“Que te acoja la muerte con todos tus sueños intactos”: desde esta cornisa poética con que Álvaro Mutis inicia su poema Amén, ejercitamos la antigua necesidad de conversar, ahora que el aletazo de lo inefable nos ha rozado llevándose a uno de los nuestros. Hemos pasado revista y, al de Jorge García Usta, se unen dos nombres que alimentaron nuestras páginas el año pasado: R. H. Moreno Durán y Débora Arango.
La racha se inició el 21 de noviembre cuando “la parca”, en forma de cáncer, se llevó al autor de Como el halcón peregrino. A los trece días volvió por la pintora “maldita”, aprovechándose de sus 98 años. Y luego, veinte días después, vino para llevarse al joven poeta de Ciénaga de Oro, azuzándolo con el vértigo de su torrente sanguíneo en plena Navidad. En un país acostumbrado al delirio de las muertes violentas, es decir propinadas por unos seres humanos contra otros, morir de muerte “natural” pareciera desentonar.
Hemos echado mano del arte, de la literatura, de la poesía, para indagar sobre este enigma ontológico y tratar de acercarnos a ese viaje cósmico del escritor tunjano, de la artista medellinense y del poeta cordobés. Mutis nos alerta sobre la necesidad de mantener nuestros sueños intactos a la hora nona. En Los sueños de Akira Kurosawa hay una aldea que festeja la muerte de los ancianos porque consideran que ese vecino pudo cumplir su ciclo natural; en cambio, lloran cuando muere un niño porque entienden que se ha truncado la posibilidad de esa experiencia humana. Es, como si pudiera decirse, una cultura que bebe de la fuente natural. En El Soliloquio de Hamlet, Shakespeare se refiere a la muerte como “aquel país que todavía está por descubrirse”. Para Borges “La muerte es una vida vivida”. Y Leonardo Da Vinci apunta: “Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte”.
Es lo que esperamos que haya sido para estos tres cultores del alma, ellos, que dedicaron la vida a pulir su talento, que entregaron hasta el último hálito para ser ellos mismos, que es la más universal y jubilosa forma de la solidaridad.
En este peregrinaje acude en nuestra ayuda también Francisco de Quevedo, a quien le inquietaba la brevedad de lo viviente:
Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado…
Sea como fuere, nuestros tres maestros se marcharon pero nos legaron su obra y con ella aprendemos que se puede pasar por esta vida, así, sin morir, dejando huella.