Noviembre 7, 2009

Ensalada de sietecueros

Sabor a crónica

Por Laura Areiza Serna

Desde la ventana, Antonio miraba el paso del río Medellín. Apenas un pequeño riachuelo de montaña, limpio y con rumores de piedras y de pájaros. Recordaba que el patio íntimo de su niñez era una llanura espesa. Ahora, era apenas un tierrero con un par de gallinas y el sietecueros que logró salvar de las oleadas humanas que poblaron a la vereda La Clara.

En las manos tenía su libro de poemas más preciado y lo abría de vez en cuanto para leer algunos versos. Pero la lectura se retrasaba en su sueño de llanura infantil. Le venían los recuerdos de niño explorador por el alto San Miguel, también los graznidos de los Cacique candela2, que se aglutinaban como una mancha roja sobre los árboles ribereños. Cerró los ojos y el agua fresca de lo que alguna vez fue su río se transformó en lágrimas. En ese tiempo el cauce era majestuoso y profundo y su casa una luciérnaga en medio del bosque violáceo. “Y las lejanías tenían rumores de frondas sucesivas, las lejanías oían, oían lluvias que narran leyendas, oían lluvias antiguas. Y el viento traía las lejanías como trae una hoja”1.

Pero no le traía hojas, sino flores de sietecueros que en su boca se deshacían dejándole un agradable sabor astringente y la lengua morada. Era la lejanía de un tronco, de una odiada identidad que se desvanecía en la corriente. Y si al río sólo le quedaban cinco kilómetros de vida, de estrecho camino límpido, a Antonio le faltaba lo mismo. Pareciera que el río y Antonio poseyeran igual curso, las Erinias comenzaban a cortar lentamente los hilos vitales de ambos. A Antonio lo irrigaban las mismas venas: sangre del bosque que lo vio crecer.

Receta encantada

La única familia que Antonio poseía era los recuerdos de juventud y el árbol del patio. Él mismo lo había sembrado y cuidado durante toda su vida. En su senectud, los pensamientos discurrían en vaguedades solitarias y creía que él había nacido de ese árbol andino. Pensaba que su última morada debía estar bajo esa alfombra púrpura de melancolía.

De pronto, un día, Antonio enfermó de fiebre. Lo cuidó una vieja amiga que le ponía paños de agua tibia para retrasarle los últimos estertores.

– ¿Quieres comer algo? Bebe de este suero para que se te baje la temperatura, mientras yo te preparo una aguasal.

– Tráeme unas cuantas flores del sietecueros en el tazón –le dijo.

La mujer le disparó una mirada siniestra. Su mente, como una película que se desenrolla rápidamente, volvió a una escena de la infancia con su amigo: María, ¿sabes cómo me gustaría morir? No pienses en eso que todavía falta mucho. Me gustaría morir después de comerme una ensalada de flores como la prepara mi mamá, ella dice que esa receta se la inventó porque vive en un jardín encantado… Ambos rieron y engulleron una poma. Pero los años habían pasado tan rápido como silabeo de rocío. Eran astros moribundos en su universo de río.

Los ojos de la mujer se cristalizaron y salió al patio a recoger los pétalos del árbol morado. Se quedó contemplando los pistilos que parecían antenas que la pudieran oír, y dijo: La vida es tan frágil como la flor que se desprende.

Las dispuso en el tazón que nunca había sido utilizado y agregó pomas, germinado de girasol y limón. Los pétalos no daban espera, comenzaron a marchitarse. Pero Antonio no pudo esperar más y cuando María entró él ya no estaba.

El hacha y la arena

En forma de serpiente reptó por la orilla del río e intentó ir hasta el fondo pero ya no era profundo. Escuchó el golpe agudo de las hachas que cortaban árboles y las palas que sacaban arena. Era la sinfonía metálica de su única morada. Fue golpeado por una avalancha de troncos que viajaban por el cauce. Los hombres le habían talado la vida.

El torrente comenzó a secarse hasta ser un camino de pétalos morados y plumas rojas.

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Notas

 1 Aurelio Arturo.

2 Ave endémica de la reserva de San Miguel.

EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 85

laurita_areiza@yahoo.es

Octubre 28, 2009

¿El Sur queda p´abajo?

Por Luis Hernán Rincón Rincón

Documentos de la fundación de Támesis dicen que hacia 1820 los ancestros de Rafaela Gómez Trujillo  emigraron de Marinilla “en la oleada de la colonización antioqueña hacia las tierras del sur y suroeste y se establecen por el año de 1820 en la población de Abejorral…”. En cuanto a don Pedro Orozco Ocampo, los documentos dicen que nació en Sonsón en 1817 y llegada la edad  “decidió trasladarse a Marmato,  con toda su familia”. Poco después, “por motivos de clima la familia fue trasladada a Caramanta”. Allí se conocieron y se casaron Pedro y Rafaela en 1846. Al mirar el mapa de Antioquia, se “ve” que esos dos fundadores de Támesis vinieron por el Sur, es decir, de abajo. Lo incómodo es que “abajo” se me volvió palabra “fea” desde que en mi niñez escuchaba aquello de viva el partido tal y abajo el partido contrario, y desde que aprendí la ofensiva voz “sudaca”. 

Por el contrario, mis ancestros y maestros me dicen que “abajo” es voz más valiosa que Sur. Releyendo el libro Todos los Tiempos, publicado en Cajamarca, Perú, en 1990, y que constituye un ejercicio destacado de recuperación de cultura andina, noté en el glosario y en las descripciones literales que los informantes autóctonos no mencionan puntos cardinales. En Todos  los Tiempos se incluyen muchos aspectos culturales relacionados con el tiempo (clima, sol, calor, aguas, frío, montañas) en Cajamarca. Lo único parecido a puntos cardinales que encontré fue el empleo de abajo, arriba, aquí y allá. 

Sur: orientación negativa

Sobre Sur una cosa aprendí en la escuela y el colegio, y otra cuando fui miembro de la Sociedad Internacional de Semántica General (ISGS). Desde niño, en casa y en la escuela, me enseñaron que, a falta de brújula, para orientarse uno debía aprender de memoria y aplicar esta regla: “la mano derecha por donde sale el sol, la izquierda por donde se oculta, Norte al frente y Sur atrás”. También me enseñaron que estar seguro de tu camino era conocer tu Norte, y no tener metas claras era no saber tu Norte. Pronto me di cuenta de que nací al Sur de Támesis, y de que el Sur de Támesis no sólo quedaba a mis espaldas cuando me orientaba, sino que también estaba más atrás en avance y poblamiento urbano que el Norte. Que Pedro Orozco Ocampo salió de bajo, de los socavones donde durmió el oro, y se dedicó a la arriería. Y, para colmo, noté la imprecisión geográfica de decir que Támesis está situado en el Suroeste de Antioquia. Está en el Sur.

Sur arriba

En  la ISGS conocí, adquirí y tuve colgado en mi oficina un planisferio, es decir un mapa del mundo, en colores, donde el Sur estaba arriba y el Norte abajo, el oriente a la izquierda y el occidente a la derecha. En la ISGS aprendí con ayuda de ese mapa que el signo no es la cosa significada, que el mapa no es el territorio y que un mapa errado no conduce al lugar correcto. Ese mapa en mi oficina era una rareza que generaba conversación. Para mí era un grito de redención del Sur. Resultaba incómodo para cada quien ver ese mapa y notar la punta de Argentina con el Estrecho de Magallanes arriba y a la izquierda, es decir, al puro comienzo, y ver al poderoso EEUU abajo, faltándole apenas Canadá para llegar por lo menos a ser el primero de abajo para arriba. Las personas miraban ese mapa y no podían creer que estuviera colgado al derecho. No podían entender que el Sur no tenía que estar abajo. Que Sur y abajo no “eran” lo mismo. Se acercaban y veían incrédulos que todos los nombres de países y de accidentes geográficos —como en cualquier mapa— estaban escritos para leerlos de izquierda a derecha, (de occidente a oriente) como manda el paradigma. Ni Europa ni el Norte eran presentados como el centro del planeta. Toda una quebrazón de paradigmas.

Los cuatro puntos cardinales son ocho

Los  puntos cardinales no deben ser cuatro ni seis sino ocho: Este, Oeste, Norte, Sur, Arriba, Abajo, Aquí, y Allá. Esto lo deduzco de los fascinantes relatos del patrimonio cultural andino rescatado en Todos los Tiempos, pues nuestros antepasados andinos de Cajamarca —hermosa región de montaña andina en el Norte del Perú— aparentemente no necesitaban más voces que arriba, abajo, aquí, allá para conversar y dar la ubicación de cada cosa. Pero vino la palabra escrita y se arrimó a la voz (a la palabra pronunciada, no escrita y… perdonen, ya debí concluir este artículo y estoy entrando en otro tema que no le importa al Quechua ni al Aymara, dos lenguajes orales,  y, como ven, ya estoy perdiendo mi Norte, o sea que estoy avanzando por mi “dirección negativa”, es decir por mi Sur.)  Fin.

      luishernan.rincon@gmail.com

Octubre 16, 2009

Pereira, la pujante

Según Evtuchenko, el poeta ruso, “Sólo el espectador superficial juzga una ciudad por sus famosas avenidas y plazas públicas anunciadas por las agencias turísticas. Pero para los antiguos moradores y los visitantes curiosos la ciudad se descubre en los suburbios, donde no llegan los turistas… Las afueras revelan el verdadero sentido del centro mucho más que el centro el de las afueras. La vida tosca y triste de los suburbios siempre es más abierta, más reveladora que los monumentos o los edificios altos de acero y cristal”.

 

“Aquí no hay forastero

el que se aleja regresa

y bajo un cielo extranjero

añora su gentileza”

María Nelly Cerón Collazos - Revista Sur No.7, Pereira

 

Por Ángel Galeano H.

El tema del Sur fue el pretexto para visitar a Pereira. Pero hablar de ella en la brevedad de estos renglones exige concentrar la mirada en su esencia, es decir, en sus gentes. De la mano de nuestro anfitrión, José Ramón López Gómez, director del Capítulo del Eje cafetero de  la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, y más allá de la capa de cemento y ruido, del humo y el espejismo de las vitrinas de la ciudad, entrevistamos a varios líderes culturales, quienes esbozaron un mapa espiritual de la ciudad en el cual resaltan la pujanza y los sueños que los alimentan.

Primera parada, con nombre de mujer

Después de viajar cinco horas desde Medellín, divisamos a Pereira como dormida pero rodeada de verde. Soportamos los primeros trancones justo al iniciar el descenso, pero el aliciente de estar a sus puertas nos animaba. Sabíamos que la primera cita sería  en el Instituto de Cultura de Pereira “Lucy Tejada”. El nombre de esta artista con el que bautizaron ese Instituto siempre nos ha imbuido un gran respeto y admiración. Recordábamos la edición que nuestro periódico le dedicó hace tres años. Sentimos que llegábamos a una ciudad que respetaba a sus artistas y cuyo nombre enlucía a una entidad cultural. Así que nuestra primera parada como reporteros de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, tenía nombre de mujer.

Nos esperaba Gerardo López, nuestro guía logístico, y con él entramos a la monumental edificación del Instituto (ICP) que se levanta donde antes quedaba la galería y cuya imponencia nos dejó apabullados. Allí se nos unió Juan Carlos Osorio, psicólogo de la Universidad Católica y miembro de nuestra Fundación. El director del ICP, con quien teníamos la cita, no estaba. En su lugar nos atendió Andrés Tamayo, el asesor jurídico. Por él supimos que el instituto es la entidad pública que define los lineamientos culturales para la ciudad y gestiona recursos para los programas con el gobierno nacional. Maneja un presupuesto anual de $4.336 millones, la mayor parte para infraestructura. El ICP apoya a diversos  grupos: gaiteros, bailarines de ballet, pintores, teatreros… y tiene escuelas de formación en varias facetas culturales, “la única que falta es literatura”.

Fruto de ese apoyo están el Salón de Agosto, Concurso Nacional de Novela y Cuento “Ciudad de Pereira” , Conciertos en Semana Santa, Exposiciones de Arte Religioso y Exposiciones de Artes. “Se busca crear el Laboratorio de Arqueología debido a que se han descubierto innumerables vestigios y entierros precolombinos. Este Laboratorio estará amparado por la Ley Nacional de Cultura”.

Andrés Tamayo dice que antes se hacían las Fiestas de la Cosecha, “pero Pereira no tiene un anclaje de identidad propia y por esa razón no hay un evento o fiesta que la distinga…  Hoy está definida para ser una ciudad comercial del eje cafetero”.

El ICP está sujeto a los vaivenes políticos de los gobernantes. No hay un Plan Estratégico de Cultura, pero sí un plan de actividades para los próximos seis meses con gestores culturales de la ciudad.

Un recorrido por los laberintos del edificio nos permitió ver el montaje de una exposición de pintura, los ensayos de los músicos en sus cubículos y una ensayo general de la orquesta juvenil, que daría un concierto al día siguiente en la plaza de Ciudad Victoria..

El teatro como batalla

Enseguida nos reunimos en la biblioteca con Alonso Mejía Román, director del grupo Tropa Teatro, nombre que asumieron “para dar la batalla contra la indiferencia”. Hace 5 años montaron Todas las sangres, escrita por el dramaturgo pereirano Héctor Fabio Orozco. Trata de una familia local, cuya puesta en escena está cargada de imágenes. Alonso cuenta que con ese montaje comprobó “que el verdadero descubrimiento está en el actor”.

Tropa Teatro pertenece a “Apgae”, una asociación creada hace dos años y que hoy cuenta con 20 grupos que adelantan el programa Viernes del Teatro, mediante convenios en siete salas.

La edad de las ciruelas es otra de sus obras que recrea una familia de los años 50, las protagonistas son mujeres que no quieren irse de su casa. Así, la obra trata sobre los miedos de la mujer.

“Antes peleábamos por asuntos estéticos, pero eso quedó atrás. Los dramaturgos han avanzado más que la puesta en escena, pero no hay escuela de dramaturgia y Pereira la necesita. Para eso nos falta más apoyo del municipio”.

Periodismo por vocación

Al anochecer del viernes, en un salón de la Alianza Colombo Francesa engalanado con una exposición de pinturas de Jesús Calle, se realizó una tertulia con tres periodistas invitados: Wilmer Vera, John Harold Giraldo y Ángel Galeano H. Cada uno compartió con los asistentes algunas de sus apreciaciones atendiendo al tema propuesto: “Periodismo cultural: ¿quijotada o realidad?”. Nos aventuramos en un resumen así:  Wilmer dijo, “los periodistas hacen el trabajo sucio de la literatura, son chamanes que encantan con sus historias. Le dicen a los lectores esta es la ciudad, con muertos por violencia o hechos similares, y si es necesario hasta se recrean ciertos aspectos grotescos, porque el periodista tiene que ganarse la vida”.

Para John Harold lo importante es que “produzca en el lector un cataclismo”, no importa que para ello recurra a la parte morbosa del ser humano. Planteó un interrogante: ¿el periodismo es un oficio o una profesión? Señaló que “el periodista se camufla para ser lo que toda su vida quiso ser y no ha podido”.

Ángel Galeano H., señaló que “en el mundo de hoy la información se ha convertido en una mercancía que se compra y se vende al mejor postor. Está regida por las leyes del mercado y responde a los intereses de los grandes capitales. La ética está signada por el dinero. La cultura es una mercancía más”. Por eso es urgente desarrollar una propuesta que libere el oficio del mercado, lo enriquezca literariamente y le permita desarrollarse como un servicio a la sociedad, sin manipular los hechos como en la actualidad se vive, para quitar y poner gobernantes, ocultar verdades y acrecentar las ganancias de los poderosos.

La cuadra

Al día siguiente muy temprano, el reconocido artista Jesús Calle nos recibió en su taller-galería, rodeado de pinceles y caballetes, cuadros en la pared, rollos sobre la mesa. Inició la conversación con un entusiasta viaje a la infancia. Las dificultades para estudiar. Recordó que pintaba árboles, hojas, paisajes y cómo algunas personas se las compraban. “He sido afortunado porque toda mi vida me he encontrado con personas que tienden puentes y me han ayudado a avanzar en mi aprendizaje”.

Su vida, como la de los demás artistas entrevistados, no cabe en una condensación como ésta, razón por la cual abriremos un espacio apropiado en nuestra próxima edición. Lo que sí dejaremos aquí testimoniado es su papel fundamental en un programa del cual Pereira se siente orgullosa: La cuadra.

La obra de Jesús Calle es una reflexión estética del entorno urbano, reflexión que implica la acción donde nace La cuadra. Le encanta trabajar con niños “porque tienen la capacidad de asombro que los adultos hemos ido perdiendo”. Las luchas estudiantiles de los años 70 le permitieron confrontar la academia frente a los temas sociales. En medio de esa oleada, Jesús Calle impulsó periódicos estudiantiles y cine foros, convirtiéndose en el pionero de los cine club de Pereira. Pero con La cuadra sacó al artista a la calle, abrió su estudio de par en par rompiendo el viejo esquema de que el artista no se junta con la gente: “Son talleres abiertos, es la convivencia pacífica en la calle, una fiesta colectiva alrededor del arte”.

Para Jesús Calle el Arte es una búsqueda constante de expresiones de lo urbano. Le interesa pintar la ciudad, recorrerla con el trazo y el color. La portada y la última página de la presente edición está ilustrada con pinturas suyas, como muestra de su talento.

Corto circuito

Volvimos a la Alianza Colombo Francesa para nuestra entrevista con Jorge Mario Quintero, motor de Corto circuito, iniciativa que “surge de las directivas culturales de Pereira para unir la programación de artes plásticas de las salas existentes en el centro de Pereira, pero manteniendo cada sala su autonomía y programación habitual… Se llama “corto” por su recorrido que no es largo, y “circuito” porque tiene el sentido de circulación cerrada. Ambas palabras juntas crean la idea de un corrientazo, que es lo que se busca dejar en el público que asiste una noche al mes, electrizado por la corriente del arte en las salas de Pereira. Este proyecto surgió en el año 2004, en marzo, y se extiende hasta diciembre.

El proyecto se propuso también estimular a los pereiranos para que vuelvan al centro, luego de ese gran desbarajuste que fue la construcción del Megabús y recuperar espacios para generar confianza. Cada sala tiene su público, pero con Corto circuito los públicos se mezclan y la socialización cultural crece. La vida nocturna también se enriquece. Las salas que conforman Corto circuito son: Alianza Francesa, Instituto Cultural de Pereira, Fundación Universitaria del Área Andina, Centro Colombo Americano y Comfamiliar. El promedio de asistentes es de 500 personas. El programa incluye grupos de música y escritores que leen sus textos y poemas. Como el Grupo Sur, que dirige Sergio Villaroel.

Cineclub Borges

Nelson Zuluaga nos recibió en su búnker del Museo de Arte Moderno, donde se ha atrincherado para continuar proyectando cine de calidad. Fuimos con Diego Velásquez, de la FUNDACIÓN A & C. Nelson fue uno de los seis estudiantes que hace 15 años fundaron el Cineclub Borges. “Fruto de los cine club de los años 70, que luego decayeron por la llegada del vhs y televisión por cable”. Los teatros cerraron sus puertas y algunos se transformaron en centros comerciales.

Con el Cineclub Nelson pudo ver el cine que no había podido ver antes. En 1994, leyendo revistas de cine, conocieron Instantes, un poema atribuido a Borges, y se decidieron por ese nombre para el cineclub.

Cada socio aportó $20 mil para arrancar. La primera proyección fue Como agua para chocolate: un éxito rotundo. Así se inició una de las actividades más importantes de divulgación del cine en Pereira. Tuvieron sala propia, pero por múltiples factores debieron cerrarla. Publicaron la revista Cinergia, llegando hasta el No. 25. Invitaron a destacados realizadores. Su archivo hace parte del patrimonio cultural de Pereira.

Hoy desarrollan talleres de apreciación cinematográfica para jóvenes y niños y son los encargados de la programación de cine del Museo de Arte Moderno de Pereira,  manteniendo viva la llama del cine no comercial en el eje cafetero.

 EL PEQUEÑO PERIÓDICO, No. 85. Medellín, Colombia

Octubre 1, 2009

Para criar un niño se necesita toda la tribu

Ángel Galeano H.

Cuando la tierra tiembla muchos se acobardan, huyen, se paralizan y algunos se lanzan a la garganta del planeta a salvar vidas. Ana María Arenas pertenece a esta última clase de personas. Los últimos 25 años de esta aguerrida maestra de escuela han sido una sola batalla descomunal para que los dirigentes de esta sociedad se conmuevan y dirijan sus ojos hacia el bienestar de los niños. Para ello creó, con cinco compañeras, la Fundación Cultural Germinando, así, en gerundio, “porque se trata de un proceso de largo aliento”. Su fuerza se alimenta de amor, conciencia y libertad.

Villa Santana: el inicio

Empezaron con cosas sencillas, como inyectología, primeros auxilios. Luego capacitaron a las mamás para que fueran ellas las primeras profesoras del pre-escolar que fundarían. “Pero cuando nos dimos cuenta las profesoras éramos nosotras, teníamos 70 chiquitos y las mamás eran las que sacaban punta a los lápices, traían la limonada… Organizaban el terreno para construir la escuelita pero el acto educativo estaba referido a nosotras. Fue muy importante levantar la escuela, hacer los pupitres con la gente y clarificar que el derecho a la educación no es postergable”.

Ana María era maestra oficial, “a la una de la tarde salíamos corriendo para el barrio y bajábamos a las nueve de la noche”.

 Derecho al trabajo

Un día, don Hernán el zapatero, a quien ya pensaban en enterrar porque estaba muy enfermo, se levantó para liderar la recuperación de 22 lotes de engorde. El barrio fue militarizado. Era 1986. Los niños de la escuela hicieron una cadena para proteger a las familias. Un asesor de la Federación de Cafeteros que observaba todo le dijo a Ana María y sus compañeras que mientras la gente no tuviera trabajo todo aquello era infructuoso. Entonces convocaron a la comunidad, respondieron 25 mujeres cabeza de familia e iniciaron un proyecto con el almácigo del café. Alquilaron una cuadra y el Comité de Cafeteros facilitó la asistencia técnica y las semillas. Germinando haría la labor de acompañamiento. Pero ese año se rompió el Pacto Cafetero y aquel trabajo hecho con esfuerzo, la matica de almácigo que se iba a vender, ya no valía nada. “La gente nos agradeció, dijeron que habían aprendido a sentirse comunidad”.

 Aprender a gestionar

A Pereira llegó una monja santandereana, psicóloga, muy emprendedora que les enseñó a gestionar. “Vino a trabajar con las mujeres explotadas sexualmente. Decía, por ejemplo, necesitamos un hogar de acogida, eso era revolucionario en una monja, que además nos advertía que no íbamos a acabar con la prostitución, pero  sí a dignificarla. ¡Imagínese! La vimos enfrentar a los clientes que abusaban de las niñas y no les pagaban. Entonces ella se enfrentaba con los hombres para que les pagaran la tarifa… Cosas de verdad tremendas”.

Ana María y sus compañeras estuvieron durante siete años en el sector de la galería, un hervidero de prostitución y droga, conocido hoy como Ciudad Victoria. Estaban en pleno corazón de Pereira sólo que ese corazón estaba enfermo. De la mano de la monja y acosadas por la dureza diaria, les tocó aprender a gestionar. “Hacernos oír una y otra vez, esa era la clave de la gestión, indagar, denunciar. Logramos abrir una escuela, hicimos diagnóstico, había 250 niños y niñas vinculados a las mujeres de prostitución que vivían con sus niños en el mismo prostíbulo. Vimos niños durmiendo bajo la cama de su mamá mientras ella atendía al cliente”.

Los niños llegaban a la escuela dopados con el pegante, drogados. “Una realidad terrible que ponía a prueba nuestra vocación de maestras. Abríamos la escuela y los niños entraban como robots, dopaditos y sin desayunar…”.

 Territorio de padecimiento

UNICEF declaró en 1992 a Pereira como “territorio de padecimiento”. Una categoría donde agoniza la infancia. Ana María y sus compañeras decidieron atender a esos niños, “pero exigiendo políticas públicas, la marginalidad estaba en el centro, a tres cuadras de la Alcaldía de Pereira y de la Gobernación y eso no se quería ver”.

Entonces, como si la tierra se hubiese hartado de tanta humillación contra los niños, dos terremotos sacudieron la zona cafetera. Con la voz algo temblorosa por la emoción, Ana María confiesa: “Es muy atrevido decirlo pero, enhorabuena, el terremoto del 95 reventó la galería, se cayó… Hubo muertos, claro está, muy doloroso, pero sacó a la luz pública lo que esta ciudad no quería ver. La cantidad de marginalidad, de muerte diaria, de droga, porque lo que circulaba de narcotráfico era agenciado por los grandes señores de la ciudad, inclusive de la trata de mujeres, niños y niñas…, este fenómeno tenía todas las complicidades de la clase política, por omisión y por negligencia, pero también por acción”.

Nadie quería entrar a la galería, pero en acuerdo con otras dos organizaciones: Las Adoratrices y Hogares Calazans, empezaron una labor en profundidad.

 Qué mostró el terremoto

Eso fue en 1995, pero cuatro años después hubo otro terremoto. Germinando interpelaba al Estado: “¿Qué hay de política pública para este sector? Nada. En la Alcaldía sabían cuánto valía el metro cuadrado, destinaban plata para esto y aquello, sabían de todo eso, excepto que allí había seres humanos”. No se sabía qué era más terrible: si la furia del planeta o el desprecio de los poderosos contra esta población. “De un momento a otro el alcalde de ese tiempo tocó nuestra puerta para decirnos que necesitaba un Consejo de Gobierno en la escuela de Germinando. En la vida nos había respondido algo y ahora nos convocaba. Sabíamos cuántas personas había en la galería, habíamos hecho el Sisben, conocíamos la crudeza de la realidad. Todos nos cuidaban en la galería, éramos los parceros de allá”.

Para Germinando aquella información era una herramienta muy valiosa, tanto, que luego del terremoto del 99 el alcalde propuso un plan de vivienda y un proyecto social para que lo coordinara el equipo de la galería. “Nos dijo, ustedes son los únicos que se meten allá con esa gente, digan qué hay que hacer, y nos pidió que seleccionáramos las familias para las primeras 300 casas. ¡Imagínate! Unas personas que no existían, ni tenían nombre en una ciudad donde se había hecho “limpieza social” y ahora, de un momento a otro, la Administración municipal los quería escuchar. La gente de la galería había dicho que no había dignidad sin casa propia y bueno, ése es el barrio Las Brisas de hoy. Ya teníamos escuela, restaurante, hogares comunitarios, España nos había dotado de talleres, la gente estudiaba oficios en el SENA”. Tuvieron luego un trabajo muy difícil de aceptación con los demás vecinos del barrio, porque los veían como a un peligro, pero al final se logró la convivencia.

 Planeta Principito: el arte de soñar

Cierto día en la escuela de la galería las niñitas dijeron que no querían irse. “De aquí no nos vamos, no queremos volver a los socavones, ni a las piezas a que nos sigan violando. En coordinación con Procuraduría, ICBF y Gobernación fundamos el “Hogar Paz y Alegría”, que durante nueve años atendió a 600 niñas vinculadas a la prostitución, de todas partes del país. Pero lo cerramos hace cuatro años porque no podemos lidiar con un fenómeno que la sociedad y el Estado alimentan. Están los papás y los padrastros que violan a las niñas, las mamás que las venden, los jíbaros que las drogan…”. Desde un comienzo Ana María y su grupo tenían claro que su propósito no era hacer asistencia.

Dos hechos incidieron en Germinando:  el censo nacional de niños de la calle hecho por la Unión Europea, y la presencia de la Fundación Bernard Van Leer, de Holanda.

De entre las nueve ciudades colombianas con graves problemas de niños de la calle, Pereira era de las más críticas. Ana María, como directora de Germinando, presentó un proyecto para atender a 405 niños. La fundación holandesa la invitó a soñar, “a realizar con los niños y las niñas lo que no habían podido hacer antes por falta de recursos”. De ahí surgió el proyecto “Amarte”, inspirado en  el arte, en la palabra, en el universo de lo simbólico.

“Con el Arte, dice Ana María, hemos visto cómo muchos niños que se relacionaban con el mundo a punta de piedra, devolviéndole a la sociedad lo que habían recibido, han llegado a ser músicos, actores de teatro… Han creado obras muy interesantes, como Agua quemada. Son niños y niñas de 7 a 17 años en situación de riesgo de calle, niños desplazados, afrocolombianos, indígenas, etc, …Ellos lograron enviar una de sus obras a Expozaragoza, España, el año pasado, sobre el tema del agua. Hicieron una creación hermosa y tuvimos la dicha de verlos sacar un registro civil para tramitar un pasaporte, montarse en un avión e irse un mes a España y a Francia. Estos niños ni siquiera sabían qué era el mar…”.

Mucho de este espíritu se recoge en “Planeta Principito”, un proyecto conjunto entre la Fundación Bernard Van Leer y la Fundación Cultural Germinando, así como la Universidad Católica Popular del Risaralda que se encargará de realizar la acreditación del proceso.

 El camino

¿Pereira progresa? Ana María afirma que no: “Hay un retroceso inmenso en cuanto a planeación, no hay criterios frente a la inversión pública. Me parece que hay una confusión muy grande de cuál es el sentido de gobernar, para qué se gobierna, cuál es el sentido de la política como una acción para el bienestar común. Me parece que nos han desactivado en el control social y la denuncia, no sé qué ha pasado pero hasta se han desactivado esas fuerzas de oposición, ¡Dios mío, aquí hacen y deshacen con esta ciudad! Y no pasa absolutamente nada. El costo humano de este embellecimiento material de Pereira no tiene medida. Quieren volverla una gran tienda cueste lo que cueste”. Pero Ana María sabe muy bien que sólo hay un camino: defender los derechos de los niños, y que a ello no renunciará por nada en el mundo. Aunque tiemble la tierra.

  

Publicado en EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 85, págs. 4 y 5

Medellín, Sept. 2009

Septiembre 16, 2009

Recreo de la desmesura

El bardo sentía que ese río le bañaba el corazón… Veía rebaños de nubes y mujeres más leves que la brisa que mecía la siesta de los árboles. Pudo ver, lo jura, que era en el Sur donde sucedía todo aquello… El bello Sur.

Y también vislumbró un país turbio entre sus ojos, y unas manos rudas. Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro. Y vio cómo el sol, que era su amigo, bajó a la aldea a repartir su alegría entre todos.

Éste, nuestro poeta del Sur, Aurelio Arturo, nos regala esa magia tumultuosa que puede hacer vibrar el alma en todos los nortes y todos los sures, todos los orientes y todas las direcciones… Su fuerza y su ternura es punto de partida para la entrega de esta edición dedicada al Sur, enmarcada dentro de los puntos cardinales con los cuales nos hemos aventurado desde el número anterior, dedicado al Norte.

Catorce años después de que Aurelio Arturo escribiera Morada al Sur, Borges publicaba El Sur, un cuento en el cual pasar una calle de Buenos Aires significa cruzar una frontera y adentrarse en otro mundo donde un cuchillo lo espera. Para entonces ya existía la famosa revista Sur en Argentina, que con su flecha apuntando hacia abajo marcaba una diferenciación, hasta cuando el pintor uruguayo, Joaquín Torres-García, puso “patas arriba” el mapa y dijo: “nuestro norte es el Sur”, e hizo que la brújula señalara hacia el cono de tal forma que los buques que zarparan de allí hacia el norte bajaran, no que subieran, “como antes”. Hay un tango llamado Sur, de Homero Manzi, al que le puso música Aníbal Troilo por allá en 1948, y que introduce la mirada al sur “urbano y suburbano”, con su carga “transcultural” de frontera.

El Sur de nuestro país está sembrado de cantos como el vals de Jorge Villamil, Al Sur del cerro de Pacandé, entre samanes reina la alegría… El Sur denota aliento, alegría, júbilo, lo que está por verse, como si el paisaje todavía no lo fuera, sino que es selva virgen por descubrir. Es el recreo de la naturaleza huilense, hermosa tierra ubicada un poco al norte de ese verde tupido y lluvioso donde nació Aurelio Arturo: Pasto. A su vez, norte para los ecuatorianos, convertidos también en norteños para los limeños y éstos para los chilenos que sienten a los canadienses respirando al sur. Pero el Sur va más allá del simple plano cartesiano. Es alma abierta, hinchada de júbilo, de pasión y bríos, en contraposición a lo cuadriculado por la razón, por la mesura espiritual, el juicio de lo establecido, lo lógico, lo “civilizado”, lo “desarrollado” del norte.

Cada norte contiene un sur, y un oriente, y una esfera envolvente. Nuestro periódico nació hace 28 años en el Sur de Bolívar, que está al norte de Medellín. Para el caso particular ése es nuestro Sur, cuna de nuestra aventura. Allí también el río bañó nuestro corazón y vimos los árboles sosegados al mediodía, en su siesta canicular. Era otro verde y el viento fresco sólo correteaba en los amaneceres. Ese Sur es punto de encuentro, donde se conjugan los vientos que entran del Caribe y los que el Gran Río arrastra desde el Macizo Colombiano. Es decir, desde el Sur profundo.

EL PEQUEÑO PERIODICO No. 85, Editorial (Pg. 3 edición impresa)

Septiembre 9, 2009

Estamos en la Fiesta del Libro de Medellín

JARDÍN BOTÁNICO

 

VIERNES 11

Presentación de Primer conjuro,

del Grupo Literario El Aprendiz de brujo.

Invita: Fundación Arte y Ciencia.

Salón Poe. 7:30 p.m.

 

SÁBADO 12

Vigencia del periodismo literario.

Ángel Galeano H. / Presentación de la Edición 85

de El Pequeño Periódico.

Salón Poe. 3:30 p.m.

 

SÁBADO 12

Lanzamiento: Colección Becas y Premios a la

Creación, Secretaría de Cultura Ciudadana,

Alcaldía de Medellín.

• Los pasos del exilio, de María Teresa Ramírez.

Editado por FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA

Modera: Mario Mendoza.

Salón Mutis. 7:30 p.m.

 

LUNES 14

Presentación de libros

de la Fundación Arte y Ciencia.

El condenado y otros cuentos, de José Xedroc.

Poetas Anónimos, de William Rouge y

Luis Hernán Rincón.

Invita: Fundación Arte y Ciencia.

Salón Mutis. 5:30 p.m

Julio 27, 2009

Por Nubia A. Mesa G.

 Mariposa, maga, margarita, Marga. Cualquier palabra de estas puede definirla. Ella ha hecho del asombro su mejor manera de beberse el universo. Sí, el universo. Puede abarcarlo con sus brazos en las largas caminatas por el campo, cuando se detiene a contar los guayacanes. Cuando escucha a los niños jugando a las promesas. Cuando desde el patio de su casa en la Vereda el Tambo, en La Ceja, mira las estrellas en la compañía de Juan de Ovalle, su “amor pluscuamperfecto”.

 Marga López Díaz, poeta, está vestida de amarillo y rojo como la llama más encendida. Su cabello sobre los hombros parece avivar ese fuego y el arco iris de sus medias acrecienta la luz que ella irradia. Habla y mueve las manos con tal ritmo, que da la sensación de que en cualquier momento puede volar.

 Mezcla las ideas y logra urdir una trama para encadenarlas luego: que quiere hacerle poemas a Bárbara Caballero, la de la Marquesa de Yolombó, o a la esposa de Einstein, o a la primera mujer que subió al Aconcagua…, que siempre tendrá 8 años porque la vida hay que disfrutarla desde el juego…, que uno envejece por imitación…, que tiene una abuela de 20 años y un hijo de 80…, que se ha casado ocho veces por distintos rituales con Juan de Ovalle…, y que por estos días se llama Juanita de los Guayacanes del Sol.

El tambo

En su casa, una construcción que tiene más de cien años, Marga escribe, ama, recuerda y planea. Organiza su trabajo de promoción de lectura y escritura con los niños del municipio de El Retiro a través de la Corporación Educativa Rural: Laboratorio del espíritu. Traza la estrategia para el próximo contacto con las madres comunitarias de Cali en un proyecto de capacitación con la Fundación Carvajal.  Imagina lo que será el próximo taller para los “encarretados” con la literatura que asisten a los encuentros de la Escuela de Filosofía Poética, Aluna, que ella misma creó.

 Allí, en esa casa de paredes blancas y puertas y ventanas azules la acompañan unos viejos amigos: la Urbanidad de Manuel Antonio Carreño, la cartilla Alegría de Leer, Nociones de Fisiología de M. Forster, La Historia Sagrada y un compendio de biología. También Cortázar, Borges, Neruda y Gabriela Mistral. Algunos descansan en los anaqueles que cubren las paredes y otros están por ahí, en la cama, en las sillas, en el tocador, en fragmentos de sus escritos colocados sobre los espejos.

Volver a los orígenes

Marga, la hija de Emiliano y Rosa Emilia, dice que tuvo una infancia feliz en el campo. Su padre, tenor lírico, y su abuelo materno, amante de la copla y los relatos, le sembraron la semilla de la poesía y, por eso, desde que cursaba el grado octavo en el colegio El Carmelo, de Medellín, empezó a escribir. De eso hace más de 40 años durante los cuales ella se ha dedicado a la docencia y al periodismo. Esto le ha valido reconocimientos como el Grado Summa Cum Laude de la Universidad de Oxford, mención de honor en el Concurso Internacional de Poesía Xicoalt en Salzburgo, y mención especial en el concurso Internacional de Poesía Revista Aldea Poética de Madrid.

 Pero para Marga el mayor honor es recibir las sonrisas de los niños de las veredas La Amapola, Pantanillo, Lejos del Nido, Tabacal…, y leer lo que escriben sobre la torre Eiffel, el Everest o las Cataratas del Niágara, lugares que conocen a través de los Talleres de la Ensoñación que ella propicia. En este trabajo es cómplice de Gloria Bermúdez, una bibliotecóloga que ha puesto todo su empeño en hacer felices a los niños de El Retiro proporcionándoles los medios para que puedan soñar y reconocerse. “Me interesa que los niños tengan un goce de su tierra”, afirma, y agrega que si pudiera hacer cine lo haría con los temas de nuestra mitología:

 

“Ati Naboba

la laguna sagrada de los arhuacos

se comunica con su hermana Guatavita

por un pasadizo de hipogeos morados…

“…A ti

la diosa hierbabuena

guía el fluido de la nube

y sabe

toda llamada de agua

desde galaxias…”

 

Así canta la poeta en su libro Murumsama publicado en el 2005, donde cuenta historias de personajes mitológicos y de otros, de carne y hueso, que habitan en su entorno y a quienes mira con asombro, compasión y dulzura, a quienes enfrenta con el lenguaje transfigurado de la poesía, e inmortaliza en cuadros que reflejan sus tragedias o alegrías:

 

“…Y Mónica tiene en los brazos al hijo

como para irse por él

y lo mira ya ida

sentada, vencida,

con un pavor de cierva espantada

en un rincón de la cama

y lo abraza por última vez

y lo desprende de su pecho

y lo encomienda a la madre

para que lo cuide bien

y sale

en ropa de dormir

y descalza

por la calle de siempre

y de nunca

baja

a la muerte.

 

Son fragmentos de poesía, fragmentos de una vida dedicada a las palabras, pequeñas pinceladas para retratar a un ser múltiple que cree en el amor, aunque éste ya se haya ido, aunque no sea correspondido o aunque lo haya imaginado. Por eso, estar al lado de Marga es como subirse a un carrusel que en cada giro te muestra un paisaje diferente, es dejarse asombrar, es como disfrutar una noche estrellada, porque ésta “es el primer acto poético de la humanidad”.

nubia_mesag@hotmail.com

Publicado en EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 84, Medellín, Mayo de 2009

Junio 26, 2009

Mi abuelo fue amigo de Michael Jackson

¿Sabía usted que Michael Jackson vivió en el barrio Alfonso López de Medellín?

 Sí, y fue amigo de mi abuelo. Ángel Cruz se llamaba el viejo. Pequeño, panzón, de tez morena y cabello blanco.  Su bigote —eterno— era parecido al de Cantinflas, escaso y del mismo color del cabello.  Tendría yo siete u ocho años cuando él llegó a la casa con un LP del entonces rey del pop.  ¡Un señor de cincuenta y cuatro años con un disco de Jackson! “Me lo regaló mi amigo Michael cuando estuvo aquí en Colombia”, decía con la misma seguridad con que sostenía el disco en la mano. Mi abuelo, ¿amigo de Michael Jackson? ¡Ja, cosa más loca!

 Fue zapatero, hippie, rockero y hasta político; eso sí, aficionado, pues apoyaba cuanto candidato aparecía. Según mi abuela, él hizo política con Héctor Abad Gómez, César Pérez, Iván Restrepo y hasta con el mismísimo Alfonso López  Michelsen quien fuera después presidente de la República. De este último fue que se sacó el nombre del barrio que él fundó —en compañía de otras personas— en los años sesenta: barrio Alfonso López, ubicado al noroccidente de Medellín.

Mi nombre es…

Él sabía el nombre de todos en la familia —o bueno, de casi todos—, los pronunciaba con fluidez y seguridad, parecía que su mente fuera inoxidable.  Marina, Concha, Luis… Todos, menos el mío. Jamás le escuché decir mi nombre. Nunca, y dudo mucho que lo supiera; y en el caso remoto de que así fuera dudo aún más, por cuestión práctica, que fuera capaz de pronunciarlo. No lo culpo ¿quién pronuncia este nombre que me define si desde el principio se copió mal en la notaría? Aparece, Jhonjanzon Cruz. Inclusive fue difícil pronunciarlo para mis maestras de primaria.

 El viejo utilizaba dos palabras simples e insignificantes para llamarme: Hey, pelaíto, tráigame una bolsita de leche; oiga niño, sáqueme una galleta; pelaíto que la masa pa‘ las arepas, niño que el ponquecito. Jamás se dirigió a mí con mi nombre, ni siquiera intentó pronunciarlo.

 Me hubiese gustado presentarme, pues parece que nadie le dijo como me llamaba: Mucho gusto, mi nombre es Johansson Cruz, hijo de Carmenza y de Virgilio su hijo, y además tengo algo especial: soy su nieto.

¡Qué historias!

Para mi abuelo, el decir mentiras era una profesión que ejercía con toda la disciplina del caso. Disciplina conveniente, pues lo mantenía con una lucidez impecable. Cada vez que nos sentábamos a ver televisión, en el único televisor de la casa, y aparecía un rockero o un hippie con el cabello largo y desordenado, él empezaba a contar sus historias juveniles y aseguraba haber sido como los “mechudos” que aparecían en la TV. No pagaba el impuesto predial, pues según él cada vez que llegaba a pagarlos le decían “no Ángel, cómo le vamos a recibir la plata, tranquilo, usted es amigo de nosotros no se preocupe”… Inclusive llegué a sospechar que mi abuelo era el mejor amigo de Medellín, pues no le cobraban impuestos, fue el único en la ciudad que en los noventa conoció a Michael Jackson, en persona y además, como para rematar, era amigo de todos los ladrones. Cada vez que le “robaban” el dinero y las joyas llegaba cabizbajo y enmudecido, pero a los ocho días entraba a la casa sonriente y alegre con los anillos y el reloj, pues según él, el ladrón se había enterado quién era Ángel Cruz y lo había buscado para entregárselos. Era mi héroe, la máxima expresión de valentía que había conocido. ¡Qué cuento de superman o de Batman! Para mí, mi abuelo.

 Recuerdo las innumerables pastillas que tomaba en el día para el par de enfermedades que sufría, artritis y diabetes. El kilométrico amarillo que siempre se colgaba en el bolsillo de las camisas junto a sus papeles. Su mirada ingenua y tierna. Me acuerdo que lo quise, pues lo sé hoy que me hace falta y lo supe en el momento exacto en que su ataúd empezó a descender a la tumba. Lo lloré tanto. 

 Murió el viernes trece de agosto de mil novecientos noventa y tres, de un edema pulmonar, a las siete en punto de la noche. Murió en el taxi que lo transportaba hacia el hospital. 

 johanssonlopera@gmail.com 

Publicado en EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 69, Medellín, Abril de 2005

 

Junio 24, 2009

Ahora sí, Divina comedia

Por Ángel Galeano H.

“Yo creía que ya había aprendido a leer y escribir, pero en el Grupo El aprendiz de brujo, me empecé a dar cuenta de que no era así. Lo más importante que he aprendido es a mirar más allá de las palabras. Por eso decidí leer, ahora sí, la Divina Comedia”.

Ahora sí, Divina Comedia

Manuel Antonio Gómez D

Manuel Antonio Gómez Durango ha sido albañil, obrero en una fábrica de zapatos, carpintero, mecánico de banco, mensajero, vendedor de chance y ahora aprendiz de escritor. Tiene la pinta de un patriarca hindú: tez morena y cabello blanco. Habla pausado y amistoso, como si no quisiera molestar a nadie.

 En 1981, cuando tenía 30 años, por recomendación de Silvia Rojas, una amiga de infancia y vecina, entró a trabajar en la tipografía Nuclear, donde ella se desempeñaba como secretaria. En la entrevista de ingreso, Manuel, se cuidó de informar que no sabía leer ni escribir. Pensaba que si lo decía no le darían el empleo. Una vez enganchado, cuando ya había hecho su trabajo de mensajero, lo ponían a armar planchas con los tipos de plomo. Se defendía lo mejor que podía, pero sólo él sabía que aquellas letras eran desconocidas. Un día tuvo la suerte de llevar un trabajo al barrio Prado, frente al Instituto Popular de Capacitación, y le preguntó al celador si había algún curso para adultos. “Me dijo que había llegado en el momento preciso, porque las inscripciones para la nocturna estaban abiertas. Además era gratis”.

 Se inscribió y de nuevo calló que no sabía leer. El día del examen de admisión, avergonzado, tuvo que devolverlo en blanco. “La profesora, que se llamaba Auxilio, me dijo que debía empezar desde cero, que no me diera pena, que para eso estaba ese instituto”.

 Compró la cartilla Coquito y empezó sus clases. “No puedo olvidar la primera sesión, nos presentamos, había obreros, amas de casa… Éramos 45. Yo era el más joven”.

 Empezó con planas de rayas y bolitas. “Era Coquito por aquí y Coquito por allá”. Los compañeros lo despedían cada tarde en coro: “Vamos para el colegio, vamos a estudiar…”, una canción infantil, y le enseñaron lo que decían las planchas tipográficas. Aprendió a armarlas con mensajes breves que sus compañeros le sugerían y luego las imprimía en el papel sobrante.

Aprender a leer

En un tiempo se hablaba mucho de la Divina Comedia, dice. En la radio, en los corrillos, pero nadie decía de qué trataba. Estaba de moda y por lo tanto casi nadie lo leía. Movido por la curiosidad, un día preguntó por el libro en un puesto callejero y lo compró por $50. Anduvo con él para arriba y para abajo, sin saber qué decían sus páginas. Se contentaba mirando la portada que tenía la imagen de Dante coronado de laurel. “Pensaba que era un libro que sólo leían las personas cultas y entonces lo guardé hasta que supiera leer”.

 Invirtió diez años para terminar su bachillerato. “Lo que más me gustaba eran las clases de Historia Patria, las batallas de Bolívar y Santander”. A la primera biblioteca que entró para hacer una tarea fue a la Biblioteca Pública Piloto. Tuvo que sortear muchas dificultades para culminar sus estudios. Desempeñó diversos oficios, como el de operario en una lavandería donde el jefe les decía “Aquí venimos es a trabajar, no a estudiar”. Cuando terminó su secundaria estaba desempleado.

De lejos se ve hermosa

“Desde mi barrio puedo ver la ciudad en todo su esplendor. La recorro con mis binoculares, calle por calle, veo los edificios y las avenidas. Es como una película. Ha cambiado mucho, ahora está más deshumanizada. Ha sido invadida por el cemento y el humo. Antes era más acogedora, la gente reía de verdad, ahora grita mucho”.

 Para Manuel lo mejor de Medellín es el clima. “El Metro es un lujito. Bogotá, en cambio, sí lo necesita”. Desde hace 13 años vende chance. “Con este trabajo compro el desayuno y el almuerzo”.

Un aprendiz de brujo

“Mi vida cambió cuando conocí las tertulias literarias, a las cuales llegué gracias a un amigo que me invitó. Ese primer día fue hermoso. Sentí que me acogieron. Oí cosas que me daban más certeza, como eso de que allí no se conseguía dinero ni fama. Y empecé a conocer escritores, las penalidades de ellos, la grandeza de su obra. Yo creía que ya había aprendido a leer y escribir, pero me empecé a dar cuenta de que no era así. Lo más importante que he aprendido es a mirar más allá de las palabras y atreverme a escribir. Por eso decidí leer, ahora sí, la Divina Comedia”.

 Pero ahora tiene más libros, unos 20, y se siente orgulloso. “Son míos, estoy haciendo mi propia biblioteca”.

 Recuerda el primer ejercicio que llevó al grupo: Dientes de oro, que trata de un niño desplazado por la violencia. “Yo estaba asustado. Me temblaban las manos y la voz. Era la primera vez en mi vida que leía algo mío. Me hicieron muchos comentarios y me hicieron ver varios errores”.

 Ahora lleva un diario literario. “Escribo sobre todo después de las tertulias, salgo lleno de energía… Me gustan las sesiones en nuestro nuevo espacio de la Casa Barrientos, un lugar silencioso que se presta para nuestras lecturas y debates. Es tan silencioso que se puede oír hasta la respiración del compañero”.

 elpeperiodico@gmail.com

Publicado en EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 84, Medellín.

Junio 2, 2009

Árboles de leche

 

Al Principio todo es oído

William Rouge

William Rouge

en la matriz del mundo

Me llegan silencios de lágrima

balbuceos de espanto

 

Apaga las noticias del último desastre

y enciéndeme desde adentro

que la poesía es el noticiero de la transparencia

yo te canto mis caminos de leche

para que veas

para que aprendas a ver el amor en tus manos

 

Desde adentro

balbucean tus campanas de leche

mis oídos te beben

mientras la guerra transmite relámpagos de sangre

 

Al principio con los ojos cerrados

el poetaniño lo escucha todo

sueña un alfabeto de leche

donde no se diga

secuestro

pesadilla

holocausto

sueña un poema con sus huellas dactilares

un poema en las desembocaduras del amor

Soy un cardumen de sonidos vegetales y minerales

Me llamo piedra     carbón

Me llamo selva      abono

 

Te navego por todos los flujos

quiero tenderme en tu lengua

que me grites al mundo

quiero que detones mi nombre

su transparencia

su nacimiento

 

Quiero árboles de leche

en cada tumba

 

 

Árboles de leche

Canto cuarto

William Rouge