Disquisiciones en torno al libro “Abro la noche”
Por Antonio Botero Palacio
Abrir las puertas de la noche no es fácil. Alumbran su misterio y su insondable soledad luceros tránsfugas que desnudan la intimidad de los soñadores. Se prenden a su inasible transparencia, atadas con lianas inconsútiles, escaleras de sueños, donde la luna cómplice pinta la palidez de los muertos que viajan por los caminos de lo incierto o arrojan al infinito las gélidas cenizas que van a finiquitar “en la boca del olvido”.
Abrir las puertas de la noche es llenar el horizonte de espejos multiformes.
David Marín Hincapié, que es apenas un niño travieso de la poesía, invoca una temática que adjetivan el frío y la nostalgia y alimentan “los delicados pájaros del delirio”. El sueño acurrucado en “el vientre de la noche”; “la lengua de la noche mostrando la puerta del olvido”; el mar, que “es el grito que arroja la desnudez del agua” y, la noche donde “los pezones surgen como una elongación divina de lo oscuro”.
Así discurre iluminada de magia la poesía de este joven poeta que: “Puestas las manos sobre la piel de las palabras”; en su viaje nocturnal “se hunde en la noche que es de pelusa tibia”, para regresar con un cansancio prematuro, “Quizá después de haber recorrido mis silencios, mis desfiladeros, mis indescifrables caídas, mi noche ebria”.
No entiendo hasta donde el alma del escritor que apenas inicia la jubilosa carrera trasteando infinitos y saboreando las primicias de la metáfora, –no entiendo– esa desatada propensión a gravitar en los peligrosos mundos de un saudade, más natural para viejos y son incomprensibles sus palabras: “Cuando el ave traza el canto puedes escuchar la sinfonía de no creer en la esperanza”.
Su altiva juventud es la borrosa imagen de un potro salvaje que se detiene al precipicio que le ofrecen las reconditeces de lo abstracto, y, es precisamente en ese momento cuando le asaltan: “El gesto inocente de la mariposa que muere”, “el temblor del niño”, “una mano que se aferra a la otra”, para exclamar en su demencia: “He llegado a la muerte, lo sé”.
Como figuras fantasmales, trascienden en su obra los signos de la oscuridad, y lo grita desvergonzadamente desde la cúpula de sus veinte años: “Soy un fantasma de la palabra, me digo. Debo decir adiós a las visiones de la vida, del nombre, del poema, definitivamente”.
Este poeta, símbolo de una juventud, lanza en ristre, está plantado en el escenario de sus sueños enfermos y es, sin duda, el actor principal de una tragicomedia escrita con pinceladas de sangre, pero, que, en su grito dolorido, definitivamente tiene el encanto de una voz en tono mayor donde desembocan apretujados todos los gritos de un porvenir maravilloso.
Este retazo de juventud con todas las banderas, de la locura, de la esperanza, de la fantasía y de los sueños echadas al viento llegará, indudablemente muy lejos si encuentra los caminos del amor y de la constancia. Creo en su palabra: “No son los libros lo único dispuesto para leer. Se pueden leer las estrellas, las nubes, las manchas de las lagartijas… y saber lo que dice el agua inmóvil, es entender que lo bello en el mundo se reduce al silencio”.
antonioboteropalacio@hotmail.com
Notas: Abro la noche, de David Marín Hincapié, Edit. Fundación Arte & Ciencia, 2011. Beca de Poesía Joven Alcaldía de Medellín.
Tomado de El Pequeño Periódico No. 95, Dic. 2010


Excelente artículo en torno a un libro también excelente. Felicitaciones.