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“Se viaja y se viaja, pero se acaba por volver a casa;

se vive y se vive, pero se acaba por volver a la tierra.”

Proverbio de Abisinia

Por Álvaro Jiménez Guzmán

La muerte es el término de la vida a causa de la imposibilidad orgánica de sostener el proceso homeostático. Se trata del final del organismo vivo surgido de un nacimiento. Miles de muertes en Colombia y en el planeta ha generado la peste china. Para evitar esta muerte los médicos aplican la ventilación invasiva: intubación que se hace bajo anestesia general, quedándose el paciente mínimo de dos a tres semanas sin moverse, bocabajo, con un tubo en la boca hasta la tráquea, que le permite respirar al ritmo de la máquina a la que está conectado. No puede hablar, ni comer, ni hacer nada. Es la razón por la que las personas ancianas o frágiles en su salud, no aguantan. Esta muerte es de un sufrimiento inmenso. Los gobiernos han sacrificado la economía para propender por la salud de la población.

En la literatura hay constancia de diferentes formas de muerte y de pandemias que la producen. Tomás Man, en su novela La muerte en Venecia, revela muertes a granel por la epidemia del cólera. El protagonista Gustav Aschenbach, cuando llegó de vacaciones a la Venecia de su época, ignoraba en un principio la existencia de esta epidemia. Por el fuerte olor con que desinfectaban a la ciudad empezó a preguntar qué ocurría, y le decían: “Es una disposición de la Policía… El calor aprieta; el siroco no es bueno para la salud”.  Y añadió el interlocutor en tono ligero e insinuante: “Usted se quedará, caballero; usted no le tiene miedo al mal”. Y alarmado, preguntó Aschenbach: “¿Qué quiere decir usted con eso?” Y le desvió la conversación. En las esquinas empezó a ver pegados bandos de alarma: abstenerse de ostras, mariscos y agua de canales, a consecuencia de ciertos desarreglos gástricos que el calor hacía muy frecuentes.   

No conforme por lo que observaba y parecían ocultar, siguió indagando. Consultaba en el hotel los periódicos locales, solo rumores. “¿De manera que no hay ninguna epidemia en Venecia?”, preguntaba. “Usted bromea. No diga usted eso”. Hasta que un empleado le contó toda la verdad: el cólera estaba generando muertes en la población. Ocultaban los cadáveres descompuestos. La peste seguía haciendo estragos. A las pocas horas el enfermo moría ahogado por su propia sangre. Pero por el temor a los perjuicios que sufriría la ciudad, pudieron más que el amor a la verdad. Las autoridades asumieron la política del silencio y negación. El pueblo lo sabía todo, pero “la corrupción de los de arriba” lo hacía callar. Y a pesar de toda esta verdad, Aschenbach no se fue porque se había dedicado a perseguir la “belleza” de un “muchacho hermoso”. Admirándolo, a distancia, desde una mesa de un restaurante, cayó muerto, de manera inesperada, víctima de la epidemia. 

En la novela La muerte de Iván Ilich, León Tolstoi refleja la muerte de otra persona como el acontecimiento que despierta el morbo: ¿cómo fue su muerte?, ¿cuántos hijos deja?, ¿qué va a ser de su mujer?, etcétera. Las cavilaciones de otros se refieren a las vacantes laborales que el fallecimiento de Iván dejará. La tendencia natural a evadir la muerte de otra persona. Como algo que nos atañe, pues el que se muere es otro. La actitud de su esposa en el velorio se resume en guardar las apariencias de ocasión, ya que la principal preocupación que tiene en mente no es la muerte de su esposo sino el futuro de ella: cómo obtener todo el dinero posible de los seguros de vida. La novela concluye con dos párrafos desconcertantes. De pronto aquel hombre que había sufrido y rechazado la muerte pensó lo siguiente: “¿Y el dolor?”, se preguntó “¿Qué hago con él? ¿Dónde estás, dolor?” Y minutos después, en los últimos instantes de su vida, se dijo: “Ha terminado la muerte. Ya no existe”. 

En otro ámbito, tiempo y cultura distintos, no en la literatura, sino en la cruda realidad, como en la pandemia de hoy–cuando los muertos no tienen un servicio funerario ni la compañía de sus dolientes–, cerca del río Ganges, en la India, un anciano, más huesos y capas de tela de carne, intercepta a un grupo, extiende su mano y lanza una súplica y pide ayuda para quemar su cadáver. Está desahuciado y quiere comprar madera, unos 200 kilos de palos de mango, para su cremación. No es el único que espera su muerte. La capital espiritual de la India, Varanasi, está llena de enfermos y viejos que, sentados en las escalinatas de piedra que descienden al Ganges, esperan su final. De pronto un tintineo de las campanas anuncia el paso de un cortejo fúnebre. Once hombres con turbantes de colores cargan en una camilla de bambú el cadáver de su pariente. Hijos, tíos, hermanos, esposos, primos—no hay rastro de mujeres—lo llevan rumbo al horno crematorio Manikarnika, a orillas de Ganges. No hay lágrimas en sus ojos. Sonríen. Todos cantan. Entonan rezos de sánscrito, los mismos que se han repetido en Varanasi desde antes de que Atenas floreciera, Roma fuera un imperio o un mesías partiera en dos el calendario de occidente. “Varanasi es más antigua que la historia, más antigua que las tradiciones, más vieja incluso que las leyendas, y parece el doble de antigua que todas juntas”, escribió sobre ella el escritor Mark Twain.

Allí arden cada día, al aire libre, unos 250 cuerpos. Varanasi es el lugar donde los hindúes quieren morir. Incluso hay hoteles que solo aceptan huéspedes con una expectativa de vida de máximo 15 días. Nadie se escandaliza por ponerle fecha de vencimiento al cuerpo, al fin de cuentas es desechable. El cuerpo empieza a chamuscarse, se desmorona ante sus familiares. No hay llanto ni luto. Tampoco ataúdes que esconden al difunto. “Aquí la muerte no se niega—explica una experta en religiones–. Posiblemente por eso no se le teme, en cambio se recibe con los brazos abiertos, como una invitada que se esperaba hace tiempo”.

A veces quedan despojos tras la incineración, huesos que se echan al rio, o algún diente de oro. No todos, sin embargo, pasan por el fuego. Los niños, las embarazadas, los sadhus u hombres santos—que no necesitan purificarse–, los que murieron por la mordedura de una serpiente y los más pobres entre los pobres—que no pueden pagarlo–, van a parar directamente a las entrañas del Ganges. Los arrojan amarrados a una piedra pesada que los arrastra hasta el fondo. Tardan semanas en descomponerse y, de vez en cuando, al llegar al monzón con su lluvia, algún despojo humano emerge entre los vivos. Nadie se inmuta.

(FUENTES: La muerte en Venecia, de Tomás Man. La muerte de Iván Ilich, de León Tolstoi. El colombiano y consultas en internet). 

Joan Margarit, el gran poeta catalán siguió su viaje cósmico cargado de vibraciones y luces desbrozadoras. Nos deja su poética y a través de ella conversaremos con él por siempre. Gracias por tu huella profunda.

Niño adoptado

Venimos de muy lejos, como el viento:

las calles y ventanas están llenas

de mensajes perdidos.

Tantas puertas cerradas,

tantos rumbos borrados.

Cada aldaba se enciende alguna luz

en las estancias de la claridad,

donde yo soy tu padre y tú mi hijo.

Venimos  de muy lejos, como el viento.

Joan Margarit

(Todos los poemas)

Antonio Botero Palacio (archivo El Pequeño Periódico)

En 1997 Antonio Botero concedió una entrevista que fue incluida en el libro de reportajes Navegantes de la utopía, editado por la Fundación Arte & Ciencia. Hoy, al cumplirse un año de su partida, reproducimos un fragmento de dicha entrevista como un homenaje a su vida y a su obra.

¿Cuál ha sido el momento más difícil de su vida?

Cuando caí prisionero de las guerrillas de Urrao. Era maestro de escuela de esa población, por allá por el año 1952. Urrao era el centro de la violencia en Colombia. Yo había viajado allí como maestro de escuela y a los quince días de estar ejerciendo, el visitador, lo que hoy llaman jefe de núcleo, me dijo que yo no podía continuar como maestro. Pero si a mí no me han echado, le dije, y yo soy el mejor maestro del mundo. No, nada de eso, usted va a tener que visitar todas las escuelas rurales del municipio porque a mí me da miedo. Le respondí: Don José, le voy a aceptar esa responsabilidad con una condición: yo soy liberal, tengo carné liberal, pero usted me va a conseguir un carné conservador pues de esa forma podré visitar todas las escuelas. Además me debe equiparar mi sueldo de maestro al sueldo que usted devenga como visitador, de lo contrario no acepto. Así, montado en una mula baya, con mis alforjas llenas de provisiones me dediqué a visitar las escuelas, andando por esas zonas de violencia. Llegaba al retén de la policía y del bolsillo derecho sacaba mi carné conservador. Siga Don Antonio, háganos el honor. ¿Quiere que lo escoltemos? No señor, porque me encuentro por allá con la muchachada y me lleva al diablo. Déjenme solo. Más adelante me encontraba con la guerrilla y sacaba mi carné liberal… Don Antonio, por Dios, ¿cómo es que no lo han matado los chulavitas? ¿Quiere que lo escoltemos? No señor, déjeme seguir solo a la escuela… Pero, recuerdo que en cierta oportunidad iba yo por un planito lleno de guayabales hermosos, cuando de pronto me gritaron: ¡Alto! Eran hombres armados tan parecidos a los soldados y tan bien vestidos, que yo decía para mis adentros: ¿serán soldados o será la guerrilla? ¿Cuál de los dos carnés les muestro? ¡Identifíquese!, me gritaron. ¿Saco el liberal o el conservador? La incertidumbre era terrible, porque si me equivocaba caería sobre mí la guillotina. Si era el Ejército y sacaba el carné contrario estaría perdido. Si era la policía y sacaba el liberal, igual suerte correría. De pronto uno de los militares me preguntó para dónde iba. Voy a visitar la escuela de Río Verde. No había terminado mi respuesta cuando gritó, ¡Ah, usted es el esbirro de este gobierno, desgraciado! En ese momento comprendí que tenía que sacar el carné liberal.

  • Tomado de Navegantes de la utopía, Ángel Galeano Higua, 1997, Edit. Fundación Arte & Ciencia.

¡Cuánta falta nos hace!

Ángel Galeano Higua

Se cumplirán dos años de la partida del médico antioqueño Roberto Giraldo Molina, quien dedicó gran parte de su vida a desentrañar los mitos y falsedades oficiales alrededor de enfermedades como el Sida y el cáncer. Hizo una revisión histórica sobre las vacunas y la obra de Pasteur.

Los principios defendidos por Roberto Giraldo Molina sobre microbios, vacunas, sida y cáncer son contrarios y muchas veces antagónicos con los paradigmas de la Medicina Oficial y de la sociedad actual.

 

Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y compartir muchos momentos de sus afanes científicos, lo echamos de menos más que nunca por estos tiempos del Covid-19. ¿Qué diría él sobre la mascarilla? ¿Cuál sería su enfoque respecto a tanta prohibición para relacionarnos con los demás? ¿Cuáles serían sus indicaciones sobre la prolongada cuarentena? ¿Qué nos diría sobre la tan mentada vacuna? Una de sus enseñanzas se condensa en la afirmación de que “El Sida sí tiene cura”. Él sostuvo a lo largo de sus disertaciones y en sus publicaciones (Ver: Errores fundamentales de la medicina oficial, Capítulo 4) que el Sida es “la más grave y severa de todas las inmunodeficiencias adquiridas, siendo este un síndrome tóxico, nutricional y sobre todo emocional, causado por exposiciones múltiples, repetidas y crónicas a una variedad de agentes estresantes para el sistema inmunológico..”. Y que el denominado VIH no es más que una estructura virtual, nunca ha sido aislado y sus creadores, (Premios Nobel de Medicina) “ni siquiera siguieron los pasos establecidos y aceptados internacionalmente para el aislamiento de retrovirus” (Idem)
El hecho de que una persona resulte seropositivo para Sida indica que su sistema inmune está deteriorado, no que lo haya infectado ningún virus.

Roberto Giraldo Molina, dialoga con varios asistentes luego de una conferencia. (Archivo El Pequeño Periódico)


Roberto Giraldo fue un crítico constante y visionario de la medicina oficial, junto a otros investigadores científicos, pero “muchas personas no se han enterado de esto debido a la censura por parte del Departamento de Salud y Servicios Humanos del gobierno de los Estados Unidos, la Organización Mundial de la Salud y la Agencia de la Organización de las Naciones Unidas para el Sida” (idem).

No se detuvo sólo en el Sida, también trabajó con ahínco sobre el cáncer, las vacunas, los mitos inconvenientes contra los microorganismos, trazó una abierta crítica a Pasteur respecto a que los microorganismos nos atacan y son enemigos de los seres humanos. Deslindó caminos con los premios nobel de Medicina cada vez más controlados por los grandes centros de poder farmacéutico. Denunció el desdén con que los gobiernos de Colombia han manejado la salud del pueblo, los recortes presupuestales y las limitaciones asfixiantes a los derechos de los trabajadores de la salud.

Roberto Giraldo con uno de sus nietos


Donde quiera que el doctor Giraldo viajó en el mundo, en nuestras ciudades y pueblos, llevó siempre su voz de aliento, amable pero crítica y sincera contra los poderosos que controlan el negocio de la salud.
Además de sus conocimientos y resultados prácticos para ayudar a los enfermos, sus enseñanzas éticas constituyen un legado fundamental, fruto de su talento y valentía, tan necesarios hoy para enfrentar tanta desinformación oficial sobre el Covid-19.
“El científico descalzo”, como lo llamamos con cariño y admiración quienes hicimos parte de la gesta de los descalzos de la cual él fue protagonista de primera fila, permanece entre nosotros gracias a su obra, a sus publicaciones y al ejemplo de entrega al servicio de los demás.

Medellín, Dic 1 de 2020

Ver: https://fundarteyciencia.wordpress.com/2019/01/13/el-legado-del-doctor-roberto-giraldo-molina/

https://fundarteyciencia.wordpress.com/2015/04/06/algunas-precisiones-sobre-el-chikunguna/

Con el tiempo y la distancia me doy cuenta que la Lengua Materna nos estructura. En estos días difíciles de pandemia en Francia, donde vivo, hay frases que aprendí hace mucho tiempo que llegan solas, sin ningún esfuerzo: “Hasta aquí llegaron las canoas” es una que señala el fin de un período, de un juego, de una botella, de unos amores.

Río Magdalena, Brazo de Mompox (Foto archivo El Pequeño Periódico)

Por Javier Burgos Cantor *

Desde mi casa puedo ver pasar los trenes sobre el viaducto, del otro lado del boulevard. El boulevard se llama Sargento Triaire, un militar del ejército de Napoleón que se hizo explotar heroicamente combatiendo a los turcos, como Ricaurte en San Mateo, en átomos volando. Creo que no soy capaz de ese heroísmo, y prefiero, como el cantautor Georges Brassens, “morir por las ideas, pero de muerte lenta”.
Los trenes, como los buses sobre el boulevard pasan vacíos, interrumpiendo por un instante el silencio que se instala sobre la ciudad. De tiempo en tiempo una ambulancia con su estruendosa sirena nos recuerda la hecatombe. He renunciado a la radio y a la televisión para no seguir escuchando malas noticias.
Todo esto parece un naufragio, pero me da tiempo para perder, como la vida misma, que de todas maneras llevo perdida, dixit León De Greiff. La vida iba a enseñarme el origen de la frase: una Ley de la República de Colombia obliga a los estudiantes de Medicina, antes de obtener el Título, de ejercer un año de actividad profesional en un dispensario en el campo, “el año rural”. Esta Ley fue imaginada y defendida por el Doctor Héctor Abad Gómez, Profesor de Medicina y Defensor de los Derechos del Hombre en los años 1970 y 1980, hasta su asesinato en Medellín en 1987. Su hijo Héctor Abad Faciolince se vuelve escritor para contar el enternecedor y terrible relato del asesinato: El Olvido que seremos, del título de un poema del gran Borges que él encuentra en el bolsillo de su padre muerto.

Cartagena de Indias (Foto archivo El Pequeño Periódico)

Terminados mis estudios de Medicina en la Universidad de Cartagena, la Ley me concierne y acudo a la convocación del Secretariado de Salud. El funcionario oficial me comunica que mi nombramiento de Médico Rural es en el Corregimiento de Talaigua Nuevo, en el Sur del Departamento de Bolívar a las orillas del Magdalena, al margen occidental de la Isla de Mompox, el gran delta formado por los dos brazos del río. El funcionario se levanta para mostrarme sobre un mapa la localidad y noto su dificultad para encontrar la localidad de mi destino.

Talaigua Nuevo – Bolívar

“Corregimiento” es un término heredado del tiempo de la Conquista y de la Colonia española cuando el Corregidor se encargaba de corregir, castigar, explotar. El médico se ocupa de la salud de los pueblos de Talaigua Nuevo, de Talaigua Viejo, de Patico y otro pueblecito de cuyo nombre no quiero acordarme, por evocar a Cervantes. El trabajo se efectúa entre el dispensario principal y las consultas prodigadas en los otros pueblitos, una vez cada dos semanas, en un “puesto de salud”, una casita prestada por la comunidad donde toda la dotación consiste en un escritorio, tres sillas, una camilla, un fonendoscopio y un tensiómetro. En cada puesto una “promotora de salud” organiza la lista de consultas. Los pobladores esperan, doblemente pacientes. El vehículo disponible es una bicicleta hasta que me compro un caballo, durante el verano. “todos los pueblos del río Magdalena están deseando, viven deseando, que se repita este fuerte verano, a ver si no se aniegan…”, canta Alejandro Durán, el juglar vallenato…”. Pero esto no puede suceder así, porque entonces dónde iremos a parar…”, continúa la canción. Con las lluvias el río se crece e inunda todo, los sembrados, los caminos y las habitaciones. Las familias esperan que las aguas se retiren encaramados en el zarzo, el espacio inventado entre los aleros bajo el techo de palma.
En la época de lluvias el transporte se hace por el río y por los caminos transformados en rutas fluviales hasta que por los desniveles del terreno la canoa toca fondo y el boga anuncia: hasta aquí llegaron las canoas.
No trato de escribir una biografía. Los biógrafos son simple secretarios, me dijo Vassilis Alexakis, el escritor de la isla de Tinos, en Grecia. Los relatos, los cuentos y la literatura en general, permiten mentir, y se adaptan a los recuerdos de cada quién, para volverse el gran olvido que seremos.

Albarrada de Mompox (foto archivo El Pequeño Periódico)

El agua para uso doméstico viene directamente del río. “el día que yo me vaya, quién se acordará de mí? solamente la tinaja por el agua que bebí.” Cada rancho tiene su tinaja, el recipiente de barro donde el agua se aclara gracias a un poco de alumbre que deposita las impurezas en el fondo. Las lámparas de kerosene de luz temblorosa se enfrentan al gran manto de la noche. De vez en cuando se enciende una unidad eléctrica descomunal, ávida de combustible, y la fábula mentirosa que es un regalo personal de la Gobernadora. a pagar en cuotas periódicas, durante las elecciones. No hay alternativa, siempre “se elige” la misma.
Las enfermedades son las mismas, parasitosis, anemias, desnutrición. Hay que interpretar los síntomas, de la rama a la raíz. Comprendí con la práctica, que las enfermedades del pueblo tienen su origen en un sistema de explotación del hombre por el hombre. Aunque esté yo aquí repitiendo la repetidera. Mientras tanto, el año que duraba la medicatura rural había pasado. Por primera vez desde que estaba en el pueblo, un télex llegaba a tiempo, indicándome el final del contrato: decidí quedarme, alquilé una casa en la placita principal y Talaigua tuvo su flamante y primer galeno privado, “el médico del pueblo” le decían, para distinguirlo del oficial que fué nombrado inmediatamente en mi remplazo.
Los corregimientos de esa ribera del río quieren desde hace mucho tiempo constituirse en una nueva entidad administrativa, un Municipio. Con este fin se organiza un “movimiento cívico independiente” que se reúne cada semana en el atrio de la iglesia, frente al río. La reunión es pública, abierta a todos y el problema principal consiste en evitar que los lugartenientes de los dos partidos tradicionales desenvainen los machetes.
En esa época apareció Ángel Galeano Higua en mi casa. Entró por la puerta del campo, siempre abierta durante el día y que a través de un zaguán da acceso al patio interior, donde dos corredores en L, rodean un árbol de tamarindo, unos helechos, dos ciruelos y una pareja de loros que se balancean de rama en rama con estropicio. Ángel viene de Medellín y el sigilo de los hombres de la montaña lo ayuda en su oficio de reportero. Trae una cámara fotográfica y un proyecto casi listo en el corazón, El Pequeño Periódico. La foto capta la escena: el médico, de rodillas cura las úlceras varicosas del viejo campesino sentado en una mecedora de mimbre. La foto acompañará nuestro primer reportaje: “La salud del pueblo no se cura con pastillas”.

Nimes, 9 de Abril de 2020

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  • Javier Burgos Cantor, corresponsal de El Pequeño Periódico en Francia.

Cero odios

Fronteras de humo

Presentación del libro
En este enlace: https://www.facebook.com/watch/?v=786237595532533

Fronteras de humo - Ángel Galeano Higua

Como cada año, presentamos algunos de los títulos disponibles en la 14.ª Fiesta del Libro y la Cultura.
Felipe Sánchez Hincapié

Fronteras de humo - Ángel Galeano Higua

2020: año loco, extraño, dramático, insufrible, de crisis y de retos para todos. No se ha acabado todavía y la vida trata de seguir en una “nueva normalidad”, que resulta asfixiante y delirante a la vez. Tras un forzoso parón, la agenda cultural vuelve lentamente a activarse y, en Medellín, algunos certámenes han podido realizarse, aún con ciertas restricciones.

Cuando se pensaba que no iba a realizarse, la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín decidió abrir, como cada año, las puertas de esa ciudad de los libros a la que todos están invitados. Eso sí, su escenario no será el Jardín Botánico, repleto de estantes, libros, gente, alegría y colorido; sino la virtualidad, tan fría y distante, a pesar de lo útil que es. Todo un reto, más cuando las redes sociales se vieron eclipsadas por la abundante oferta cultural durante la cuarentena. Pero era eso o no abrir la ciudad de los libros, así que había que correr el riesgo y, hasta el 11 de octubre, muchos desde sus casas podrán disfrutar de una variada programación artística y cultural. Será una Fiesta del Libro atípica, por supuesto; pero tratará de conservar esa magia que la hace tan especial.

Para Laterales Magazine, que desde su creación ha cubierto la Fiesta del Libro con entusiasmo, tampoco fue fácil adaptarse a una fiesta netamente virtual. Pero nuestro amor por los libros nos hizo aceptar el reto. Y aquí estamos, como cada año, recomendando nuestros imperdibles de la Fiesta del Libro y la Cultura.

Hay poesía, cuento, novela, periodismo; aunque entre estos géneros se destaca uno en especial: el epistolar. Curioso, sobre todo porque hoy las cartas parecen más artículos de museo que de uso cotidiano. Pero es su tono confidente y sincero el que nos impide guardarlas en el cajón del olvido.

Muchos de los libros aquí reseñados trazan una ruta hacia varios países y hasta planetas, mientras otros hacen un recorrido por los recovecos del ser. Además, sus autores han sido viajeros, han ido de un lugar a otro, o han regresado al de sus orígenes. Pero siempre con la palabra como compañera y guía. Puede ser un guiño sutil o fortuito a la temática de este año en la Fiesta del Libro y la Cultura: Las Diásporas. Aunque, si nos ponemos a pensar con calma, las palabras y las historias van y vienen hasta que, por diferentes medios, llegan a un desprevenido lector que se sumergirá en ellas.
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Fronteras de humo, de Ángel Galeano Higua

Editorial: Editorial EAFIT

Un homenaje al arte, eso es lo que hace Ángel Galeano Higua en su nuevo libro de cuentos, por el que se pasean un reportero, una cantante, una bailarina y demás personajes que transitan en un tiempo particular, como si no corrieran las manecillas del reloj; y que están inspirados en sus correrías como cronista. Porque Ángel, como los periodistas que viven por y para el oficio, ha gastado las suelas de sus zapatos para conseguir una buena historia. Dejó la ingeniería electrónica por el periodismo y la literatura, y se unió a “los pies descalzos”, un grupo de médicos y artistas que hacían brigadas de salud y jornadas culturales en el Bajo Magdalena, especialmente en Magangué (Bolívar). Allí, junto a grupo de entusiastas, fundó El Pequeño Periódico, todo un referente del periodismo cultural y alternativo. Presionado por la violencia tuvo que irse a Medellín, donde continuó con el Pequeño Periódico y creó la Fundación Arte y Ciencia y el grupo literario El Aprendiz de Brujo. Así que el arte, la literatura, la música, la danza y el teatro que tanto lo han acompañado en sus viajes y luchas, son el hilo conductor de estas 10 historias escritas en diferentes épocas y sobre las que ni el mismo Galeano se aventura a conceptualizar, porque como bien dice, “he dejado plena libertad a los personajes a quienes seguí en sus inesperados y delirantes caminos como un cronista”.

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