, gráficos en papel y luego empiezo a trazar un derrotero, analizo estructuras, materiales, y si hago pruebas qué clase de pruebas son. En cuanto a materiales si es en plata anoto cuál es la ley de la plata que estoy utilizando, el calibre y trazo bocetos. Luego hago un dibujo de la pieza final con sus especificaciones y características. No llevo la bitácora del taller conmigo a todas partes, pero sí pequeñas libretas para tomar apuntes.

¿Cuándo sabes qué algo puede ser un collar?

R. En general, por los tamaños y el peso. Uno no se pone en el cuello una joya muy pesada y hay unos gramos que se establecen más o menos para hacer unos aretes. Un broche permite un poco más de peso y más formas extrañas porque el broche cuelga en una sola parte. Las piezas no pueden estorbar. Es más fácil si hay unos hilitos colgando en un broche que en unos aretes. Las formas, digamos en el caso de los nidos de aves daba la posibilidad de hacer varios y ponerlos en un collar. Aunque después uno trabaje un poco más la idea uno puede transformar el tamaño de los nidos y volverlo un arete… Muchas veces son las dimensiones las que van dando: o lo reduce o lo agranda…

_dsc7247¿Un collar de varios nidos?

R. Los nidos de aves en conjunto formaron un collar. Son nidos de aves tejidos en croché en una fibra del Amazonas que se llama cumare y tiene mezclados hilos de plata. Así va formándose el collar. Otra pieza es un broche hecho con plata, la misma fibra de cumare y con pergamino moldeado en la misma estructura de la plata. Lo que se estaba ilustrando era la casita de un insecto, de una polilla. Otro broche está hecho con una parte de la estructura de esa casita de la polilla, haciendo una especie de zoom. Está hecho con hilo de plata e hilos entrelazados de fibras naturales. Este broche es más conceptual porque lo que uno ve son varios hilos de varios calibres trabados y mezclados con otro… Esta es una propuesta que no te dice de manera directa, por ejemplo, esta es una flor, sino que corresponde a una forma abstracta. Esta experiencia me gustó mucho porque me permitió romper un poco con la literalidad.

¿Te vales de la fotografía como apoyo en tu trabajo?

R. Sí, tomo fotografías para llevar un registro del proceso al empezar y lo que voy adicionando. Más que tomar fotografías lo que hago es investigar, buscar fotografías en libros y sacar copias a color de esos nidos. Y como te digo, existe la posibilidad de recoger los nidos que caen, una tormenta casi siempre deja unos cuantos nidos en el piso.

Hábitat natural, arquitectura… ¿qué otras referencias tienes?

R. La joyería es un universo tan grande y en todo el mundo la gente está haciendo joyería, además de la que se ha elaborado a lo largo del desarrollo de la humanidad. Uno se da cuenta de que no somos los creadores de aquella imagen que creíamos única sobre un determinado tema. Creo que pocos pueden decir que lograron una pieza cuya idea o forma nadie antes la produjo.

Estás hablando de la originalidad…

R. Digamos que hay miles nidos, pero el nido elaborado en forma de “coquita” tejida en cumare con otros hilitos por dentro, posiblemente no, pero nidos hechos hay infinidad. En muchos casos se ha llegado a la forma como inspiración, pero la elaboración o el diseño son otros. Hay muchos diseñadores que han tomado los tejidos. En una investigación histórica de la cestería, desarrollada por Silvina Romero, se puede observar que al recrearla sus formas se asemejan a los nidos. Otra artista, Estela Sáez Vilanova, tomó el nido para recrearlo como hogar, lo que significa la familia para las personas y lo que significa dejarlo luego.

¿Cuáles fueron los temores que sentiste al participar en esta convocatoria de México, el proceso y la espera del fallo?

R. La duda que tenía al inicio era llegar a una pieza especial y que quedara contenta con ella. Helena jugó un papel muy importante con sus orientaciones. Ella nos decía: “Hay que hacer piezas grandes: No te quedes pensando en el tamaño o que pueda servir para elaborar un collar. No, este es un concurso de joyería contemporánea. Y podés desbordarte en la expresión. En este momento se trata de expresar la idea y llevar la propuesta de una pieza con personalidad”. En estos términos el temor era sí podría lograr una pieza digna de un concurso, digna de confrontarme con otro mundo. Y aquí vale la pena anotar que alguna compañeras dijeron sí, concursemos, aunque es un concurso en Puebla, el primero que hacen, no es el gran certamen. La verdad es que la joyería contemporánea ha tenido mucho más peso y se ha desarrollado hace mucho más tiempo en Europa, en Nueva York. En Latinoamérica no ha sido tanto. Argentina quizás ha sido más activa.

Ventana típica de Puebla. (Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga)

Ventana típica de Puebla. (Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga)

México tiene una gran trayectoria en el trabajo de platería y joyería, reconocidas por su expresión étnica, pero México no es el que más ha sobresalido en la joyería contemporánea. Por eso mis compañeras planteaban que no era el gran concurso, pero para mí significaba mi primer concurso, si me seleccionaban o no estaba muy bien. Asumí el tema y logré unas piezas que me gustaron y las mandé, todo eso para mí era ganancia. Desde el comienzo todo fue ganancia. Luego de la primera selección quedamos entre las primeras 200, de más de 500 propuestas. Esto era más ganancia para mí. Y después quedamos entre las 50 finalistas, otra ganancia… y quedamos los 10 que participamos del taller de Helena Aguilar, incluida ella. Eso es un gran resultado.

¿Has pensado en una muestra de tu obra?

R. No sólo con la mía, sino con la de los 10 que participamos de Medellín.

P: ¿Y ahora qué tienes en tus planes?

R. Estoy en un proyecto de nuevos diseños con esmeraldas, para promover esta piedra nacional.

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Los criterios que tuvo en cuenta el jurado, compuesto por joyeros, arquitectos y el director de Galería La Colecta.Mx, fueron:

horneroOriginalidad e innovación por ser joyería contemporánea, Calidad en el terminado de la pieza (considerando la técnica y los materiales utilizados), Complejidad de la pieza, Diseño y usabilidad de la pieza, y Conceptualización.

El premio, además de un estímulo económico, comprendió la inclusión de la obra en el Catálogo de la Exposición y dos cursos on line sobre emprendimiento.

“Al comienzo yo pensaba: ¿Qué tal que uno se lo ganara? Sabía la fecha del fallo pero fue un compañero, el único hombre del taller, quien nos dijo desde Costa Rica donde estaba estudiando: ¿Sí están viendo que están trasmitiendo en vivo la inauguración? Cuando pude verlo en Facebook la señal que tenía era intermitente y entonces yo sólo oí “Patricia Zuluaga de Colombia”, yo le dije a Jorge: ¡Me gané algo! Empezaron los compañeros en wathsapp a escribirme: ¡Patri ganaste! Me sorprendió que fuera el primer lugar”.

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PERFIL DE LA AUTORA

Patricia Zuluaga Osorio
Antioquia, Colombia
1° Lugar Categoría Piezas Físicas.
Concurso Internacional de Joyería Contemporánea La Colecta.mx

la-autora-patricia-zuluaga-osorio-premio-joyeria-contemporaneaEl amor por la naturaleza, animales, plantas, variedad de minerales, con su infinidad de colores y texturas, accidentes geográficos, la luminosidad de las hojas de coca hasta las expresivas colas del cosumbo, las formaciones de géiseres y el entramado de los nidos, han sido los detalles plasmados y las imágenes recreadas en cada una de sus piezas y diseños.
Los hilos, telas y tejidos presentes en su infancia han resurgido para integrar las ideas en el oficio de la joyería. En su etapa de madurez, los viajes para conocer otras culturas del mundo, el arte y las labores artesanales, han sido una fuente de aprendizaje y motivación.
En formación y ejercicio profesional se encaminó por la biología y la educación ambiental, durante 18 años. Hace 10 años se inició en el aprendizaje de la joyería.
Ha participado en exposiciones colectivas en 2009 y 2010 en la Galería Naranjo y Velilla de Medellín y en Ferias Internacionales de Artesanía en Medellín y Bogotá. Fue fundadora de noi joyería en 2009, donde exhibe sus piezas con 19 diseñadores y joyeros de manera permanente.
Su trabajo obtuvo certificación de Producto Sello de Calidad ICONTEC Hecho a mano en 2010, 2013, 2014 y 2015.

De las mujeres ausentes

La poesía que hoy leen los momposinos

portada-de-las-mujeres-ausentesSu autor, Dagoberto Rodríguez Alemán, es poeta y periodista. Nació en Barrancabermeja, Santander (1962), pero es tan momposino y costeño como el que más porque ama y siente la tierra que lo acogió. Estudió su primaria en el Colegio Alonso de Heredia y secundaria en el Colegio Nacional Pinillos de Mompox. Miembro fundador del Taller Literario “La Taruya” de Mompox, cuya revista dirige.
Ha colaborado en los medios nacionales El Espectador, El Tiempo, El Heraldo y El Universal, y regionales como El Valeroso, Prensa Nueva, La Noticia, Nueva Provincia, El Puerto, La Taruya, El Zapal y El Momposino. Miembro de la Asociación de Escritores del Caribe Colombiano, Fundación Cultural Candelario Obeso y de la Promotora Cívica y Cultural de Bolívar-Prosur. Libros publicados: Liturgia de las palabras (poesía 1999), Alegres auroras con aromas, (poesía 2004). La muerte de Aluminio y otros relatos (inédito). Poemas suyos han sido incluidos en Rostro del mar, 60 poetas del Caribe Colombiano (Antología, 2015) y Puentes de agua (Antología 2016).
En su blog: arcadiamomposina.blogspot.com publica comentarios literarios. Ha participado en varios encuentros del Parlamento de Escritores del Caribe Colombiano, Feria Internacional del Libro en Bogotá y Festival de poesía de Medellín.

 

Presentación en la Casa de la Cultura

 

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Dagoberto Rodríguez Alemán, autor del libro “De las mujeres ausentes”, que por estos días leen los momposinos.

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Daniela, hija del autor, fue la presentadora del evento.

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Aspecto del auditorio principal de la Casa de la Cultura de Mompox, durante la presentación del libro.

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La mesa principal que presidió el evento.

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Los asistentes escuchan el Himno de Mompox al inicio.

 

El libro me esconde

Estoy en los intaglios y los signos

al viajar a tierras ignotas

la compañía es un libro imperceptible

y el mejor vehículo es una página de nieve

de brillante poesía como una lámpara.

 

El más ignorante puede realizar este viaje indecible

sin pagar pasaje ni peaje al viento

en el camino del saber abandonado.

 

El libro es milagro que convoca

bajo la luz encendida de la sabiduría.

 

Qué maravillosa es la lectura oblicua

que emociona el alma y el follaje

el libro me esconde en su luz

y me purifica como una hoguera.

 

 

Intromisión

Por la calle de la Sierpe

el río de lava iba siempre al asfalto.

 

El extraño cauce

que siempre invade la historia.

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Tomados del libro De las mujeres ausentes, Dagoberto Rodríguez Alemán, Edit FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA.

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FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA

Pablo

Hermes Rafael Pineda Santis

La paloma llegó. Pablo apoyó el codo izquierdo sobre el alféizar e hizo tanto esfuerzo para levantar su cuerpo que su cara enrojeció. Con un segundo impulso colocó el codo derecho y forzando los músculos de los brazos asomó la cabeza para escuchar el murmullo de las aguas sobre un cauce de rocas y leves inclinaciones. El río se mimetizaba en la oscuridad. Con desilusión y buscando aliviar sus brazos, se descolgó al piso, descansó y colocando un codo adelante del otro para arrastrarse, fue en busca de Nana su abuela, quien en el cuarto de atrás, había encendido la lámpara para seguir la costura de vestidos de matrimonio por encargo. Pablo recorrió los metros que los separaban hasta encontrarla. Ella le habló.

– ¿Cómo etá mi bebé hemoso? Ya lo voy a bañar, ponerle la pijamita, le doy la comidita y lo llevo a…

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