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Giovanna Pezzotti

A blanco y negro

Ahora que Giovanna ha continuado su viaje cósmico, presentamos un perfil con el cual rendimos un homenaje a su memoria, como compañera y fotógrafa, arte al cual le entregó su vida. Se destacaron sus trabajos en el Barrio Moravia y la Cárcel La Ladera, y la ternura con que supo captar a los niños.

Ángel Galeano Higua

Giovanna Pezzotti

Cuando en una reunión del periódico vimos las fotografías que Giovanna Pezzotti había tomado en Moravia hacía más de 30 años, comprendimos que estábamos ante una mujer que sabía mirar más allá de la lente y que cada fotografía contenía una fuerza crítica que mostraba el drama humano desde otras perspectivas. Desde atrás de la cámara ha visto derrumbarse durante 40 años muchas de sus ilusiones y quizás por ello su desencanto lo expresa como polémica e irreverencia que a muchos incomoda.

A caballito – Fotografía de Giovanna Pezzotti

Giovanna es hija del conde italiano Francesco Antonio Giovanny Pezzotti nacido en Escalea y de Teresa Villegas oriunda de Aguadas. Se conocieron cuando Francesco vino a Colombia en 1900 a bordo de una embarcación del abuelo Pezzotti con el propósito de comprar oro. Visitó varias minas, entre ellas El Zancudo. Pernoctó en una hospedería del barrio Buenos Aires de Medellín donde conoció a Teresa. De los seis hijos que tuvieron Giovanna fue la única mujer.
Desde muy joven Giovanna se mostró poco amiga de la modorra liquidacionista que contiene la rutina. No hizo lo que otros querían y así llegó a Bayer, Alemania, para estudiar fotografía. A su regreso, un día cualquiera le dijo al director del periódico El Colombiano, de Medellín, que ella era fotógrafa y que le gustaría trabajar para ese diario. Entonces él le pidió que de inmediato fuera a cubrir un evento y de esa forma empezó su carrera profesional pero independiente, porque siempre trabajó así, independiente.

“Somos payasos pero nos creemos dioses”

El oficio del fotógrafo requiere atrevimiento de malabarista y curiosidad de investigador. Obra haciendo caso omiso de lo que no está en el encuadre, llegando a correr riesgos inesperados. Como le sucedió a Giovanna cuando cubría una manifestación de un reconocido cacique liberal de los años 80: buscando nuevos ángulos se subió a un muro y sin darse cuenta dio un paso atrás y cayó al vacío.

Niños de Moravia – Foto de Giovanna Pezzoti

Ella oía que al otro lado de la pared preguntaban ¿qué se hizo la fotógrafa?
“Los fotógrafos somos muy payasos. Nos tiramos al suelo, subimos a las paredes buscando ángulos y nos convertimos en centros de atención de la gente”, sostiene Giovanna. Según ella, los fotógrafos suelen creerse dioses que juegan con el tiempo y la distancia. Quieren eternizar lo efímero y lubricar la memoria. “Con la fotografía uno no olvida nada, uno se siente como un dios… Para mí la fotografía es un constante asombro, siempre corría a revelar las películas como si fuera a descubrir algo nuevo”.

“El matrimonio es un estorbo”

“A pesar de ser bajita no me faltaron los pretendientes”. Varias veces estuvo a punto de casarse. Pero los novios se oponían a que le dedicara más tiempo a la cámara que a ellos. Con uno de ellos rompió el compromiso porque la puso contra la pared ya que Giovanna quería cubrir la Vuelta a Colombia: o la vuelta o yo. Ella se fue con su cámara y nunca más supo de él.

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

Hoy no se arrepiente: “El matrimonio es una esclavitud para la mujer, yo nunca quise echarme encima esas preocupaciones de tener hijos”. Y hablando de la situación de la mujer en nuestra sociedad sostiene con vehemencia que “La suerte de la mujer no ha cambiado nada. Antes la mujer era bien vista por su saber, por sus conocimientos. Hoy está más esclavizada en todo sentido: sometida a la dieta, la silicona, las modas… Está peor”.
¿Tus fotografías ayudaron a alguien alguna vez?, le preguntamos. “Sí, varias veces. Había mujeres que se creían feas y vivían acomplejadas, pero cuando les tomaba fotografías y se las mostraba ya no se veían así”.

El compromiso del fotógrafo

“Con la fotografía aprendí a romper mitos. Me hice irreverente… La cámara da cierto poder y sin que uno se lo proponga siempre está al frente”. Con la doble ventaja de tener una cámara y ser mujer entró donde se lo propuso con el fin de hacer reportería. En esos gajes del oficio sentía necesidad de comprometerse con los más humildes. Ora en las luchas por la vivienda en Moravia, ora en las huelgas estudiantiles de la Universidad de Antioquia. Fue encarcelada varias veces, pero no por su oficio propiamente, sino porque no soportaba el deseo de hacer parte de lo que veía detrás de la lente. Así sucedió en una refriega entre la policía y los tugurianos de Moravia. Durante una manifestación estudiantil cometió el error de olvidar que era fotógrafa y se sumó a la protesta. Fue reseñada porque al ver una piedra que se dirigía directamente hacia ella, se agachó y la piedra se estrelló contra un capitán de la policía que estaba detrás. “Fui detenida por haberme agachado”.
Así como por su lente pasaron esas jornadas, también desfilaron los más diversos personajes desde Cortázar, García Márquez, Mario Benedetti, el Rey Hussein, Doménico Modugno, hasta presidentes y mafiosos como Pablo Escobar cuando echaba discursos en la plaza pública.
Cuando Colombia entró en la debacle de los años 80, muchos intelectuales, artistas y periodistas debieron abandonar el país. Giovanna tuvo que hacerlo en 1987 radicándose en Italia, su segunda patria, la que visitaba cada año, desde su infancia, para departir con su familia paterna. En Roma trabajó para diversos periódicos y revistas. Tuvo la oportunidad de conocer al Papa Juan Pablo II por casualidad en una calle de la capital italiana cuando el alto jerarca llegó para asistir a una reunión con personajes de la vida pública italiana, entre ellos el presidente. A Giovanna le causó gran impresión el hecho de que el Papa se hubiera salido del protocolo y la hubiera saludado a ella y otras personas que se hallaban en la acera. Cuando ella le dijo que era colombiana el Papa le puso la mano en la cabeza y le dijo: “Me duele la guerra del narcotráfico y la guerrilla”. “Vi que era un hombre sencillo y muy sensible”, dice la fotógrafa.
Pero en Italia también tuvo dificultades con ciertos personajes que la amenazaron y debido a ello sufrió un infarto que la llevó hasta el borde de la muerte. “Entonces colgué la cámara por miedo. Soy otra desde ese momento, entendí que había llevado una vida inconsciente y que por ello fui tan atrevida e irreverente. Decidí dedicar mi vida a escribir una novela”.

A blanco y negro

Para Giovanna la fotografía debiera ser a blanco y negro, porque “El color distrae la atención, en cambio a blanco y negro uno mismo le pone los colores”.
Hoy, la veterana fotógrafa gasta su tiempo haciendo gimnasia, escribiendo su novela y yendo al estadio a ver fútbol. Le gusta leer a los clásicos: “Goethe es fabuloso, Gabo me fascina, las novelas policíacas me atraen y, a aunque a muchos no les gusta, yo sí leo a Fernando Vallejo”.

Lectura en la cárcel La Ladera, 1970 –

También le gusta cocinar, comer chocolates, le encantan los vinos y los quesos. “Procuro aplicar lo que dijeron los griegos: mente sana en cuerpo sano. No voy donde los médicos porque son verdaderos matasanos, ellos lo enferman a uno”. Quizás por eso su mayor temor es a enfermarse.
Para Giovanna la fotografía atraviesa un momento muy difícil debido al endiosamiento de la tecnología digital. El buen gusto se ha visto afectado. Le sigue atrayendo esa relación entre la pintura y la fotografía, pues para ambas el tiempo no pasa. “El Coliseo romano, por ejemplo, tiene miles de años y encierra tanta información… Me gustó fotografiar ese tipo de construcciones antiguas por la abundante información histórica que tienen”.
Paradójicamente a la fotógrafa colombo-italiana no le gusta que la fotografíen. “Cuando me toman fotografías me destruyen”.
¿Qué le gustaría fotografiar hoy? “No sabría, porque el mundo se nos cerró, nos lo cerraron. Me parece muy triste el mundo de hoy, aunque puede ser un momento de transición y quizás vengan tiempos mejores”.

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Tomado de Perfil de Mujer, Edición 74, EL PEQUEÑO PERIÓDICO.

Luego apareció publicado en el libro de antología con motivo de los 30 años de vida del periódico. El cuento “Rosita“, escrito por Giovanna Pezzotti, hace parte del primer libro publicado por el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Primer Conjuro, 2008, editado por FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA. Lo publicaremos en próximos días.

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El heroísmo de sobrevivir

María Orfaley Ortiz Medina (*)

El 6 de Junio, en el marco de la celebración de los 10 Años del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, tuvo lugar en la Sala Abierta de la Biblioteca Piloto de Medellín, una conversación alrededor del libro Los niños de Aquitania, entre su autor, Ángel Galeano Higua, y la escritora, Magister en psicología de la Universidad de Antioquia, Especialista en estudios sobre juventud, María Orfaley Ortiz Medina, y el público asistente. Presentamos a nuestros lectores los apuntes que la escritora preparó con este motivo. El evento fue convocado por la Fundación Arte & Ciencia y El Grupo Literario El Aprendiz de Brujo

María Orfaley Ortiz Medina: Tal vez, los niños solo pueden intentar crecer en silencio. Con el único heroísmo de intentar sobrevivir allí. (Foto archivo)

Como una rama

Son siete capítulos cortos, con un lenguaje sencillo, narrado en tercera persona, todo pasa en una noche y la mañana siguiente. La protagonista, una niña muy decidida y valiente que quiere salvar un árbol, o mejor, los árboles de su parque. La niña tiene una relación especial con ellos, ha soñado con la casita del árbol.

De una forma sencilla, a través de la acción de la niña y de algunas pistas sobre el espacio, queda claro para el lector que el entorno está cambiando, el canto de los pájaros está siendo reemplazado por el ruido de los carros, al parecer se quiere construir un centro comercial.

El cuento presenta una relación especial de los niños con la naturaleza, están cercanos a ella, y este mundo natural en el que juegan es amenazado por las ideas de progreso, por una mirada adulta urbanizadora. Los adultos desean reemplazar este mundo natural por uno de concreto. Así queda puesta sobre la mesa la oposición entre dos miradas del mundo: niños-naturaleza vs adultos-progreso-concreto.

No hay discursos sobre la importancia del cuidado y el amor por la naturaleza. Hay un acto decidido. Así, las acciones de la niña van dibujando la relación con el mundo natural mediado por el afecto, a ella solo le interesa salvar su árbol y se vale de lo único que tiene para hacerlo, su cuerpo amarrado a él, como una rama.

Matías, comenta sus impresiones al leer “Los niños de Aquitania”.

Es interesante cómo son puestos allí varios elementos, los padres no saben qué pasa, nadie sabe, los adultos no saben lo que ha sucedido, porqué una noche la niña desaparece, llega la mañana y nadie sabe nada. Hay una distancia entre el mundo de los niños y el mundo de los adultos. Al final, cuando la niña es descubierta, todos los niños salen, “saben lo que tienen que hacer” frente a unos adultos impávidos.

A los adultos no se les convence con discursos, se les interpela con un acto que los sorprende, un acto que los interroga en su forma de habitar el mundo. Esto es lo que parecen saber los niños, y en especial la protagonista, que los adultos no atienden a los argumentos de los niños, que siempre tendrán la razón y que solo hay una manera de hacerles ver lo que se piensa, un acto. Un acto que intenta detener lo que ya es decisión, lo que ya es proyectado como el futuro para su mundo. Así, la civilización, el concreto -el centro comercial-, el capitalismo, amenazan la casa del árbol, la libertad, el mundo natural, los espacios de aventura para el espíritu infantil. Y queda para el lector una idea rodando allí, ¿acaso la idea de progreso como urbanización empobrece los espacios posibles para los niños? ¿Se precariza el mundo de los niños en las ciudades?

 

Los niños de Aquitania

Es un cuento que uno lee con una sensación extraña entre la contención y la aceleración del pulso, escapan suspiros, no de amor, o de sorpresa, suspiros que genera el encontrarse con el horror. Pero no es la descripción de la crueldad de nuestra violencia a secas. Este cuento pone al lector frente a algo que lo desacomoda de entrada: “Patean la pelota en las ruinas del atrio, mientras que en la parte de atrás de lo que queda del templo, un hombre y una mujer, con las manos amarradas, esperan”. El lector se encuentra entonces con el juego y la muerte, con los niños en un mundo macabro, con una infancia entre murallas. Patear la pelota al tiempo que suena una ráfaga, con ello se introduce la atmósfera que marca el cuento.

Son nueve capítulos muy cortos, narrados por un testigo, un integrante de una comisión que va a llevar la lectura y la escritura a los niños. Nueve capítulos que narran la historia acudiendo al fragmento, al salto de una imagen posterior a una anterior. Un rompecabezas para armar, simulando tal vez lo que sucede con los trabajos de la memoria cuando intentan hacer un tejido con lo innombrable, diría lo incomunicable, si bien el cuento comunica, transmite al lector algo de esa experiencia de ruptura que nos trae el narrador, pero de la que no podrá comunicarse todo.

Podría ser, aquel lugar, el mundo ideal para los niños; hay una montaña, un río, pájaros, animales. Pero, allí en medio de esa rica naturaleza se nos dibuja el predominio del terror, la vida de los niños precarizada por los violentos.

Jóvenes estudiantes toman la palabra. Lecturas que los conmueven.

Hay en el cuento varias escenas muy duras, la pareja amarrada que espera, el silencio de los pobladores, que, además lo imponen a los visitantes, los cuerpos todavía sangrantes, la gente corriendo con dolor, rabia e impotencia. Sin embargo, si el foco de lectura de este cuento es la mirada sobre los niños, el lector se sobrecoge con los capítulos 4, 5 y 6, veamos un fragmento del capítulo 4.

Trajimos nuestros libros de cuentos para leerlos en voz alta, pero las circunstancias no lo permiten y tenemos que leer como si nosotros fuésemos los delincuentes que tuviéramos que actuar a escondidas. Cuando los niños ríen, gracias a las aventuras que susurramos, ahogan la alegría con la mano sobre la boca. Al cabo de una enmarañada y deliciosa trama, tomamos un refrigerio. Mastican con parsimonia y beben la limonada sin hablar. Luego, como un ritual de sobremesa, patean la pelota en un rincón, sin hacer ruido, con la precisión propia de quien ha aprendido a hacerle quites al peligro. (p. 14-16)

¿Acaso se nos muestra aquí una inversión de las cosas, de lo que nos dice la lógica? La lectura de historias debe llevar a los niños a mundos peligrosos, pero, con la certeza de que nada va a pasar, vamos a la historia, experimentamos el miedo y volvemos al lugar seguro de la cotidianidad. Aquí no. Los niños con la lectura hacen una pausa al horror cotidiano, al silencio obligado. La literatura los lleva a otros mundos, pero tienen que ir de modo furtivo, caminando agachados “hasta un sótano oloroso a humedad” (p. 13).

Pero los niños en los cuentos no están solos, hay adultos. En los niños de Aquitania, los niños parecen estar solos en ese mundo. Los adultos son los violentos, de los que se sabe en el cuento por sus acciones, no se les ve el rostro; los pobladores que aparecen todos, rabiosos, impotentes a encontrarse con sus muertos. Y están los adultos de la comisión, los que les llevan los libros, la lectura y la escritura, los que los pueden ver e invitar un rato a vivir la infancia, a vivir como los niños que son, aunque esto tenga que darse como un acto furtivo. Pero estos adultos se van, son visitantes que no resisten ese terror con el que los niños parecen haber aprendido a convivir.

Es una buena pregunta aquella de qué sucede con el mundo de la infancia cuando los adultos están presos de contextos amenazados, cuando la atmósfera violenta deja reinar especialmente al miedo. Tal vez, los niños solo pueden intentar crecer en silencio. Con el único heroísmo de intentar sobrevivir allí.

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(*) María Orfaley Ortiz Medina, psicóloga, Magister en psicología de la Universidad de Antioquia. Especialista en estudios sobre juventud. Ha publicado Nucamono quiere saber (2008), Lucy (2009), Almas de madera (2010), El Misterioso Libro de papá (2011), De sapos y trampas (2012) y Ese día no salió el sol (2005) Ha publicado también distintos artículos de psicología aplicada en el área educativa y social, así como artículos sobre literatura.

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa
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Los niños de Aquitania

Ángel Galeano Higua

 

UNO

Patean la pelota en las ruinas del atrio, mientras que en la parte de atrás de lo que queda del templo, un hombre y una mujer, con las manos amarradas, esperan.

Al tiempo que los chicos tejen el sueño de un gol, un hombre de camuflado cubre los ojos de la pareja con un trapo. Antes de que el mundo desaparezca de su vista, ambos aferran su mirada a la montaña que vinieron a conocer y no alcanzaron. Saben, pero no quieren creerlo, que entre ese paisaje y sus sueños tres hombres en posición alistan sus armas.

De repente, la pelota rueda sin que ningún niño intervenga. Están paralizados. La descarga los ha sorprendido. Las primeras en reaccionar son las niñas, que huyen asustadas. Despavoridos, las siguen los chicos. La pelota se detiene solitaria entre los guijarros.

DOS

El camino de llegada fue un largo reguero de advertencias. Amanecía. Ningún conductor quería llevarnos monteadentro. Cuando les indicábamos el destino se echaban atrás. Por allá no vamos, decían. Pagamos por anticipado, tres veces más del costo, a uno que llamaban “El temerario”, nombre que había hecho plasmar con letras azules en la parte superior del parabrisas.

Hablaba poco y conducía con rudeza. Llevaba sombrero aguadeño y poncho al cuello. Del espejo retrovisor colgaba una miniatura de carriel. Eran 43 kilómetros de viaje por una carretera destapada, empinada y angosta. En el puesto de adelante se sentaron Mirta y Fabiola, las dos compañeras con quienes yo iba. Al cabo de unos quince minutos, en un recodo, dos campesinos le hicieron señas al conductor que se detuvo para que subieran. Se saludaron como viejos conocidos, pero luego guardaron silencio. No habíamos avanzado mucho cuando apareció, a la vera del camino, un automóvil chamuscado, humeante aún. Mirta preguntó qué había pasado, pero nadie respondió. Cuando intentó tomar una fotografía, el conductor le recomendó no hacerlo. ¿Por qué?, insistió ella. Lo mejor es que tampoco pregunte nada, le dijo.

De ahí en adelante el silencio fue la norma. La mañana estaba fresca y sin indicios de sol. Pasamos frente a una casa con el techo aplastado, sus puertas carbonizadas y agujereados sus muros, ahumados, blasfemados también con siglas pintadas de rojo. La miramos sin chistar palabra. El motor del carro tosía esforzándose en una pronunciada subida. A poco, en una breve explanada, varias personas hicieron detener el carro para que las llevaran. ¿Hasta dónde van? Hasta la casa de los Domínguez… Suban. Y el interior del carro se oscureció con tantos pasajeros, los que no cabían treparon en la capota y otros se agarraron de donde pudieron. Todo lo hicieron sin hablar.

 

TRES

En un sótano oloroso a humedad, oigo el silencio de los niños que me miran. Esperan algo de mí. Leo en sus ojos muchas preguntas, pero primero tendremos que permanecer quietos y callados, esperando. Sí, esperando sin querer oír, con la respiración queda, aguardando a que llegue el dolor que viene arrastrándose desde atrás del muro, espalda de todos los martirios. También llegamos aquí furtivos, guiados por los niños, mis compañeras de la comisión y yo. Sígannos, nos dijeron, llevándose el índice a los labios cuando descendimos del jeep. Y con señas: ¡Por aquí, pronto, agachados!

No hablamos pero estamos sintonizados, como peregrinos del mismo camino. Ellos nos observaron ocultos en sus pequeñas trincheras. Sabían que vendríamos y nos esperaron parapetados y en silencio.

 

CUATRO

Desde la claraboya, un pequeño vigía observa lo que sucede afuera, en la plaza, ese rectángulo sin hierba colindante con el atrio. Puede ver las puertas de la iglesia, inservibles desde hace varios años, que se desgonzan desteñidas y desvencijadas.

Trajimos nuestros libros de cuentos para leerlos en voz alta, pero las circunstancias no lo permiten y tenemos que leer como si nosotros fuésemos los delincuentes que tuviéramos que actuar a escondidas. Cuando los niños ríen, gracias a las aventuras que susurramos, ahogan la alegría con la mano sobre la boca. Al cabo de una enmarañada y deliciosa trama, tomamos un refrigerio. Mastican con parsimonia y beben la limonada sin hablar. Luego, como un ritual de sobremesa, patean la pelota en un rincón, sin hacer ruido, con la precisión propia de quien ha aprendido a hacerle quites al peligro.

 

CINCO

Los pequeños centinelas se relevan. Termina la pausa. Entre todos recogemos los platos y vasos de cartón, las servilletas y los cubiertos de plástico en una bolsa para llevarla con nosotros. Volvemos al ruedo sentados en el piso. Ahora vienen los ejercicios de escritura. A cada uno le corresponde un cuaderno, un lápiz y un sacapuntas. Escriban lo que quieran, les decimos. Nos miran pero no nos ven, lo que sus ojos persiguen es algo para contar. ¿Aunque no sea verdad?, pregunta una chica. Sí, no importa, déjense llevar por la imaginación, ya se verá qué es verdad. ¿Podemos acompañarlo con dibujos? ¡Claro que sí! Unos se tienden en el piso donde apoyan el cuaderno, otros se recargan en los muros, y poco a poco el sótano se llena de silencio, de ausencias, de viajeros, de historias que los niños atrapan y acarician.

 

SEIS

¡Casa de los Domínguez!, gritó el conductor y el jeep se detuvo. Descendieron todos los campesinos y se dirigieron allí. Se veían más personas dentro y en el corredor. Si quieren pueden bajar y estirar las piernas, nos dijo el conductor. Sí, vamos a tomar tintico, exclamó Fabiola, entusiasmada al ver tantas personas reunidas tan temprano. Yo necesito entrar al baño, agregó Mirta.

Intenté conversar un momento con el conductor, pero se mostró huidizo. Permaneció afuera, fumando. Cada paso que dábamos hacia la casa nos acercaba a un ambiente extraño y silencioso. Fabiola insistía en tomar tinto y, aspaventosa, entró en la vivienda frotándose las manos por el frío. De repente, se detuvo en seco. Por encima de su hombro atisbé, buscando la causa de su frenazo. En el centro del salón, sobre el amplio mesón del comedor, tres cuerpos yacían boca arriba, las ropas ensangrentadas, las manos destrozadas… Alrededor, pegada la espalda a las cuatro paredes, hombres y mujeres permanecían en guardia, quietos, balbuciendo un dolor profundo, sin lágrimas ni dramatismos, como debió ser el duelo en los inicios de la humanidad. El deseo del tinto y la necesidad de ir al baño se convirtieron en náuseas, en vértigo, en aturdimiento. Mirta y Fabiola salieron, trastabillando, a vomitar en un costado de la casa. Yo quedé clavado allí, en el umbral del salón, atrapado en otra dimensión.

 

SIETE

Dicen que no podemos quedarnos a dormir. Que debemos marcharnos a hurtadillas, tal como llegamos. Mirta y Fabiola quieren salir de inmediato. Ni siquiera almorzaron por el impacto que les causó esta comisión. Los niños nos conducirán hasta el carro en el momento oportuno. Mientras tanto tomamos fotografías del grupo. Para nuestro solaz sonríen y hacen bromas. Nos piden que nos hagamos con ellos para una foto. Mirta busca dónde ubicar la cámara, acciona el temporizador y se apresura para quedar incluida en el recuerdo.

El jeep ha permanecido estacionado frente a la fonda arriera y el conductor nos espera jugando dominó con otros parroquianos, fumando y tomando tinto. Le prometimos un pago extra por esa espera. En la misma mesa del juego le sirven el almuerzo.

 

OCHO

Han dejado de patear la pelota. Largo rato permanecen inmóviles, fija la mirada en el horizonte colmado de montañas por donde saben que corre un gran río. La pelota, desgastada y con un par de remiendos, ha quedado abandonada.

Deambulan silenciosos y cabizbajos. El eco de la descarga se aleja por la cordillera, pero ellos lo seguirán oyendo por siempre. Una mujer corre desesperada, con los brazos extendidos hacia adelante, grita un nombre, se dirige hacia el muro maldito donde una explosión de sangre fresca ha salpicado aún más el infame sudario. La siguen varios hombres y mujeres, tienen la mirada furiosa e impotente, murmullan lamentos. También se suman los niños, como limaduras de hierro atraídas por un poderoso imán. Corren en delirante romería, quieren llegar a tiempo para ver cómo se esfuma la vida.

 

NUEVE

Ahora sólo vamos nosotros en el jeep que avanza despacio porque vienen más personas por el camino, serias, adustas. Cumplen una terrible cita que les roba algo de muy adentro. Siento una vergüenza nueva, como si al emprender el viaje de regreso estuviese traicionándolos. Me corroe la idea de que debiera quedarme compartiendo su dolor, entregándoles mi consuelo, o trayéndolos conmigo, convencerlos de que abandonen ese infierno. Mientras me agobian estos pensamientos, el jeep rueda a trompicones por la carretera.

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Ángel Galeano Higua ha publicado Crónicas y Reportajes: Rumor de río, Navegantes de la utopía, Perfil de Mujer. Algunos de sus Cuentos: En la boca del cura, Palabras al viento. Novela: El río fue testigo. Ensayos: Las siete muertes del lector, Débora Arango, El Arte venganza sublime, Retrato biográfico del científico Raúl Cuero.

La visita de la poetisa Mara Agudelo tomó por sorpresa a los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. Ella buscaba el libro “Los niños de Aquitania” y allí lo encontró, en la Sala Abierta de la Biblioteca Pública Piloto, donde se reúne el Grupo en su sesión de los martes.

Con muestras de cariño, el Grupo escuchó a la poetisa que hizo gala de una memoria prodigiosa. Aparecen de pie, izquierda a derecha: Nelly Arcila, Nubia Amparo Mesa, Marisol Gómez, María Eugenia Velásquez, Angela María Salazar, Leandro Vásquez, Hermes Pineda y Nidya Bedoya. Sentados: Álvaro Jiménez Guzmán, Mara Agudelo y Andrés Osuna (Fotografía de Ángel Galeano Higua)

 

Como una rama

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa
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Como una rama

Ángel Galeano Higua

 

UNO

Alistó la soga sin que sus padres lo notaran. La ocultó entre las ramas de la buganvilia florecida, de donde la tomaría cuando todos durmieran, incluido Nabuconodosor, que pasaba tirado junto a la puerta y de allí no se movía hasta el amanecer. Ni siquiera ladraba, era su formidable contextura lo que atemorizaba. A quien más obedecía era a ella: ¡Acuéstate!, y Nabuco se acostaba, quietecito. ¡Levántate!, y de un brinco se ponía de pie y paraba la cola y las orejas dispuesto a la acción. Pero aquella noche la niña no lo quería de pie.
Sin pensar en nada esperó, haciéndose la dormida, metida entre las cobijas con la chaqueta puesta y las botas listas debajo de la cama. Sus padres se acostaron después del noticiero y todo quedó en silencio. Aguardó unos minutos y salió a hurtadillas, cuidándose de no tropezar con nada.

DOS

De un tiempo para acá el sordo rugido de los carros opaca el canto de los pájaros. El desayuno está listo, pero ella no acude. Quizás no escuchó el llamado. El padre echa un vistazo: perezosa, dormilona, vamos, es hora de desayunar e ir al colegio, no es momento de jugar. Pero la cama está vacía. La madre lo corrobora. A gritos la llaman. Cunden los temores. Miran aquí y allí, no está. El mundo se les viene encima. Gritan su nombre mientras recorren la casa, salen a la calle y ven, además de Nabuco tirado junto a la puerta, a la cuadrilla de hombres que por estos días realizan trabajos en el parque.
Llaman a la policía. Nuestra hija ha desaparecido. Tocan en las casas, nadie la ha visto. Los vecinos corren asustados a comprobar que sus hijos sí están. Ella es la única que falta.

TRES

Un carro con cabina especial para que los obreros arreglen los postes y el alumbrado, llega con su ruido y su humo, y se planta al pie del laurel más grande. No vienen a arreglar ningún poste, ningún cable, lo que traen es motosierras. Esto es pan comido, dicen. Lo anunciaron días atrás en el periódico. Hoy talarán ese y todos los árboles del parque. Tal es la orden impartida. Necesitan el terreno para construir un edificio. La empresa constructora les dijo a los vecinos que ese era el progreso, la ciudad crece, serán afortunados, tendrán un centro comercial ahí mismo, en su barrio.

CUATRO

Amparada en las sombras de la noche, la niña trepó al árbol. Su árbol. Donde planeaba construir una casita de muñecas con su amiga de la casa de enseguida, como habían visto en un libro de historietas. Soñaban con esa casita hecha de tablas y la noticia de que derribarían el laurel las asustó hasta el llanto. Hagámosla esta noche, propuso ella. La amiguita no se decidió. Está bien, la haré yo. El problema era que ya no alcanzaba a conseguir las tablas ni con qué amarrarlas. Entonces cambió de estrategia: no permitiré que tumben el árbol. Si el árbol cae, caeremos con él… Avísales a los demás.
Se acomodó en la horqueta formada por dos gruesas ramas y se amarró a ellas con la soga. Primero los pies y luego la cintura, después echó un nudo que aprendió en una excursión del colegio, pero más complicado, que ni ella misma podrá deshacer.
Allí pasó la noche sintiéndose árbol. Nabuco no quitó la mirada ni un instante de la horqueta.

CINCO

¿Cómo está vestida?… ¿A qué hora la vieron por última vez?… ¿Notaron algo raro en ella?… No han digerido todavía una pregunta cuando les cae otra y otra más. ¿Algo raro, dice usted, señor inspector?… Déjenos pensar, tenemos la cabeza a punto de estallar… No, nada raro… Tenía su pijama de florecitas que tanto le gusta… Veíamos el noticiero cuando nos dio el besito de las buenas noches… Ayúdenos, por lo que más quiera… No sabemos cómo ha podido desaparecer. ¡No puede ser! Ni un rastro de nada… En cambio de preguntarnos tantas cosas, ¿por qué no la buscan?
¿Y si se fue para donde un familiar? ¿Qué dice?… Piénsenlo, un tío, los abuelos… Imposible, viven al otro extremo de la ciudad, ella no sabe llegar allá… Tengamos en cuenta que los niños de hoy son muy despiertos…

SEIS

El jefe mira su reloj y da la orden. Dos obreros con su casco amarillo y guantes de cuero suben a la cabina como quien aborda una cápsula viajera. Llevan cuerdas especiales y una motosierra que la niña, desde arriba, identifica como un arma. Han acordonado alrededor del árbol. Todo va de acuerdo al manual de instrucciones.
De repente: ¡Levántate! Suena como una diana. Nabuco se pone de pie de un brinco y corre hacia el árbol. ¿Qué pasa?, pregunta el jefe de la cuadrilla…
¿De quién es ese perro? ¡Deténganlo!.
¡Es mío!, grita la niña. ¡Y si me tocan a mí o al árbol, él nos defenderá!
Desde la cabina los obreros la descubren. No saben qué hacer. Es una niña, parece una rama, dice uno de ellos por el radioteléfono. ¿Parece una rama?, explíquese… Sí, quiero decir que está amarrada al árbol.
Corren los padres de la niña, el inspector, los policías, asoman los vecinos, confundidos todos. Nabuco ladra por primera vez.

SIETE

Se hallan tan sorprendidos intentando comprender cómo puede estar la niña amarrada allí, en lo alto del árbol, que no se dan cuenta cuando muchos niños salen de sus casas sigilosos, algunos con su mascota, y se dirigen a toda prisa, cada uno a un árbol ya sabido, llevando una cuerda en sus manos, dispuestos a amarrarse también como si fuesen una rama.

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Este ejercicio hace parte del libro titulado Los niños de Aquitania, de la Colección El Aprendiz de Brujo, publicado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

Puede leer el cuento completo Los niños de Aquitania en: https://angelgaleanoh.wordpress.com/2019/03/24/los-ninos-de-aquitania-2/ 

El único libro

María de Jesús Hernández Jiménez (Barranquilla), autora de “El único libro”.

El único libro

María de Jesús Hernández Jiménez

Cuento

Desde el taxi que la condujo del aeropuerto a la casa, repasó las calles y las viviendas campestres de antaño, donde el tiempo decidió reposar allí, muchos años, cansado del eterno trasegar. El panorama produjo en Sofía la confortable sensación del regreso. Volver a la tierra amada, a la vieja casona afianzada a la fortaleza de su mano, aumento la prisa por abordar el transporte hacia el lugar resguardado de sus recuerdos.
Los años borraron las huellas de la presencia materna en la mansión y el vuelo de un tiquete sin regreso la alejó para siempre de la niña cuando la infanta se acercaba a la pubertad. Las cartas del abuelo engrosaban el correo mensual traído a la casa de estudios, la última misiva olía a un receso temporal en la escritura, causado por los quebrantos de salud del anciano, ahora ella será la que infundirá ánimos, en el intento por conseguir el rápido restablecimiento del mal que llegó sin avisarle.

Primer libro de cuentos escrito por María de Jesús Hernández Jiménez, impreso en los talleres de la Fundación Negro Sobre Blanco Grupo Editorial.

Vestida con toga y birrete, Sofía recibió el doctorado en Literatura Moderna, becada por la universidad extranjera. Después aligeró los trámites consulares requeridos para validar los títulos logrados y acortar la espera para viajar. El día anhelado llegó convirtiendo su corazón en el galope de un caballo desbocado. Al respirar el aire nuevo al bajar del avión, la atmósfera calentana y el olor a tierra mojada apaciguaron un poco el inmenso desespero por llegar al hogar.
El rin-rin familiar del aparato instalado muchos años atrás le confirmó el feliz regreso a casa. Entre abrazos y besos con la nana, pudo escuchar la voz del abuelo procedente de la biblioteca, caminó con prisa hacia la puerta grande pues quería canjear la ausencia prolongada por los mimos y abrazos protectores del abuelo. Lo imaginó sentado en la poltrona escondida entre los estantes llenos de libros, como solía hacerlo desde que ella era niña. Sabía que lo encontraría en ese lugar favorito de ambos. Años atrás supo, por su madre, que a los pocos días de nacer el abuelo la tomó entre sus brazos emprendiendo el camino directo hasta la biblioteca, puso a la bebé en contacto con los libros, cuidados con esmero y con el orden ideado por él, y años después le enseñó las letras. Este fue el comienzo de la rutina diaria por más de dieciocho años.
Durante ese lapso, Sofía amó la lectura, pasión que fue decisiva al optar por especializarse en las letras modernas, después de obtener el grado preuniversitario.
El ingresar a la biblioteca quiso contarle al viejo bonachón acerca de los conocimientos adquiridos, sobre el valioso aporte de la literatura de los escritores modernos, deseos que se nublaron al tropezar la mirada con el sillón favorito del abuelo y encontrarlo vacío.

Angustiada, sacudió los libros del estante, los abrió uno por uno para despojarlos de los come papeles que pululaban entre sus páginas carcomidas, deterioradas. Algunos caían al suelo, otros se descuadernaban.
Perpleja ante el desarme, pasó la mirada sobre la alfombra de escritos. Mientras se agachaba, alcanzó a leer fragmentos de frases superpuestas en las hojas moribundas.
Una cosa es… está vendida… Al despertar Gregorio Samsa… gritó al entrar… ¡pobre hijo m… Trágico 1922… aquel joven, sentado en su vieja buhar… mann Hesse… El principito dijo… Caperucita , Barba Azul, pequeños liliputienses… azos se metieron por los balcones… que manejaban los músic…
Los estantes de madera roída de la biblioteca del abuelo, eran una apología al caos, las hojas rotas, desprendidas. Las portadas resquebrajadas formaban un rompecabezas de letras, imposible de volver a armar. Como si los clásicos se hubieran cansado y pidieran jubilación, después de haber sido repasados por las manos del anciano desde su adolescencia. O si el tiempo les hubiera debilitado las fuerzas con que se unían a los lomos empastados, o como si se amotinaran para protestar por la próxima llegada del boom de la nueva literatura, los best sellers. Tal vez protestaban por la ausencia del fiel lector, después de transcurridos seis meses desde la última vez que lo vieron salir con su caminar lento y traspasar la puerta de la biblioteca para no volver jamás. A lo mejor no quisieran ser desgastado otra vez por manos desconocidas y carentes de la sabiduría de los descendientes que ahora ocuparían la casa. Como si se suicidaran al comprender la ausencia del gran amigo.
Al atardecer tuvo miedo de entrar al salón lleno de armarios, anexos a la poltrona, herencia de los ancestros y no encontrar la figura del viejo acomodado en el sillón leyendo un clásico por enésima vez. Después se arriesgó a tantear el salón en penumbras, donde una débil luz plateada bañaba el arrume de cartones y papeles a la entrada de la biblioteca. Era el último recuerdo tangible del abuelo, era su vida entera mezclada en ese ripio de hojas, su espíritu que se despedía para siempre junto a sus recuerdos.
Perdida en divagaciones, mirando sin mirar, la débil luz lunar se desplazó un poco para mostrar el único libro que permanecía ileso a pesar de la hecatombe de letras. Aparecía como una tabla de salvación en el mar de gotas que ya comenzaba a anegarla. Estaba intacto, ni el tiempo ni el descuido pudieron dañarlo. Abrió sus páginas y el mar se desbordó, las palabras aparecían incoherentes, las frases sin sentido, como desordenadas al azar.
El reto era descomunal, pero el abuelo se lo merecía. Copió palabra por palabra en pedazos de papel y comenzó a armar el rompecabezas. Era un libro de escasas páginas, lo que le facilitó el trabajo. Puso la última palabra sobre la mesa cuando el día comenzaba a despertar, miró su firma, leyó con cuidado el contenido y se sorprendió. Era su testamento, le heredaba la totalidad de los libros. El mar volvió a asomar. Al conocer la herencia de la biblioteca vacía, volteó la cabeza con tristeza hacia los estantes, pero, de pronto, como por un soplo mágico aparecieron llenos de los valiosos libros del abuelo, incluyendo el testamento.

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Este cuento quedó finalista en el Primer Premio Internacional Gabriel García Márquez en 2016.

Doris Aguirre (izq) conversando con la autora de “Algo tiembla por dentro”, Nubia A. Mesa. (foto archivo)

“La delicada irrupción de la catástrofe”

Doris Elena Aguirre Grisales

Algo tiembla por dentro, de Nubia Amparo Mesa, es una novela en la que se asiste a los descubrimientos en la vida de una mujer: descubrimientos del miedo, del dolor, del amor, del placer, de la decepción, de la pérdida y del encuentro de sí.
En Algo tiembla por dentro la narración nos lleva por los senderos lineales del relato literario (pero por los vericuetos insondables de la vida) a las distintas etapas de la vida de Paloma, la protagonista, a esas estancias y momentos cruciales de la existencia que determinan su transformación.
Aparentemente, sólo en apariencia, creemos encontrarnos en medio de un leve y calmo paisaje interior, pero en ese horizonte aparecen los nubarrones, la desazón, las conmociones que moldean la vida y modifican los caracteres.
Quizás los méritos más notorios de esta novela sean la cuidadosa construcción de los personajes, perceptibles e identificables en su diferencia, aun desde la impersonal narración en tercera persona; la morosa descripción de objetos, lugares, costumbres, momentos, como si de estampas y aguafuertes se tratara, y el suspenso y la tensión, anunciados, y hábilmente sostenidos, hasta el final.

Los Aprendices de Brujo, acompañando a la autora. (foto archivo)

No menor, y particularmente bien manejado, es un elemento ya empleado por Nubia Amparo en Las voces que trae la brisa, su libro de cuentos: la delicada irrupción de la catástrofe que, aun así, sin aspavientos, modifica el paisaje de los personajes y los entrega, otros, pero más vivos que nunca, al final.
Algo tiembla por dentro cuenta, en últimas, la historia de amor (y, por ende, e desamor) de la protagonista, el desovillar de sus ilusiones y el enigmático sentido de las pérdidas.
Es también una verdad, en últimas, que en esta novela se concreta una voz narradora, se identifican un tono y un ámbito literario conquistados, los de Nubia Amparo Mesa. Los lectores quedamos a la espera.

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Texto de presentación de la novela leído por Doris Elena Aguirre Grisales, Periodista, Editora y Docente de la Universidad de Antioquia.