Perfil de Mujer
Por Ángel Galeano H.
El día que invitaron a Lucía Donadío a editar un libro sobre el barrio Buenos Aires de Medellín, no imaginó que terminaría creando su propia empresa editorial, Sílaba, con todo lo que semejante decisión implica de retos y dificultades, alegrías y sinsabores.
Su iniciativa viene a sumarse a la de un puñado de pequeñas editoriales que en la capital antioqueña desarrollan, desde hace muchos años y en condiciones muy desfavorables, un intenso trabajo de alta calidad para dar vida a la obra de escritores, pensadores, investigadores, intelectuales y artistas que no tienen entrada en las grandes editoriales.
Medellín ostenta un historial dilatado en la industria editorial. Un historial que a veces nos ubica en el liderazgo de la piratería nacional e internacional, parecida a la de la música o los billetes y hasta de la coca-cola. El ingenio desborda. Pero lo que nos interesa resaltar es la labor planificada, dispendiosa, exigente, minuciosa, inteligente y abnegada de los editores literarios, como Lucía Donadío.
En la historia de nuestra ciudad el trabajo de editar lo hacía el impresor, el tipógrafo, que también era lector y corregía la ortografía y, a pedido del cliente, también diagramaba y ponía títulos. En el ensayo “Las élites de la ciudad de Medellín”, Juan Camilo Escobar Villegas afirma que Isidoro Isaza sirvió de impresor a los intelectuales locales a finales del siglo XIX, época durante la cual se formó una élite que controló la producción de riqueza, dirigió el aparato político, estableció una red de alianzas matrimoniales y se encargó de “la difusión de las ideas dominantes gracias a la organización de homenajes, tertulias e instituciones educativas, periodísticas y culturales como colegios, universidades, academias, bibliotecas, imprentas y librerías”. Es esa élite la que finalmente inventa la idea de “la raza antioqueña”, con la “única religión verdadera”, la marginación total de la mujer de la vida pública, siguiendo el libreto de lo que se conoció como “proyecto civilizador”.
Como se puede observar el trabajo del impresor era fundamental para la divulgación de estas ideas de la élites que se consideraban a sí mismas predestinadas para regir los destinos de Antioquia y del país. Lo que antes mandaban imprimir en París, lo hacían ahora en Bogotá o Medellín. Sin embargo, “Uno de los folletos más antiguos impresos en Antioquia fue obra de Viller Calderón; data de 1814 y se titula Fundamentos de la Independencia de América”.
En la segunda mitad del siglo XX Medellín vive otra dinámica. Las ferias del libro estimulan la importación de libros, especialmente de España, país que tenía una Ley del Libro que favorecía a sus casas editoriales.
Para entonces la figura del editor apenas se iniciaba. Alberto Aguirre apoyaba la edición de una de las primeras novelas de García Márquez. Se producían folletos y cuadernillos. La Editorial Bedout estaba presente en todo el país con sus textos escolares. Poco a poco, en Medellín se fue fortaleciendo la industria editorial, lo que beneficiaría la presencia del editor.
Un sueño lleno de dificultades
Este breve y atrevido viaje a vuelo de pájaro, sirve de telón de fondo para comprender mejor la iniciativa de Lucía Donadío y el trabajo que desarrollan hoy los editores en Medellín, rodeados de dificultades de todo tipo, financieras, organizativas, culturales, de mercadeo, falta de apoyo de las entidades públicas, competencia desleal de las grandes editoriales extranjeras (españolas) que cuentan con políticos y funcionarios que ordenan a las bibliotecas que compren sus libros, en desmedro de la industria editorial local.
El sueño de todo editor es descubrir un nuevo autor que cuente nuevas historias o proponga nuevos universos. De ahí que editar implique una profunda tarea de lectura y escritura, de conocimientos del lenguaje y de los temas que revolucionan las formas de narrar.
Y en este sentido Lucía Donadío es digno ejemplo. Ella empezó a labrarse su camino en Hombre Nuevo, una editorial de Medellín. Cuando aceptó le dijo al propietario de esa editorial: “si usted me recibe yo aprendo”. Pero no se crea que es posible editar sin ser lector profundo. Cuando Lucía ingresó a Hombre Nuevo ya llevaba varios años evaluando libros y, sobre todo, leyendo literatura y poesía, escribiendo y participando en tertulias y talleres literarios como el de Mario Escobar Velásquez.
“Empecé sin saber nada”, dice Lucía, pero contó con el apoyo de Ernesto López, otro encariñado de los libros y dueño de Lealón, en quien, dicho sea de paso, se plasma el histórico tránsito de impresor a editor.
“Yo he amado los libros toda mi vida”, confiesa Lucía. Su abuelo fue un escribano en Italia. Su padre, Fausto Donadío, vino a Colombia a la edad de 16 años a comerciar con ropa y tenía un cuaderno de viajes en los que dejaba testimonio escrito de sus viajes entre Italia y Cúcuta, en donde se estableció. Lucía conserva una carta que Fausto le envió a sus abuelos cuando llegó a Barranquilla. “Tenía una idea de América con rascacielos y dólares, pero se encontró con techos de paja”, dice ella.
En ese tiempo pesaban las cartas en Italia y para poder comunicar más cosas por menor costo, debían escribir en papel delgado, con letra muy pequeña y sin márgenes. En 1960 los padres de Lucía decidieron trasladarse con sus ocho hijos, a Medellín.
A su labor de editora, Lucía agrega el de escritora. Se le facilita, según afirma. “Me fluye la escritura a veces en forma torrentosa”. Existe una flor que ella ha visto en los antejardines de El Poblado, el estremadelio, y un día no pudo soportar el impulso de un poema centrado en esa flor. Así surgió el libro Sol de estremadelio. Escribió sobre la vocales y le gustó tanto el ejercicio que dijo: “Si ya hice la vocales, ¿por qué no las consonantes?” (…) “Me despertaba con las palabras y me levantaba a escribirlas”. Así, de pronto, tuvo un libro que era un compuesto de historias que tituló Alfabeto de infancia, el primer libro suyo publicado bajo el sello de su propia editorial
En realidad Lucía empezó escribiendo una novela, pero después de un tiempo sintió que la poesía le fluía más: “Se me vienen las palabras cuando voy en el metro o conduciendo, no puedo evitarlo”.
¿Tienes una hora especial para escribir? “La noche y los amaneceres tienen una magia especial, ciertos sonidos sólo se producen en esas horas”.
Labrarse su propio camino
Un editor se mide por su catálogo. Durante años y años (hay quienes han invertido toda su vida en ello) un editor construye su catálogo. Es su carta de presentación. En él se plasma su tesón, su talento, su olfato. Haciendo gala de una poderosa devoción y capacidad de resistencia, eso es lo que hacen los editores literarios de Medellín y Colombia.
Lucía, la editora, cree en las colecciones “porque un libro llama a otro”. En Hombre Nuevo ella inició la colección “Cántaros de luz” y ahora, con Sílaba, ha iniciado colecciones como Trazos y sílabas (novela), Mil y una sílabas (Cuento y Relato), Sílabas de tinta (Biografías).
En Hombre Nuevo fue la editora de Toda esa gente, y de Músicas de agua, ambos de Mario Escobar Velásquez. De La pasión de contar, de Juan José Hoyos. Inició la Colección Mujer – Madremonte, con Claudia I. Giraldo y Paloma Pérez. Trabajó con Luz Mery Giraldo… y muchos otros. Hasta que sintió que debía labrarse su propio camino y decidió retirarse de Hombre Nuevo. Fue muy difícil, porque allí fue donde recibió las primeras lecciones sólidas sobre el trabajo de editar.
Sílaba
La lista de nombres que hizo para llegar a Sílaba fue larga. La presentación en sociedad fue en Otraparte, la vieja casona de Fernando González, a la entrada de Envigado.
A los dos días de fundar a Sílaba, murió Silvia Galvis, escritora y periodista conocida y amiga de Lucía. En un acto de homenaje invitó a varias personas que la conocieron para que escribieran algo sobre ella, y con esos textos editó el libro Silvia, recuerdos y suspiros, presentado en el Gimnasio Moderno de Bogotá por Federico Días Granados.
En el corto tiempo de existencia de Sílaba, Lucía ha editado autores como Luis Fayad y Darío Ruiz. Oreste Donadío y Esther Fleisacher, y el ya mencionado libro sobre el barrio Buenos Aires de Medellín, para la Alcaldía de Medellín.
“Unos libros financian a otros”, sostiene Lucía, quien suma a su experiencia editorial, el proyecto de la Revista de cuentos Odradek, fundada hace 4 años por Elkin Restrepo, Claudia Ivonne Giraldo y ella.
“Se necesita vocación, amor al libro, amor a la lectura, amor a la literatura, a la poesía”, enfatiza Lucía “Leer con ojos que revisan amorosamente”. Ahí está la clave de su actividad, su aliento y a la vez su compañía en el maravilloso oficio de editar en nuestro medio. Porque como dice Lucía: “El libro es amistad y esperanza”.
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Publicado en El Pequeño Periódico No. 92



