¿Sabía usted que Michael Jackson vivió en el barrio Alfonso López de Medellín?
Sí, y fue amigo de mi abuelo. Ángel Cruz se llamaba el viejo. Pequeño, panzón, de tez morena y cabello blanco. Su bigote —eterno— era parecido al de Cantinflas, escaso y del mismo color del cabello. Tendría yo siete u ocho años cuando él llegó a la casa con un LP del entonces rey del pop. ¡Un señor de cincuenta y cuatro años con un disco de Jackson! “Me lo regaló mi amigo Michael cuando estuvo aquí en Colombia”, decía con la misma seguridad con que sostenía el disco en la mano. Mi abuelo, ¿amigo de Michael Jackson? ¡Ja, cosa más loca!
Fue zapatero, hippie, rockero y hasta político; eso sí, aficionado, pues apoyaba cuanto candidato aparecía. Según mi abuela, él hizo política con Héctor Abad Gómez, César Pérez, Iván Restrepo y hasta con el mismísimo Alfonso López Michelsen quien fuera después presidente de la República. De este último fue que se sacó el nombre del barrio que él fundó —en compañía de otras personas— en los años sesenta: barrio Alfonso López, ubicado al noroccidente de Medellín.
Mi nombre es…
Él sabía el nombre de todos en la familia —o bueno, de casi todos—, los pronunciaba con fluidez y seguridad, parecía que su mente fuera inoxidable. Marina, Concha, Luis… Todos, menos el mío. Jamás le escuché decir mi nombre. Nunca, y dudo mucho que lo supiera; y en el caso remoto de que así fuera dudo aún más, por cuestión práctica, que fuera capaz de pronunciarlo. No lo culpo ¿quién pronuncia este nombre que me define si desde el principio se copió mal en la notaría? Aparece, Jhonjanzon Cruz. Inclusive fue difícil pronunciarlo para mis maestras de primaria.
El viejo utilizaba dos palabras simples e insignificantes para llamarme: Hey, pelaíto, tráigame una bolsita de leche; oiga niño, sáqueme una galleta; pelaíto que la masa pa‘ las arepas, niño que el ponquecito. Jamás se dirigió a mí con mi nombre, ni siquiera intentó pronunciarlo.
Me hubiese gustado presentarme, pues parece que nadie le dijo como me llamaba: Mucho gusto, mi nombre es Johansson Cruz, hijo de Carmenza y de Virgilio su hijo, y además tengo algo especial: soy su nieto.
¡Qué historias!
Para mi abuelo, el decir mentiras era una profesión que ejercía con toda la disciplina del caso. Disciplina conveniente, pues lo mantenía con una lucidez impecable. Cada vez que nos sentábamos a ver televisión, en el único televisor de la casa, y aparecía un rockero o un hippie con el cabello largo y desordenado, él empezaba a contar sus historias juveniles y aseguraba haber sido como los “mechudos” que aparecían en la TV. No pagaba el impuesto predial, pues según él cada vez que llegaba a pagarlos le decían “no Ángel, cómo le vamos a recibir la plata, tranquilo, usted es amigo de nosotros no se preocupe”… Inclusive llegué a sospechar que mi abuelo era el mejor amigo de Medellín, pues no le cobraban impuestos, fue el único en la ciudad que en los noventa conoció a Michael Jackson, en persona y además, como para rematar, era amigo de todos los ladrones. Cada vez que le “robaban” el dinero y las joyas llegaba cabizbajo y enmudecido, pero a los ocho días entraba a la casa sonriente y alegre con los anillos y el reloj, pues según él, el ladrón se había enterado quién era Ángel Cruz y lo había buscado para entregárselos. Era mi héroe, la máxima expresión de valentía que había conocido. ¡Qué cuento de superman o de Batman! Para mí, mi abuelo.
Recuerdo las innumerables pastillas que tomaba en el día para el par de enfermedades que sufría, artritis y diabetes. El kilométrico amarillo que siempre se colgaba en el bolsillo de las camisas junto a sus papeles. Su mirada ingenua y tierna. Me acuerdo que lo quise, pues lo sé hoy que me hace falta y lo supe en el momento exacto en que su ataúd empezó a descender a la tumba. Lo lloré tanto.
Murió el viernes trece de agosto de mil novecientos noventa y tres, de un edema pulmonar, a las siete en punto de la noche. Murió en el taxi que lo transportaba hacia el hospital.
Publicado en EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 69, Medellín, Abril de 2005
5 comentarios
Junio 27, 2009 a las 3:45 pm
Divertido el cuento,propio del humor antioqueño. Saludos, Guillermo.
Junio 27, 2009 a las 3:47 pm
Oh, sí. Muy simpático, muchacho.
Junio 29, 2009 a las 11:07 pm
En cambio, yo sí fui amigo personal de Michael Jackson. Recuerdo que tenía yo un año más que él. Por entonces me presentó una canción que se llamaba Ben. De inmediato me di cuenta de que quería cantarle a un amigo, más exactamente a una ratica que tenía de mascota. Casi lloro cuando me presentó esa canción. Cuando eso Michael (que para ese entonces no era Michael, sino Miguel y vivía en el barrio La Toma), tenía una afición especial por las ratas. Yo no entendía muy bien por qué y solo lo vine a entender años después cuando confesó que le gustaban las ratas por ese bigotito que le hacía cosquillas en la cara. Miguel empezó a coger fama y su comportamiento se hizo un poco raro para quienes lo conocíamos. Primero se vio como diez veces la película El Chico, de Chaplin y se declaró su admirador número uno, pero cuando se dio cuenta que Chaplin no dormía con el chico, se decepcionó profundamente y lo hizo a un lado, con una mueca de desagrado y un gesto de frustración. Más tarde él mismo comentó que la canción se llamaba Ben porque quería que su amigo estuviera siempre a su lado; lo corregimos que en ese caso debería escribir Ven, pero no hizo caso, porque siempre quiso ser diferente a todo el mundo, tanto que empezó a dejar de tomar el sol para no dorarse más de lo que estaba. Probó entonces con dioxogen en el pelo, se echó descurtol en los brazos y al parecer, eso le ocasionó lesiones, que más tarde (los médicos no saben a ciencia cierta si esto fue el origen), le empezó a aparecer una especie de vitiligo. Nos sorprendimos cuando exhibía con gran orgullo su piel empezada a descurtir. Dijo que algún día mucha gente lo conocería como Michael el rey del populacho (repito que en ese entonces era Miguel, Miguel Ángel Garzón, para más señas).
Pero su éxito le comenzó a llegar, paradójicamente, cuando su mascotica el ratón, lo mordió y desde ese día, cada vez que detectaba la presencia de algún roedor cerca (cosa que era muy común en su barrio y en su casa), empezaba a emitir griticos agudos, a dar brinquitos y a mover los brazos pidiendo auxilio. Esto lo tomaron su hermana Victoria (de vida disoluta) y su hermano Yeison (quien después se llamaría Yeison el teso y sería el líder de un combo famoso en la ciudad), como la máxima manifestación de un hombre que tendría futuro. Así fue. Michael empezó a frecuentar los lugares en donde no lo discriminaban por sus maneras afectadas, su afición por dormir con niños pobres y su afán por exhibirse con ellos y presentarse como su gran mecenas.
Lo que siguió ya es historia conocida: consiguió plata ofreciendo niños por internet, grabó algunos discos en compañía de algunos amigos suyos que frecuentaban el sector del parque Bolívar, y su consiguiente quiebra por andar pagando daños y demandas que le fueron apareciendo a medida que conseguía más niños.
Y colorín colorete, este cuento se acabó, untado de colorete.
Julio 13, 2009 a las 8:09 pm
Que buena imaginacion, lo que no sabemos es si en su corazon es real.
Julio 13, 2009 a las 10:03 pm
Amigo Ever, fue en su corazón donde se hizo real.